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 Aire - Segundo decanato

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Silvio M. Rodríguez C.
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MensajeTema: Aire - Segundo decanato   Jue Abr 05, 2012 10:13 am

Aire – Segundo decanato

A11 – Izquierda y derecha

Anduve por los lechos
- primera patria de los amantes -
revisando sus cúspides solas
al borde de la nada,
a ver si encontraba lo distinto
el grito glamoroso y brutal
o el llanto quejumbroso.

Encontré crucifijos,
el humo de cigarros y sierpes
enroscando baja realidad,
y tenue, aquella ausencia
entre los labios, terrible pálpito
que late el negro entre tanta sábana
cubriendo el no sentir.

Y despacio logré verme
bebiendo desconsolado
de uno y otro manantial
intentando abrevar con la entrega ajena
la sed que cargo por ser un fingidor
que expone sus huesos y toda su sangre
a la que un poco de fiesta pueda dar.

A12 – Sentido del precio

Tiemblo de pronto;
cayéndome junto al revoque de las paredes
siento el serrín,
el mareo del rencor venciendo a la alegría.

Me nublo de vidrios rotos,
con sábanas de hospitales cubro mi mente
en la errada convicción de que el tiempo es móvil
mientras palpito cómo cierran círculos los iniciados.

Y allá, en tu boca,
el juicio que me dictas y la presión de tus deseos
convergen en un “pedid y se os dará”
donde no hay más precio que el del fin.

Las cartas, a la sazón
se derraman sobre la noche,
los astros pasan divirtiéndose con sus astrólogos
mientras las veredas sudan suelas de goma
y las ventanas lloran restos de lluvias pasadas.

Entonces también hay un cielo
entre los huesos y la sangre
al que le bastaría odiar para surgir
hasta la noción de la duda
desde la siesta del mundo agostando intenciones.

Pero nada permanece,
dejo de temblar y quedo sin postura
con los brazos al viento
como si fuese el reflejo que oculta a un ser velado.

A13 – Ordinariez

Me prometió el aire batallas históricas
travesías apenas imaginables
y un diario, que como su protagonista
nunca tendría fin.

Me cupo entonces el tabique desviado
el amargo mareo que pare el golpe
y la mirada siempre fija y al fondo
del alma cuando ataca.

Sin contestación aprendí a derrotar,
a no escudriñar el rostro del vencido,
habitando silente tras un escudo
mientras iba hacia mí.

Dije "lo siento mucho" más de una vez,
que nunca nada gira a mi alrededor
y que no giro en torno a nadie rozando
lo inmóvil de la luz.

En libros que compré, en un almanaque
y dos entrevistas, descubrí entrelíneas
convertidas en cuerdas para ahorcar
esperando su tiempo.

Y concluí, de lejos
que de entre todas las necesidades
la de una prueba y una señal esculpen
el más terrible homenaje a lo ordinario.

A14 – Concepción

Cavas un hoyo sobre la tierra,
en el aire y en toda emoción
sin saber que no está en lo que quitas.
Inicias la persistencia cruel,
en la noche del astro silente
ignorando que está en lo que buscas.

Paciente, permites que el esfuerzo
roce el agotamiento que aguarda
caigas al dolor de la inocencia
hasta ver tus manos en labor,
tu piel gastada, y, bajo ella
la voluntad de tu sangre sola.

Mientras grita el mar de los dolientes
sospechas la caza de la idea,
a un dios que imaginas ordenando
que seas puñal entre sus hijos,
arcilla indócil de sus entrañas.

Te finges hiriente detención
en un entonces de luces sordas,
con el detalle de un mundo hueco
queriendo amoldar tus pasos solos,
te abres del rito y dices tu nombre.

A 15 – La despedida

Por tu causa, razón y circunstancias
encuentro en el espacio solo asfixia,
y aunque sé mi camino lo elegí
pretendo que la suerte, fiel amiga,
sea quien me dispone de estos tragos,
por amenguar el duelo que me intima
a buscar un culpable y no tenerlo
de todo este infinito, pura dicha,
que habitando en tu pelo de mis manos
huye como el impuro de la ermita.

Por encima de toda mi memoria
te imagino conmigo en un aliento,
y así va lo posible soportando
la realidad pasada del desierto
en donde sol y arena divertidos
jugaron a extraviarme mente y cuerpo,
ignorando mis ansias, mi locura
mi forma de trocar oro por hielo.

También a veces quiero lastimarte,
- por devolver colores y sabores
mezcla de rabia burda y de impotencia
por ser solo un vulgar y vil mediocre -
pero tan solo a veces, que me pasa,
pues soy de aire y me doy a quien conoce
que no se toma nunca lo obligado
aunque un cariño hermoso saque a flote.

Por esto, bien mirado, mejor ir
a por otros arroyos y humedades,
sabiendo que mis pasos se terminan
y es cuestión de que no tengan iguales,
ahorrarte un lamento me da honor
y no te viene mal hacer las paces,
cada cual en su mundo, en su papel
y si quiere lo llama su combate.


A16 – Los otros

Te mostrarán lo que eres a sus ojos,
lo bello del segundo desde el tiempo
y una estatua de sal para el eterno
panorama que late en tu mirar.

Mientras yo te perciba con un nombre
dibujándote en playas a deshoras
sin lograr que navegues mis historias
todos ellos podrán con tu fe esquiva.

Reina en el día, premio de la noche,
por ellos podrás ser lo que no fuiste,
la imagen elegida que silente
recuesta su trajín sobre los mimbres.

Para que sepa no eres mi consuelo,
que nuca fuiste para mí alegría
sino una cruz, un símbolo de vida,
vida que cruje bajo la esperanza.

Para que sepas cómo van pesando
los otros, los que haciéndose una carga
construyen o destruyen a quien paga
con su mirar, momentos de abandono.

No me va a quedar nada en los bolsillos
que no sean las calles y los libros,
un puñado de rostros olvidables
y la presión del pánico a mis pasos.

Por saberme de barro sin un cielo,
carente de tus manos extraviándose
en mi pelo, seré quien solo yace
en la fuente, intentando ver tu rostro.

A17 – El espejo

Le golpea en soledad
ver un ser en la tormenta
que salvando su pellejo
también salva alguna pena.

Se conoce la ilusión
que nutriendo toda espera
colorea el vientre lleno
de una niña en su belleza.

Del silencio de los dos
se sustrae en una meta
que le libre de explicar
el sentir de su existencia,

que le fija en decepción
o en la sed no satisfecha
su girar por tantos días
con acciones imperfectas.

Sin testigos se sostiene
y el espejo le incrementa
la presión sobre los hombros
que le impulsa y le proyecta

a pensar en las palabras
que le sanan y le enferman
obligándolo a captar
lo que importa en lo que fuera.

A18 – Bajo los ojos

Dar a veces nos duele, porque lo que entregamos
no es mensaje de paz sino de lucha amarga
que aprendimos llevando el peso de la carga
por el camino oscuro que solos transitamos.

Brindamos el mensaje del que no lamentamos
su falta de verdad o su crudeza larga,
del que en cambio decimos a modo de descarga
que es lo que nos aquieta y todo cuanto hallamos.

Aquel que nos escucha no baja la mirada,
asumiendo en el pecho el dolor de la herida
lleva bajo los ojos el fragor de una idea,

que si fiel y constante tornará en una espada
con la cual desbrozar toda culpa adquirida
en el atrás del tiempo que el Rojo paladea.

A19 – Golpe mudo

Te encontré sin haberte buscado,
te propuse la noche certera
donde todo transcurre así, a solas,
como ocurren las hojas del libro
y la trama que atrapa al que lee.

Te dejé convencer a mi lecho
que tu cuerpo maduro y fulgiente
era luz necesaria a mi voz
que decía su credo fecundo
en la orilla de un mar memorioso.

Mas cediste tan sólo a las formas,
ignorando mi fondo escapaste
del abismo que aterra y moldea
las espaldas, la sien y los besos,
como premio por ser uno en sí.

Demoraste la entrega brutal,
la que sabe brindar en un círculo
quien se danza en dolor y en placer
mientras juega despacio al cariño
dibujándole huecos al sueño.

Te quedaste detrás, en lo impuro
de lo cierto, de tanto latir
sin un riesgo que diga tu historia
entre dagas y cruces vendidas,
por tener lo que todos cedieron.

Mientras yo me quedé entre los sauces,
concibiendo la altura, esperando
desde abajo, con ojos hambrientos
de otra sangre y de otra razón
que acompañen la luz que entreveo.

A20 – Tercera historia de aire

Desde otro mundo vino a compartir mi mesa,
cargado de silencios que expresaban lo exacto
en todas su maneras de anciano sabedor,
dispuso sobre sí la noche que empezaba
pidiéndome al momento lo que llevaba escrito.

Estaba ahí el número de los muertos sin luz
y el de los que murieron algún tiempo después,
ordenados por nombres y fe vivida en sí
los humanos yacían apilados, parientes
en una historia incierta que entonces los juntaba.

En las notas también figuraban los vivos
que dispuestos en dos columnas regulares
aparecían como vulgares desgraciados
o como coloridos seres de paso franco,
cada cual con su gracia* y apodo familiar.

El anciano leyó de las enfermedades,
de la guerra y el hambre sin mostrar desconcierto
y aunque se demoró un poco en los suicidios
y en todos los abortos provocados, dejó
que fueran mis modales lo sólo perceptible.

Llegada al fin la hora, le pedí que se fuera
evitando indagar lo que haría al respecto
de tanta muerte rota, de tanta vida trunca
por salvarme de oír la filosa respuesta:
"anotar lo que hagas con aquello que has visto".

***

Subí las escaleras y acomodé las notas
cual fiero tribunal, volviéndome sujeto
a ser examinado por los que aún respiran,
para que sean ellos quienes dicten mi bando,
para que digan ellos dónde escribir mi nombre.

*gracia: la policía asuncena (y también en el campo) te decía “¿cuál es su gracia?” diciéndote “¿cuál es su nombre?”
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