Dualidad 101 217


 
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 ¿Por qué dualidad? ¿Por qué?

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Silvio M. Rodríguez C.
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MensajeTema: 26- El tío Herbert   Lun Sep 10, 2012 3:35 am

26- El tío Herbert

El que a menudo solía dejarse ver por casa era el tío Herbert, el hermano mayor de Key, hijo del primer matrimonio de Henrrieta. Cuando aparecía, solía llegar un poco antes de la hora del almuerzo y tenía su propio ritual, breve, pero constante. Lo primero era un “hola mami” y darle dos besos a Henrrieta, después era sacarse la camisa y colgarla por algún sillón quedándose en camisilla (siempre usaba camisilla) y, finalmente, prepararse un tereré al que le echaba unos chorritos de limón. Tereré en mano, se quedaba un rato parado hablando con abuela, y solo después se sentaba.

A diferencia de los poéticos saludos del tío Zurko, el tío Herbert le bajaba un “¿qué hacés, perro?”, y me pasaba la mano con la clara intención de rompérmela. Yo le devolvía el apretón tratando de devolver el ataque con todo lo que podía y sin hacer trampa, es decir, con una sola mano, pero al pedo, no sentía nada la mole esa. Después de unos segundos, durante los cuales sin dejar de sonreír me clavaba los ojos, me soltaba. Entonces nos sentábamos y, contrariando el manual, al menos hasta recuperar mi mano, era él quien cebaba los mates mientras charlábamos.

El tipo era más bien callado, casi todo el tiempo estaba sonriente, y su sonrisa le hacía fruncir el seño. Al tiempo, tenía una especie de tic, esto es, no paraba de mover las piernas. Así, cuando le hablaba, y andá a saber qué cosas le decía, el tipo parecía realmente interesado en lo que le estaba contando, y bueno, como a cualquiera, me gustaba que me den pelota. La cosa se ponía buena cuando, ya listo el almuerzo, se nos unía Henrrieta y entonces la charla era entre “adultos”. Solo que ahí si hablaba Henrrieta, Herbert no me dejaba opinar.

Hablando con Magy, me enteré que el tío Herbert era por demás inteligente, que había estudiado para abogado, y que faltándole poco para terminar lo había dejado. En aquel momento no me cerró lo de no terminar la carrera, llegar al borde y no saltar, por decirte, había algo ahí que no encajaba y que no podía explicar, aunque nunca pregunté “por qué”. Sin embargo, aunque jamás, o sea hasta hoy, lo he visualizado, a mi modo y “sin querer queriendo” husmeé posibilidades, por supuesto, sin seguir ninguna regla ni ningún razonamiento, a puro impulso lúdico nacido de no sé dónde.

Fue en casa de tía Key. En un momento de una noche de fiesta me percaté que tío Herbert estaba más contento que lo habitual, vaso en mano. Se lo canté a Jor-Elhs que la cazó al tiro, así que fuimos juntos y, muy amables nosotros, le ofrecimos traerle más trago, tío Herbert aceptó contento. Como a la cuarta vuelta, ya que estábamos, comenzamos a tomar unos sorbos también nosotros. Ya te imaginarás el pedo que teníamos los tres cuando tía Key pilló el tema, y del quilombo que se armó entonces. Lista de castigados es poco, todo mal, bien mal.
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Silvio M. Rodríguez C.
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MensajeTema: 27- La casa de tía Key   Lun Sep 17, 2012 8:27 pm

27- La casa de tía Key

Una de las particularidades de la casa de tía Key eran sus muebles. Tenían un diseño digamos que básico, o rústico, pero una solidez que no se veía por ahí, de esos que te duran fácilmente un par de siglos, y más. El tío Niftí era quién los hacía en una especie de taller dispuesto al fondo del patio, en donde tenía todo ese montón de herramientas que ya te imaginarás estaban prohibidos tocar. Rous, la hija de Key y Niftí, y entonces mi prima, era la principal ganadora con todo eso porque tenía su cuarto decorado con muebles sobradamente exclusivos.

Otra singularidad era Loreto, al que todo el mundo (o sea, los adultos) llamaba Loretito, y al que yo particularmente no sabía bien cómo tratar. El tipo era alto, flaco, canoso, de igual o más edad que el tío Niftí, y no estaba bien de la azotea. Era manso, pero tampoco te dejaba joder, y ahí estaba el tema, porque a pesar de estar rayado, y de que nadie le peloteaba, si jodías te bajaba una puteada. Así que a la hora de quilombear me fijaba si andaba cerca, porque el tío cantaba y, al final, era también como un adulto.

También estaba el tema de las chicas. Nunca supe el porqué, pero en casa de tía Key vivían unas pibas, jovencitas, a mis ojos guapas, y a mi sentir, amorosas, que se instalaban en un ala de la casa. Las chicas solían trajinar de aquí para allá con el tema de la cocina y la costura, actividades en las que siempre veía a tía Key, haciendo y dirigiendo. Me dejaban estar con ellas y, al parecer, se divertían bastante con mis ocurrencias, como aquella de que “las mujeres son células muertas” que les dije alguna vez, y que tanto se divulgó.

Ahora, lo realmente extraordinario era que había una terraza larga como la casa misma, que en lugar de tener tejado, tenía eso, la terraza, a la que subías por medio de una escalera un tanto estrafalaria, hecha de material, es decir, de ladrillo y cemento. Por supuesto, subir a esta plataforma excepcional estaba prohibido por orden expresa y directa de tía Key, que, como dije, no te permitía una sola macana. Supongo que tal prohibición venía por el hecho de que no era segura, dado que por entonces no tenía barandas, así que estaba el borde y ahí nomás el vacío.

Un domingo en el que nos juntamos todos en lo de tía Key, aprovechando el momento de la sobremesa, me abrí solo, sin Sarah, ni Jor-Elhs, ni Rous, y, callado, subí a la terraza. Parado en la cabecera que daba al jardín, vi que era más alto de lo que parecía desde el suelo y no me animé a saltar como tenía planeado. Así que me colgué de los brazos, como para soltarme después, pero ya colgado seguía estando alto y no tenía fuerzas como para volver a treparme porque no tenía en qué hacer pie. No quedaba otra que gritar.
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MensajeTema: 28- Navidad 1   Lun Sep 24, 2012 6:46 pm

28- Navidad 1

La navidad era otra variable. La cosa comenzaba cuando Magy disponía en el suelo láminas de papel madera, tarros de pintura, unos pinceles gruesos, de esos que usaba cuando pintaba puertas, y el paquete de yerba mate. Sarah y yo al lado, Sarah colaborando y yo mirando, que para las manualidades siempre fui un negado de raza. Era desplegar el papel madera y pasarle una capa de pintura y luego otra, no tan parejamente, sino de tal modo de ir dándole relieve, luego, con la pintura todavía húmeda, se le echaba la yerba mate, pero solo el polvo, no los palos.

Una vez listas las láminas, que por efecto de la pintura y la yerba mate adquirían una tonalidad que implicaban el verde, el marrón, el bordó, y una mezcla de tonos que no sabría definir, se ponían a secar al sol. Entonces era el momento de sacar las estatuillas y demás figuras que se guardaban envueltas en papel diario dentro de cajas. Eso lo podía hacer, desenvolver y poner en orden las ovejas, los camellos, vacas y demás, como también pasarles trapo para que les salga el olor a encierro que tenían. Los personajes humanos los dejaba a manos más hábiles.

Magy y Henrrieta pasaban a discutir entonces si dónde se iba a armar el pesebre. La verdad que no había muchas opciones, o adentro o afuera. Adentro era en un hall, una galería que era la continuación del zaguán de entrada, y afuera era un patio lateral, al costado del hall, ahí donde, cuando el viejo nos castigaba, Sarah y yo nos arrodillábamos mirando a la pared. Decidido el lugar, Magy se tomaba algo de tiempo, como para medir “tablas y medidas”, e iba a por las láminas, que con el sol de diciembre se secaban bien rápido.

Ahí ocurría lo mágico. Primero, Magy colocaba unos ladrillos, y/o algunas piedras en el sitio elegido; luego comenzaba a arrugar las láminas, a primera vista arbitrariamente, como si intentase abollar la hoja de un cuaderno, pero, si te fijabas bien, veías que cada lámina la arrugaba sólo en una parte, y de una manera determinada. Al final, las láminas encajaban entre ellas conformando un cerro que era sostenido por los ladrillos en su interior, y sujetado por las piedras en su exterior. El cerro, ya te imaginarás, tenía los tonos de uno real. Sólo quedaba recrearlo con las figuras de barro.

La ubicación de los pastores, la de José o la de María, como que no tenían discusión, sus poses mismas eran limitativas, así que ahí no había chiste. Para con el resto de las figuras, Magy nos dejaba dirigir a Sarah y a mí. “Que no ves que está acostada, por eso queda mejor aquí”. “Fijate que está como trepando, por eso va mejor ahí”. El momento final y cumbre era cuando Henrrieta (solo ella podía hacerlo) colocaba al niño. Claro que no era un niño al uso, sino la foto, encuadrada, de un niño de barro. Para nosotros, nada llamativo.
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MensajeTema: 29- Navidad 2   Vie Oct 05, 2012 7:17 pm

29 – Navidad 2

El espectáculo del pesebre lo cerraba una vela amarilla, gorda, que se ponía debajo de la foto del niño, y se encendía cuando llegaba la noche. Especial la vela, porque mirá que duró todas las navidades y años nuevos de los que tengo memoria, aunque bueno, ahora que lo pienso, sólo se encendía dos veces al año, en noche buena y en la noche de fin de año. Independiente del simbolismo que para toda la gente pudiera tener, la vela esa a Sarah y a mí nos servía para encender las estrellitas, sin andar perdiendo la paciencia con los fósforos Orbiz.

La parentela, toda, se juntaba en casa, obviamente por el hecho de que Henrrieta ejercía el indiscutible poderío del matriarcado. Ni bien caía la noche iban apareciendo la tía Marianne y la tía Key con sus respectivas proles; el tío Herbert a veces con, a veces sin su gente, que era raro también en esto el cuate, y algunos foráneos que nunca faltaban. Magy y Zurco iban de anfitriones. Aquí, el detalle importante es justamente la localía; Sarah y yo jugábamos de locales, teniendo como máxima autoridad a Henrrieta, de manera que ni Key ni Marianne tenían jurisdicción sobre nuestros quilombos.

Con Jor-Elhs nos rajábamos para la calle, en donde con los otros chicos de la cuadra le dábamos a las estrellitas y a las bombas. Cada tanto entrábamos a la casa para picar algo y, dependiendo de la hora, ligábamos algún sorbo de sidra o de cerveza del tío Herbert, o directo de algún vaso que algún adulto descuidado dejó por ahí, así que para la medianoche, cuando se daba el show de cierre, que consistía en agruparse frente al pesebre unos minutos antes de las doce a arrodillarse y rezar, estábamos más bien en pedo y todos nos parecían ridículos.

En una ocasión, estando en el jardín y por lo aburrido que ya me resultaba el tema de dibujar con estrellitas, comencé a lanzarlas a la calle cuando estaban por terminarse, imaginándome que eran como estrellas fugaces. Enseguida con Jor-Elhs jugamos a quién las hacía llegar hasta la otra vereda. Al rato me percaté que detrás de nosotros estaba la casa, y ahí comenzamos a arrojarlas al techo. Ya sabés como son los machos, quién más alto, quién más lejos, qué tiro sale mejor, etc. Estuvimos un buen rato tirando las estrellitas, hasta que escuchamos los gritos que venían de adentro.

Entramos a ver y la cosa estaba grave, un correteo frenético de baldes de agua y el apartar de sillas y mesas. El pesebre, que se había hecho afuera, se había incendiado. Nadie entendía cómo había pasado, justo porque Jor-Elhs y yo (únicos posibles culpables) estábamos en el jardín. Sin embargo, apagado el incendio, se evidenciaron los restos de alambre de las estrellitas entre las láminas chamuscadas y, como nosotros cantamos lo que habíamos estado haciendo antes, solitos nos sentenciamos. Menos mal que rondaba el espíritu navideño, así que no hubo garroteada, pero sí ese eterno quedarse sentado en un sillón.
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MensajeTema: 30- Toby   Mar Oct 09, 2012 3:46 am

30- Toby

El primer par de perros que tuvimos con Sarah fueron Manchín y Manchón, pequeños, blancos y con manchas marrones, según me dicta la memoria. Manchín era el de Sarah y Manchón el mío. En teoría Manchón era el más bravo, o eso pretendía yo, pero lo cierto es que ninguno de los dos tenía buen genio, cosa que se evidenciaba al darles de comer, y pasaba que el uno se metía con el plato del otro terminando a los mordiscos, enfurecidos, como si en lugar de hermanos fuesen perros desconocidos, y como si fuese que les iba a faltar la comida.

Aunque el viejo me llegó a explicar que los perros son así, y que a la hora de comer se vuelven muy sensibles, yo no llegué a entender el comportamiento de los cachorros, e incluso me pareció que al viejo algo le fallaba en el discurso porque allá, en la estancia, igual había varios perros y ninguno daba problemas. Al final, parece que alguien resultó lastimado, no estoy seguro, pero me parece que alguna dentellada ligué yo, que me gustaba el tema de acercarme con la comida, así que la dupla quilombera ligó la tarjeta roja y no se supo más.

Seguramente la directiva estableció que el problema se dio porque fueron dos perros, y que tratándose de uno no habría dramas. De manera que luego de un tiempo apareció un nuevo cachorrito, marrón, de pelo lacio, hocico negro y corbata blanca, un pekinés. A su estilo, Sarah se apropió unilateralmente de Toby, y yo no discutí el asunto de la propiedad porque lo cierto es que no me importaba, que tampoco me iban a prohibir jugar con el animal cuando tocase. Qué decirte, el Toby resultó tener peor carácter que Manchín y Manchón juntos, aunque se tomó un tiempo para demostrarlo.

Cuando llegábamos de la escuela Toby nos recibía a Sarah y a mí con el típico saltiteo, la movida de cola, y algún ladrido festivo. Ahora, vos le pasabas la mano devolviéndole la fiesta acariciándolo una, dos veces, pero a la tercera ya te gruñía. Yo me lo carpeteé que era un jodido y cuando jugaba con él le buscaba el lado de fiera que tenía. Con los almohadones del sillón, por ejemplo, le buscaba pelea, y el tipo no dudaba en atacar. Ahí me cuidaba, porque el pekinés no macaneaba, y más de una vez me arrancó piel haciéndome sangrar.

No sé que habrá pensado aquella vez Toby, pero trajo su comida, algún hueso habrá sido, y se puso a masticar debajo de la mesa donde nosotros estábamos almorzando. El viejo movió los pies y el pekinés le saltó y le mordió un par de veces. Mierda, ahí nomás el viejo se sacó el cinto y lo cagó a garrotazos al bicho, casi lo parte. Sarah se tragó los mocos apenas, y yo aguanté también en silencio; Toby se rajó rengueando hacia el jardín. Cuando terminamos de almorzar salí apurado a buscarlo, lo vi en el regazo de Zurko, dejándose acariciar.
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MensajeTema: 31- Polibandi   Dom Oct 14, 2012 7:45 pm

31- Polibandi

Se hacía un círculo entre los que iban a jugar, y uno de los participantes mientras decía “sandía sandía tú serás policía” le tocaba el pecho a los otros haciendo coincidir cada toque con cada sílaba pronunciada, y al que le tocaba “cía” terminaba siendo eso, policía. Se alternaba con “melón melón tú serás ladrón”, de manera de tener dos bandos. Dispuestos los contrarios y establecido dónde sería la cárcel, al grito de “¡ya!” los ladrones se disparaban y los policías corrían en procura de agarrarlos para llevarlos presos. A esto le llamábamos el polibandi y era el juego por excelencia.

Como jugábamos al polibandi en el recreo la cosa tenía un aditivo extra, sí, el tiempo. Como sonaba el timbre se terminaba el juego y sí o sí había un bando ganador; los policías, si acaso lograban capturar a todos los ladrones, o estos, si tan sólo uno de ellos estaba libre en el segundo final. Tranqui, para hacerlo más parejo, siempre había más policías que ladrones, tampoco éramos opas. Ahora, lo bueno era que a un ladrón libre le bastaba con tocar a los ladrones presos para liberarlos, por lo que siempre había uno o dos policías cuidando la cárcel.

Por otra parte, una de las maravillas de este juego era que lo jugábamos entre niños y niñas, cosa que para nosotros era rara, y que nos ponía algo incómodos, pero de la que ni bien comenzaban los correteos nos olvidábamos. Obviamente no es un juego para cualquiera, digamos que exige cierta condición física y de carácter, al menos si querés ganar, claro. Porque mirá, al menos como lo jugábamos nosotros, al momento de capturar vos tenías que agarrar, así, el propio agarrar, que cosa normal un lazo de guardapolvo roto o un botón de camisa desprendido por resistir el aprisionamiento.

En algunas ocasiones especiales ocurría que de común acuerdo conveníamos en jugar niños contra niñas, y eso sí que era un goce, porque había como un desafío extra, no sé, de repente porque estábamos en una edad en la que los nenes con los nenes y las nenas con las nenas, qué se yo, de por ahí algo había en que querías ganarle al género, alguna cosa así. Cuando se daba, las chicas mínimo nos duplicaban en número, siempre de común acuerdo, y esto lo veíamos justo, que vamos, eran nenas y a lo físico no le daban tanto como nosotros.

Para mí, en lo particular, no eran rival, qué querés, ni en velocidad, ni en amagues, ni en medir distancias, nada, no tenían nada las pobres, salvo una cosa: ganas. No hay animal más agresivo que una mina, tío. Si mal no recuerdo, dos veces me agarraron siendo yo ladrón. ¿Vos creés que no me resistí? ¿Vos creés que no terminé arañado? ¿Vos creés que no me pusieron una poli “dedicada” apretándome su espalda contra el pecho en la cárcel? Ya te digo, eran juegos especiales, hermosos, intensos, a los que sólo pueden igualarse los que jugábamos los niños contra niños.
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MensajeTema: 32- La fama de Maggy   Lun Oct 15, 2012 8:07 pm

32- La fama de Magy


Como normalmente era más bien risueña, alegre y conversadora, a mí no me llamaba mucho la atención que a Magy se le acercasen a saludar un par de viejas ahí al llegar al colegio, ni tampoco encontrarla rodeada de otras tantas a la hora de la salida. Sin embargo, más o menos de la nada, el número de estas viejas fue aumentando, y varias veces escuché un “¡Ahí viene Magy!, como si la que llegaba fuera alguien famoso. Incluso de cuando en vez la podías ver charlando con la hermana directora, y no precisamente porque yo me haya metido algún pedo.

Lo primero que comenzó a molestarme es cuando estas viejas, estando yo al lado de Magy, o cuando llegaba junto a ella tras salir del aula, volcaban la vista y salían con el “¿Y este es tu hijo? ¡Pero si es tu cara!”, dándose inicio así al toqueteo, que incluía la horrible caricia en alguna de mis mejillas y el pasar la mano por mi cabello. A mí esto me enojaba muy mucho, y me liquidaba que como iban en plan de “cariñosas” no les podía lanzar una patada o intentar darles un manotazo, de manera que sólo me quedaba aguantar.

Después la cosa se extendió al patio, y ahí cagué. Se me arrimaba cualquiera, de cualquier grado y me decía “¿Vos sos el hijo de Magy?”, “¿Cierto que sos el hijo de Magy?”, “Decile que quiero salir en su programa”, “Viste, te dije. Si es idéntico a ella”, y derivados así. A mí me caía mal, porque a mí me gustaba andar en lo mío, que si no era por el polibandi o el fútbol más bien no interactuaba con casi nadie, así que eso de que me vengan a hablar me descolocaba, y encima no podía responder a las malas.

Se le sumó la calle, o sea, la gente en la calle. Así como se me acercaban a mí en el patio, se le acercaban a ella, en cualquier lugar y a cualquier hora. Y los niños, por decirte una, si íbamos pasando y estaban del otro lado de la vereda, gritaban un “¡Adios, Magy!”, y la Magy respondía haciendo el adiós con la mano. De repente todo esto me pareció una invasión, o un atropello, no sé. Lo que sí es que no me gustaba para nada, y sentía ganas de darles tunda a todos, pero no tenía motivos ¿no?

Sin embargo, mal que mal me fui adaptando a la situación, primero porque no me quedaba otra, y segundo porque lo cierto es que en la escuela nadie me rompía más allá de confirmar mi parentesco con Magy, es decir, nadie me cargaba ni se hacía el gracioso con ese tema. Esto último, no sé si porque tuve la suerte de caer en una camada ajena a la crueldad que dicen natural en los niños, si porque sabían que al cruzar cierta línea habría piñas, o si porque la Magy era tan genial como todos decían. Quizás una suma de todo.
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MensajeTema: 33- Días de lluvia   Jue Oct 18, 2012 8:06 pm

33- Días de lluvia

Los días de lluvia eran completamente otra cosa, y tenían básicamente dos niveles: intensa y muy intensa. Cuando llovía con intensidad el número de asistentes bajaba notoriamente, por lo que en clase no se avanzaba con nada nuevo y solo se repasaban lecciones anteriores. Y mirá, si ya de por sí me solía aburrir en clase, calculá si la cosa iba de repasar, un bodrio. Así que yo me ponía a jugar, pero ahí en mi lugar, porque pasado un tiempito la profe de turno ya no permitía que me levante del asiento, que al primer amague ya la tenía enfrente.

Uno de estos días estaba cavilando qué macana podía hacer, supongo, y mientras buscaba la sinapsis redentora me daba golpecitos en la cabeza con mi regla. De pronto capté que no me dolía y comencé a pegarme más fuerte, nada, no sentía dolor. Examiné la regla y confirme que aunque era de plástico era dura y firme, flexible sí, pero no era de goma. A mí me pareció todo un descubrimiento y determiné compartirlo con la compañerita que tenía al lado, pero claro, a mi estilo, dándole una sorpresa. O sea, le daría un reglazo que para su sorpresa no dolería.

No le di el reglazo tipo un raquetazo en una jugada de tenis, na. Me levanté y alcé la regla sobre mi cabeza empuñándola como si fuese una espada y yo un samurái, mientras la mina seguía haciendo ahí sus ejercicios sin percatarse de nada. Antes que la profe pudiera gritar un ¡Smarc!, pimba, solté la espada con todo. El grito de la mina se escuchó hasta la esquina, y cuando la sangre le cayó sobre el guardapolvo al llanto desencadenado se le sumaron nuevos gritos. Yo no entendí nada de nada, y pensé que la chica tenía la cabeza blanda.

Después entendí que hay una diferencia entre dar con el canto y dar con la parte plana de la regla, y bueno, yo me flagelé con la parte plana y la pobre ligó con el canto. Realmente no fue mi intención abrirle la herida esa, y me imagino el susto que se habrá pegado, y todo el trauma. Digo yo, si estoy sentado haciendo mis tareas, y de la nada el de al lado me rompe el marote sin que yo le haya hecho nada, sin que ni siquiera estemos jugando, tío, solo podés concluir que el tipo está completamente loco.

Obviamente que el entendimiento me llegó tarde, es decir, cuando ya hubo heridos que lamentar y las explicaciones no sirven para absolutamente nada. Terminé en el rincón, en la dirección, y por un tiempo estuve sentado al lado de la profe. Bah, si en el recreo había veces en las que mientras jugaba, sin querer, entraba en el cuadro de mi visión alguna profe, y claro, me estaba mirando, siempre había alguna que me estaba mirando. Era una sensación un tanto molesta. No sé por qué, pero sentirse así, en la mira, como que te hacía querer que se justifique eso.
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MensajeTema: 34- Días de lluvia 2   Jue Oct 18, 2012 8:44 pm

34- Días de lluvia 2

En los días de lluvia muy intensa la participación era casi nula y la escuela se convertía en un mercado. Como no se utilizaba el patio, se mezclaban todos los grados en el corredor de entrada y en los pasillos, así que para poner orden y hacer la fila, aún cuando éramos pocos de cada grado, las maestras sacaban a lucir ese lado oculto que todas tenían, o sea, se ponían fieras. No se cantaba el himno porque no se izaba la bandera, supongo, pero igual se rezaba, porque a Dios no le importaba el clima, supongo. Luego íbamos al aula.

Para la hora del recreo se habilitaba, a manera de patio, el salón de actos. Yo creo que ahí faltó un poquito la inteligencia, o de repente alguna opinión masculina, tené en cuenta que eran mujeres desde la limpiadora hasta la directora. Te digo porque el salón de actos era eso, un salón grande, con un escenario y al frente un montón de bancos del tipo que se usan en los templos, que estaban ordenados en dos grupos - o columnas o filas, como querrás -, dejando espacio para pasar al medio y a los costados. Pero ¿si no hay acto?

La cantina, al mando de Ña Horocia, se trasladaba al salón de actos, ya que la idea era que cada cual se compre su merienda y se siente a disfrutarla cómodamente sentado en alguno de los bancos. Sin embargo, la idea que teníamos algunos cuantos no pasaba por quedarnos media hora sentados, así que no tardábamos en armar el polibandi pero más o menos disimulado, como cuando en vez de jugar a los cien metros planos pasás a jugar marcha. Desde fuera se ve medio ridículo, pero desde dentro tiene su sabor, porque correr dentro del salón estaba más que prohibido.

Por supuesto, estos polibandi sólo lo jugábamos entre varones, porque las nenas como que tiraban más a obedecer las órdenes, y los inquietos de cajón éramos nosotros. La cosa se ponía entonces muy competitiva, y la parte salerosa era que en realidad corríamos, pero justo en ese trecho, en ese espacio tiempo en donde las maestras no nos estaban mirando. Así, el juego tenía sus partes rápidas y sus partes lentas, cada una con sus mañas, como la de agarrar a la nena que pasaba a tu lado y arrojarla al policía que tenías ya casi encima con los brazos extendidos.

En una de estas ocasiones, y faltando poco para que termine el recreo, sucedió el desboque. Quedé de último ladrón y tenía a unos tres persiguiéndome, lo cual me ponía en desventaja. Llegado un punto me resbaló que me estén mirando o no, corrí, pero estos guachos se aceleraron y también corrieron. Como no paraban, comencé a saltar sobre los bancos, y los bestias también lo hicieron, o sea, se armó. Alguno se hizo bolsa tras un salto, pero los demás seguimos en el papel hasta que sonó el timbre y terminamos todos en la dirección. Y sí, culpable otra vez.
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MensajeTema: 35- Tercer grado   Mar Oct 23, 2012 7:14 pm

35- Tercer grado – el escenario

A la maestra Noferia, de tercer grado, seguro que el dato le había pasado María del Carmen Gutiérrez, la de segundo y, a esta, obviamente que Kija. No recuerdo muchos porqués precisos, o sea, las situaciones previas, pero la cosa es que no era raro que yo terminara upa, ahí en el regazo de Noferia. Posiblemente cuando me ponía en modo quilombo dentro del aula no me entraba por las buenas lo de cortarla, y mandarme al rincón o a la dirección de repente les jugaba en contra de lo maternal, así que el upa se convirtió en la solución alternativa.

Quizás esa vez Noferia estaba podrida de tenerme upa, puede que a lo mejor necesitaba avanzar unos temas y conmigo ahí lo visualizó difícil, no sé. El tema es que designó un grupo de “escogidos”, unos seis o siete alumnos, para ir a limpiar el escenario. Obviamente las niñas, siempre mayoría, se enchufaron al tiro, y en nada de tiempo ya una con el balde, otra con la escoba, aquella con la palita y una más con el palo de repasar, estaban listas para dejar reluciente el escenario y, por supuesto, ser reconocidas por la labor tan bien desempeñada. Se sabe.

Convengamos en que yo tenía mis recelos a la hora de interactuar con las “mujeres”, pero en esa ocasión no me resultó complicado porque, gracias a Magy, yo tenía training con el tema de barrer y repasar, así que no fui en condiciones inferiores, sino que más bien yo sabía cómo se hacía el tema. Al principio, maravilla. Lo de barrer lo tenía reaprendido, una, dos, tres veces, golpe, y avanzar. Así que como iba barriendo los tablones quedaban limpios de polvo y paja, dejando ver sus rugosidades justo como para que sólo quede pasar el trapo húmedo para dejarlos impecables.

Ahora, en un punto dado yo terminé mi parte, que vamos, nos habíamos distribuido la tarea, y entonces ¿qué hacer? ¿Pues qué hace un chico de ocho años? Exacto, joder. Así como podía concentrarme en hacer bien lo que tenía que hacer, así podía, del otro lado, concentrarme en jugar, simplísimo. En un flash eso se convirtió en una especie de polibandi, la araña y la mosca, y el que no corre pierde, todo junto, en el que las chicas me seguían con sus palos y yo, con el balde como casco, les hacía de toro candil que corneaba y huía.

En un punto me caí, el balde rodó y la que venía siguiéndome a mil, para no pisarme saltó sobre mí. Yo había quedado boca abajo, y en esa fracción de segundo vi que la mina iba a pasar sobre mi cara, de manera que le iba a ver la bombacha, porque todas usaban pollera, claro. Recuerdo su mocasín cruzar sobre mí, y mi automático cerrar los ojos. Sentí que no podía mirar, que no estaba bien eso, y hasta me dio vergüenza. Tal que al levantarme, como un resorte y sintiendo vergüenza, miré hacia el aula. Noferia nos estaba mirando.
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MensajeTema: 36- El escapismo de la música   Miér Oct 24, 2012 7:58 pm

36- El escapismo de la música I

A Sarah los viejos le habían comprado una flauta, de las que le dicen “flauta dulce”, y por las tardes ella se ponía a practicar. Cuando lo hacía, yo le prestaba algo de atención un rato, más por la novedad que por otra cosa, pero enseguida la abandonaba y me iba al patio a por las esferas. No me dio celos el tema, del tipo por qué a ella sí y a mí no, que yo sabía que la mina jugaba a otro nivel y a mi modo entendía que eran “sus cosas”, como sus muñecas, o sus zuecos, algo así.

Sin embargo, cuando cierta vez la vi desarmando la flauta para sacarle la saliva, y luego volviendo a armarla acomodando la parte baja dejándola un poquito torcida, ahí ya fue otro tema. Me explicó que la saliva se junta y entonces gotea, que si la parte baja se pone recta el dedito no alcanzaría para hacer la nota do “¿ves?”. Le pregunté si cómo sabía todo eso, y me dijo que lo había aprendido en el coro de la escuela, con la profe Yehlí. “¿Vos estás en el coro?”. Y cómo no iba a estar en el coro, si era Sarah.

El coro era una suerte de élite, en la que alguna vez, y estoy seguro de que por gordito y por mi recorte taza, me pusieron a tocar el triángulo. Esta élite estaba comandada por la profesora de música, la profe Yehlí, cuya voz fácilmente se podía escuchar a dos cuadras de distancia, aún con todas las puertas y ventanas cerradas. Para entrar a la élite había dos condiciones, o sabías cantar, o sabías tocar la flauta, como mínimo, y de filtrar a “los aptos” se ocupaba la profe Yehlí, que no tenía problemas en descartar a quien no la pegaba.

Todo esto a mí me pasaba por un costado, pero, cuando una mañana, correteando por un pasillo, fija que con la excusa de ir al baño, vi a Sarah y a otros niños salir de sus aulas en horario de clases quedé en alerta. Ya en casa, cuando le pregunté sobre el tema, Sarah me dijo que a veces salían de clases para ensayar en el coro. Fue como un chispazo, el imposible mismo tendiendo un puente. Decidí que tenía que estar en el coro, como sea, porque aquello de salir del aula a deshoras y sin supervisores me parecía fantástico.

Le comenté a Sarah de mis intenciones, confesándole que para mí lo importante era salir del aula. Tras una brevísima evaluación, con extraordinarias semejanzas con la profe Yehlí, Sarah determinó que el canto no era lo mío y que por ese lado me vaya olvidando del coro. Sin embargo, me dijo que podía probar con la flauta, a lo que yo le respondí que no tenía ni idea de las notas y todo aquel mambo. “Es fácil, yo te enseño” me dijo, y al momento se puso a darme las primeras lecciones, que iban de sacar el sonido, antes que nada.
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MensajeTema: 37- El escapismo de la música II   Mar Oct 30, 2012 8:16 pm

37- El escapismo de la música II

No, no es soplar y hacer botellas, pero tampoco es difícil, tiene nomás su puntito. La boquilla tiene su lado, y en dependiendo de cómo la colocás, aunque no creás, hay variación de potencia en la emisión del sonido y, por tanto, de la nota. Ahora, la ventaja es que “la nota está”, es decir, si colocás los dedos en el lugar correcto no podés errar. Desde ahí, claro, el problema fue qué notas sacar y en qué momento, esto es, cuándo el do, cuándo el mi, cuándo el sol, y por cuánto tiempo. O sea, tocar música y no ruido.

Para el menester este de tocar música es que se desarrolló la herramienta del pentagrama, había sido. Y como yo no tenía mucha paciencia (o quizás cerebro) como para aprenderme a leer el pentagrama, Sarah, dando muestras de sus dotes pedagógicas, sale y me escribe las notas de una canción: do do re mi do re re sol – mi mi fa sol mi fa sol la -, y luego toca eso. Me pasa la flauta y hace que lo intente. A la primera me salió todo mal, pero ahí por la tercera la cacé. Apenas me lo creía, ¡estaba balbuceando música!

Me enseñó la de de Kung Fu, un canon, y una para dormir, de Beethoven. Por primera vez en toda mi vida había dejado durante tres tardes seguidas las esferas, pero ni me di cuenta. Yo me apliqué con todo, y como la Sarah, con un oído finísimo, no me permitía un solo yerro, después de unas decenas de “pará, de nuevo”, terminé dominando esas tres canciones. Con las esferas, en ese momento todavía no me había pasado, pero con la flauta viví la sensación de lo que no se puede volviéndose posible con sólo ponerle ganas, autenticas ganas, por supuesto.

Así que voy junto a la profe Yehlí y le digo que quiero entrar en el coro. Dulce, maternal, con el espíritu docente brotándole de los poros, y sobre todo expeditiva, me dijo “pero vos no sabés cantar”. Colón, como decía tía Kej, pensé por dentro, y le dije que quería probar con la flauta, que Sarah me había enseñado unas canciones. Cuando me dijo que bueno, “a ver, te escucho”, ahí recién el cagazo, los nervios y demás. Pero nada, atropellé y le metí una canción tras otra, palpitando fuerte ahí en los pasajes que provocaron los “pará, de nuevo”.

Una semana después, durante el ensayo en el que estaba estrenando mi propia flauta, Yehlí comenzó a retar a medio mundo porque no salía la cosa, y de repente agrega “no son como Smarc que en tres días se domina cualquier cosa”. Yo busqué directamente los ojos de Sarah, que me estaba mirando con esa sonrisa suya, hinchada como un globo y yo rojo como un tomate, y para variar, mudo. Mucha cosa la música, yo sin saber cantar y sin embargo pudiendo salir del aula en horas de clase. Al parecer, debía haber algo más detrás de todos esos sonidos.
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MensajeTema: 38- Trabajo en grupo   Mar Oct 30, 2012 8:20 pm

38- Trabajo en grupo

Llegar a cuarto grado implicaba que se podía usar birome (ya sé que es bolígrafo, pero le decíamos birome, qué querés), y aunque yo suponía que el birome se resbalaba de balde y que sería complicado manejarlo, al final resultó que era sencillito, aunque no había vuelta atrás cuando errabas, a diferencia del lápiz de papel. En quinto grado la novedad fue el tema de los trabajos en grupo, cosa que de repente pudo haber sido divertida de no ser por el encare que asumió la profe Wanda. Una vez más la situación de minoría de los varones jugó en contra.

Como éramos pocos, a la hora de armar los grupos íbamos prácticamente un varón por grupo y el resto todas mujeres. A mí la cosa no me llamó particularmente la atención, o sea, digamos que no la rechacé de plano, pero cuando comenzó la interactuación se me complicó. Nos habían dado un tema, así que sería buscar información en el manual o en algún libro de la biblioteca, armarlo y listo. La dificultad, sin duda, sería qué poner y qué no, aparte de resumir, porque luego íbamos a tener que exponerlo de forma oral y tampoco se trataba de copiarlo todo.

En esto venía pensando cuando me uní al grupo, y ahí me sorprendió que lo primero que comenzó a discutirse fue el nombre del grupo, porque claro, tenía que tener un nombre. Me pareció que estaban locas, pero me callé y las dejé hacer. Al final, bautizaron al grupo con el nombre de “Conejín”; aparte de locas, estúpidas, para mí estaba claro. Sin embargo, para no ser de nuevo el problemático y como ya tenía varias tarjetas amarillas acumuladas, yo ni mu, aunque me jodía y no poco ese nombre. Pero la cosa no terminó ahí, ellas fueron a por más.

No contentas con el nombrecito aquel, decidieron que había de hacerse una suerte de escarapela, una insignia, para llevarla en el pecho. En la práctica, querían recortar una cartulina con forma de carita de conejo, ponerle ojos, bigotes, boca, y escribir sobre eso Conejín y el nombre de cada uno. Ahí ya abrí la boca, y para decir que no me iba a poner “esa mierda”. Entonces, claro, el cómo iba a hablar así, y todo el mambo. La que iba de presidenta me siguió insistiendo tanto que terminé diciéndole que tenía el culo más negro y sucio que su abuela.

Comenzó a llorar horriblemente, y bueno, de vuelta me enviaron a la Dirección, junto con ella. En el interrogatorio, la Hermana Directora escuchó primero la versión de la compañerita, que fue verbalizada entre hipeos y lágrimas, y en la que fui acusado de decir “malas palabras”. Cuando me tocó, sinceramente te digo, sentí el poder. Estaba frente a la Hermana Directora, el techo, la cima, y le salí con un “le dije que tenía el culo más negro y sucio que su abuela”. La piba rompió en llanto de vuelta, mal. Agregué: cuando deje de llorar que le diga por qué.
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MensajeTema: 39- La fama del viejo   Vie Nov 02, 2012 7:03 pm

39- La fama del viejo

En ese entonces había algunos restaurantes que entraban en la categoría de “caros” y que contaban con el famoso “cena show”. A mí, como restaurantes, no me llamaban la atención para nada, y si deduje que eran caros fue simplemente porque la gente llegaba ahí en auto, y nosotros no teníamos auto. Todos tenían escenario, algunos, incluso una parte alfombrada donde se bailaba, y lo que sí me llamaba la atención era la cantidad de mozos que andaban correteando, ah, y los presentadores que siempre, siempre, eran muy formidables y divertidos. Normal era que me bromeen y me regalen alguna golosina.

Estaba el “Yguazú”, que era como que oscuro, jugando a íntimo, y todo iba de copas. El “Hermitage”, que te recibía con una escalinata, y que tenía dos ambientes, uno al aire libre y otro cerrado, y era bien alegre. “El bosque”, que quedaba lejísimos, y que era el más festivo de todos, porque la honda era más de parrilla. También el “Restaurant 11”, que era el menos estirado de todos, y el que más me golpeaba, porque en el estacionamiento, cuidando los coches, había los veteranos de la guerra. También el “Yasy”, y el “Jacarandá”, donde cobraban hasta el agua.

El show consistía, básicamente, por un lado en danzas folclóricas y canciones típicas, sobre todo guaranias y de repente alguna polca, y por otro, en algo de pop y rock (sí, fijate vos) de nacionales, mayormente todo propio y cantado en español, claro. Por entre ambos estilos, se metía una cosa medio rara, un trío compuesto por dos violines y un teclado, con temas variados, semi clásicos y clásicos adaptados. Una chica, rubia, con uno de los violines, y un chico con otro de los violines, y el que ya tiraba a señor en los teclados. El chico era el viejo.

“Los violines gitanos” se llamaba el trío, y era famoso. Entraban vestidos de gitanos, o nosotros creíamos que así se vestían los gitanos, claro, y el público de movida ya entraba en combustión. Qué te puedo decir, con la tarantela ya estaban cruzados. Tema tras tema la gente seguía el ritmo con pies y manos. A un lado del escenario, “tras bambalinas”, yo lo seguía todo, sus caras de emoción, de entusiasmo. Casi era contagiante, casi, porque el repertorio me lo sabía de memoria, incluso si había un tema nuevo, porque también había estado en los ensayos, y me sabía todas.

Así que igual que con la Maggy, “¿tu viejo no es el de los violines gitanos?”. Y yo, “sí”, emputado al mango. Pero, había algo diferente, un detalle chiquito, si querés, los que me preguntaban por el viejo eran “los grandes”, en tanto que los que me preguntaban por Maggy eran mis contemporáneos. A mí me emputaba igual, cierto, pero había esa diferencia. Aparte, y atendeme bien, jamás le vi al viejo tocar contento, nunca. En cambio a Maggy solo la vi alegre en sus programas. Había algo que me llegaba desde esas posturas y que me volcaba hacia el viejo.
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MensajeTema: 40 – El fusca   Vie Nov 02, 2012 7:29 pm

40 – El fusca

Le había dicho al viejo que para poder tener un auto lo que podíamos hacer era organizar una rifa. El tipo le bajó una de esas carcajadas suyas, y no me dio más pelota. No entendí qué le había causado tanta gracia, aunque tampoco entendía bien cuál era mi idea, pero en ese momento yo creí haber encontrado una solución y no haber inventado un chiste. No sé para qué, pero yo quería que tengamos auto, esto es muy exacto, yo ni me imaginaba para qué subirme a un auto, aunque tenía mis autitos con los que jugaba muy a menudo.

Sin embargo, pasado un tiempito, el viejo apareció con un auto. Estábamos jugando en el zaguán, con Sarah y Maggy, cuando de repente sonaron unos bocinazos y fue la Maggy la que levantó la vista y dijo “es papá”. Salimos atropellando y ahí en la calle, estacionado frente a casa y con el motor en marcha, estaba el viejo sonriendo. Era un fusca, de color amarillo patito, al que nos montamos como monos desenfrenados. Dimos la vuelta inaugural, y ya antes de partir fue la primera pelea con Sarah, por quién se sentaba de qué lado en el asiento de atrás.

El viejo era expeditivo para ese tipo de conflictos, y así como la vez de “el caballito me mira a mí”, sentenció que yo iría detrás de él y Sarah detrás de Maggy, punto. Yo creo que salí ganando, una de las pocas veces, porque quería ir detrás del conductor, cosa a la que yo le atribuí mucha importancia, porque de movida pensé que ir detrás del acompañante era como de menos jerarquía. Aunque salió perdidosa, la Sarah no hizo escena alguna, ni mu, pero después me hizo pagar, y creo que por ahí comencé a entender el poder del alacrán.

Con la llegada del fusca las cosas cambiaron para mejor, definitivamente. Ahora que teníamos auto salíamos más, mucho, muchísimo más. El viejo nos llevaba a Sarah y a mí a los ensayos de la sinfónica, y Maggy al canal 9, de manera que lo que antes era ocasional, ahora era casi rutinario y, como los espacios laborales tanto del viejo como de la Maggy eran extensos y variados, para nosotros significó la oportunidad de explorar casi todos los días territorios enormes y sin vigilancia. Le quise al fusca porque era un símbolo de salir de los límites del patio al afuera.

La parte en donde perdí y Sarah ganó por tres cuerpos fue en lo de irnos a la escuela en el auto. Y sí, porque ella prefería el auto a caminar, en tanto que yo disfrutaba de las caminatas hasta la escuela. Pese a aquel terrible primer día, aprendí a disfrutarle al camino tanto de ida como de vuelta, y el ir en auto me privaba de recoger cosas del suelo, de acariciar perros, como de ver desde cuadras de distancia el movimiento en la entrada de la escuela, que tenía su gracia. Donde ganamos los dos fue en el gallinero.
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MensajeTema: 41- El violín   Vie Nov 02, 2012 7:41 pm

41- El violín

No quería parecerme al viejo, o hacer lo que él hacía, jamás, en ninguna parte de mi infancia me ocurrió eso. Así que cuando le dije que me enseñe a tocar el violín fue porque quería aprender a tocarlo, es decir, a sacar las músicas que sí, que el viejo era capaz de sacar. Yo estaba envalentonado por lo de la flauta y, secretamente, tímidamente, me guardaba las palabras de la profe de música, así que me creía talentoso. Sabía que le iba a tener que dedicar tiempo, y que con el viejo no se jodía, pero era parte del territorio.

Con “Solfeo de los solfeos” me abollé de frente. Bueno, también a mí se me ocurre que el viejo me iba a dejar tocar el violín a la primera. Todo lo que Sarah me evitó se presentó de golpe, todo. Me tuve que aprender lo teórico de melodía, armonía, ritmo, y toda la grafía del pentagrama de memoria y razonadamente. Luego, solfear. Mi Dios, el día que se repartió paciencia el viejo llegó a la tardecita y le tocó una ampolla, lo que quedó. Parte baja: “así solfean los maricones”, “¡marcá el tiempo, carajo!”. Pero no me iba a hacer llorar.

Era intimidante, mucho. Agobiante, por demás. Pero yo ya le conocía el carácter, y sabía que no tenía nada contra mí, simplemente era así, más o menos como me había enseñado él mismo cuando me entrenó a asumir las lastimaduras de las esferas; la quieres, la pagas. O sea, quiero dejarte en claro que si seguí no fue por vencerle, o por demostrarle nada al viejo, nada que ver, ni por al lado, yo tenía mi objetivo y a eso iba, simple. Así que cuando por fin me dejó AGARRAR el arco y el violín fue un inigualable “te lo ganaste”.

La sensación de triunfo se acabó a los dos segundos, esa mierda no sonaba. Tan emputante fue la sensación, tan de frustración habrá sido mi cara, que por un minuto el viejo fue amable. Me importó un carajo. Ese coso era el mismo infierno, te juro. Pero no me iba a dejar ganar, que no. Le metí, me aguanté la rabia. El viejo cerró la puerta y me dejó haciendo arco. Yo me decía “sólo son cuatro tiempos, un arco, vamos, de nuevo”. Afuera había ruido, la gente hacía sus cosas, Sara jugaba. Yo intentaba hacer una redonda y no salía.

Teníamos un reloj despertador, color celeste, con dos campanillas en la parte superior. El viejo lo colocaba sobre un mueble y me dejaba practicando con la frase terrible “una hora”. Todos los días durante una hora yo luchaba contra el infierno, intentando colocar el dedo donde debiera ser y resulta que no, tratando de relajar donde hay que empujar, empujando donde hay que relajar. En ese entonces jamás se lo conté a nadie. Supongo que de algún modo sabía que los resultados contaban más que los intentos, y yo me estaba yendo en puros intentos, que entonces no servían para nada.
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MensajeTema: 42- El piano   Vie Nov 02, 2012 7:46 pm

42- El piano

Cuando decidí dejar lo del violín resultó en un alivio tanto para el viejo como para mí. Sin embargo, el bichito ya había prendido y yo sentía que me faltaba algo. Así que hablando con el viejo me dijo que podía probar con el piano, y como le dije que dale, que vamos, se movió para conseguirme una profe de piano. Una vieja de doscientos años que tenía cierta fama como pianista, al igual que su hermana, también bicentenaria, pero esta descollaba por la parte de la pintura. El viejo me dijo “te enseñará gratis, por amistad, así que no falles”.

La primera vez fuimos caminando con el viejo desde casa hasta la casa de la profe, que estaba a una veintena de cuadras, y en cuyo recorrido estaba la avenida quinta. Todas las veces siguientes fui y volví solo. Las clases eran dos veces por semana, y a la hora de la siesta, tipo 14:30, que es cuando el calorcito no tiene problemas en apretar. Similar situación traslacional se dio con lo de practicar, porque, como no teníamos piano, para hacerlo tenía que ir hasta la casa del tío Zardas, que vivía a unas quince cuadras tirando más para el centro.

Me gustaba el tema de la independencia para ir y venir a distancias tan largas, sin que nadie me esté haciendo cruzar las esquinas, y con toda esa libertad para detenerme a mirar lo que me llamase la atención. Pero también es cierto que me hubiese gustado tener compañía, que es muy diferente caminar con alguien, que caminar en solitario. Me parecía que sería más divertido todo aquello si tuviese algún compañero, o si por lo menos Sarah iba y venía conmigo. Pero no había tal compañero, y a Sarah no le interesaba ni el piano, y menos aquello de caminar.

Practicar era cosa de todos los días, con o sin sol, tenga o no tenga clases en lo de la profe. En la casa de tío Zardas el piano estaba en una sala enorme, y ahí yo le daba a las lecciones con un nivel de ganas a veces muy alto, otras mediocremente, pero le daba siempre, sobre todo porque rondaba por ahí la esposa del tío que, aunque no se metía ni decía nada, yo sentía como que controlaba, y sabía que de algún modo algún comentario le iba a llegar al viejo, así que mejor mantener al piano sonando.

Después de practicar una hora, la tía me preparaba la merienda, que era cocido con leche y una o dos rodajas de pan. Lo disfrutaba como novedad, porque en casa siempre era café con leche, y lo del cocido me entraba por el lado de la variación, y aparte que era bastante rico. Acabada la merienda, tomaba mis libros y me iba para casa, en donde podía de nuevo volver a conectar con el mundo de las esferas, si es que no tocaba clases con la profesora particular de turno. De aquello, lo mejor era que las partituras perdieron su hermetismo.
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MensajeTema: 43-El piano 2   Vie Nov 02, 2012 7:54 pm

43-El piano 2

Una de las particularidades del piano, y quizás la más genial, es que el sonido ya está ahí, al alcance de los dedos, por lo que sólo tenés que pulsar. Con el violín no, con ese te apoyás en el arco, que es todo un mambo aparte, porque requiere fuerza y flexibilidad, además de que también tenés que apretar las cuerdas con la otra mano en un lugar preciso pero que no está indicado, sino que aprendés a ubicar con el oído, los ojos, y la práctica. Sin contar que todo ocurre de costado, o sea, ni siquiera está en frente.

Como ya tenía una buena base de teoría y solfeo, fue como entrar ganando, de manera que aquello de encajar los dedos en el tiempo justo se me hizo relativamente sencillo. Ahora, el lado complicado venía por el tema del uso de las manos, y claro, si tantos sonidos podías sacar de un solo instrumento alguna trampa tenía que haber. Y entonces había un libro para la mano derecha, otro para la mano izquierda, y otro más para que usés las dos manos aplicando los anteriores y adicionándole el tema de los silencios, tema que tiene su manera de ser fundamental.

Avanzaba rápido, y de esto no me daba cuenta por lo que estaba tocando, o por cómo tocaba, sino porque cambiaba de libros muy seguidamente, los cuales eran cada vez más jodidos y realmente no los entendía. Los tocaba sin errores, sí, pero no los entendía, no sabía a qué llevaban. Cuando me tocó Hanon, mirá, por poco me gustó, te juro, porque daba como para exigirte, pero, cuando la profe me prohibió correr y que me atenga al tempus de las partituras, terminó rompiéndome las bolas igual. Es decir, por un lado escalas increíbles, por otro, ni el cumpleaños feliz.

Lo otro que me jugaba en contra eran los exámenes. Y sí, las clases eran la profe y yo, ella sentada a mi lado y yo dándole a las teclas. Pero, para rendir y pasar de curso, venían tres o cuatro profes más y la intimidad se iba al carajo, ya sabés, nervios y demás. Aparte que cuando tocaba examen nos íbamos a otra sala más grande, en donde había un piano de cola que sonaba mucho mejor, pero que no era el que lo tenías carpeteado, así que la cosa se complicaba un tanto más. Para mí era una humillación.

Mirá, con lo que yo sabía tocar le podía acompañar fácilmente al viejo con un órgano. Pero no, era una escuela de ejercicios y más ejercicios que no te producía ningún tipo de placer, no a mí, al menos. Cuando en una tarde y con entrenamiento del tío Zardas, en una hora pude tocar el “Feelings”, y el cumpleaños feliz con variaciones, la tuve clara. Al día siguiente fui a lo de la profe y le dije que no iba a continuar más. Me preguntó por qué, y le dije “porque no me gusta lo que toco”. Y así abandoné el piano.
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MensajeTema: 44- Nam y Xavi   Lun Nov 05, 2012 8:20 pm

44- Nam y Xavi

En mi cuadra no había muchos chicos, ni siquiera en la manzana completa, por lo que mi relación con el patio siempre fue muy personal, dado que ningún chico venía a casa. Sin embargo, de pronto comenzó a aparecer un pibe casi de mi edad, que vivía hacia la esquina, hacia Leopardi. Se llamaba Nam, y era, cómo decirte, digamos que peculiar. Más o menos tirando hacia Zurco, pero más raro todavía. El tipo no le daba a las esferas, aunque sí al tema de jugar en la tierra con indios y soldados, y ahí iba del lado de los indios.

Le gustaba mucho aquello de los animalitos, y los recreaba espectacularmente. ¿Viste esos muñequitos de tigres, leones, jirafas, y demás? Bueno, él los imitaba, y en las reyertas entre los indios y los soldaditos, siempre aparecía alguna fiera rugiendo, y ni qué decir los caballos, que relinchaban antes de embestir a los granaderos. Otra de sus rarezas era que cuando corría, el tipo golpeaba sus muslos con las palmas de sus manos, imitando el sonido del galope. Así, cuando se iba a su casa, o del jardín pasábamos al patio, Nam se convertía en un caballo que cuando se detenía bufaba.

La otra cosa eran los pajaritos. Nam era loco por los pajaritos, y me enseñó a cazarlos. Él tenía una jaula cuya puertita se abría deslizándola hacia arriba, así que lo que hacíamos era poner la jaula al medio del patio y colocar por el travesaño de la puertita un hilo largo que llegaba hasta la mesa, esa que siempre andaba de aquí para allá. Luego, colocábamos pan mojado dentro de la jaula y nos poníamos a esperar. Tenía su toque todo aquello, porque iba de esperar, de estarse quieto y en silencio, cosas que a mí me forzaban mucho, mucho.

Las piezas más comunes eran los san franciscos, que enseguida los liberábamos. Le seguían las gorrionas, que estas sí las guardábamos y les poníamos nombres. Los difíciles eran los gorriones, que casi nunca entraban, y que si eran jóvenes no nos gustaban, porque no tenían el pecho tan marcadamente negros como lo tenían los más adultos. Ya lo superior era cazar un guyrá hu o un sajoguy, que estos no daban saltitos, sino que caminaban, y eran hasta el triple de grandes que un gorrión adulto. Con todo esto, no pasó mucho tiempo para que Magy me compre una jaula mediana.

En su casa, Nam no tenía el súper patio que yo tenía, y por eso es que pasaba tanto tiempo en el mío, que mirá, no era raro que yo esté practicando lo de la escuela y el tipo ahí con el hilo en la mano. O que yo esté viendo tele y él allá, clasificando a los pájaros. Toda esta onda, más bien tranquila, cambió cuando detrás de Nam apareció Xavi, un chico que siendo de mi misma edad, era sobrino de Nam. Para comenzar, Xavi le daba a las esferas, y venía de Ciudad del Este, de otro país.
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MensajeTema: 45- 45- Tuca’ê escondido   Sáb Nov 17, 2012 12:13 am

45- Tuca’ê escondido

Aunque no éramos muchos, sí que hacíamos ruido. Estaban Sarah, Nam, Xavi, Elién (la amiga de Sarah, nuestra vecina), Lili (que había venido a vivir con nosotros) y yo. El grupo era parejo, sin notables diferencias de edad, y como nadie era pichado normalmente la pasábamos bomba. El juego por excelencia era el tuca’ê escondido, que le metíamos en la calle, en donde la columna que estaba en la vereda de casa hacía de tambo. Sin dudas, un juego que le podía competir al polibandi, pero claro, tan sólo jugando en la calle, y con competidores de nivel, nada de rezagados.

Las pocas veces que me quedé en el tambo fue porque salí 19 en la partida, pero a la primera ronda ya lo dejaba. Metidos en el juego, la cuenta iba hasta 20, que son menos de veinte segundos, así que desde ese arranque se ponía buena la cosa porque implicaba velocidad, cosa que me encantaba. Tenía marcados varios escondites, y trataba no sólo de que el quedaba en el tambo no lo pille, sino que tampoco los otros jugadores porque claro, en la siguiente cualquiera de ellos podía ser el buscador y correría con ventaja. Sobre el final mismo definía.

Uno que me gustaba era el garaje de “la casa de los argentinos”, como a veinte metros del tambo, que tenía una elevación como de metro y medio, que permitía mirar la vereda como también al buscador cuando se acercaba. Cuando el buscador estaba a unos pasos, yo salía disparado cuidando de no llevármelo por delante, de manera que al segundo ya estaba a dos metros de él y acelerando. Imposible ganarle a eso. El otro, y que fue cruzar un límite, fue llegar hasta la esquina. Misma técnica, pero requería más paciencia, y mucho más pique, aunque era la gloria.

El segundo límite dejado atrás fue cuando decidí dar la vuelta a la manzana. Justo esa vez Nam fue hasta la esquina, y avanzando de espaldas, como esperando que yo salga corriendo y estar en posición de darme pelea en la corrida. No me olvido de su cara de sorpresa cuando me vio corriendo a todo lo que daba el motor pero desde la esquina opuesta. Ni qué decir la alegría de los otros chicos cuando al grito de “¡tambo libertado!” comenzaron a burlarse del pobre Nam. Esconderme detrás de la murallita de casa era impensable, por eso también me funcionó.

Lo mejor de todo no fue cuando di la vuelta a la manzana, sino cuando lo hice con la manzana de enfrente. Y no sólo eso, sino que esperé a que el semáforo se ponga en verde y, al doblar el 119 y arribar la calle lo usé como escudo hasta la altura del tambo, en donde dejé pasar al micro para con unas pocas zancadas abrazar al poste mágico. Mi Dios, cruzar la calle y con autos en movimiento, aparte del tambo libertado, ¿cómo te puedo explicar eso? Sentí que era inalcanzable, que en ese juego era el mejor, invencible.
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Silvio M. Rodríguez C.
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MensajeTema: 46- El círculo   Sáb Nov 17, 2012 1:02 am

46- El círculo

Al lado de casa estaba “el círculo policial”, que era un edificio de dos pisos, y un patio enorme con baldosas ásperas en el que se solían hacer fiestas los viernes y sábados, normalmente casamientos y quince años. El primer territorio del círculo que invadí fue la azotea, que a pesar de ser puro piso pelado, con algunos escombros por aquí y por allá, me significaban una suerte de novedad, como también de atalaya exclusiva. A Nam no lo dejaban subir hasta ahí, así que si me seguía era cometiendo falta. Por mi parte, yo ni mencionaba que subía al lugar.

Lo segundo fue lo de conectar con los soldaditos. No me caían bien, para nada, pero, todas las tardes le daban al fútbol, dos contra dos, o tres contra tres, ahí en el patio, y haciendo los arcos con algunos ladrillos apilados a tres pasos de distancia. Una vez me dejaron jugar con ellos, y después de la primera, ya fue cosa de todas las tardes. Ellos jugaban vestidos sólo con shorts, o sea, descalzos y sin remera. Hermano, a los diez minutos del primer partido comprendí la importancia del desodorante. No te hacés idea, eso era una catinga de cepa.

Yo soportaba el olor por dos razones, uno, porque quería jugar, y dos, porque de algún modo me sentía injustamente superior a ellos, materialmente, digo. Así que para jugar me sacaba los forward, como también la remera. La parte difícil era en el apriete, hacia la pared, cuando se daba el cuerpo a cuerpo y te venía esa espalda sudorosa por el pecho. Y la buena era cuando lograbas robar la esfera con un puntín y salirte disparado desde la náusea hacia el gol. Lo mejor, pues que nunca salí lesionado, jamás. Y como ellos no eran blanditos, había un duro.

Había uno que sabía jugar, Melgarejo. Habilidoso el perro ese, me costaba mucho marcarle cuando le tenía de contrario, y nos entendíamos cuando lo tenía de mi lado. No tenía lado fijo, y como era rápido se acomodaba fácil. Es decir, él se acomodaba en el sitio a donde a vos te sería más fácil enviarle la esfera. Y ni siquiera hablaba, simplemente se dejaba ver. Bueno era, ya te digo. Tal, que una vez ellos, los soldaditos, estaban entre tres, y yo llegué para completar. Se decidió que Melgarejo y yo contra los otros dos. Yo sentí que ganaríamos, sabía.

Movimos nosotros. Yo me abrí y recibí, devolví y me volví a abrir, él lo mismo, un baile sin sudor hasta el primer gol, inmediato. Luego otro, y otro más. Los goleamos feo, les rompimos, sin más. Yo me divertí mucho, y tuve la satisfacción de sentirme un igual al momento de pagar. Sí, porque jugamos por una coca familiar, y uno de los otros dos tuvo que ir a comprarla y traerla. Fue uno de los vasitos de coca más ricos de mi vida. Uno de los más fortalecedores, sin duda. Al momento, Henrrieta diciendo “Smarcito, vení ya”. “Sí, abuela”.
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MensajeTema: 47- Villa areonáutica   Sáb Nov 17, 2012 7:56 pm

47- Villa aeronáutica

En algunas muy raras ocasiones nos íbamos a visitar a Jor’erlhs, que vivía lejos, muy lejos, en la villa aeronáutica. Por lo que oía, el viaje duraba una hora, y lo hacíamos en la línea 30, normalmente con Henrrieta, Maggy y Sarah. Eso del viaje me gustaba, porque con todo ese trayecto los paisajes variaban bastante, y como me dejaban ir del lado de la ventanilla la cosa era más que mejor. Cuando llegábamos nos identificábamos en la guardia, y luego nos quedaban unos cinco minutos de caminata hasta llegar a la casa, todo en arribada, esa era la parte difícil.

Al llegar, tia Marianne nos recibía sonriente, y al momento se acomodaban a uno de los lados del corredor de la casa, mientras que Jor’erlhs y yo nos disparábamos para el patio. Ahí había un avioncito, que desde la cola hasta la nariz era más largo que yo, y en cuanto a la envergadura de las alas era como yo. Venía incrustado en un soporte, de manera que vos te sentabas al medio, y podías girar. Hermano, eso era sencillamente de otro planeta. Jor’erlhs se ponía en la cola y lo hacía girar, y acordate, el titán ese tenía mucha fuerza.

Aparte de hacerlo girar, que digamos era para entrar en calor, después Jor’erlhs lo empujaba hacia abajo y hacia arriba, que eso lo permitía también el soporte, de manera que a lo mejor para tus ojos el avión se convertía en una especia de toro mecánico, pero para nosotros era que entrábamos en zona de turbulencia, joder, había que tener coraje, viejo. Después me tocaba a mí, pero ahí se descomponía, porque yo no tenía ni la mitad de la fuerza del titán, que vamos, era más grande que yo. De todos modos procuraba lograr alguna turbulencia, aunque acababa derribado yo.

Lo siguiente era jugar con un camión que también era de otro planeta. Era uno de carga, metálico y todo cerrado, cuya puerta trasera se corría de abajo hacia arriba con un mecanismo más allá de la imaginación. La cosa era quién lo hacía correr a mayor velocidad por el corredor, que como era en ele, implicaba una curva cerrada de noventa grados. Era grande el camión, con las dos manos lo hacíamos correr haciendo presión al revés que con una carretilla, de arriba hacia abajo, corriendo como locos y haciendo que esas baldosas rujan, al igual que Marianne y Henrrieta.

Después venía lo mejor, los paseos en bici. Tenía una azul, asiento banana, Jor’erlhs manejaba y yo iba sentado detrás de él. Mierda que tenía fuerza el guacho, recorríamos toda la villa, toda. Atajate, me decía, y nos largábamos por una pendiente asfaltada que encima era en curva y superando la velocidad del 30, o bien desde una suerte de peñasco por su caminito de tierra casi en vertical. Cuando volvíamos, ¿vos creés que lo hacíamos caminando cuesta arriba? Nah, el guacho pedaleaba como si nada. Sólo entonces se nos unía Sarah, y la cosa mutaba a Batman, Robin y Batichica.
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MensajeTema: 48- Villa aeronáutica 2   Mar Nov 20, 2012 6:51 pm

48- Villa aeronáutica 2

El asunto fue que la estábamos pasando tan bien que cuando llegó la hora de volver fue demasiado temprano, o sea, mucho más temprano de lo que siempre nos parecía, como que esa vez realmente nos quedaba mucho por jugar. Entonces Jor’erlhs me dice que le pida permiso a mi viejo para que me deje quedar a dormir. Fijate que no me dijo que se lo pida a Magy, sino que al viejo. Yo ya sabía que el titán no estaba del todo bien de la cabeza, y por eso dudé un momento, pero al final decidí jugarme, y ahí fui.

Al viejo medio que se le turbaron los ojos, pobre, ni la vio venir. Aparte que el cuate era de sí o no y punto, eso de razonar, rogar, tirarse al piso o frente al 119 no le movía. Dudó, más o menos dos segundos, quizás un poco menos, y ahí yo supe enteramente que teníamos el sí. Ni le consultó a Magy, directamente me dio luz verde. Ahí mismo nos disparamos con Jor’erlhs rumbo al infinito. Alcancé a escuchar que Magy protestaba que no había llevado ropa, y que tía Mariane le dijo no te hagás problema, Magy, por favor.

Volvimos a la tardecita, fusilados, hambrientos y contentos. Después de la merienda, tía Mariane dispuso que me bañe primero yo y luego Jor’erlhs. Ya aseado, vestido, peinado y demás, y mientras el titán entraba a bañarse, me topé en la sala con el sillón, del tipo mecedora, igual o casi igual del que teníamos en casa. Así mismo, al minuto estaba en el regazo de tía Mariane, ella cantando y yo haciendo armonía con su voz y el chirriar el sillón, conectado a otro mundo. Cuando Jor’erlhs estuvo listo y apareció no le tiré la menor pelota, no enseguida al menos.

Un buen rato después, creo que más bien porque tía Marianne tenía que preparar la cena o cosas así, volvimos a los juegos con Jor’erlhs. La cosa era de armar unas piezas, tipo rasti, pero no eran rastis así, normales, no pues, él nunca tenía juguetes normales. Eran unas piezas raras, medio complicadas, que llevaban paciencia e ingenio. No exagero ni te miento si te digo que nos pasamos horas con eso, hasta que finalmente, y tras luchar con detalles y detalles, conseguimos armar un tanque pero espectacular. Y con el tanque en el medio de la cama nos quedamos dormidos.

Estaba oscuro, muy oscuro, era noche cerrada cuando el viejo de Jor’erlhs nos despertó. Todavía estaba acabando de colocarse el uniforme cuando nos dijo que le acompañaríamos a hacer la ronda. Mierda, ¡eso era lo máximo! Subimos al auto, en silencio y haciéndonos señas, claro, que teníamos nuestros códigos, y como íbamos atrás, el que manejaba era nuestro chofer. Recorrimos toda la villa, y nuestro chofer recibía los partes que nosotros aceptábamos lejanos, despectivos. Desde ahí se nos quedó grabada la importancia de hacer guardia, aunque no sabíamos para qué, decidimos que era una cuestión de suma gravedad y lo repetiríamos.


Última edición por Silvio M. Rodríguez C. el Miér Nov 21, 2012 7:50 pm, editado 1 vez
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MensajeTema: 49- Villa aeronáutica 3   Mar Nov 20, 2012 8:43 pm

49- Villa aeronáutica 3

Por fin habían cargado la tremenda piscina aquella. Varias veces habíamos bajado ahí estando vacía, incluso con Sarah, que nunca tiraba para ese lado del quilomberío donde podés arriesgar el cuerpito. Ahora, estando llena, era como un espectáculo digamos que un poquito más atemorizante, y claro, porque sabíamos la profundidad que tenía, y como no tenía ninguna parte playita, si por ahí nos llegábamos a soltar de los salvavidas la íbamos a pasar jodido. Así que ni modo, cuando nos fuimos a la piscina con los viejos sabíamos que había que meterle onda tranqui, que no daba para armar mucho quilombo.

Aparte de todo, a mí eso del agua como que nunca fue mi fuerte, muy por el contrario de Sarah, que si es por ella le soltás a la mañana y la buscás de noche, sin problema. A mí a la media hora se me arrugan los dedos, y al minuto treinta y cinco estoy temblando, así de fácil. De manera que estando ahí, en situación de dependencia de un salvavidas, más teniendo cuidado que divirtiéndome, opté por rajarme y vagar por ahí. Ya estaba saliendo cuando el viejo de Jor’erlhs me estira del short dejándome con las nalgas al aire.

Encima de que me emputó el hecho en sí, al voltearme a ver qué pasó me encuentro con la cara del cuate cagándose de risa, lo que me emputó todavía más. Me importó un pito la profundidad, el salvavidas ni nada, tipo jugador de handball al definir en un ataque me giré y le asesté un bife que le dio de pleno en la mejilla. El efecto no fue el esperado, y no, porque todos estaban siguiendo la secuencia y decidieron mancomunadamente que todo aquello era divertido, por lo que se armó un coro de carcajadas que me pobló las espaldas.

Me corté solo, que vamos, ya me conocía la villa. Así que tragándome los mocos, y con mi dignidad bajo tierra, me fui hasta el avión ensangrentado. El ensangrentado era lo que quedaba de un avión, esto es, la cabina de los pasajeros, y la del piloto. En la parte del fondo tenía una puertita con manchas oscuras, como pinceladas sin sentido hechas con brocha gruesa, y que Jor’erhls afirmaba eran restos de sangre. A Sarah y a mí esto no nos daba miedo, sino simplemente le aportaba dramatismo al ensangrentado, y lo hacía un poco más soportable, porque apestaba mucho.

Un rato después vino a buscarme Jor’erlhs. Yo le dije de una que su viejo se podía ir a la puta, que con tía Marianne todo bien, pero que a su viejo no lo podía ver más. Se río, y como que intentó hacerlo pasar, pero muy al pedo. Ahora, cuando me dijo que mejor nos íbamos a andar en bici, bueno, con pista y rally la cosa cambia, qué querés. Así que terminó todo bien, pero yo no me iba a olvidar así nomás de aquel episodio. De la nada yo había recibido una agresión y mi respuesta no bastó.
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MensajeTema: 50- Villa aeronáutica 4   Mar Nov 20, 2012 8:45 pm

50- Villa aeronáutica 4

Por ejemplo, una vez vino a visitar a Henrrieta el tío Ducruáx, considerado una eminencia en medicina, y se sentaron en el hall, mientras Sarah y yo estábamos jugando a alguna cosa bajo el mango. En eso escuchamos un desplome, el clásico sonido que hacen las sillas plegadizas cuando ceden y tumban a su usuario viniéndose ambos abajo. Entonces, Sarah, pensando que se traba del tío Zurco, sale y grita un ¡¿te caíste, inútil?!, y se caga de risa. Yo me quedé blanco, por lo que ella se rió también de mí. Como verás, para la mina irrespetar era un clásico.

Espero te valga el ejemplo para lo que sigue. Una vez que vino Jor’elhs sale y nos dice que existen sandías sin semillas. Sarah respondió con una carcajada de cinco minutos, y continuó con bromas. Por mi parte, mi primer impulso fue cagarme de risa, pero yo ya me tenía carpeteado al titán y sabía que siempre jugaba por las bandas, no seguía las trayectorias fijas, corrientes. Dudé hacia qué lado volcarme (es que no sabés lo que es Sarah cuando ríe), así que al final me uní a la Sarah. Es más, contribuí también con algunas bromas, supongo que estúpidas.

Tiempo después, Jor’elhs nos cerró la boca al mostrarnos una revista en la que salía publicada la bendita sandía sin semillas. Para mí fue un fracaso dulce, porque me confirmó que el titán venía entrenado de otro lado, y a Sarah le importó poco y nada, igual siguió haciendo bromas. De todos modos, te cuento lo de la sandía para marcarte que Jor’erlhs jamás abrió la boca para decir algo respecto de lo que no sabía, nunca. No que yo sepa. Y lo que sabía le venía de lecturas, dicho sea. Así que hablar con él siempre implicaba enterarse de cosas.

Bien, el tema es que instalaron en la villa tres avioncitos nuevos, monomotores, unas bellezas. Nuevos en el sentido de que nunca antes el ensangrentado tuvo compañía, digo. Ni bien los divisamos mientras nos acercábamos caminando ya elegimos a cual nos subiríamos, que Jor’elhs sería el piloto, yo el copiloto, y Sarah la azafata. Y ni bien nos acomodamos dentro percibí un aroma muy, muy particular. Quietos, no se muevan, dijo Jor’erlhs, mientras las ventanillas se llenaban de abejas con ese zumbido único. Con Sarah nos miramos con el rabillo del ojo y nos reconfirmamos qué quedaba por hacer. Salimos disparados.

Yo llegué primero, con una picazón en la nariz. Sarah llegó segunda, con una picazón en el labio superior. Jor’elhs llegó después, en brazos de un soldadito, desmayado, perforado. Le aplicaron inyectables y todo el mambo, un quilombazo. Sarah y yo teníamos cancha con las abejas por el tema de la estancia, Jor’elhs no, esa fue la diferencia. Así que cuando mi viejo, viendo mi cara dijo “parecés un torito”, y con la bandejita de la jeringa que le aplicaron a Jor’elhs en mi mente, pensé, “¿cómo podés ser tan imbécil?”. Odié que Jor’elhs no supiese lo que yo de abejas.
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