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 Me desnudé tranquilo (recuerdo dictatorial)

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Silvio M. Rodríguez C.
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MensajeTema: Me desnudé tranquilo (recuerdo dictatorial)   Jue Abr 05, 2012 2:32 pm


Me desnudé tranquilo, como si no supiese que al hacerlo un mar brotaría del agujerito de mi pija, el que ahora está ahogando a los recién nacidos en no sé qué hospital aquí, en Toronto, Francia. Me pidieron que lo haga, digo. Pero es inútil, yo sé que es inútil, con esa sabiduría que tienen los Vedas (seguramente) y que la tengo desde que tuve esa edad suficiente para que tu voz no valga un carajo, así que cuando la señora petisa, muy, muy gorda y con un moño en la cabeza me pide que me vista la obedezco y, cuando la otra, flaca, extremadamente flaca, de unos dos metros de altura me escupe un salivazo espeso a los ojos, indicándome seguidamente con un movimiento del mentón la puerta, no tengo más que vestirme y dirigirme hacia ella.

El pasillo es color rosa y las luces en el techo color verde mierda, unos quince metros de caminata, durante la cual siento que o bien la flaca, o ya la gorda me palpan el ano. No sé porqué no me atrevo a darme vuelta, ni a protestar. Al final del pasillo hay una cortina a flecos de plástico que cruzo a paso firme, como si demostrando seguridad voy a ganar alguna cosa en un territorio donde aquello de ganar es ya una cosa por encima de lo imposible.

Tres oficiales correctamente uniformados formando un triángulo, o una pirámide, dependiendo de cómo lo quiera ver o leer quien esto presencie me dan la bienvenida en un inglés correcto y desafectado, aunque tirando a amable.

- Señor Rodríguez, lo puede hacer difícil, o lo puede hacer sencillo, de usted depende, ya sabe.
- Sin duda, oficial. Hagámoslo sencillo.
- Me gusta ese espíritu, Señor Rodríguez, comencemos entonces por la pileta.
- Ningún problema, oficial ¿Vamos bien con quince minutos?
- Que sea media hora, y olvidemos este intento.

Es al pedo aguantar la respiración porque la media hora podría convertirse en una hora. Así que ahí fuimos. No estuvo tan mal, la verdad. La tina era amplia, le calculo metro ochenta de largo, y fácil un metro de ancho. La mierda era humana y fresca, del día, con poca meada, más agua que meada al menos. La otra que jugó a favor fue mi pelo largo, porque o si no me agarraban del cuello, fija, así que por ahí tranqui también.

- Muy bien Señor Rodríguez, muy bien. ¿Pasamos a la segunda parte?
- Al trago amargo, paso corto, oficial.
- Todo recorrido comienza por el primer paso. Señor Rodríguez ¡qué bien me cae!

Primero fueron toallas mojadas, infaltables. Luego cintarazos, o alguna cosa de cuero, algo por el estilo. Después varas, o tablas de terciada o resto de machimbre, qué se yo. Como parte del juego es el vendaje de los ojos, no sé porqué puta es eso, uno no puede saber a ciencia cierta con qué le pegan, pero el caso es que justo cuando parece que las plantas de los pies van a estallar, ahí termina todo, justo ahí. Es casi descorazonador.

- Señor Rodríguez, buenas, muy buenas noticias.
- Le escucho, oficial.
- Sólo nos queda un paso.
- Una luz al final del túnel, oficial.
- Precisamente, precisamente.
Cada una de mis manos a un extremo de la mesa las sujetaba uno de los uniformados, de mis piernas se ocuparon la gorda y la flaca.
- Comprenderá, Señor Rodríguez, que sin lamentos el procedimiento no tendrá validez.
- Lo comprendo, oficial.

El tema del culo es que cuando vas a cagar, supongo, es que se relaja, en tanto que cuando un palo va a entrar por ahí sin permiso, se contrae. No sé. Ahora, en cuanto al cerebro, que también está ligado al culo, o el culo al cerebro, opera al mismo tiempo por otro lado, porque no se quiere quejar, quiere ganar, sabiendo que no puede. En fin, ni modo, a gritar como chancho, como ganso, como un tipo al que le están metiendo un palo en el culo contra su voluntad, en síntesis.

- Bien, Señor Rodríguez, es usted un campeón.
- Gracias, oficial. Puedo irme sin firmar en contra de nadie, correcto?
- Por supuesto, por algo estoy yo a cargo, así nos manejamos. Ahora vístase y vaya tranquilo. Aquí no pasó nada.

Ya con ropa, antes de cruzar el cortinado a flecos, el oficial me toca el hombro, acerca la boca a mi oreja derecha y me susurra Smarc, conocemos a tus amigos, no estuviste aquí, luego se aparta y dice ya con voz clara: Señor Rodríguez, un placer su visita, espero que no vuelva.
Sin orgullo y escoltado por una enana y una giganta voy hasta la salida. La nieve me muerde el alma y no sé porqué me siento inmundo y a la vez puro. El sol brilla, enorme, pero no le creo. Me volteo y miro a las dos mujeres ancladas en el portal. Una de ellas, la más idiota, llora. La otra me hace señas de que me aleje.
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