Dualidad 101 217


 
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 ¿Por qué dualidad? ¿Por qué?

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Silvio M. Rodríguez C.
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MensajeTema: ¿Por qué dualidad? ¿Por qué?   Lun Abr 16, 2012 7:45 pm

1- El patio

Desde la mitad de la casa y hasta el fondo todo era patio. Largo, muy largo, se dividía en tres partes, al medio, una franja de piso de ladrillo que se extendía casi hasta la pared del fondo, a la derecha la franja era de tierra oscura, con una hilera de tres árboles de mango separados entre ellos por cinco o seis metros de distancia. A la izquierda, primero un gran gomero con raíces saliéndose del suelo, luego, una extensión de pasto y un árbol grande de aguacate macho, después, unos metros de tierra y seguido un árbol de aguacate hembra.

También había un naranjo allá en el fondo, pero más bien no existía por lo chiquito que era, y porque, a diferencia de los mangos y los aguacates, nunca daba fruta. El aguacate macho se comunicaba arriba, por lo frondoso, con el último de los tres árboles de mango, formando entre ellos una especie de puente aéreo a mitad del terreno, haciendo una sombra espesa durante todo el año sobre esa parte de la franja de ladrillos que quedaba debajo, por lo que en ese sector el piso era un poco más oscuro y donde incluso solía crecer algo de musgo.

Yo jugaba en la franja derecha, entre el primer y segundo mango, en la tierra. Normalmente comenzaba por hacer una montaña, que comenzaba así, pelada, sin nada, pero a la que le iba agregando árboles y rocas, o sea, algún pasto y alguna piedrita. Luego se formaba un sendero, por el que se llegaba desde el pie hasta la cima. El sendero derivaba en una pista recta y larga primero, luego lleno de curvas con hondonadas y accidentes varios. Ya en el tema, la cosa era una carrera de autos y, como no tenía muchos, cualquier semilla seca completaba la grilla.

También estaban los soldaditos, invariablemente de color verde, y los indios de color marrón tirando a rojizo. No sé por qué, pero los de verde siempre ganaban; ahora que lo repaso, supongo que por las metralletas y granadas que portaban los uniformados, mientras que los indios contaban solo con hachas y cuchillos. Pero bueno, el caso es que como sus posturas eran rígidas, la cosa iba más por armar una escena que por desarrollar un combate. Fue así que comencé a hacer trincheras, y de una trinchera cavada con una cuchara pasé a una laguna hecha con una palita de jardinería.

Aunque emocionante, lo de la laguna también era arduo y frustrante. Primero, porque acarrear el balde de agua era más que complicado, tenía que usar los dos brazos para avanzar metro a metro, y la canilla me quedaba lejos. Segundo, porque el agua una vez volcada en el pozo no duraba nada, tal que ni bien la laguna estaba hecha tenían que matarse todos ahí rapidito y sin perder tiempo. Ahora, ya sea con montañas, autos o soldados, era un jugar solitario - entonces jugaba solo - que implicaba un territorio, el patio, donde imaginaba lo que quería, lo que podía.


Última edición por Silvio M. Rodríguez C. el Sáb Abr 21, 2012 8:19 pm, editado 1 vez
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Silvio M. Rodríguez C.
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MensajeTema: 2- El primer día   Sáb Abr 21, 2012 7:30 pm

2- El primer día

Yo iba tranqui allá en el patio, a lo sumo el único quilombo que armaba era cuando me sacaban el pedazo de pan que siempre tenía en una mano, que para mí sería entonces algún tipo de golosina, o directamente me gustaba y listo, pero como se le pegara tierra me lo sacaban y ahí pegaba el llanto hasta el ahogo. Tanto el llanto, que según cuentan una vez tuvieron que llevarme a las corridas a la clínica de ahí cerca, al policlínico San Benigno, porque no me volvía el aire y me fui quedando negro. Todo mal, ya te digo.

“En aquellos días” yo ni sabía hablar bien, es decir, no sabía pronunciar la erre, en lugar de perro le bajaba un peyo, por decirte, cosa que le resultaba divertida a algunos sin que yo sepa bien por qué, aunque olía que algo había ahí. Sin embargo, cuando me enteré que comenzaría a ir a la escuela, este tema de la erre me surgió como un latigazo premonitorio, y claro, lo del patio también se me apareció así de golpe, aunque ambas cosas, difusas. Era como que algo me advertía de algo contradiciendo lo festivo (lo muy festivo) del anuncio escolar.

Así que llegó el día en el que tenía que ir a la escuela. Mamá me fue llevando esa mañana, caminando pausado, despacito, como dando tiempo a que me gane la ansiedad, el temor, o ambas cosas, y a mitad de camino pueda verbalizar un tentativo “me payece que me apieta mi zapato”, y luego un “me payece que me duele mi pie”, a ver si de repente podía torcer la situación, qué querés, fue lo que se me ocurrió. Pero no hubo clemencia, ni en pedo. Ante tamaña firmeza tuve la seguridad de que algo terrible me iba a pasar.

Al poco de llegar, sonó un timbre y yo me destrocé. Me metieron a un aula y vi monstruos y me sentí indefenso. Lloré, grité, hice lo que pude, pero mamá solo sonrió y se quedó afuera mientras la profe se hacía de mí tratando de calmarme por las buenas. Yo me jugué intentando darle una trompada a una mejilla a lo que respondió con un bife que me dejó cuadrado. Lo otro fue sentarme (ella me sentó) en un banco, en el que tapando mi cara con los brazos no dejé de llorar. Escuché “ahí ven, no le hagan caso”.

Cuando terminó el día y se abrió la puerta no pude abrazar a mamá. Tampoco pude entender la cara alegre de Sarah cuando la buscamos de su aula (ella ya estaba en primer grado). La verdad que no entendía nada. No tenía sentido, nada de eso tenía sentido. Me sentí solo, traicionado, y supe que no lo iba a poder cambiar, que no podría hacer nada al respecto, me lo habían demostrado como que a la perfección. Yo tenía cuatro años, y el más joven de mis compañeros tenía seis. Supe que eso iba a seguir, y que no adelantaba llorar.
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MensajeTema: 3- Magy me dio la razón   Lun Abr 23, 2012 6:25 pm

3- Magy me dio la razón

De la escuela volvíamos caminando, yo siempre por delante de Magy y la Sarah, por eso de que el burro anda al frente, porque no hablaba con nadie, y porque estaba el tema de mirar y recoger cosas, alguna semilla o cáscara, una piedra, un palo, cualquier cosa, y también eso de quedarse un rato acariciando a algún perro. Una vez convergieron el palo y la palabra, o “mejor dicho”, el palo y las malas palabras, o si querés, se dio eso que algunos adultos llaman “los resultados de la mala educación”, o ese “todo comienza en el hogar”, ya sabés.

En casa el único que se mandaba de vez en cuando alguna puteada era el viejo, muy de vez en cuando. Yo no le bajaba, no porque lo tuviera prohibido, que realmente no recuerdo me indicasen aquello, simplemente no me estiraba. Los vecinos sí, y tenían una boquita niquelada para el tema, pero bueno, el caso es que de venida de la escuela me topo con un palo, lo agarro y voy haciendo ruido con los basureros, las paredes y portones de las casas, una de ellas justo con un portón largo y lleno de barrotes como para darle de corrido.

Le sacudí con ganas a los barrotes, de los que salieron sonidos agudos al tiempo que de la casa salió una mujer en camisón, con una furia de hembra a cuya cría recién parida le hubieran dado por los dientes inexistentes con el palo que yo tenía en la mano. No entendí un pito de lo que gritaba, pero le vi los ojos y tenían una rabia que te cagabas. Como eran mis primeros días de clase en la escuela aquella yo tampoco estaba en mis mejores momentos, así que no me costó nada presentir que algo iba a ocurrir ahí.

Como Magy y la Sarah estaban a unas casas de distancia, me planté solo frente al camisón y los ojos rabiosos. Sentí mis latidos acelerados, una rara tranquilidad, una especie de ceguera, y cuando se me juntó todo en la garganta solté un “vieja puta de mieda metete tu potón en el culo”; mirándole fijo a esa rabia encamisonada que, sorprendida, paró en seco el griterío y comenzó a buscar como en el aire alguna explicación. Ahí llegó Magy, prodigándose en disculpas, empujándome el hombro para que siga avanzando, y la Sarah que me estiraba también del brazo, que “dale, vamos”.

Ni durante el resto del trayecto, ni al llegar a la casa recibí ninguna reprimenda, es más, en el almuerzo el asunto ni se mencionó. Al día siguiente volvimos a pasar por el mismo lugar, la misma vereda, la misma casa y a la misma hora, pero claro, ya sin hacer ruido con los barrotes esos, tampoco incidentar al pedo. Así, ante la ausencia de “castigos” y esa especie de volver al lugar del crimen, yo asumí que la reacción que tuve, incluyendo la verbalización del “puta”, fue aprobada por los superiores, es decir, que Magy me había dado la razón.
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MensajeTema: 4- La no duda   Jue Abr 26, 2012 6:21 pm

4- La no duda

Los días pasaron y al final Kija, la profe, pasó a negociar, dado que yo no sabía cómo hacerlo y lo único que podía hacer era encerrarme entre mis brazos sobre la mesita y dejarme ir a no sé dónde hasta que sonara el timbre, aunque ya sin llorar ni emitir ningún sonido. Tampoco prestaba atención a lo que pasaba alrededor, sólo me concentraba en nada, tanto así que sólo recuerdo vacíos negros. Hasta que llegó ese gesto de ligera presión de dedos sobre uno de mis brazos, para luego encontrar a mi lado unas crayolas y una hoja de papel.

Escuché entonces burlas, y como respuesta una advertencia de Kija. No puedo decir qué verbalizaron una y otra partes, pero sí puedo estar seguro de los tonos, que los entendía instintivamente como cualquier animal despierto. Sentí que se había planteado una tregua, y cacé el trato. Con mi aceptación Kija se hizo de la situación y todos en santas paces. Yo, aparte, y los demás a su ritmo. A partir de ahí me fueron dados a conocer aspectos que no me esperaba, la sonrisa espléndida de Kija, ese aroma suave junto con la rara calidez de su mano y su mirada.

Al poco tiempo me enamoré de Kija y, al parecer, los enamoramientos indefectiblemente te vuelven estúpido. De manera que yo comencé a salir de mi “zona”, y aquello denominado “interactuación con el medio” comenzó a operar. Como hablé, y hablaba mal, las burlas volvieron, y volvió de nuevo lo de cerrar los ojos entre los brazos y a ver a qué mundo me voy. Como ya estaba enamorado (que aparte de volverte estúpido, también te hace buscar salidas), encontré que no tenía sentido hablarle a Magy, madre mía y de todo ese quilombo, le conté al viejo lo de las burlas.

“Al primero que te jode lo cagás a patadas ¿estamos?”, dijo. La verdad que con sentencias así, uno se queda como pelotudo después cuando lee cosas como “la duda como método”, porque ahí no te queda una sola. De manera que al día siguiente yo voy, sin una sola sombrita de duda dentro, con las cosas claras. Y tal que justo aparece el padre director (léase con mayúsculas), que vaya usted a saber por qué me tocó la cabeza, y menos va a saber usted por qué me supo a me está jodiendo, y fue el primero en ligar una patada.

¡Mierda que se sintió rico! Recuerdo, creo recordar, un zarandeo de Kija, algo así, pero no tengo certeza. Sí recuerdo algunos posteriores, cuando ella venía a sacarme de encima a alguno de mis “compañeritos”, y se producía, entonces, la severidad de arrancarme de ahí mezclada con la suavidad de su aroma y yo sentía que todo estaba bien. Todo cambió, no más vacíos negros, era de frente, ojos abiertos. Supe la diferencia que hay entre ser apartado, y de que se aparten de uno, y me cupo. Las facturas vinieron después, una y otra vez. Las pagué, e incluso di propina.
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MensajeTema: 5- Henrrieta   Lun Abr 30, 2012 7:20 pm

5- Henrrieta

Dura, era dura. De repente en navidad, o en algún cumpleaños sonreía, pero yo, al menos, jamás le escuché una carcajada. Tenía el tono de voz más bien mandón y áspero, y hasta amargo, antes que ácido, quizás por aquello de haber perdido al primer marido en la guerra quedando con dos hijos a cargo, quizás por separarse del segundo y quedar de nuevo a cargo de tres hijos más, con el desgaste y al tiempo fortaleza que eso genera, como los callos que salen en los dedos del músico que ejecuta un instrumento de arco y cuerda, de tanto practicar.

“Las mujeres no valen nada, y los hombres son oro cu’í”, solía decir; y de mí, que tenía “el pajarito de brillante”. Yo me sentía incómodo con estas afirmaciones, que las manifestaba en cualquier momento y lugar, muy lejos de un tono sereno, más bien con claro desprecio hacia las mujeres. También estaba el tema del color de la piel, no le iba la morochicidad. Los no blancos iban tachados de movida tengan el currículum que tengan bajo el título de “negrito/a chavi’í”, que traducido sería algo así como “relleno obviable del paisaje”. Así que mi abuela era machista y racista.

Por lo dicho, ejercía el matriarcado con ideas cerradas, pero indiscutiblemente claras, de manera que no cabía el “yo creí qué”, “yo pensé qué”, y menos el “yo no sabía”. Así que cuando establecía una dirección, no dejaba alternativas, era esa o te jodés. En este panorama de rigidez absoluta el cultivo de un croto se constituía en un conflicto, porque a Henrrieta le gustaban las plantas y, como el patio era enorme daba para el cultivo de todo tipo de plantas, y las plantas, todas, poseen un poderoso centro de atracción para todas las esferas de cuero cocidas a mano.

Después de la primera revelación comencé a tener esferas, y el desarrollo de mis apti y actitudes conllevó a una guerra – sin querer - contra los crotos y, por ende, a un posible y terrible enfrentamiento con su propietaria, Henrrieta. Las primeras bajas causaron esa reacción mejor conocida como “plagueo”; las siguientes, simplemente un mirar a otro lado o el popular la vista gorda. Así que sin mayores intervenciones del otro lado, las acciones continuaron hasta que el patio se convirtió en cancha. De los crotos, hasta entonces variados en colores y tamaños, solo quedaron unas cuantas fotos tirando a sepia.

En las noches, casi al fondo del patio, ahí debajo de donde el aguacate se juntaba con el mango, Henrrieta tomaba su cerveza en una manija de porcelana blanca, me decía “tomá fondo blanco”, y yo me bebía la espuma. Nos quedábamos así, hablando apenas, como compañeros que no necesitan hablar, que están bien sintiéndose cerca. A veces, algo que yo decía le provocaba risa, otras, lo que le contaba generaba una sentencia o un consejo. Fui siendo su querencia… La acusación, tan humana, vino después: “claro, vos sos su favorito”, y yo, sin entender, respondiendo “No ¿qué decís, por qué?
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MensajeTema: 6- La revelación   Mar Mayo 08, 2012 5:36 pm

6- La revelación

Supongo que para aquel entonces ya habré tenido al menos un par de esferas. También supongo que ya veníamos jugando ahí en la escuela, pero la verdad que no recuerdo nada antes de aquella mañana en la que ocurrió la revelación, y hoy, tan sólo puedo deducir detalles de ese día; como que necesariamente habré tenido que vestir el uniforme (short o pantalón azul) y una especie de camisa a cuadros que parecía de presidario. También te pongo la firma de que llevaba medias de toalla color blanco, y championes Forward, tipo botín (los de loneta negra y de suela blanca).

La cancha se había volcado hacia la derecha, debido seguramente a que la mayoría de mis “compañeritos” eran diestros y estábamos en posesión de la esfera llevándola hacia arriba, y andaban por la mitad empujando mientras el otro equipo aguantaba. Que yo esté sólo por la izquierda debió ser porque no estaba muy entendido en el lío, o a que a lo mejor lo entendía y no le encontraba sentido, o a las dos cosas, y que a eso le sumé que si me metía lo más probable era que iba a ligar una patada y el tema terminaría en sopapos.

El caso es que del enredo aquel la esfera se salió disparándose hacia mí. La vi venir y no sé cómo ni de dónde, pero la bajémpujé (así habrá de escribirse) con el pecho hacia delante, y al levantar la vista encontré un claro enorme hasta el arco. Fui otro, directamente. Corrí llevando la esfera que parecía reírse, jugar conmigo, y yo sentía una cosa que no podría explicar, no sé, Pitágoras con sus triángulos o Fernando Alonso con el volante de su Ferrari 2011, al tiempo que de reojo capté a la turba viniéndome encima. Y el arco al frente.

Cruzado, se dice. Y me parece que ahí me curé del “me payece que me duele mi pie”, porque la esfera chutada desde un empeine zurdo fue de izquierda a derecha, y de abajo a arriba, cruzó el arco al tiempo que mi grito de gol me llevaba a un estado como de inconsciencia y de por fin estar en la tierra, entre la gente, entre mis “compañeritos”, que me abrazaban, me palmeaban, mientras yo todavía podía sentir la esfera viniendo/ el campo abierto/ el cruce allá arriba cerquita del palo/, como todo al mismo tiempo. Y encima los otros, contentos.

Dicen algunos que el trabajo de los niños es jugar. Yo comencé a trabajar con la esfera, y mierda que era dedicado, me mataba trabajando, si me dejaban trabajaba hasta por las noches. Aunque todo trabajo tiene sus recesos, y ahí entraban el Polibandi y el Tuca’e, (en mayúsculas) ligas menores, que entre sus particularidades incluían el aceptar a mujeres, lo que conllevaba otras variables. Porque, cosa una cosa mujeres mayores, cosa MUY otra, hembritas de tu edad. Yo lo intuía, pero había que vivirlo. Poder decir en algún punto de la vida, no lo leí, estuve ahí, ¿Se me entiende?
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MensajeTema: 7- White Horse   Dom Mayo 13, 2012 5:40 pm

7- White Horse

La conocí después, o a tiempo. Y la recuerdo casi en presente, con su manera de ser sonrisa que para mí tenía algo de inexplicable, como los puentes. La sentí cercana de algún modo, quizás la edad, eso de llevarnos un año y tres meses, o eso de haber habitado el mismo vientre y tener los mismos padres, yo no sé, como diría Vallejo. No miento si mi primera memoria consciente de la risa y la alegría es su cara, y hay por ahí una foto que lo puede certificar. Quizás ya de niña era mujer y vida, fruta sin estación.

Aprender es cruel, para los humanos no es cosa dulce eso de aprender. Hay una distancia entre jugar y ser juguete que Sarah me enseñó, o que aprendí con ella. Sarah usaba suecos y le gustaba jugar a la maestra, yo usaba sacachispas y me gustaba jugar al fútbol. Yo odiaba la escuela, y desconozco qué sentía Sarah por el fútbol, pero de algún modo, Sarah era la profe y yo su alumno; la pizarra, la puerta de un indecible placar. Esto es, Sarah anotaba las lecciones y yo, sentado en frente, le seguía las indicaciones tal como en la escuela.

Uno ni se da cuenta, que es lo peor, o lo mejor. Pero en este repertorio de cosas confusas no falta nunca quien quiera sumarse, como sucedió una vez con el viejo y una botella de whisky. Había una botella de White Horse, sí, esa que tiene un caballito tallado, o lo tenía al menos, en la que se enfriaba el agua en la heladera, y la misma se dejaba sobre la mesa en la que almorzábamos. Al caballito nadie le dio bola nunca, y quien sabe cuántos almuerzos pasó ahí en un tranquilo anonimato hasta que me fijé en él.

No sé por qué impulso extendí la mano y dije que “el caballito me mira a mí”. Menos voy a saber qué más raros impulsos hicieron que Sarah salte como escopeta y dé vuelta la botella diciendo “el caballito me mira a mí”. Se produjo un ida y vuelta cruzado de dos o tres me mira a mí, con el viejo a la cabecera, Sarah a su diestra, y yo a su siniestra. Entonces el viejo, jugando a Salomón sale con un “el caballito me mira a mí” colocando la botella con el caballito en dirección a él. Lo odié suficientemente.

Como el viejo era la máxima autoridá, nada que hacer y nada que discutir. Ahí vos te callás, vista al plato, te tragás tu rabia y que la vida siga. Las clases con el placar como pizarrón continuaron, y el episodio del caballito no volvió a repetirse, de repente Salomón hizo eliminar la botella y apareció en su lugar alguna jarra, no me acuerdo. Sin embargo, me parece que por este tema del caballito aquello del “yo lo vi primero” siempre lo entendí como una broma boluda, que cuando la escucho me emputa un tanto, sin que se sepa por qué.
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MensajeTema: 8- Los afectos   Lun Mayo 14, 2012 7:02 pm

8- Los afectos

Convengamos en que tanto yo mismo como la mayoría de mis secuaces se maravillan, de cuando en vez, si no de mi asquerosita imaginación, de mi portentosa memoria. Y me cuido bastante bien de joder a quien duda de esta última, aunque siempre tiendo a despreciar la primera. Convenido esto, y teniendo en cuenta la posibilidad de lo que los psicos llaman bloqueo, lo cierto es que yo no recuerdo escenas que caben o cabrían dentro de la definición de “tiernas” por parte de los referentes principales de casa, es decir, por parte de Magy o de Henrrieta; besos, por ejemplo.

Las manifestaciones de cariño de Henrrieta, por decirte, a lo más y como mucho, se limitaban a una serie continua de besitos en la frente, como cuando un gorrión toma agua de un charco, ni idea, y muy raramente. Eso sí, un chocolate, un chupetín, o un pipoca para después de almuerzo siempre, siempre había. Magy, directamente nada. Aunque en las fechas correspondientes estaban los regalos y, cuando comenzó a trabajar, una vez al mes sin falta. En este panorama, la aparición de Marianne fue, cuando menos descolocante, y puedo decir con sabiduría que los afectos superan en mucho lo racional.

Para variar, yo a la primera no entendí nada. Me fui enterando de que Marianne tenía igual o peor carácter incluso que Henrrieta y Magy juntas - supongo que porque fue criada por Henrrieta, y por eso, aunque no fuese la hermana de Magy, era la “tía” Marianne -, pero que estando a solas con mamá eran un jolgorio. Por mi parte, cuando tía Marianne aparecía sucedía algo así como acción/reacción, en el sentido de que con toda naturalidad y sin mediar palabra alguna, arrastraba un viejo sillón, se lo acercaba y me apoltronaba en su regazo donde me quedaba acurrucado.

Tía Marianne abrazaba fuerte y, aunque no era diestra con las caricias, cantaba, y ahí te quiero ver. Su voz no cambiaba, mutaba lejos, y entonces parecía conectarse a otro lado y creo que se iba a ese otro lado, y que yo, con su voz, me iba también a ese otro lado, tibiamente acompañado con el quenoso (quenoso de quena, digo) semi bajo del sillón. Algo más, un detalle, la tía Marianne no venía sola, no; venía con cola, Jor-Elhs, su hijo, y por entonces y así mi primo, el segundo de los alacranes, una especie de titán.

Con Jor-Elhs sucedió lo mismo que con su vieja, inmediatez del afecto. Así que bajarme del sillón y mostrarle el patio no fue nada, o sea, entendeme, mostrarle “mí” territorio, y compartirlo no fue nada. Cuando en su momento Sarah se dejó ver se formó la trinidad, el propio: Batman, Robin y Batichica. En su borrachera, o generosidad, Dios no nos liquidó a los tres ahí mismo porque a lo mejor tuvo miedo, justo cayó domingo, o le entró ganas de jugar a la ruleta paraguaya. Digamos que permitió alegrías infinitas, sí, y algún que otro quilombo más o menos notable.
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MensajeTema: 9 – Acuoso, violento y ridículo fin de etapa   Mar Mayo 22, 2012 2:46 am

9 – Acuoso, violento y ridículo fin de etapa

Yo creí que la cosa con Kija estaba zanjada, pero me equivoqué. Por mi parte, debí comenzar a sospechar alguna cosa cuando Magy me llevó un par de veces a la modista, que la primera vez me tomó algunas medidas y a la siguiente me arrimó al cuerpo unas telas, pero todo tan rápido – creo yo –, que las acciones no me bajaron de las nubes en las que andaba. Nubes de las que sí bajé una mañana (la clásica mañana de sol) en la que la escuela estaba particularmente alborotada, colorida y colorinche. Había niños disfrazados de todas las cosas, la verdad que uno más ridículo que otro y, por supuesto, con sus respectivas madres correteando detrás con parte de sus accesorios, alas, cabezas, etc. Fue ahí que miré a Magy y noté que también llevaba una bolsa con un montón de telas, las telas que había visto y que la modista me había acercado al cuerpo. El montón de telas era, había sido, un traje de emperador chino, y el emperador chino iba a ser yo. Después de haber visto lo ridículo, yo iba a pasar a ser parte de lo ridículo. De nuevo no valieron los llantos; salí, no había tu tía. Kija y Magy, directamente, me parecieron auténticas y soberanas hijas de puta.

Hasta bigotes me pintaron, o sea, ya que vamos a joderlo, jodámoslo bien era el lema. Y aquí es necesaria una confesión y una reflexión: Oh lectores, oh amantes, oh instructores, oh compañeros de tantos campeonatos ganados, Yo, debo confesar que fui gordito. Así es, “gordito y lindo”, y entonces, por extensión, un boludo, esta la reflexión. Porque verás, si sos un flaco y feo, no te da bola nadie, pero si sos un gordito lindo, te ponen de emperador chino, te guste o no te guste, porque a nadie carajo le importa lo que le pase por dentro a un gordito lindo, ni a tu vieja le importa, y a tu profe menos. A tus compañeritos sí les importa, y mucho, primero por la pinta de mandarina manchada que tenés, segundo porque sos una mandarina manchada que llora, que ya es argumento para reírse todo el verano y contárselo a los nietos cuatro décadas después, si te fijás bien. Pero bueh, me queda el consuelo de que peor sería hacerlo por voluntad, es decir, querer ponerse alitas, trajes de emperador, querer, realmente querer corretear detrás de los hijos con esas cosas y estresarse incluso por esas cosas, como si tuviese sentido. Como si el sentido no fuese más que justificación, y la justificación un copiar pegar.

Después del “acto”, en el que se festejó vaya a saber qué, pero que hay que agradecer no se ofrecieron sacrificios humanos, hubo una suerte de promiscuidad permitida. Esto es, los de preescolar se juntaron con los de primaria en el patio de recreo, con todo el jaleo de las madres y demás, un quilombito. Tal que Magy estaba hablando con una señora, al lado de la cual había un “alguien”, que para variar me pasaba por cabeza o cabeza y media, y que por el peinado que tenía y por sus rasgos no pude identificar si era varón o mujer. De repente soy estúpido yo y no quiero serlo, quizás eso, pero el asunto es que le pregunto al “alguien” ¿vos sos hombre o mujer? Nena no era, porque al segundo lo tuve encima, y mierda que ligué. De un golpe no fue, más bien con la fuerza del cuerpo, pero el caso es que caí y el cuate quedó encima y daba trompadas de loco aunque no tan desacertadas. Yo le miraba a los ojos, todavía tratando de entender porqué tanto enojo, con la guardia arriba y tratando con el vientre de desestabilizarlo. Al final me jugué y lo atenacé por la cintura y lo volqué a un lado; me grabé bien profundo esa jugada.

Como yo no tenía posibilidades menos mal que las viejas dejaron de mover la boca y movieron los brazos para separarnos. El tío habrá sido de primero como mínimo, o sea que por lo menos tenía siete años, y yo con cuatro le había aguantado bien, de manera que de mi lado era como un saldo a favor y me sirvió para al mirar el patio, tan lleno de gente y de niños grandes, y verlo todo como algo atractivo, después de todo. Definitivamente exponerse, era mejor que ser expuesto, porque lo primero implica voluntad propia, en tanto que lo segundo (exponer a otro) y a esa edad, implica un chorizo de cosas que los que lo hacen “parece” que no captan. Como Sarah (aunque ella lo captaba todo) cuando unos días después provista de tijera y alegando que iba a arreglarme el peinado, por entonces recorte taza, de un saque cortó un mechón de mi flequillo exponiendo como parte del mismo lo que ella denominó “una ventanita”, una grieta en la estructura diría Andrea, un pedo dimensional se reiría Smarc. Si al menos nadie te ve una cosa, o si todos te alaban bueh, por ahí genial, pero si al mirarte se te cagan de risa, ahí como que vas cargando al “otro” por dentro, che.

Así, en la foto de recuerdo de preescolar salgo con la ventanita, obsequio de Sarah’s fashion – aceptamos Visa -, y con una cara de susto que te cagas, con la camisa de presidario, y toda la onda. Durísimo el preescolar, una total y absoluta mierda en cuanto a que no puedo decir “puta qué tiempos aquellos, qué recuerdos hermosos”, pero sí mouse de chocolate con chantillí en tanto aprendí que son los de cerca los que te cagan fiero, por aquello de “si hay algo que duele más que la ingratitud es la incomprensión”. Los otros sabores, menos empalagosos y mucho más duraderos habrían de venir después, las remarcaciones de las fisuras y sus callos consecuentes, como también el dejarlo pasar y el postergar momentos, variables extremas. Como cierre, comento que ese último día de clases, Kija me entregó una carpeta con todos mis “trabajos” del año. Grande la carpeta, la mitad de mi cuerpo era. Al tenerla en mis manos vi mucho tiempo, muchas cosas. Y toqué y recorrí, y escuché algo así como “tu esfuerzo” desde la voz de Kija, con un innegable tono de orgullo. La miré entonces a Magy y estaba también tan feliz. Yo no podía decir lo estúpido que me parecía todo eso. No dije nada. Sentí que mejor me callaba.
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MensajeTema: Re: ¿Por qué dualidad? ¿Por qué?   Lun Mayo 28, 2012 6:21 pm

10 – El tío Zurko

Flaco y alto, para empezar, y blanco como la leche, para continuar, no era un negrito chavi’í, por lo que de movida se descuenta que transitaba tranquilo con la aprobación de Henrrieta, que además era su madre y lo dejaba jugar en el patio con su fusil (de repetición, ametralladora). La verdad es que el fusil era un palo de escoba sin escobilla, tan, tan gastado ya, que era extremadamente suave, de un tono tirando al rosado, por lo que deduzco que en su principio (en los albores de algún tiempo), habrá sido de esos pintados en tirabuzones rojos y naranjas.

Zurco era el hermano de Magy, y se llevaban poco tiempo entre los dos, así que calculá su edad para andar jugando con el palo ese. Claro que no se ponía a correr con el fusil, ni se escondía detrás de los aguacates o de los mangos, ni hacía trincheras, no. De repente se paraba, posicionaba el fusil al pecho, apuntaba y comenzaba a disparar. Reproducía con su boca una especie de metralla, y parecía que incontables enemigos iban cayendo ante el fuego durante segundos de masacre. Una vez acabado el exterminio bajaba el palo, el fusil, digo, y se perdía.

Como Zurco gozaba de esa característica que tienen los notables, es decir, era un auténtico distraído, no faltaban veces en las que el palo desaparecía y justo cuando él quería disparar. No era raro entonces, se comprenderá, escuchar que Henrrieta verbalizara un “ayudale a encontrar su palo a tu tío”, mientras Zurco, ya correctamente posicionado frente al inminente ataque clamaba el “¡tráiganme mi palo!”. Yo no me hacía problema con el tema de encontrar el palo, porque en el fondo también quería que todos esos invasores caigan antes que crucen el territorio, o algo así. Aparte que después venía el festejo.

Había ocasiones en las que los invasores eran o demasiados, o casi inmunes a las metrallas, por lo que las descargas se extendían durante muchos segundos. Una vez liquidados los atacantes la victoria era celebrada con una especie de rarísimo batir de palmas. O sea, Zurco ponía sus manos como cuando uno dice Amén, pero apuntando para el frente, y separando y entrechocando los dedos de cada palma al tiempo que entonaba una canción en quién sabe qué idioma. Más color le daba al asunto el hecho, para nada excepcional, de que andaba siempre ataviado con una sábana, como los romanos.

Le caía bien, eso se siente, y él a mí. A veces me saludaba diciendo “Salve, guerrero inmarcesible de la estepa oscura”, saludo del que yo sólo entendía guerrero y oscura, pero me sonaba grandote, y me bastaba como para entrar, o hacerme de la idea del mundo que él concebía. Un mundo que incluía una carpeta roja llena de hojas sueltas, garabateadas, y también mecanografiadas, que llevaba al fondo del patio y sobre la que estaba por horas mientras yo jugaba con mis esferas. Cuando una tarde le pregunté de qué se trataba la carpeta me contestó: “son poemas, guerrero”.
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MensajeTema: 11- Primaria, primero… la estatura   Lun Jun 04, 2012 7:10 pm

11- Primaria, primero… la estatura

La novedad de pasar al primer grado era que había que “formar la fila” antes de entrar. Esto se hacía en el patio, del tamaño de una cancha de fútbol de salón, y con unos metros adicionales a los costados, pero que claro, para mí era como un estadio de grande, un escenario (techado) enfrente, y a un costado el edificio en donde estaban las aulas. Cada grado formaba su fila de a dos con su maestra al frente, mirando al escenario, comenzando por los grados inferiores adelante (de primero a tercero) y con los otros grados superiores detrás, al fondo.

“Tomen distancia” decía la profe, o bien, “distancia de brazos”, y todos se acomodaban a un brazo de distancia del compañero que tenían delante. Ahora, para que todo sea más ordenado, la fila se hacía por orden de estatura, de menor a mayor. Entonces, los más bajitos al frente y los más altos al fondo. A mí esto me vino genial, porque como era el más petiso, estaba en primera fila y tenía todo el escenario para mí sin nadie que me moleste la visual, aunque bueno, el espectáculo tampoco era algo como para pagar por estar en ese sector VIP.

La hermana directora se posicionaba al centro del escenario, con micrófono y todo, y tras dar un buenos días, daba una señal y una profesora, o una alumna de grado superior hacía funcionar un artefacto para que así comenzara a sonar el himno nacional. A uno de los lados estaba el mástil, y dos alumnos se ocupaban de izar la bandera mientras la hermana directora lo entonaba acompañada a coro por todo el alumnado. Lo genial era que justo cuando terminaba la música la bandera llegaba a lo más alto; tenía su magia eso, a mí me encantaba seguir ambas cosas.

Después del tema este, cada grado enfilaba hacia su aula, en orden. Entrar por primera vez al aula de primero fue otra cosa. Mesitas de hierro y fórmica, y no las de madera pintadas con colores de mierda del preescolar. Otro ambiente, otra luz. Entonces reparé en nuestra profe - como En un toque eléctrico -, era de nuevo Kija. No lo entendí, pero lo acepté, aunque recuerdo que sentí que algo no encajaba. Y que se hizo largo el tiempo, y que al sonar el timbre “todo en mí” reaccionó. Ese primer recreo, a solas y libre entre los tantos.

Grande el patio, grande, tendrías que verlo con mis ojos. Apareció entonces Sarah, con esa sonrisa de “boludo, vos tranquilo que yo manejo el tema”, con esa sonrisa, te digo, como rescatándome sin que yo siquiera pudiera enterarme de que estaba perdido, de tan cagado que estaba, y con unas pibas ahí, por detrás de su hombro, como analizando y diciendo “¿es este?”. Miré a los lados, no había Magy. Me dejé llevar por Sarah, que se abría camino hacia el mostrador de Ña Horocia como una camioneta silverada, como si no me llevase más de un año y tres meses.
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MensajeTema: 12- Cagarse en las patas    Lun Jun 11, 2012 6:21 pm

12- Cagarse en las patas

No creo que ninguna familia permita de buenas a primeras que sus hijos mientan. Y “antes”, el tema de “no mentirás” venía bien marcado, incluso por encima del tema de las malas palabras (este, variaba mucho de familia en familia). “Ahora”, parece que hay una edad en que los niños comienzan a mentir, y entonces ya no hay ni cinto ni agua con jabón en la boca, sino el “hablemos”, o sea, la cosa viene aceptada. Pero yo vengo de un antes en el que si mentías, pimba, de movida uno por la boca y vamos. De lo de “dialogar”, poco.

Digo esto porque me parece que esa vez el error de Kija fue tomarme por mentiroso o, por considerar (o juzgar) que le dije una mentira. El caso es que quien sabe qué macana me habré mandado y terminé castigado en un rincón, de pie y mirando a la pared. Lo desagradable de la cosa era eso de estar de pie e inmóvil, por un lado y, por otro, que no ves nada, salvo la pared, o el piso; lo de las bromas de los “compañeritos”, si sucediera, se resolvería a piñas y listo. Lo difícil era aguantar sin hacer nada.

Supongo que yo estaba en el proceso de resignación, o de asumir que el tiempo es infinito, o anotando en alguna parte de mi cerebro no volver a hacer la macana que no me acuerdo cual fue, cuando mis tripas me jugaron en contra. Me entraron ganas de cagar, así, sin más. Obviamente que me aguanté ahí un rato, pero ya después le dije a Kija que tenía ganas de ir al baño, aunque en vano, porque la profe me dijo que espere hasta el recreo, que entonces podría ir. Yo aguanté lo que pude, retorciéndome un tanto, pero ni modo.

El catabolismo es poderoso, y no hay tu tía, así que me cagué nomás en las patas, literal. No sé si habrá sido el olor, o el sonido rampante y libertario de “la mierda oprimida”, pero lo que sí se acercó Kija y comprobó el estado del condenado. Bueh, yo era la vergüenza carnificada ya en ese momento, calculá lo que fue después. Recuerdo que la seguía, que me llevaba de la mano, que a la secretaría, que una latona, que toalla, que ropa, y yo enmierdado. No me llevó al río pensando que era soltero, a bañarme me llevó, claro.

Me trató dulcemente ahí en el baño, toda maternal ella, aunque el agua estaba fría, y a mí no me bañó nunca nadie que no sea Magy, y eso del pudor. Toda dulzura ella, y mientras me bañaba, me secaba, me vestía, con sus manos suaves, tan cálida y algodonal la Kija, y yo sólo pensaba “puta de mierda”, “puta de mierda”, pero no lo decía, porque por ahí ligaba un bife de nuevo. No hablé durante días, de vergüenza. Obviamente no entendí qué fue lo que pasó, pero me quedó lo del no hablar, y lo de cagar en casa.
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MensajeTema: 12- Café con leche   Lun Jun 18, 2012 6:33 pm

12- Café con leche

Pescado frito en un pub de Londres, pierna de cordero en una hostería de Madrid y bife ancho en Montevideo, son algunas de las variables culinarias que suelo evocar en mi mente cuando de vez en cuando me salen con la cantinela - insoportable - de “vos no comés nada, che”, pero que casi nunca verbalizo, por no quedar como el “ñembo valé”, es decir, como el que finge ser más de lo que es. Menos voy a salir a decir que desde que murió Henrrieta no volví a comer una milanesa “de aquellas”, ni hablar de su café con leche.

El mejor café con leche del mundo lo hacía mi abuela. No hablo del cortadito, o el cortado, no; el café con leche. Y tenía su ciencia, porque, como era con leche Nido (en polvo, para los que no lo saben), si no lo hacías bien se te hacían grumos en la taza y era un asco. Aparte, está lo visual, o sea, el color, y ya después el cuerpo, aunque ahí, dado que usábamos Nescafé (no había entonces otro que lo que hoy sería el Tradicional), de repente costaba errar. De todos modos, Magy nunca supo hacerlo, para que veas.

Con Sarah nos tomábamos una taza “de bebido” antes de ir a la escuela, es decir, sin rodajas de pan ni otra cosa. Una taza de café con leche y chau, vamos. Hoy, yo sé que ni la leche Nido ni el Nescafé eran baratos, así que de repente se puede inferir que por eso no había ni siquiera una rodaja de pan, pero creo que era por una cuestión de tiempo el tema, porque ni bien terminábamos de desayunar, cada uno se hacía de sus útiles y ya salíamos para la calle, sin apuro, pero como que con la justa.

Una de esas mañanas, por A o por B, desayuné antes que Sarah, y como gané unos minutos libres, me recosté en mi cama boca abajo. No te hacés idea la sensación. Fue una presión en el vientre, y desde el vientre directo a una parte que entonces no tenía idea de cómo definir. Lisamente una tristeza que te cagas. Obviamente me asusté y me levanté, y ni bien me incorporé la sensación desapareció, así que por probar volví a recostarme y la sensación volvió a repetirse. No se lo dije a nadie. ¿Cómo iba a decir eso, con qué palabras?

Unas cuantas veces más volví a confirmar lo físico-emocional de ese tema. La sensación era horrible, en sí, pero no dejaba de llamarme la atención eso corporal que tenía, y la parte de que yo pudiera provocarlo y también cortarlo. Fue mi primer cara a cara con la tristeza “juerte” y fea, que en su después al dispararse con otras variables menos físicas, sería menos sencilla de resolver, como eso de ver viejitas encorvadas en la calle, y a los perros sin dueño, que hasta hoy me pegan. Fue una ventaja conocerla temprano, porque la tristeza tajea más que el dolor.
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MensajeTema: 14- Primer grado, las dos caras del equipo   Mar Jun 26, 2012 6:25 pm

14- Primer grado, las dos caras del equipo

La verdad que lo mejor del primer grado fue el tema de que se armó un equipo de fútbol, que claro, tenía su nombre, pero que no recuerdo; me parece que era “Don Gato y su pandilla”, o alguna cosa así. Incluso tuvimos una pancarta, o sea, una cartulina que habrá improvisado ahí Kija con lo que había, y atendé esta, teníamos una reina: Geia. Geia era flaquita, blanca “como la nieve” y, al menos para mis ojos, muy bonita. Recuerdo que me llamó la atención, no del tipo “gustarme de”, no estaba todavía para esas cosas, pero algo bastante parecido.

El tema es que hubo una especie de torneo, que no creo que hayamos ganado - porque eso lo hubiera grabado -, pero del que participamos con la clásica “garra”. Personalmente no fue muy feliz la experiencia porque como el estuche es pequeño, me vi más bien perdidoso en lo que era “chocar” con los otros chicos, de manera que me fui limitando a esperar al medio del campo y a la izquierda a que me cayera la pelota y, una vez con ella, correr hacia arriba hasta llegar al área y entonces abrir a la derecha o chutar al arco.

En esas pocas veces en las que me caía la esfera ocurrían tanto el placer como la frustración. El placer consistía en que ni en pedo me alcanzaban hasta cerca del área rival, y había ahí esa carga adrenalítica de ver por el rabillo del ojo a la turba viniéndote con todo y, sin embargo, mantener el balón dominado de a toquecitos y corriendo a todo lo que das. Instantes después, la frustración era cuando ya arriba veías que ningún compañero estaba libre, porque, justamente, estos pelotudos corrían junto con la turba sacando polvo. No había caso, era todos contra todos.

En lo normal, entonces, chutaba al arco y la pelota pegaba o en el defensor o la sacaba el arquero ¿qué querés? En lo semiexcepcional, veía a algún compañero al medio, se la enlazaba y el pelotudo la tiraba a cualquier parte, se la atajaba el arquero, o se lo comía el pelotón. Una mierda total. Ahora, en lo excepcional, o el defensor no había o llegaba tarde. Ahí, ya con sólo el arquero frente a mí, en un microsegundo era sólo fijar a qué costado mandarla y zas, ver la esfera fecundando el rectángulo de Isis. Era mejor que comer.

Recuerdo la sensación de oscuridad del abrazamiento, ese que te rodean y no ves luz. Es como si otros estuviesen felices de que te hayas logrado el trofeo de tu vida. Como que tiene y no tiene sentido. Obvio que no pensaba en términos de victorias, eso es para vos. A lo que voy es que el placer de hacer un gol era tan íntimo que en la inmediatez siguiente como que no entendés a los otros, aún cuando son tu equipo. Es una especie de soledad, de atalaya, que te marca y aturde, como todo lo que transgrede alguna norma.
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MensajeTema: 15- Maltrato infantil    Mar Jul 03, 2012 4:52 am

15- Maltrato infantil

Henrrieta era más de hablar, o sea, en el sentido de la puteada y el plagueo. Había días - con todas su horas -, en las que puteaba y se plagueaba de repente contra Zurko, de repente contra Magy, o contra la empleada, con una manera ruda y sin contemplaciones, así, a voz alzada, a un pelito del grito. En esas ocasiones yo intentaba seguir con lo mío, con la tierra o con las esferas, como si tal, pero lo cierto es que se generaba un ambiente que te hacía sentir como que en cualquier momento ligabas vos también, de paso.

Magy era más de armas tomar, por lejos, y cuando estaba en “esos días” la cosa se ponía grave, porque se ponía al cuello uno de los cintos del viejo (y en esa época los cintos tenían por lo menos cinco centímetros de grosor), y andaba por la casa así, con el cinto al cuello, de manera que cualquier pedo, y ahí nomás pimba! Te fajaba un par de cintarazos y a la mierda. Y mirá, no teníamos lujos, y como la casa era puro patio, tampoco había mucho qué romper, así que andá sabé porqué ligábamos la Sarah y yo.

El viejo, en cambio, se las daba de racional, el hijo de puta. Él iba a por otros castigos, que en lo normal eran dos; uno, arrodillados contra la pared en una de las pocas partes de la casa que tenía baldosas y le daba el sol todo el santo día, de manera que aún siendo de tardecita la baldosa quemaba (acordate que vamos de Asunción, Paraguay). Dos, ir a la habitación, que era como meter dos gatos en una bolsa, o peor, una gatuvela con cien artimañas y un gato medio boludo que ni siquiera se enteró que tiene uñas.

Debo aclarar que el viejo también usaba el cinto, la zapatilla, y hasta el arco del violín; no le hacía asco a nada. Pero cuando lo hacía, lo suyo era otra cosa, se poseía. No era uno, dos o tres porrazos, nah pues. Te daba hasta que se le pase la rabia, así. Pero bueh, estos “días así”, eran más bien infrecuentes, aunque literalmente dolorosos, claro. Sin embargo, mirá lo que son las cosas, todo esto sirvió para marcar, finalmente, una debilidad y una superioridad de Sarah, que hasta ese entonces venía siendo la que dominaba todos los juegos desde arriba.

Resulta que Sarah le tenía horror, terror, pánico, pavor, llamale el factor X, al tema del dolor físico, o sea, al garrote y demás, en tanto que yo, unos cuantos segundos de chuzas, vamos, ya está. Pero media hora de plagueo me turbaban largo, y a Sarah ni le movía una pestaña. Ay, si podés extrapolar… Todo se fue acomodando al gusto de Sarah. Mil chuzas se convirtieron en quinientas arrodilladas y quinientas idas a la habitación. En su debilidad se hacía superior y a mí me daba por los huevos. Claro, no entendía eso de no pegar a las mujeres.
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MensajeTema: 16 - El método Magy    Lun Jul 09, 2012 7:18 pm

16- El método Magy

“Ayudame un poco a mover la mesa” era la frase que sonaba por lo menos tres veces al día. Pasa que había un mango joven hacia el final de la casa, antes de comenzar el patio, pero que tenía su onda con el tema de su distribución de ramas, que no se lucían por lo frondosas, de manera que dependiendo de la hora cambiaba la disposición de la sombra. Como teníamos una sola mesa “exterior”, y la misma se usaba para cocinar, almorzar, planchar, merendar, hacer las tareas y para cenar, se comprenderá que la misma cambiaba de lugar varias veces.

Así, Henrrieta te decía ayudame a mover la mesa, para traerla al lado en que iba a cocinar, y luego, ayudame a mover la mesa, porque era la hora de almorzar y la colocábamos más debajo del mango. Después otro ayudame a mover la mesa, y la llevábamos más hacia el vecino, que era donde merendábamos y hacíamos las tareas, otro ayudame a mover la mesa era para planchar, que era hacia un enchufe para que “alcance” la plancha, y así. Ayudaba el que estaba cerca y, no sé porqué, pero a mí por lo menos me daba por las bolas.

Después del café con leche de la tarde, que no tenía nada que ver con el de la mañana por el tema del calor, venía el tema del método Magy. Nada complicado, desplegar el “cuaderno anotador” y hacer ejercicios por una hora, más o menos. Ahora, no te estoy hablando de un par de veces a la semana, ni de días antes del examen, me estoy refiriendo a todos los días. No sé si podés meter eso en tu cabecita. Cada tarde de sol o ventisca, te guste o no te guste, siempre era la mesa y el anotador como constante.

Sobre la mesa aquella que había que ayudar a mover Magy me agarró la mano y me hizo dibujar la a, me hizo hacer la raya que definía una suma o una resta, y hasta algún dibujito. A un lado Sarah, al otro lado yo, y Magy en la cabecera, todos los benditos días. Poco me acuerdo yo de nada, que el cuerpo tiene cabeza, tronco y extremidades, por ejemplo, y que Cristóbal Colón descubrió América, un carajo. Pero parece que el método funcionó, porque desde el primer grado, es decir, cuando las cosas tienen otro level, que mis notas ranquearon.

En ese entonces las notas eran del uno al diez, y había como una decena de materias, desde Educación Sanitaria, hasta Estudios Sociales, y los exámenes eran trimestrales, como las entregas de libretas. Mierda, tenías que verlo. Toda la primaria, todos los trimestres, montones de diez, como si sólo estudiase. ¡Carajo que no tenía sentido! Bah, a mí, de verdad, no me importaba, aunque eso sí, rescato como mucho que, cuando tocaba examen entraba tranquilo, como un día más, exactamente como un día más, y al sentir la tensión de los otros “compañeritos”, me decía, “¿y a estos, qué les pasa?”
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MensajeTema: 16- Argentina 78   Lun Jul 16, 2012 6:51 pm

16 - Argentina 78

Magy declaró que Menotti era un churro y que era su amor, de movida. Henrrieta comentó alguna cosa respecto de Brasil, y el viejo directamente no dijo nada (porque costaba para que hable, como que siempre estaba pero sin decir; tenía su momento para verbalizar las cosas). El asunto es que comenzó el mundial y, aunque yo no entendía bien todavía lo que era el fútbol, capté que comenzaba lo mejor de lo mejor, en lo que al tema de la esfera comprendía. Anote aquí, escribano, que a esas fechas, yo jamás había asistido a un partido de liga, imagine usted.

De manera que el espectáculo del montón de papelitos cayendo y el de la multitud en las graderías me superó completamente, y sólo con el transcurrir de los partidos lo pude ir procesando. La otra novedad fue lo de la transmisión sonora, es decir, el relato; claro, no sólo veías el partido, sino que lo relataban y comentaban con lo cual cada encuentro se hacía aún más dramático. Aparte, me fui enterando del tema del off side, de que los equipos podían hacer cambios, y que el técnico podía dar direcciones ahí, a un costado del campo. No tenía idea yo.

No fue la segunda revelación, pero fue algo muy intenso y lo puedo resumir en una palabra, un nombre de batalla: Kempes. Cuando lo vi jugar y definir yo dije que su equipo saldría campeón, y fue una certeza como que a la noche le sigue el día, así, certeza. Desde ahí me fui por Argentina y fue mi favorita a ganar el torneo, pese a que nadie de mi parentela, salvo Magy por su enamoramiento por Menotti, se había volcado como yo y de arranque. Calculá lo que fue cuando Kempes llegó a la final y entre mi gente apostaron.

Kempes y los relatos desataron una especie de locura dentro de mi cerebro, o algo así. El caso es que me pasaba con mi pelota en la mano viendo los partidos y, cuando el equipo contrario tenía posesión del balón, yo salía al patio convertido en Kempes, eludía un montón de defensores y marcaba golazos contra la pared. Como no había relator en cabina alguna, también hacía de relator. Lo tenía todo, el estadio lleno, la habilidad invencible del goleador, y un relator, todo en mi mente, y en mi cuerpo, claro. Lo que no me esperaba era pensar en perder.

Una final, fue ahí que aprendí, es otro partido. Yo tenía cierto embole porque no faltó un tío que dijo que todo el torneo estuvo arreglado, que era como mancharme a Kempes, y me dolía no tener con qué contestar. Pero mejor que haya sido así, porque es así cómo se ven los guapos, en el durante y en el después. Pudimos haber perdido (Kempes y yo, o la Argentina y yo), pero no, ganamos. Y podrán decir lo que quieran los que jamás estuvieron en una final, pero una pelota por el palo no se puede comprar. Ni yo podría.
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MensajeTema: 18 - Actores    Jue Jul 26, 2012 6:30 pm

18- Actores

Con el tema de la escuela había una diferencia entre ir de mañana e ir de tarde, la cual consistía en que de mañana iban mayoritariamente mujeres, en tanto que de tarde la cosa cambiaba. Yo iba de mañana y la diferencia era mucha, por decirte, si había treinta o cuarenta alumnos en el grado, como máximo diez eran varones. Digamos que esto ni suma ni resta desde ciertos puntos de vista pero, a la hora de los “actos culturales”, como esos eventos por el día del padre, del maestro, de la madre y del caballo, ahí la cosa se notaba.

Y claro, suponte que por el día de la madre el segundo grado “A” va poner en escena el baile “El pericón”, ¿qué hace la profe? Pues arma las parejas y, como los varones son minoría no se salva ni uno. Ya te conté lo que fue aquello del emperador chino, bueno, eso fue sólo el inicio. Después se vino “el payasito”, papel que representé como parte de un mini circo; el de “paraguayito”, con pantalón negro, faja tricolor, camisa blanca y el tradicional bigote pintado no sé con qué; el de “militar”, y no me acuerdo qué otros papeles más.

La verdad que yo no quería saber nada de esas cosas, eso de actuar, es decir, eso de salir al escenario y tener enfrente a un centenar de personas definitivamente no era lo mío. Por el contrario, Sarah estaba como en su salsa. Ella siempre tenía un rol destacado, o destacaba en el rol que le daban. Ya te digo, si una vez le bajó un recitado que si mal no recuerdo se llamaba “Mi cucharón loco”, y ahí la veías en el medio del escenario con un cucharón declamando como si lo hubiese estando haciendo toda la vida. En fin.

No sé exactamente cómo, pero estas “actuaciones” le prendieron la lamparita a Sarah. En así, uno de esos domingos en el que toda la parentela se juntó en casa de Henrrieta para almorzar, sale Sarah y me convence para repetir el papel de “payasito”, para cantar alguna que otra canción, y no recuerdo qué cosas más. Es decir, improvisó una suerte de show para los parientes, que se acomodaron en sillas y sillones, previa erogación del monto que Sarah estipuló como “entrada”. Es necesario destacar aquí que de los ingresos a mí no me tocó nada. O sea, boludo al cubo.

Los shows se repitieron varias veces y jamás ligué un peso, pero jamás importó, porque ese tema de la plata yo no manejaba, no entraba todavía en mi cabeza. Por otro lado, digamos que se incrementó ese rechazo natural que sentía por los “escenarios” y, colateralmente supongo, hacia la “gente”. De todos modos, aquello no duró mucho, y no se compara con lo que pasó o, mejor dicho, con lo que fue pasando después, cuando fue Magy la que entró en escena, y no en un escenario, sino en la televisión, para que el puto país se entere y me apode.
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MensajeTema: 18- Aviso de curva    Lun Jul 30, 2012 6:08 pm

19- Aviso de curva

De pronto el método Magy tuvo una variación. Básicamente era lo mismo, una mesa, Sarah a un lado y yo del otro, pero en la cabecera, en lugar de Magy, una profesora. Así es, clases particulares. Obviamente yo no me cuestionaba ni por qué, ni para qué, simplemente me dejaba llevar y una vez puesto ahí, ni modo, a hacer los tradicionales ejercicios de los cuales hasta hoy no recuerdo absolutamente nada, pero de los que sin embargo dan fe los registros oficiales en donde constan los resultados. Ahora que lo pienso, todo aquello debió de haber consistido en repeticiones inacabables.

Pasado un tiempito surgió otra novedad, la Magy apareció con un regalo para Sarah y otro para mí. O sea, te explico, en aquella época habían pocas ocasiones para recibir un regalo: el cumpleaños, el día del niño, navidad y reyes. Recibir un regalo fuera de esas fechas era tan probable como que hoy Benedicto 16 apruebe enfáticamente el aborto y la zoofilia en un solo decreto, imposible no, improbable sí. Una vez más no me detuve a analizar nada, yo me prendí del regalo con tanta avidez que ni me acuerdo qué le tocó a la Sarah. ¿Qué me importaba?

Era un autito de lata, a cuerda. Tenía forma como medio de fusca, así, ovalado, del que se desprendía el cuerpo del chofer con el pecho y la cabeza fuera, tipo convertible. Una locura total. Encima, le dabas cuerda con ese crac crac hasta llegar al límite en donde el mecanismo se trancaba y, al soltarlo, sus dos rueditas se disparaban en un sonido de abejeo que, ahí en mi mente era una especie de motor de camión tumba . ¡Mierda, se movía sin que le ande empujando siempre!

En su después me di cuenta, o mucho mejor dicho, me fui dando cuenta de las ausencias de Magy, y solo entonces, inevitablemente, uní los cabos. Había sido que consiguió un laburo, y que el laburo consistía en conducir un programa para niños en la televisión. ¿Y eso qué sería? Intuitivamente no me gustó para nada, pero para nada. Algo le dije a Sarah, pero ella siempre la mar en coche y yo como que mejor me callo que meto la pata. Al final, creo que se lo mencioné también a la Magy, que terminó llevándome con ella al canal ese.

No entendí. Para empezar había mucha gente, unas luces que salían de unos focos de una dimensión que nunca vi, un micrófono del tamaño de un melón sujetado a un armatoste tipo grúa, y la guacha ahí al medio, como si tal, tipo Sarah. Yo detrás de los camarógrafos. De repente fueron celos, es posible, pero decreté que todos los que estaban ahí eran idiotas, todos esos “niñitos”, y todas sus “mamitas”, los camarógrafos también, todos idiotas. No calculé entonces la cantidad de idiotas que iba a contabilizar en mi vida, ni que tendría que revisar lo que entonces me pasó.
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Silvio M. Rodríguez C.
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MensajeTema: 20- El viejo   Lun Ago 06, 2012 6:50 pm

20 – El viejo

Aunque era un maletín, el viejo le llamaba portafolio y, como todas las cosas del viejo, era un objeto sagrado, inaccesible. El máximo contacto se daba cuando de repente te pedía que se lo pasés porque estaba de salida y apurado, o bien, cuando estaba sentado y quería revisar alguna cosa. De ahí que, cuando a veces me daba la venia para husmear en su interior, era más o menos como recibir un premio por un lado, y por otro, como acceder a un territorio secreto. Estaba forrado de cuero color negro por fuera, y por dentro de una felpa clara.

Me gustaba el tema de los compartimientos, sobre todo. Esos chiches que tenía para colocar lapiceras, documentos de identidad, carpetas de tamaño oficio, y todas esas cosas. Revisaba los papeles sin leerlos, pero me hacía el importante deteniéndome a mirar las hojas mecanografiadas, algunas de ellas con varios sellos y diferentes firmas. Lo sacaba todo de su lugar y parsimoniosamente, inventándome historias y endiosando mis gestos, las volvía a colocar en su mismo exacto sitio, se me ocurre que como esos francotiradores de las películas que encajan las piezas del arma en los recovecos predestinados, cierran el estuche y se rajan.

El otro tema que me gustaba inspeccionar, y un tanto más accesible que el portafolio, era el estuche del violín (perdón aquí por repetir el palabro), pero el viejo le llamaba así, “el estuche”. Ahí no había mucho qué investigar, pero de todos modos era entretenido, porque había poco espacio y sólo una especie de cajita a un extremo, dentro de la cual había cuerdas con diferentes envoltorios y de diferente grosor, la brea (que siempre me fascinó), algún lápiz, un borrador, y un puente. Mientras yo inspeccionaba, el viejo practicaba. Yo me aburría enseguida, pero él parecía no cansarse nunca.

Lo mejor se daba algunos sábados, cuando el viejo me llevaba al fútbol. Se trataba de fútbol de salón y era con sus compañeros de oficina. El ambiente era muy particular, puesto que desde que llegaban todos se hacían bromas; se cargaban, como dirían los argentos. El color de un short, o lo que llevaba escrita una camiseta era motivo suficiente para “marcarlo” al cuate de turno, para tallarlo con la contundencia del guaraní, con esa chispa que tiene el yopará (mezcla del guaraní con el español), y hasta en español clarito. Después del “partidí”, necesariamente, se procedía al asado, obviamente.

Y sí, ese portafolio negro con papeles mecanografiados y documentos; el estuche con la magnífica brea, el lápiz y el borrador; la pomada que hacía entrar en calor los muslos y la correcta manera de vendar el tobillo antes de entrar a la cancha, fueron las cifras sin números, los primeros bosquejos visuales, auditivos, aromáticos, con los que fui conociendo a mi viejo. Por donde nos fuimos acercando muy por encima de las palabras y los diálogos, en un territorio como que completamente intuitivo por mi parte, y como que “tratá de no joderme”, de su parte. Total, entonces teníamos tiempo.
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MensajeTema: 21- Déjame que te cuente   Miér Ago 15, 2012 6:16 am

21- Déjame que te cuente

Hay quienes dicen que el mejor lugar del mundo es la cama de los viejos. Bueno, es posible. Había veces en las que Magy, ahí al medio, abría el libro de cuentos y Sarah y yo nos dejábamos llevar a esos otros mundos. No lo recuerdo frecuente, y memoro frazadas y ventanas cerradas, la tibieza del colchón, la de la cercanía, de manera que aquellas lecturas debieron darse cuando se daba el frío del invierno, o los bajones de temperatura de las lluvias. Hay que tener en cuenta que allá en Asunción el calor no daba para andar encimados, ni nunca.

Los cuentos eran de una colección de unos diez libros, encuadernados con tapa dura, y cuya presentación no me gustaba para nada, en tono celeste claro, y con unos dibujos refiriendo a hadas que me inspiraban algo más cercano al miedo que a cualquier otra cosa. No sé, había algo frío, algo que no me encajaba en esos diseños. La voz de Magy, cuando se soltaba sobre el relato me libraba de todo aquello, porque su entonación era firme y clara, como si estuviese muy metida ahí en lo que nos estaba contando, y hacía entonces posible vivir todas esas historias.

En algunas inolvidables fechas la narración se daba en la habitación que compartíamos Sarah y yo (ojo que no le decíamos “habitación”, sino pieza), y el que se presentaba a relatarnos el tema era nada menos que el viejo. Obviamente la escena comenzaba con la disputa de si en la cama de quién iba a sentarse el gran visitante y, obviamente, truco aquí, truco allá, Sarah ganaba el sitio “limpiamente”, pero bueh. El caso es que el viejo tenía en su haber unas aventuras que no tenían nada que ver con aquellos clásicos que teníamos carpeteados. Eran más de “este” mundo.
Tenía un personaje que era imbatible, un tal Perurimá, que se las pasaba de listo dejando a todos como tontos. Y aquel cuento genial del burro, el gallo, el monito y la ranita, que tomaron por asalto una granja y se adueñaron del lugar; por lejos de lo mejor que entonces había escuchado. No sé si eran por los relatos mismos, pero el tono del viejo comenzaba grave, y luego se iba acelerando y encendiendo, hasta que al final estallaba en una carcajada en la que los tres nos metíamos de pleno. Aquello era reír hasta lagrimear y sin pagar entrada.

Sin embargo, todo aquello duró más bien poco, o muy poco. Supongo que entonces tampoco dábamos la lata con el tema de “dale, contanos un cuento, dale, dale”; o de repente de una nos mandaron al tambo y listo. Lo cierto es que apareció un sucedáneo espectacular: Condorito. Y sí, como nos defendíamos con el tema de leer, a la hora de dormir cada cual podía tomarse un ejemplar y darse una lectura antes de que el oficial de turno venga y apague el velador. Así, con Sarah comenzó el “escuchá este”, y ese querer seguir leyendo “un poquito más, ¿sí?”
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MensajeTema: 22- El otro ámbito   Lun Ago 20, 2012 5:51 am

22- El otro ámbito

La primera y la segunda vez se dio en vacaciones de verano y fuimos todos, Magy, el viejo, Sarah y yo. Creo que para la tercera ya me dejaron ir solo por una suma de factores, primero porque las veces anteriores no había cometido errores notables, segundo porque iba madrina (la tía Kej), y con ella no se jodía, y finalmente porque padrino (el gran tío Niftí), tenía la habilidad de transmitir una alegre serenidad sea la situación que sea. De manera que contando con unos siete años me largué para el campo, destetado de madre, agua potable y luz eléctrica.

Después de unas horas de viaje en ruta entrabas al camino de tierra, y ahí la diversión era bajarte a abrir los portones que por el camino separaban los diferentes campos. Tras el último portón sentías que la senda se iba empinando, curvaturas a la derecha, a la izquierda, hasta que al final llegabas al casco, a la casa. Y ahí la maravilla, porque al llegar te dabas cuenta de que la casa estaba en la cima de un cerro, que a un lado (o en frente) tenía otro cerro más alto aún, y como pegado a este, otro más bajito.

A cincuenta metros de la casa estaba el galpón, donde vivía el capataz, su esposa, y una decena de hijos, que siempre nos recibían con esa cara de novedad de “mirá quien viene”. Tras bajar de la combi, “¡orden es progreso!” gritaba padrino, largaba unos cuantos pistoletazos y se mandaba unas carcajadas. Entonces descargábamos los víveres y algunos enseres de la camioneta hasta que madrina lo tuviese todo a mano. Luego, yo acomodaba el bolsón con mi ropa en algún lugar, elegía y preparaba el catre que iba a usar y listo, libre. Rajaba al galpón a juntarme con la peonada.

Vitorio era el mayor de los hermanos varones, unos cuantos años mayor que yo, pero no muchos, y era el que siempre estaba a cargo, el capitán de cuadro, digamos; siempre jugaba de tranquilo, como los habituados a tener la responsabilidad encima. Francisco era como de mi edad, más bien loco y algo rezongón, y era con quien más me llevaba. Después venían Valentín, un par de años menor que yo, y Juancito, que por entonces apenas se ponía en pie y del galpón casi no salía. Luego estaban las mujeres, muchas, de toda edad, y a las que no peloteaba.

Los ingenieros de tamaña prole eran ña Raimunda y don Jasón. Ella, espigada, morena, de voz suave y cantarina, siempre con un cigarro en la boca; él, más bien cobrizo, panzón como un tonelito y para nada alto, con aire tirando más a indescifrable antes que a rudo. Aunque yo no masticaba el guaraní, ni ellos el español, igual nos entendíamos, apoyados de repente por gestos y, a lo mejor inconscientemente, aguzando los sentidos sobre el tono, las miradas, y todas las señales que uno y otro dan cuando dicen. Aparte que hablar, no se hablaba mucho, hacer era el tema.
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MensajeTema: 23- Días de campo 1   Miér Ago 22, 2012 6:53 pm

23- Días de campo 1

En la estancia (así le decíamos) la actividad comenzaba más temprano de lo habitual, un poquito antes del amanecer, en ese momento que cabe en la expresión “oscuro todavía”. Yo me despertaba al sentir el movimiento de padrino y madrina, que arrancaban el día sin hacer barullo, más bien evitando hacer ruido, pero el murmullo entre ellos, el sonido de las zapatillas del tío Niftí acomodándose a sus pies, y el del jarro de metal vuelto a colocar en el plato sobre el cántaro de agua, me servían como un despertador suave, y como indicador de que la jornada estaba empezando.

Lo primero era el mate, que se tomaba en la esquina de uno de los corredores que rodeaban toda la casa, normalmente en la cabecera posterior, por donde se veía la salida del sol. Mientras clareaba, aparecía don Jasón e intercambiaba palabras con el tío Niftí, dando parte de tal o cual cosa, recibiendo instrucciones sobre tal o cual otra. Abajo, en el llano, se veía a los animales que iban en fila, ordenaditos, directo para el arroyo a beber agua. “Lo primero que hacen es tomar agua”, decía padrino, de ahí que arrancábamos el día bebiendo un vaso de agua.

Mientras nosotros estábamos con el mate, ña Raimunda y parte de su prole estaban en el corral ordeñando a las lecheras, que era otra ciencia. Ahí, en el ordeñe, estaba prohibido el tema del alboroto; sí se podía hablar, incluso reírse, pero el quilombo estaba prohibido. La que ordeñaba era ña Raimunda, y la leche, caliente, olorosa, caía en una olla grandota, de la que Vitorio y demás se servían un poco con un jarro. Acabado el ordeñe se soltaban a los mamones, que se pegaban con furia a las tetas de sus viejas, entre enojados y famélicos, como reclamando casi.

Haciendo gala de su descomunal fuerza, la que llevaba la olla hasta el galpón era ña Raimunda. Ya en el galpón, parte de la leche la volcaba a otro recipiente, lo llevaba hasta la casa y se lo entregaba a madrina, quien la ponía a hervir para luego servirla sobre la mesa del comedor y avisar que ya estaba el desayuno. Entonces dejábamos el mate y nos íbamos hasta la mesa, donde podías mezclar la leche con café o con cocido, y acompañar con coquito o con palito. Convenía cargar bien el tanque porque hasta el almuerzo no volvías a comer.

Cuando terminábamos de desayunar el sol ya estaba alto, y parecía que ya había pasado mucho tiempo desde que te despertaste, pero el pasto todavía estaba mojado por el rocío y no habían soltado aún a los animales. Soltar a los animales era la diversión inicial (que venía en modo vaca, modo oveja y modo cabra) y la principal dificultad, para mí al menos, era que el Fordward no tenía agarre con el pasto, de manera que correr hasta el corral implicaba caerse un par de veces, mínimo. Esta dificultad, o más bien limitación, después la resolvería padrino con una frase.
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MensajeTema: 24- Días de campo 2   Miér Ago 22, 2012 7:01 pm

24- Días de campo 2

Me había dado cuenta de que Vitorio y Francisco jamás tropezaban mientras andaban, y no sé, de repente me cayó el rayo celeste o simplemente por primera vez hice sinapsis, pero el caso es que concluí que eso se daba porque siempre andaban descalzos. Como para mí era fundamental el tema del agarre y de vencer aquella limitación de caerse todo el tiempo, va que me descalzo y pruebo la pista sin el Forward, minga, todo mal. Al segundo paso que di una espina, al tercero otra, y así. No pude caminar ni tres metros y frustrado volví nomás a calzarme.

Yo me figuré que todo eso era una mierda, que de algún modo tenía que haber un secreto, una trampa que yo no estaba pillando, algo había ahí a lo que yo no accedía, es decir, no podía ser que otros sí y yo no, no me cerraba. Así que se lo planteé a padrino el tema de por qué a Vitorio y demás las espinas no les clavaban y sin embargo a mí sí; simplemente me dijo: “si tenés miedo te van a clavar”. Fue una trompada, más o menos. Porque si bien estaba, recién ahí pude ver ese miedo.

No reaccioné al tiro, sino que lo dejé venir. Esperé a que en cierto momento cada cual estuviese en sus cosas y me senté al borde de la casa, solo, pensando qué tan cierto, qué tan probable sería aquello que dijo padrino. Asumí que era verdad, porque era verdad mi miedo y porque padrino nunca fallaba, de manera que traté de meterme en la cabeza la convicción de que las espinas no me iban a clavar. Me descalcé y estuve con los pies sobre el pasto durante un buen rato, mirando al frente, poniéndome como meta llegar hasta la alambrada descalzo.

Me paré. Me dije que si iba despacito iba a ser maricón y sería al pedo, que más valía caminar seguro hasta llegar, que era eso o nada. Y ahí fui. Dos pasos, tres, cuatro, nada. El corazón como un tambor, y vamos, el pasto una felpa, agarre puro y firme, ya me reía, ya no me lo podía creer y estaba a mitad de camino. Seguí avanzando con el tambor redoblando por dentro hasta que llegué a la alambrada, donde me apoyé sin mirar atrás. Estaba sudando. Giré, volví hasta la casa. De la casa volví hasta a la alambrada.

Repetí el circuito unas cuantas veces curvando la trayectoria, no vaya a ser que justo por donde andaba no hubiese espinas, luego probé el trote haciendo eses y finalmente me lancé a correr. ¡Mi Dios, era cierto! Completamente cierto, bastaba con perderles el miedo para que las espinas, estando ahí, dejasen de estar. Por un lado, ya te imaginarás el tremendo contento que sentí, por otro, comprenderás cómo la figura de padrino creció hasta la altura de las nubes, fácil. Sin embargo, lo curioso se dio cuando después, al pasar este dato a mis congéneres, no les funcionó como a mí.
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MensajeTema: 25- Días de campo 3   Lun Sep 03, 2012 7:27 pm

25 - Días de campo 3

Aunque yo sí, en la estancia no estaban nunca de vacaciones, es decir, todo el mundo tenía algo qué hacer, y tenían que hacerlo a una hora determinada. Esto había que entenderlo, sobre todo por el tema de los caballos, que aún siendo el principal objeto del deseo, no estaban allí para como atractivo turístico para niños de ciudad; nada que ver. Así que si quería cabalgar la mejor opción era pescar por Vittorio o Francisco y subir detrás de cualquiera de los dos. Vittorio directamente no me peloteaba; Francisco, en cambio, rezongaba pero al final me dejaba ir con él.

La otra alternativa era una mula, no sé si vieja, pero que no iba para ningún lado - con decirte que subirte sobre la alambrada era mucho más peligroso -, pero tenía la ventaja de que me dejaban montarla solo. Aparte estaba mi objetivo, un caballo del que decían que era arisco, o peligroso, pero que yo lo sentía de carácter rudo y amigable. Era de un marrón oscuro, con un porte medio de malevo enojado, con unas manchas negras en el cuello como de llagas, y que no sé por qué, de ahí era que se le decía el moro.

En algún momento, vencida por la siesta, la población se descuidó y en una nada de tiempo estuve sobre el moro. Corcoveaba el guacho, y la verdad que me asustó un chiqui, pero el placer le ganó por lejos al miedo, así que le azucé levemente y ahí comenzamos a andar, lentamente, por alrededor de la casa. Como le tomé confianza le solté rienda, incliné mi cuerpo hacia delante y el moro entendió a la primera. Corrijo, el hijo de puta entendió lo que quiso, esto es, se disparó como una bengala. Yo solo intentaba no caerme de cabeza demasiado pronto.

Apenas logré mantener el equilibrio apretando mis rodillas (no alcanzaba los estribos), y bordeé la casa por sus lados hasta que tuve enfrente el galpón y, a la derecha, la opción de salir al campo abierto. El moro, puesto en modo bestia, decidió ir a atropellar el galpón. En ese momento vi a ña Raimunda moviendo los brazos, como aleteando y graznando, con la prole detrás, también aleteando y graznando, como si todos estuviesen festejando mi jineteada. Lo cierto es que delante estaba el alambre grueso en donde se colgaba la sesina, y de seguir ese trayecto me quedaría sin cuello.

Mirá, dos metros antes lo vi al alambre ese, y justito alcancé a agacharme, luego me incorporé y tiré de las riendas con todas mis fuerzas, de manera que el moro resopló y resopló hasta que al final se detuvo. Un quilombo. Vittorio estaba enojado, mal, y por poco no me tira de la montura. Ña Raimunda, gracias a los dioses, comenzó a reírse. Detrás, los gritos de madrina y las carcajadas de padrino. Yo estaba feliz, demasiado feliz, y al tiempo asustado y preocupado, sintiéndome en falta. Pero nada, desde ahí comencé a montar solo, y claro, solamente al moro.
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