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 I. Reinado del rojo

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Silvio M. Rodríguez C.
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MensajeTema: I. Reinado del rojo    Miér Mar 28, 2012 3:39 am

I. Reinado del rojo


1. Reinado del rojo

Vivía lo ordinario del desencanto
arrastrando en el cuerpo esa sensación
de un algo que se escapa, tanto
que pudiera no existir.

Eran los días la antesala simple
de la prevista herida de la noche,
donde la piel silenciaba al alma
por una limosna disfrazada de compañía.

Entonces fue que llegué a vos
a tu manera de occidente altanero,
donde la mezcla de crueldad y pureza
negaban la malicia y la doblez que entonces me poblaban.

Saberte indócil me apretó el corazón
hasta imaginarte imposible de adjetivos,
y verte danzar, sola y entre todos
me llevó a la espera de todos los momentos.

No sabía entonces, o quizás lo supe siempre
que tu ausencia lastimaría mis huesos,
que en la ansiedad buscaría tu nombre
hasta arrojarte a la sombra de mis labios.

¿Cómo saber que en la distancia
podría volver a sentir?

Hoy que mis ojos son el poniente
donde el rojo de tu ser expone
el galope salvaje de la emoción
apenas creo en mi suerte o en tu destino.

Ni me demoro en el instante
ni apresuro la eternidad,
sujeto tu esencia a mi pelo
y voy a por mis intentos.


2. El límite y sus aristas

El límite y sus aristas
ahí donde tú recorres las sombras
mirando cómo acaso me pierdo
entre las formas del vacío.

El sueño, la nube y un volcán
mecidos en la boca que calla
tu cintura breve de ocasos
mientras yo tejo amarras a tus huellas.

Así el golpeteo de las imágenes,
oleaje sencillo que me inunda la sien
cuando en el muelle transito tu luna
cargada de nombres que miro de soslayo.

Y así también la fatalidad
de tu risa sobre los soles,
aguardiente en el vientre
del que no ha comido por años.

Pensarte entonces
desde el borde de una mirada,
_por si detienes el instante
y en él me ves contigo_,
es como paso el tiempo
rozando tu precipicio.



3. Entonces es que te atreves

Entonces es que te atrevés
a decir en rimas lo que puede la distancia,
callarte el puente, la sed entera
como si el ayer fuese un algo entre las cosas.

Reís sencilla en tu sapiencia
y bailás con pasos medidos,
como si el exceso fuera un vocablo
que no cabe en tu figura,
mientras presentís ese lado del camino
por el que ya nadie transita.

Yo te aplaudo, y en silencio me lamento
por el gesto que no alcanzo, el color y el tono
que haría gama con tu piel, de polo y de sabana
de gramilla lista a ser germinada por una brizna oculta al sol.

Yo te pierdo, teniéndote tan dentro te pierdo
obedeciendo a lo que ofrecés, magnífica
en un goce de rechazo y razón que pintás de rojo
dejándome el asfalto como alimento, y el sonido del tren que se aleja
como esperanza derrotada.


4. No te escucho

No te escucho, te siento
y te sé tan poca, ¡tan poca cosa!
Como una púa hendiendo el corazón,
el último hálito que define el infinito
o el color primigenio de mi triste universo.

Vas por mis adentros sin preguntas
hermanando orfandades de lluvia y sed
como si fueses de la piel su aurora,
que sabe la depresión que porta el suicida.

No te escucho, hembra entre las hembras.
Tan poca cosa eres, que llenas mi posibilidad de grito
que se estrella en la impotencia del afecto
al verse inútil entre las manos anudadas de rencor.

Tan poca eres, que me llenas
por tanto vacío que soy
ahí, a un lado del mundo
donde late tu mirada.

p.d.
Se preguntan los soles si
alguna vez
fue que siempre estuvimos juntos.



5. El hambre

Descuelgo el hambre del almanaque
y me quedo ahí, frente a tus ojos sin sombra
a la espera de lo que juzgues entre las luces
a ver si me rescatas de la media luna fría.

Caigo entonces al asfalto que no espera
al cemento del Dios que no tiene canción,
y desnudo sigo queriéndote en el instante
en la premura de la vida que no sabe de compartir madrugadas.

Tan vestida vos, tanto, que se nubla el sol
de preguntas que no sabré contestar,
de un pasado que no sabré resolver,
que me quedo ahí, cayéndome en espera.

Mientras tanto, Yahveh, lo que ignoramos,
el gesto que aprieta el mentón contra el pecho,
y esa curiosidad del abismo mirando a mis ojos
que en vos se fijan, como sin querer lastimar a nadie.



6. Voy

Voy por tu alma
por esas cosas que dices sobre mi vientre
cuando callas soles y algún poema.

Voy a por lo bajo, al entredicho agazapado
que muere en un cuchillo de cocina
o en un beso que das sin saber a quien.

Voy a tu sexo, pleno de lo que no soy
la centuria en un sólo segundo, en la desdicha
de no caber en el mundo con tu nombre delante.

Voy a las cosas por hacer, al gesto
que tiende una madrugada mentida
que dice en silencio quédate,
cuando en verdad palpita márchate.

Voy al fin de una piel rota.


7. La ciudad

Cuando esta ciudad, esta que no supiste vivir
me raja de ansiedad el rostro contra el pavimento,
y me sucede el bochorno de una caricia que no llega,
caigo, mi amor,
a la soledad de estar conmigo en arpegios sin excusas.

Me vuelvo espiral
que ni se busca ni se encuentra
como una sombra que no se toca pero que danza,
que molesta a un costado de los sueños
por no poder asirse a un verbo, siquiera a un predicado,
que se tiene a sí, por no tener a nadie, volviéndose clamor.

De pronto, convertido en hora que no se mide
soy el quebranto y la queja que espera su cura
el gesto que no termina de ocurrir, que no llega jamás,
y que entrevera el vientre y la razón hasta ganar la piel
teniéndome de testigo, de cruel testigo
de esto que pasa mientras te espero, con el pecho presagiado.



8. Migración

Un día voy a emigrar hasta tu madrugada
para encontrarte descalza y sola,
con el mate más amargo de la vida
y una esperanza que acaso tenga nombre.

Así tendré el instante que supe huidizo,
todo el pelo hecho memoria mojando la noche,
una boca cerrada por la oración que no llega al cielo
y la piel vuelta el suspiro de un regreso que no ocurre.

Seré entonces sombra y calor
que ríen su estancia, su indefensa compañía,
y haré que vuelvas la mirada hacia el hoy
de un chico solo, con su cariño moliéndole los hombros
en un gesto de pan a mediodía, de cerradura que cede
de abrazo inesperado que ocurre cuando todo fue vendido.




9. La prenda

Amarte en el hospicio del mundo,
contra las alambradas de los incurables,
con el sol quebrado en los bolsillos
y una luna hiriente clavada en las greñas del pelo.

Decirte, bruscamente, ese desierto y esa urbe
que se sostienen insólitos a mitad de mi sien,
cuando sucede que no estás y todo pasa
como en un almanaque con los días extraviados,

para que sin aferrarte me sepas en un de repente
de fauces que se avienen al cariño mordaz,
ignorante de nombres y de cualquier otra cita
que no se de en el escándalo de vivir a solas.

Amarte sin llevar en la boca la palabra amor
y sin saber que estoy sintiendo todo,
sin la precocidad de la muerte entre las manos
ni la gravedad que gana la mirada detrás de los gestos.

Amarte inexcusablemente y contraviniéndome,
sin hacerme caso, venciéndome como en una apuesta,
con mi historia ahí, derramada sobre la mesa de juego
esperando la levantes como a una prenda ganada.



10. No te vayas

No te vayas
que todavía me quedan demonios en los ojos
y la borra de los días no me deja las espaldas
de tanto nadar boca arriba.

Dame un poco más
de tu aliento, de tu límite al borde de mi camino
para que siga haciéndole cosquillas a Sísifo
bordando soles aquietados.

Posterga al mundo
y deja que te habite esta madrugada
con la crueldad de los expulsados
del rebaño.

Deja que mi nombre
se arrime a tu vientre por otro instante,
que ahora me puede el miedo por lo vivido
y no estoy sabiendo ser sin tu piel.
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