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Silvio M. Rodríguez C.
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MensajeTema: Veinte y seis   Mar Sep 11, 2012 4:08 am

Veinte y seis

1996 – Predicciones mortuorias

Una de las preguntas obligadas era “¿Qué tal pio las pendejas?”, cosa que me preguntaban los operadores en esos días en los que las fluctuaciones eran tan dramáticas o tan nulas que los movimientos eran escasos, y entonces daba para estirar un poquito hacia el lado del chisme y ubicarse del otro lado de la vereda, cuestión fundamental. Dependiendo del grado de afinidad, respondía con un “siempre hay algo, papá”, o bien con un “esa parte te voy a deber un poco, mi rey”, de manera que sin mentir contaba la precisa para quien sepa entender, porque entre operadores una de las cosas que estaban prohibidas era la mentira.

El mujerío venía perdidoso, la verdad. Más o menos como en la facu el tema, si te ponías los lentes y las desnudabas, sólo un diez por ciento ranqueaba para liga. Las demás, apenas para segunda división, y ni eso, muchas veces, qué queres. Obviamente que con falda, camisa, chaqueta, pañuelito y medias finas, la cosa tiende a confundir, y si le sumás el peinado y un toque de perfume, más de uno cae, pero, como te dije, para ranquear es sin ropa.

En cuanto a los machos, mirá, era como aquella novela de Narciso y Golmundo, nada mejor para un alumno brillante que un maestro mediocre para enseñarle humidad, tal cual. En la general eran una manga de intrascendentes, que se distinguían claramente entre los que jugaban a jefes y los que iban de soldados, y como en número no había una diferencia enorme, calzaba para decir “muchos caciques y pocos indios”. Por salud mental, más que nada, yo le terminé aceptando la jefatura hasta al tesorero, porque cada cual venía y me marcaba el territorio como podía, así que me salía más barato el “sí sí sí, hasta que venga el siquiatra”, que ponerme a dibujar el círculo y explicar qué es el radio y qué carajo es el pi.

Respecto de la soldadesca, había unos cuantos muchachos que me caían joya. Los típicos pendejos que laburan a placer, enfocados en lo que están haciendo, tanto, que tienen tiempo para joder un ratito en todos lados y seguir laburando un minuto después. Y también uno o dos pelotudos a los que no me los tragué de movida. Josuel, uno de ellos.

El Josuel era del tipo de los que se la creen. En su cerebro tenía pinta, conversación, estilo, y autonomía de pensamiento, aunque claro, ninguna de estas cosas las podría haber verbalizado a la hora de describirse a sí mismo, pero todas estas cosas él las sentía, eso estaba claro. Y por mí, maravilla, “the world is yourse” y toda la onda, pero no me metás a mí en tu mambo. Sin embargo, el yeguo solía venir a joder con los de clearing y se apoltronaba en una de las sillas frente a mi escritorio, desde donde lanzaba sus frases pseudoingeniosas, pseudodivertidas, que incluían referencias a las operaciones de cambio, a los clubes de fútbol, a los partidos políticos, y a cualquier mierda posible, a veces con una intención ya demasiado notoria de que yo pique y entre en el baile. Realmente me tenía las bolas llenas.

Un viernes, de tarde, el Josuel no cabía en sí, el propio como puto con dos culos. Tocaba fin de semana de rally del chaco, y había toda la vibra correspondiente (que a mí, por cierto, ni me va ni me viene), es decir, los chicos como que eran más chicos si iban hasta la loma del kinoto a ver los autos pasar a conservadorazo limpio, y las chicas, como que más chicas si por ahí eran invitadas a presenciar tal hidratación etílica. Josuel, obviamente, era de los chicos más, y estaba ahí contando que iría con fulano y con mengano hasta tal parte, que luego hasta cual otra parte, que la camioneta equis, que el auxilio zeta. Era hora de salida y, como ya había terminado con mis cosas, apagué la compu, le puse llave a mi escritorio y antes de irme le dije “De este fin de semana no pasás”.

El lunes, al llegar al banco, en la entrada el guardia me pregunta “te enteraste de lo de Josuel?”, le digo que ni idea, me dice “se murió en el rally, lo atropellaron”.
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Silvio M. Rodríguez C.
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MensajeTema: Veintey siente   Mar Sep 18, 2012 8:07 pm

Veinte y siete

(1997) Primer asado

“Che, vamos pues a hacer algo” significa que alguno se tiene que ocupar de comprar la carne, el carbón y hacer el asado, que otro se tiene que hacer cargo de las cervezas, el hielo y la conservadora, un tercero de hacer la colecta (y guarda que no cabe el “después te pago”), y un cuarto tiene que poner la casa. En lo normal, el que hace la colecta es el que empuja y el que presiona y llavea la selección de los elegidos como también la de los excluidos. Las chicas no hacen un carajo, sólo reciben la invitación de asistir y, como ni comen ni toman casi nada, la mayor de las veces ni siquiera ponen la cuota, y sólo se llevan a la casa la opción de que si no les sale ninguna farra mejor ya tienen dónde caerse vivas.

Como corresponde, el “che, vamos pues a hacer algo”, siempre provenía o de clearing, o de cajas, o en simultánea desde ambas partes, y normalmente hacia ese fin de semana inmediato a fin de mes cuando tendían a sobrar las monedas. Ya había escuchado varios “che, vamos pues a hacer algo” y como jamás me habían invitado, deduje que estar en la lista de excluidos se debía a mi carácter, a que estaba casado, o a la suma de ambos factores, porque verás, lo que menos querés a la hora de farrear es que te caiga un alguien que se luzca por su cara de culo, o, peor aún, alguien cuya pareja sea la que se luzca por su cara de culo. De manera que cuando Náyed, la morenita simpática que siempre estaba sonriente, se me sentó delante a decirme que se estaba armando un asado a ver si quería ir, que la cuota era tanto y que en caso de confirmarle le pague a ella, como que me quedé sorprendido.

Al tiro le dije que estaba puesto, y le pagué por dos, aclarándole que iría con V. La verdad, no quería ir, porque no sabía (y no quedaba bien preguntar) quiénes iban a ir, y no quería llegar a la farra para estar las dos horas mínimas reglamentarias entre un montón de estirados hasta el “bueno, nos tenemos que ir”. Sin embargo, pasar de excluido a incluido no era joda, por un lado, y por otro, ya ni me acordaba de la última vez que había salido, así que acepté por gratitud y por dejar un rato el estudio.

Cuando con V llegamos a la casa indicada ya estaban unos cuantos, chicas y chicos. Estaba en proceso el fuego y la cerveza ya estaba en su punto. Le presenté a V a la gente, hubo el intercambio tradicional de saludos y preguntas idiotas, tras lo cual me puse a beber.

Al ratito me acerqué al asador, Ásians, del departamento jurídico, con el que me puse a charlar. Se nos unieron Aquiles y Gaibol, de clearing, y se armó el corrillo. Como es tradicional, el grueso de las chicas armaron su propio corrillo sentadas, los más híbridos de los chicos más o menos igual, también sentados, y ahí, al lado de la parrilla, de pie, nosotros, los otros.

Yo hacía chistes, mientras que Gaibol, Ásians y Aquiles (en ese orden), me contaban chismes. En dos horas me sabía vida y milagros de casi todos y sin haber preguntado nada.

Un rato después de comer, V me dijo “vamos ya”. Ahí caí en la cuenta. Yo la estaba pasando bien, me estaba riendo, escuchaba, hablaba, interactuaba, y claro, bebía a discreción. Tener que cortarla me pareció criminal. No me cabía ese límite, no lo podía procesar.
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MensajeTema: Veinte y ocho   Mar Sep 25, 2012 7:51 pm

Veinte y ocho

(1997 – en la cancha se ven los pingos)

En aquel primer asado Ásians jugó de cocinero, y como es mi costumbre arrimarme al asador, fue con él con quien más charlé. En lo normal, el que sabe hacer un buen asado no se luce en otras cosas, aunque claro, hay excepciones, por ejemplo, el que sabe hacer asado y se luce jugando fútbol. Aquella vez, Ásians me dijo que le daba al balón, bah, no sólo afirmó que jugaba, sino que alardeó que cuando quiera me podía dar clases. Pero aclaremos, con ese tono tan, pero tan sobrador, que no hay modo de no caer en lo amable y divertido, así que te quedás dudando si sólo te está cargando o si realmente sabe. Cuando me devolvió la pregunta, menos mal que se dio vuelta a dar vuelta la carne y no me vio los ojos, que por ahí veía más, sólo le respondí que sí, que también le daba a la pelota, y quedamos en ver si cuándo armábamos algo.

Un par de semanas después organizamos el fulbito. Cuando Ásians me llamó a preguntar si podía ocuparme de la cancha, me prefiguré dos opciones, a) los tíos, al final, no tenían idea, b) los tíos me estaban probando a ver si era yo el que no tenía idea. Así que bueno, como el día que se repartió vanidad yo llegué media hora antes que se abra el portón, llamé a un cuate del Central a ver si me podía conseguir su cancha. Una media hora después, el cuate me confirmó que estaba reservada para el viernes, de 20:00 a 21:00, como se lo había pedido.

La del Central era una de las mejores canchas, desde la lumínica hasta los vestuarios, pasando por el lujo de los espacios laterales entre las líneas y las graderías, que ahí tenías, fácil, de dos a tres metros, y no el tradicional medio metro de las otras canchas. Este lujo, hay que decirlo, te permite estrategias extravagantes a la hora del fútbol 5 anfibio, con pelota que pica, que, por supuesto, era el que me veía venir. Cuando se lo dije a Ásians lo de la cancha del Central no se aguantó el tirarse pedos en colores. Y qué querés, si no era mostrando monedas que conseguías jugar ahí, no, papá.

Esa noche sobre la hora completamos diez tipos. Cuando comenzaron a cambiarse, porque ninguno llegó equipado, al verles las piernas (tobillos, galletas, muslos), me di cuenta de que los tíos, a excepción de Ásians, que venía con el culo del tamaño de un mediocampista, no tenían talla de futboleros. Como había previsto, a la hora de elegir pelota, desecharon la de salón y optaron por la que pica.

Ásians y otro de los chicos, como capitanes de cuadro, fueron eligiendo a su pelotón, como en la escuela. Yo quedé en el equipo de Ásians.

Arrancó el tema y cacé la esfera, me la llevé por el torrente un chiqui hacia la izquierda, el Ásians sube y queda habilitado hacia el medio del lado adversario, así que se la calzo con la justa, la recibe, la aguanta y la empuja hacia el área mientras yo me abro por la izquierda y quedo solo, me la devuelve cuando le van encimando entre dos, la clavo a la red de un zurdazo, de primera y sin siquiera mirar al arco. Demasiado fácil.

Al minuto siguiente, exactamente igual, pero al revés, pivoteé yo y el Ásians la definió por la derecha. Ahí paré la cosa y le dije a Ásians que así no se podía. Así que rehicimos los equipos, él en uno, yo en otro. Ahí cambió el tema.

Ninguno de los dos corríamos con ventaja, primero, porque era obvio que ninguno de los ahí presentes habían jugado juntos y, segundo, porque tampoco sabían jugar. Yo tenía en contra que no me sabía sus nombres, así que tuve que comenzar por ahí, pelota en juego, para poder dirigir, fulano a la derecha, mengano a la izquierda, zutano subí, etc.

Como yo, Ásians de su lado se tiró para atrás y al medio, cosa de aquí no pasa nadie y a ver si arriba metemos. Como él, cuando lograba cazar una pelota y visualizaba un espacio más o menos razonable, le pegaba un pique hasta el otro lado hasta tener tiro, sabiendo que tendría como último escollo al capitán esperando para bloquear. Varias veces se dio el tácito “de mí no pasás”, la entrada fuerte, el pierna a pierna, el bordeo y el recueste con la mano en la cintura del otro, pero para medir (no para agarrar como hacen los mariquitas sean de primera o de cuarta).

Ganamos por una diferencia de frases. Ambos teníamos el “¿a quién le marcás?”, el “ese es mío”, y el “seguíle, seguíle”. Pero yo tenía “¿y vos qué hacés acá?”.

Tener a un tipo arriba “siempre” te obligaba a marcar a dos tipos abajo, siempre, eso está claro, y esto implica que en el último momento, cuando te vienen encima vos te jugués a cerrarle el ángulo de tiro al más habilidoso, que fija te hará como mínimo un amague. Si el habilidoso abre el pase al más torpe, este queda a cargo del arquero, que algo tiene que hacer. Ahí, si no te comés el gol, tenés a tu adelantado allá arriba, siempre.

Ahora, la joda es que cuando te vienen encima, ese que dejaste arriba diciéndole “vos te quedás arriba” nunca la entiende a la primera, y baja a marcar ni él sabe a quién, es decir, corre detrás de la pelota, de manera que cuando la recuperás y la querés tirar para adelante buscándolo, lo encontrás a dos pasos tuyo. De ahí que ahí cuando el tipo apenas comienza a moverse hacia abajo le gritás “¿y vos qué hacés acá?”, hasta que al final entiende.

Así, tras una decena de ¿y vos qué hacés acá?, después de otra decena de tiros errados, y un par de aciertos, ganamos nomás.

Yo terminé hecho puta, si no me acordaba cuándo fue la última vez que jugué. Sin embargo, estaba recontento, primero porque ganar con lo que hay es mil veces mejor que ganar teniendo equipo, y segundo porque con el Ásians, así las cosas, alguna cosa íbamos a poder hacer. Pintaba bien el tema.
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MensajeTema: Veinte y nueve   Vie Oct 05, 2012 7:21 pm

Veinte y nueve

1997 – Reacomodamiento

Cuando Johnny, el Microsoft Certified, me comentó del proyecto me ilusioné mucho, así, onda gay, pero me callé y no le dije nada a nadie, cosa que no se me pinche el globo a mitad de camino. Cuando me llevó al primer piso a mostrarme cómo iba el tema, calculá la cara que puse, que se cagó de risa y me dio un pinchazo en la nalga el cabrón.

Unas semanas después lo estrené, sí, mi propio lugar, mi propio “departamento”. Un habitáculo de dos por tres, con un ventanal de dos por dos, de esos que podés deslizar con los dedos, con el cortinado a perilla y toda la onda. El habitáculo venía con mamparas, así que no me vería nadie, para comenzar. Seguía la historia con un mostrador y un puesto de caja.

Tío, más o menos un venciste Galileo. Primero que nada ya no tendría que ir al baño para fumar, sino que lo podría hacer ahí, en mi posición, y con abrir la ventana listo el tema del humo, que por fuera no pasaba nada ya que estaba todo cerrado. Así que tereré y cigarrillos a mano, lo necesario para operar. Aparte, me pusieron un cajero sólo para las operaciones de cambio, con lo que tenía hasta un subalterno y todo.

Con la nueva disposición pude separar a los clientes que venían personalmente a realizar sus transacciones, de manera que a algunos los liquidaba directamente a través del cajero (que entonces hacía también de asistente), el cual les decía que yo estaba con mucho lío, a otros los atendía rapidito ahí en el mostrador, y a los más especiales los hacía pasar. Igual con los compañeros, sólo unos cuantos podían pasar (y sólo unos cuantos querían, la verdá).

En cuanto a la larga fila de jefes, todos desfilaron por mis nuevos aposentos, y claro, cada uno para, a su manera y estilo, dejarme ver que fue el artífice del nuevo formato. A cada uno le agradecí el gesto, por supuesto, aprovechando cada circunstancia para marcar mi caja de cigarrillos y el cenicero, con la finalidad de “si tiene algo que decir que hable ahora o calle para siempre”.

Ahora, a la que le cayó de culo la nueva situación fue a Ana, la auditora, que siempre andaba con el monstruo Milton, su segundo, bajo el ala. No tardó en aparecer para husmear y hacer su lista de las diez preguntas más idiotas de la historia. Como no tenía argumentos ni discursos, y se fijó que yo anotaba cosas en mi agenda, me la pidió para revisarla.
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MensajeTema: Treinta   Mar Oct 09, 2012 3:40 am

Treinta

1997- Recife

Las cosas habían mejorado y volvieron a sobrarme algunos billetes. Así que cuando junté unas cuantas monedas le dije a V que nos íbamos de luna de miel al campo una semana, sólo para joderla. Por su puesto, le verseé. Que los arroyos, que la cabañita, que había caballos y toda la onda, pero que era campo, como la estancia; que ni agua potable, ni luz eléctrica, ni todas esas cosas, y que nos iba a venir bien la desconexión. A fuerza de juventud y un toque de estoicismo lo asumió, y que bueno, vamos.

A V2 la dejamos en lo de mis suegros, en Richville, los cuales ni entendieron mucho, y por lo menos a mí no me hicieron preguntas.

De vuelta en Asu, la noche antes, ahí le mostré los pasajes a V, nos íbamos a Recife. Me armó una especie de quilombo, porque claro, habría que cambiar el equipaje, que una cosa era ir al campo y otra cosa era irse a la playa. Le dije que no joda, que vayamos ligero, que de última de eso se trata y que ya allá veríamos.

El viaje fue tranquilo, con buen clima y sin turbulencias. De Asu a Sanpa íbamos a la mitad de la capacidad del avión, así que al poco rato, aparte de que ya se podía fumar y tomar, te podías ubicar en donde mejor te pareciese, o sea, en la ventanilla que te guste, digamos. Tras hacer el transbordo y ya con destino a Recife, similar el tema.

En el hotel, luego de inscribirnos, de mi maleta saqué un Rolex dorado y se lo entregué al recepcionista, diciéndole: esto es para vos porque sé que nos van a atender bien. Un instante después por poco no nos llevaron upa hasta la habitación. Ahí abrí un Old Parr que había llevado conmigo, y luego de servirme un vaso le dije a V que viésemos lo de los tours con los folletos que había traído de la recepción. Luego de darnos una ducha y cambiarnos, bajamos al bar y nos tomamos un par de esas caipiriñas de cortesía, riquísimas por demás. Llamamos al conserje y le pedimos consejo acerca de los tours, nos dio unas cuantas indicaciones y le marcamos lo que iríamos a hacer, dejando el tema de las reservaciones a su cargo. Unas cuantas caipiriñas más y con V salimos a la noche, bien alegres, obviamente.

Una cerveza en cada bar (y no eran pocos), fue la consigna, y toda la gente de joda haciendo de hinchada, que parecía que el mundo estaba de farra. Así fuimos, hasta caer en lo que parecía un pub, con su barra, sus mesitas y sus televisores. Como cruzamos el salón buscando los sanitarios, nos encontramos con una pista de baile y el escenario con un grupo arriba tocando música en vivo; detrás de esto, otra pista con otros sonidos. Al tiempo, por los costados había escaleritas que llevaban a lo alto hasta andamios, descansos, balcones, una locura. Aquello era una especie de laberinto a lo largo, ancho y alto.

Volvimos como a las cinco, y el bus vino a buscarnos a las siete. La cosa prometía.
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MensajeTema: Treinta y uno   Dom Oct 14, 2012 7:52 pm

Treinta y uno

1997 – Rutina en el Bronx

Llegaba del banco más o menos a las 16:30. Saludaba, me iba para el cuarto y colocaba el despertador para que suene en cuarenta minutos. Luego me levantaba, me daba una ducha, me cambiaba, y continuaba con lo real.

Greis bajaba el carrito de V2 y yo la bajaba a la piba. Como corresponde, Greis era de esas niñeras que no hablan cuando está el patrón, y que menos le hablan al patrón; como yo tampoco soy de los que le dan a la charla salvo entre los íntimos, prácticamente no nos decíamos nada. Así las cosas, Greis la acomodaba a V2 en el carrito y luego yo lo empujaba alrededor de la manzana de los blocks del Bronx.

De lejos la cosa habrá tenido su gracia, porque Greis no era fea, tenía buen cuerpo y no era excesivamente chiquilina, de modo que calzaba como para pensar que era la madre de V2. Lo simpático está en que como Greis me pasaba como por dos cabezas, así, a golpe de vista, daba para decir “mirale a la pendeja como lo tiene del hilo al guacho, si jode lo caga a palos”, y yo empujando el carrito, y la dinosaurio joven detrás.

Cuando se hacía de tardecita e iba oscureciendo volvíamos al departamento. Greis se ocupaba de bañar y cambiar a V2, y yo aprovechaba para fumar y poner algo de música mientras tanto. Luego, mientras Greis calentaba la cena, me quedaba con V2 jugando a alguna cosa.

Mientras cenábamos solía llegar V, que antes, mientras yo me duchaba, o poquito después, solía ir a la universidad. Entonces yo aguantaba todavía un poquito más el hormiguero que tenía en el culo, porque realmente no aguantaba más. Me mordía los ojos por no mirar el reloj a ver si ya eran las nueve, y aunque todo mi cuerpo me pedía levantarme de la mesa, me quedaba sentado un rato más. Y aunque no quería decir ya nada de nada, igual decía que V2 balbuceó esto, que en la esquina vi aquello, y que tal o cual cosa sucedió con el patito rosado.

Finalmente me desligaba y me iba a lo que era mi estudio. Cerraba la puerta, ponía música, retomaba el libro que había dejado y comenzaba a tomar y a leer. Como se trataba de departamentos, y aparte estaba V2 que también iba a dormir enseguida ahí a unos metros, no podía abusar del volumen de sonido, así que tenía que hacer uso de auriculares, cosa que me emputaba mucho.

Después de una hora, o una hora y media de leer, escribía alguna cosa. Poemas, o prosa, o una prosa que implicase poemas, o lo que yo creía que eran poemas, dicho sea. Cuando ya no entendía lo que había escrito, aunque siempre tenía claro lo que sentía que quería decir, y veía que no tenía caso seguir intentándolo por el pedo que tenía encima, iba y me acostaba.
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MensajeTema: Treinta y dos   Lun Oct 15, 2012 7:58 pm

Treinta y dos

1998 – Recife 2

Después de desayunar caminamos hasta la playa que estaba ahí al frente y donde no había prácticamente nadie. Instantáneamente me alegré, porque aunque estaba mentalmente preparado para soportar el gentío playero, que el mismo no esté presente me puso buena onda total. Como estaba todavía en pedo pensé que sería algún feriado, pero enseguida me dije que si era feriado eso debería estar más lleno aún, así que pensé que la falta de bípedos ruidosos se debía a que era muy temprano, pero como el sol ya estaba alto terminé diciéndome que las cosas ahí eran así y punto.

Nos paramos en la arena, en medio de la nada, y bueno “¿qué hacemos?”. A unos cincuenta metros veo un puesto, de esos que tienen las reposeras, las sombrillas y demás. Camino hasta ahí con el buen humor que me provocaba el que no haya gente y me encuentro ahí con un moreno, alto, curtidísimo, al que le faltaban unos cuantos dientes, y que tenía una de las tetillas recién costurada, es decir, todavía tenía los hilitos que le hicieran ahí en algún “Urgencias”. Lo carpeteé profundo y me dije, si dios te ayuda lo aguantás un minuto a mano desnuda, y si es a cuchillo o le acertás a la primera o fuiste ahí mismo, cuatro segundos. Le sonreí.

Le digo que quiero una o dos sombrillas, que estoy con mi chica, y que si ella quiere tomar sol maravilla, pero que yo quiero estar en la sombra, que me vea algo que sirva. Una reposera que se ponga horizontal y, si tiene o puede conseguir, un sillón, porque yo prefiero estar sentado, y una mesita. Listo, el cuate lo tenía todo y me dice que tanto por hora. A a mí me olió que me estaba cogiendo, pero no me iba a poner a joder con eso, así que le retruqué diciéndole si cuánto por todo el día, y entonces que tanto. Pagué. Ah, y lo otro, ¿será que tenés cerveza? El tipo sonrió festivo diciéndome que tenía. ¿Bien fría? Me aseguró que sí. Y si te pido, ¿me conseguís hielo? También conseguiría en caso de necesidad. “Bueno, hermano, aquí tenés por seis cervezas. Me las llevás de a una, por favor”. Le pagué por las seis cervezas y le entregué otro Rolex trucho, uno plateado y más bonito que el anterior. “Atendeme bien”, le dije. El cuate estalló con un “Meu patrón!”. Cinco minutos después teníamos un camping armado.

Bien, ahí estaba, a la sombra de dos sombrillas cruzadas bajo el solazo, enfrente el mar y su inextricable sonido, los pies en la arena y mi cerveza helada en la mano. Una ráfaga de números me vino hacia la parte de atrás de la cabeza, apuré mi vaso y encendí un cigarrillo. Miré al fondo del horizonte, respiré. Otra ráfaga, con posiciones de compras y ventas, cheques, transferencias, unos cuantos nombres y rostros. Giré mi cabeza y el moreno me mira, levanto mi brazo izquierdo y mi dedo índice, el tipo me levanta su pulgar. Viene otra cerveza.

- En cualquier momento va a aparecer, desde el horizonte- le digo a V.
- ¿Qué cosa?- me pregunta.
- La pija oceánica- le digo.
- Vos tenés una fijación con eso- me dice.

Y yo me río fuerte, mientras me lleno el vaso antes de volver a mirar al fondo, sabiendo que apagué las ráfagas por un rato.
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MensajeTema: Treinta y tres   Jue Oct 18, 2012 8:07 pm

Treinta y tres

1998 – No enlace a internet

En aproximadamente 35 o 40 segundos Johnny había tecleado unos números en la planilla, y en una décima de ese tiempo los había graficado. Luego agregó “ves que es fácil, los detalles los buscas en el libro”. Claro que ahí yo le salté diciéndole, no, perá, ¿qué pasa si quiero que un rango esté de un modo y otro rango de otro modo?, por decirte precio que vaya en líneas y volúmenes en barras; a lo que respondió con un muy previsto “¿Pero tú eres boludo? ¿Qué no te di el libro?” Ya, Johnny, tranqui, qué carácter, che.

Similar cuando me mostró cómo hacer una macro. Una onda tipo bueno, esta es la pelota ¿ves? Si la pateas, gira. Ahora, ahí tienes la cancha y el arco; si no entiendes algo coges el libro. Punto. A veces agregaba un “imbécil” al final, o algo por el estilo.

No es que era mbore el tipo, simplemente carecía de paciencia, y de malintencionado no tenía absolutamente nada, al revés, jugaba del lado de la soldadesca a pesar de tener jefatura y de ser el yerno del presidente del banco, que no es poco. Pero en lo normal, chicas y chicos están habituados no a que les indiquen cómo solucionar un problema, sino a que se les solucione y, aparte, a que el teacher de turno se quede ahí al lado hasta verificar que todo funcione correctamente. Por esto es que el Johnny no era muy amado, pero sí respetado de sobra.

Un día comenzó a enviar unos correos acerca de cómo escribir correos. No sé si los redactó él mismo, o si los copió y pegó de algún sitio, pero lo que sí sé es que si lo hizo es porque habrá estado hasta las bolas de las redacciones, de las mayúsculas, de los colores y demás, porque mirá, te llegaban correos tecnicolor; títulos en bordó tamaño 16 en Times Roman, texto general en azul tamaño 12 en Arial, y algunas oraciones en negritas y en rojo, tamaño 14. Sí, tenías un grito ahí frente al monitor. Ni hablar de la ortografía ni de la sintaxis, siendo que el corrector estaba ahí a un clic de distancia, en fin. Después de esta seguidilla de indicaciones la cosa mejoró, salvo por el tema del uso de las grafías para componer lo que después serían emoticones, como el punto y coma seguido del semicírculo del paréntesis y demás, cosa que fue un éxito de taquilla, y fue como para que el pobre Johnny se tirase del quinto piso, porque no había correo sin estos chirimbolos.

En otra ocasión se le ocurrió habilitarnos a todos en el Outlook una sección de noticias, en donde todos los días nos llegaban novedades de todo el mundo. Como en aquel tiempo nuestros diarios no cazaban mucho la onda, de nuestro lado no había mucho y, como Johnny era hispano, y él programaba qué caía y qué no, nos llovía información acerca de España. Y sobre informática, claro. Yo me leía todo, pero, a veces me trancaba porque la info marcaba como referencia o referencias un o unos reglones azules a los que le daba clic y no pasaba nada. Eran enlaces a páginas web, y yo no tenía habilitado ese tema.
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MensajeTema: Treinta y cuatro   Jue Oct 18, 2012 9:02 pm

Treinta y cuatro

1997 – Villalonga y Quaque


Me dijo que ni cagando me iba a habilitar internet porque fija le armaba un quilombo a la media hora llenándole de virus la red. Pero yo había estudiado la lección, y le dije que aunque era trabajoso, se podían restringir sitios, y que al final, lo que me interesaba era seguirle a Juan Villalonga y los precios de las monedas, que eso sí me servía. Se cagó de risa, me dijo que era era un auténtico hijo de puta, para luego manifestarme que no se iba a pasar una tarde estableciendo permisos y habilitaciones, que me iba a dejar la puerta abierta pero que no haga cagadas porque me cortaba el chorro.

Listo, aquello fue increíble. En el BCC4 pagábamos una fortuna por la información que ahí tenía gratis. Claro, no estaba actualizada al segundo, pero estaba ahí, con algunos minutos de demora, cierto, pero para operar con clientes y con colegas, dados los márgenes que manejábamos, calzaba y sobraba. Ya te digo, no me lo podía creer. Pensé en la gente de Reuters ¿Y ahora qué carajo harían?

Mucho discutimos después con Johnny acerca de Villalonga, que por entonces era mi ídolo, y al que Johnny no lo podía ver ni en fotos. Para mí el Villalonga era un cabrón que hacía lo que le cantaba y nadie lo paraba, y para Johnny, lo mismo. Sólo que a mí me divertía pero a Johnny lo emputaba. Tal que una vez termina diciéndome “mejor anda y juega Quaque”.

Como yo no tenía idea de qué era eso del Quaque, me dijo que lo busque por internet en casa. Como le dije que no tenía internet en casa me miró con la misma cara con la que en ese entonces yo miraría a un neptuniano.
Hizo que le lleve mi máquina y me instaló el Quaque. Hicimos números y me dijo que tome menos cerveza, que cambie pañales desechables por los de tela, pero que pague la conexión a internet. Bueh, a la semana tenía también internet en casa.

El propio “no sé cómo te explico” lo del Quaque. Me envicié a la primera y más o menos un par de meses estuve endrogado. Si mirá, comenzaba tipo diez de la noche, y me decía una hora y lo largo. Minga, me quedaba hasta las doce, o hasta la una. Hasta que me dije, macho, te estás yendo a la mierda, y lo desinstalé.

Entonces comencé a curiosear el tema ese de internet.
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MensajeTema: Treinta y cinco   Mar Oct 23, 2012 7:26 pm

Treinta y cinco

1999 – La agenda - preparativos

Habían pasado un par de años desde el remolino de quedarme sin trabajo, casarme, conseguir nuevo empleo, el nacimiento de V2 y mudarme de casa, entre otros rollos, hasta que más o menos llegué a una especie de limbo mental. Había escrito durante ese período una suerte de novela, que llamé entonces “Otro día”, y una serie de textos que denominé “Los carteles”, más abrumado por el día a día que con alguna finalidad concreta. Estaba cansado, harto, agotado.

Una de esas noches en las que no me daba ni para escribir, ni para leer, me puse a revisar los cajones de mi escritorio y me encontré con la carpeta en las que guardaba algunos textos que escribí de soltero, en la época de universidad. Los releí muy por arriba y llegué a dos conclusiones, la primera fue de que había cosas buenas, y la segunda fue de que definitivamente no sabía releerme, no me daba, por lo que lo de corregir todo eso me sería imposible.

Sin embargo, me dije que se podía armar algo, que aún cuando pareciera que era y estaba todo como “fuera de foco”, algunos textos se podrían relacionar y correlacionar en secciones como para hacer un libro. Luego sería ver si cuánto cuesta publicar un libro y, finalmente, buscar a alguien que sepa de libros para la presentación.

Al día siguiente, después del laburo fui hasta El Lector y charlé con el dueño. Me contó más o menos las variables que entran a jugar en el tema y me lanzó el costo aproximado. No era barato, pero tampoco era sideral, la cosa pasaba más por darle forma que otra cosa, siempre y cuando se lo entregués todo prearmado, incluyendo el diseño de la tapa y la contratapa, que ahí el tema incluye “arte”, y eso también tiene su costo.

Durante unas cuantas noches me dediqué a “ordenar” los textos y a encasillarlos en secciones, dándole nombres a la secciones, mitad con sentido pleno, mitad ridículos, como para que un estúpido diga “esto es estúpido”, y uno que no lo sea diga “¿será estúpido?, juas!. Para el diseño de tapa y contratapa simplemente busqué en internet unos símbolos apropiados, los acomodé a los colores que entonces me agradaron y listo, a la semana lo tenía armado. Lo llevé todo y se lo dejé al cuate, para que me de la cotización final.

Aunque lo hubiera podido hacer, rechacé de plano llevar esos textos a nadie “del ambiente”. Primero porque no se parecía a nada que yo haya leído; aunque tenía versos, no era poesía, y aunque tenía prosa, no era relato. Y como ya tenía carpeteado que los escritores son una manga de histéricos, no me iba a exponer a que me manden al carajo de movida en un jueguito de egos que me veía venir. Aparte, me chupaba un huevo, yo pensaba darme el gusto y punto.
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MensajeTema: Treinta y seis   Miér Oct 24, 2012 8:07 pm

Treinta y seis

1999 – La agenda - lanzamiento

Impreso en hoja tamaño carta tenía la prueba del libro en el asiento del acompañante, V2 iba atrás en su sillita, y aunque íbamos despacito el corazón me latía a siete mil rpm. Ya en casa, lo revisé, es decir, lo miré. Sinceramente no me daba para leer, ni para ver, solo miraba los simbolitos de los encuadres, de la maquetación, ni siquiera me fijé si tenía encabezado o pie de página, nada. Le llamé al cuate y le dije que estaba todo bien, que le meta nomás.

Hablé con la gente de la Manzana de la Rivera, un pequeño teatro, confortable, que además contaba con una galería que a mí me gustaba mucho, en donde alternativamente se exponían cuadros y esculturas. Un lugar pequeño, pero coqueto, como diría A2. Marcamos fecha y listo.

Lo siguiente fue con El Molino, para los bocaditos, porque la idea era compartir un rato con los que irían, y si bien el sándwich de milanesa no cabía, sí podían ir las milanesitas, y los sandwichitos con pan chip y salsa golf. Para la parte líquida, compré muchas cajas de Segura Viudas y nada de gaseosas, que con coca cola no pegaba aquella Agenda, y al que no le gustara la cava, que se joda.

Con lugar, comida y bebida reservados y pagados, llamé a Niela, sí, la hermana de A6, y le conté del proyecto que se venía en concreción. Me dijo que ella feliz, que leería y se haría cargo, que cuente con ella y toda la onda.
Unos días antes del evento la jefa de personal del laburo mandó un mail avisando e invitando a todo el pueblo. Por mi parte, envié algunas invitaciones por correo postal, incluyendo entre los invitados a aquel locutor de radio que tenía un programa de música de películas, y que por entonces seguía escuchando de cuando en vez. En la invitación, que tenía un diseño imitando la portada del libro, iba incluida la frase “mi último libro”, que me pareció divertida, y con la que nos partimos con A4.

La noche del estreno literatos hubieron pocos o ninguno; bancarios y banqueros, muchos, incluyendo al presidente del banco en el que trabajaba, y además los futboleros. Niela estuvo de diez, y yo, para variar, diciendo poco pero loco de contento.

Tras las lecturas, en la que ya te digo, Niela se lució, fue un volcarse al trago, que es lo que dominan los que manejan números, es sabido. Sarah, con Ierik, vendían los ejemplares y yo firmaba autógrafos, respondía preguntas, escuchaba comentarios, en modo “no entiendo nada, pero está todo bien”.

El lunes siguiente, en su despacho, el presidente del banco me dice “oye, lo he leído y tiene cosas buenas… tiene partes que son un bodrio, seguro, pero tiene cosas buenas”.

Fue uno de los mejores comentarios que me hicieron.
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MensajeTema: 37- Splash   Jue Nov 01, 2012 8:17 pm

37- Splash

1998 - París

Mirá, en Brasil cualquier hotel de tres estrellas es bueno, en Francia no es tan así. En París, un hotel de tres estrellas es una cosita, y si la habitación es una doble, mejor que tu compañero de cuarto no ronque porque no vas a poder dormir a menos que tengas encima un pedo de aquellos. Lastimosamente, y como siempre sin avisos previos, el imán se había activado. En esa ocasión, justamente, con el compañero de cuarto.

El tipo era un paraguayote de raza, aunque no era moreno, sino de tez blanca, de pelo arrubiado y ojos claros, tenía los típicos rasgos guaraníes, y el hablar de tierra dentro, tirando más para el guaraní que para el español, sin entrar en el yopará. Me doblaba en edad, parte baja, y de ahí que de mano tenía prioridad en la elección de cama y demás, ya sabés, yo a mis mayores, por lo menos de movida les dejo hacer. Así que el cuate eligió la cama que daba a la ventana, cerca del frigobar y la mesita escritorio, y a mí me tocó la que quedaba cerca de la puerta.

Para comenzar, el tipo tenía dos valijas más o menos de mi tamaño, que en lugar de descargarlas, las dejó en el piso, abiertas, como para que caminar sea aún más aquilombado con una de ellas, y para que llegar a la ventana sea ya imposible con la otra. Después fue lo de sacar los paquetes de yerba, el equipo de tereré y mate, y la ropa que iba a ponerse ocupando con esto la mesita escritorio, la mesita de luz y su cama. Acostado en la mía, con mi valija todavía cerrada, yo miraba la tele, dejándolo moverse, esperando a que entre a bañarse para poder acomodar mis cosas, previendo sacar provecho y usar el placard que, por lo visto, el cuate no pensaba usar.

Pasada una media hora, en la que dejó la mitad de la habitación como un quilombo allanado, el querido compatriota entró al baño, ¡bien! Abrí mi valija y comencé a acomodar mi ropa en perchas y cajones, tras lo cual coloqué la valija debajo de la cama, y esperé a que el tipo salga. Ahí me percaté que del baño no salía sonido alguno, y entonces calculé que el cuate se puso a cagar, cosa que lamenté por el tamaño de la habitación y suponiendo el olor que iba a llenar el recinto, pero que comprendí, porque vamos, también yo iría a cagar en algún momento, che. Sin embargo, fue otra cosa.

De repente un ¡Splash!, luego otro ¡Splash!, un silencio, y de vuelta una seguidilla de ¡Splash! Ese sonido yo me lo conocía de la infancia, estaba seguro. Era el sonido del agua saliendo de la palangana, que colocada sobre un pedestal, usábamos para bañarnos en la estancia en donde no había ni agua potable ni luz eléctrica. Vos metías una, o las dos manos, y te arrojabas el agua al pecho una o dos veces, luego te enjabonabas, y volvías a arrojarte el agua para sacarte el jabón. El sonido era el mismo. Ahí me dije “¿pero qué carajo está haciendo este tarado?

Después de unos minutos salió, con la toalla por la cintura, y por el pecho, los hombros y la espalda, pelusas de la toalla, lo cual indicaba que era nueva y de mala calidad. Interpreté que su mujer se la había puesto en la valija, eso era seguro. Me causó algo de afecto concluir eso. Le pregunté si podía entrar a bañarme yo, y me dijo que sí. Aquí atendeme, si le decía “che, me voy a dar una ducha ahora yo”, el tipo se iba a emputar. “Bañar” tenías que decir.

Entré al baño, y sí, eso era un charco, tío. El jabón en el lavabo, tal cual, había operado como yo en la estancia de pibe. Me fijé en la tina, miré arriba, no había ducha. En la cabecera de la tina, había un dispositivo similar a la ducha, pero que bueno, si no tenés cancha, y si no preguntás, o si no te ingeniás, no pillás cómo puta se opera. Ni modo, mientras se llenaba la tina, fui a por las cosas de afeitar, por cigarrillos, un libro y una cerveza del frigobar.

Antes de volver a entrar al baño y llamar al cuate, dudé entre ser hijo de puta y arriesgar ser el maricón sabelotodo, pero mi experiencia con la activación del imán me dijo que hable. Así que en lugar de callarme como cualquier hijo de puta, y arriesgándome a que me conceptúe como un capitalino sobrador, le dije “che, mirá na un poco lo que pillé”, y le mostré el mecanismo de la tina. El animal me dice “ndé, qué kalidá que está”. Le respondí un “pendeja nomás ya falta”, y se cagó de risa.

Acto seguido, me afeité, y para la segunda Heinecken estaba en la tina, con Gauloises y Rayuela. Un hijo de mil putas, sí señor.
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MensajeTema: 38- ¿Qué hacemos con USD 1.000,oo?   Vie Nov 02, 2012 8:26 pm

38- ¿Qué hacemos con USD 1.000,oo?

1998



Cuando nos dijeron que no habían entradas para el partido los muchachos entraron en corto, y aunque a mí ni me iba ni me venía, por compañerismo, y claro, para reírme secretamente del absurdo acompañé las protestas, incluso ayudé a organizarlas, filmadora en mano. Sin embargo, como me había relacionado bien con los organizadores, muy por arriba y a puertas cerradas les hablé. Me dijeron que fue otra gente la que falló, y no ellos, y que definitivamente entradas no iban a haber. Puesto así, y siempre calladamente, fuimos a averiguar si habían y cuánto costaban las dichosas entradas en reventa.

Habían, y estaban a mil dólares. Entonces quedamos en lo siguiente, yo organizaría a los muchachos y les haría firmar una carta de advertencia en la cual exigían que como diese lugar consigan las entradas prometidas, caso contrario se entablaría un juicio en contra de la compañía organizadora. Con esta carta, los organizadores le dirían a la gente de los tickets que pongan mil dólares para cada cuate y así zanjar el asunto. Ya te imaginarás el tonito de la carta, metáforas y todo tenía, que vamos, puestos a bailar hay que darle al perreo, la zamba y el malambo, ¿no?

Los de los tickets, que jugaban a nivel internacional, ni lo dudaron. Así que soltaron la platita sin chistar dos días antes del partido. Ahí el tema fue de nuevo otra carta, en la que cada cual recibía los mil dolariegos y se abstenía de cualquier reclamo posterior. Esta vez, la carta fue mucho más “técnica”, con esa sapiencia de años de lecturas de letras chiquitas, porque, como dije, me llevé bien con los organizadores y correspondía cuidarles el culo, no sea que algún desubicado cobre, y después demande y pida resarcimiento de daños emocionales. Los muchachos estaban locos de contentos.

Estos animales lo que hicieron fue ir a donde las reventas y comprarse los tickets. Ya te imaginarás las fotos, yo y el ticket, el ticket y yo, el ticket sobre el frigobar, el ticket al lado de la llave de la habitación, así. Por mi parte, fui a la estación y en una agencia me saqué el euralpass de un mes, que por entonces estaba a seiscientos dólares. Luego entré en una joyería de aquellas y me compré un arito para la oreja izquierda, una argolla a la que le adicioné un crucifijo. Listo, había comprado unas joyas en París.

El día del partido me levanté bien temprano, porque temprano partía el tren, y cuando el partido comenzó yo estaba almorzando pescado en Londres, atendido por dos mozas con ojos que parecían de otra galaxia. Para la segunda botella, con la rubia de ojos azules y con la de pelo negro y ojos verdes ya nos sacaron varias fotos brindando. En un momento, tras pedir que pongan unos temas, me fijé en una de las pantallas, y caí en la cuenta de que era la transmisión del partido. Sonreí de lejos, recordando la cancioncita “cada cual, cada cual, atiende su juego”.
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MensajeTema: 39-* Un lugar seguro   Vie Nov 02, 2012 8:37 pm

39- Un lugar seguro

1998- París

Más o menos por algo parecido a la ley de la atracción fue que terminamos relacionándonos Téban, Rico y yo. Entre ellos ya eran amigos, así que en realidad fui yo el que se pegoteó al dúo volviéndolo un trío. Téban calzaba una Amex, así que calculá el nivel. Por su parte, Rico sólo de cuando en vez le bajaba alguna frase, y como para cerrar una idea, en guaraní. La habitación que compartían estaba mitad ordenada, mitad a medio quilombo. La parte ordenada era la de Téban, que era de usar la camiseta o la camisa dentro del pantalón, y siempre con cinto y mocasín. En tanto que la otra parte, con una media en el suelo y su par sobre la cama, un vaquero entre la almohada y la alfombra, era la de Rico, “el gordo”.

Estábamos ahí, en la habitación de ellos, cuando decidimos salir a cenar juntos. Ellos todavía estaban tomando tereré, mientras que yo aplicaba la Heineken número mucho del día. Cuando volví a mi habitación mi compañero de cuarto me comentó acerca de su paseo del día. No le entendí mucho, pero al parecer, lo que hizo fue ir hasta un supermercado que encontró a unas cuadras, en el que compró pan y queso, de ahí el sandwiche que estaba comiendo y que me ofreció. Le dije que ya había comido algo y entré al baño a asearme.

Como una hora después estábamos con Téban y Rico cenando mariscos. La charla giró en torno a “juegos de integración”, o “conozcámonos mejor”. Como eran chicos bien, y me cayeron bien, interactúe sin dramas. Nos contamos de nuestras esposas y de nuestros hijos y ahí surgió el tema de que no podía ser que yo tenga sólo una hija. Se argumentó, por ejemplo, que cómo no iba a tener hermanitos con quienes compartir, y yo me callé el conocer familias de numerosos hermanos que entre ellos no se pueden ver ni en foto; se argumentó, también, que quién iba a cuidar de mí cuando llegase a anciano, y yo me callé que tener hijos pensando en tener enfermeros me parecía criminal. Así que luego de expresar un “y la verdad que habría que pensarlo mejor”, les dije que porqué no nos íbamos a una disco.

La idea les hizo dudar, y yo sé ver cuando la duda prende, si no la conoceré. A Téban le dije, “Macho, estamos en París, ¿pensás dejarla pasar?”, y mirando a Rico, “De última, mañana les cuento”. Ahí Téban decidió con un glorioso “Ja joká teví”.

Ahora, estos dos boludos en el fondo estaban tan cagados, no sé si porque jugar de visitantes les venía muy en contra, si porque desarrollaron un sentimiento de culpa marital, o porque presentían que yo no estaba bien de la cabeza, pero el caso es que insistieron tanto que me hicieron repetirle al taxista unas cinco veces que nos lleve a una discoteca segura. El taxista, seguro con que las bolas llenas, nos llevó al medio de un desierto, literal. Una disco en un descampado, tipo peli.

En la disco sonaba música de los 70’s y no había nadie, solo el barman y una tipa de unos doscientos años. Tan mierdoso era el lugar que incluso se podía hablar sin gritar. Yo no dije nada, esperé que surja el oleaje. Cuando después de unos veinte minutos, durante los cuales Téban y Rico decían boludeces, al surgir el “che, aquí no pasa nada”, al que le siguió un “está muerto esto”, fue que se abrió el portón. “Conozco un lugar”, les dije.
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MensajeTema: 40- Un lugar asegurado   Vie Nov 02, 2012 8:46 pm

40- Un lugar asegurado

Los dos estaban con una cola de paja que yo aproveché al máximo. Y claro, gastamos y no poco en taxi, en las entradas para la disco esa, y aparte tiempo, todo en contra de lo que yo desde un principio sugerí. Así que los dos, sentados en el asiento de atrás del taxi, se dedicaron a mirar las luces más bien en silencio, y a tratar de cazar lo que yo venía balbuceando con el taxista en un inglés no apto para licenciados.

Llegamos. Era como la una de la mañana, y el fuego comenzaba a elevarse. En la entrada nos recibieron una chica y un chico, tipo anfitriones, nos cantaron el precio de las entradas y sus modalidades. Básicamente había dos maneras, una era pagar por entrar y ya dentro ibas garpando tu consumición, y la otra era soltar de una medio huevo, con lo que entrabas y te tomabas lo que se ocurriese. Los dos pajeros se tiraron a la primera opción, en tanto que yo me fui por la humectación libre.

Entramos. Tío, eso sí era sonido, carajo. Recorrí las pistas para confirmarlo y, efectivamente, todos los muros estaban recubiertos o con cartón prensado especial liviano, o con isoport, o con corcho, alguna cosa así, y por supuesto, disimulados no con pintura, sino con telas. El DJ se decantaba por el pop, así que maravilla.

Con los pibes fuimos hasta la barra, y claro, no había barman, sino barwoman. Una rubia de ojos imposibles que hizo de Rico una masa arcillosa con claras tendencias a diluirse en babas. Por su parte, a Téban le faltaban ojos, porque el mujerío estaba como que incandescente. Un hembraje de tal estructura y variedad, y con tal variación de estilos en el forraje de estuches, que no podías sino agradecer que a Dios se la haya ocurrido la idea de inventar a la mujer.
Yo me lancé a tirarle charla a cualquiera, si fijate, del uno al diez, la que menos ranqueaba se ganaba un nueve.

¿Rebotar? Imposible, papá. Si con un “I’m from Paraguay. And you, little tembolita?” ya estaba. Así que yo iba y arreaba, traía el ganado hasta la barra, en donde Téban con sus modales de señorito lo mandaba todo para el culo, en tanto que Rico ya estaba preguntándome si dónde podíamos conseguir una tarjeta tipo Village para escribirle algo a la barwoman. Al tiempo, los dos se habían gastado en un par de tragos unos cuantos almuerzos, en tanto que yo invitaba sin asco. Inteligencia nocturnal, digamos.

En un punto llegaron los travestis. Taco veinte, parte baja. Dos metros cien el más bajito. Reflectores full sobre ellas, y este cuerpito, ya canchero, recibiéndolas. En la pista, vos veías una rubia tarada, cadera a cadera con el “indiecito guaraní”, y colaborando en el armaje del círculo afectivo, las ellas. Un quilombo.

Momento de conciencia, la previa. Voy hasta la barra, Rico estaba loco porque había descubierto el tequila mezclado con Sprite. Téban enganchó con una jaca, y a su décima botellita de Heineken estaba en etapa “te voy a decir una cosa”. Visto lo cual, parlamento con la barwoman, y también con el chico que nos recibió a la entrada. Les canto la precisa, me entienden desde ese idioma que lo saben los que están en eso.

Pido mi botella de champagne y salgo con la rubia. Amanece. Hablamos de a chorros, y yo confirmo que a la luz del día es otra. Me cuenta cosas, mientras yo recuerdo todo lo que bailamos y la vibra que había ahí, en el “divertimento”. Ella sabe que le escucho, que le entiendo, y que no me importa. También sabe eso y no le importa. Habla y me mira, como quien mira la tabla de un trampolín, o el borde de una parte de sí.

Nos vamos. Al llegar al hotel pongo una moneda de cinco francos y retiro mi premio, una Heineken. El dúo dinámico sube a dormir, yo me quedo un rato más.
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MensajeTema: 41- Bronceado   Miér Nov 07, 2012 6:09 pm

41- Bronceado

1997- Recife

Eso del bronceado a mí realmente ni me va ni me viene, digamos que no me mueve la aguja. A mí las minas cuando me gustan, me gustan así como vienen de fábrica, sean blancas, morenas, negras, o lilas. Sin embargo, en los tiempos en que Sarah tomaba sol en la terraza de casa pillé que para las mujeres es toda una variable, que son capaces hasta de tirarse en plena siesta asuncena, ahí cuando marca 40 a la sombra con tal de “tomar color”.

Así que cuando V decidió utilizar un protector solar de baja graduación yo me callé nomás la boca, porque ya sabía que esa actitud venía de una dimensión a la que mi género no tiene acceso, así de fácil. Por mi parte, aún estando bajo las sombrillas, yo le apliqué un Yonson an Yonson con factor de protección 95, parte baja, que vamos, ya estaba enterado de la existencia y funcionamiento de las camas solares, así que si era por colorearme no me iba a torturar de propia mano.

Al final de la tarde, dérmicamente V estaba crepuscular, o sea, una mezcla de naranjas y rojos que de mirar ya te dolía. Yo no sé cómo es el tema este del sol, pero por experiencia sé que cuando te estás quemando no te duele, sino después, y mucho. Y tal cual, cuando llegamos al hotel ahí la mina comenzó a quejarse, que era lo menos que podía hacer con tamaña quemadura. Me abstuve de emitir el tradicional “yo te dije”, que siempre detesté, y traté de paliar el lío con alguna crema para tales situaciones, de esas con prescripción, ¿vio? Y qué querés, yo tenía un objetivo marcado, no me iba a ahorrar unos mangos sólo por mirar atrás, nica.

Cuando inició la noche lloviznó, y enfrente tenía camarones y a la derecha la cerveza número mucho. De vuelta el recorrido nocturno, las fotos con gente que no conocés, y toda esa particularidad que tiene lo diverso. Comer bien, caminar, inpensar, bailar si te da la gana hacerlo no en la pista, sino ahí al lado de la mesa del restó de turno, y sostener, críticamente, el grado de pulsión de una alegría que te viene de dentro y corre, como sólo puede darse cuando las represas quedan anuladas por su propio dueño.

Una hora después de dormir cinco, de nuevo en camino. Porque el cuerpo te pide, y la azotea está de acuerdo. Y entonces las dunas a 60 km/h en subida, y a 80 en bajada, los jets sky que probaron cómo estaban mis rodillas, y de qué se trata imponer el deseo a un ámbito inasible para cualquier temeroso. La sencilla situación de kilómetros de profundidad asistiendo a un montón de huesos, carne y sangre, aleteando en su superficie. La sensación de que cruzar los límites es lo natural.

Me hice una foto en el frontis de la casa de la esclava Isaura, pagué un dólar por una sopa de tiburón que venía en un jarrito de barro cocido del tamaño de un vaso de tequila, y desde una embarcación hice que otra me trajera cerveza y pescado frito.
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MensajeTema: 42- De nuevo el fútbol   Miér Nov 07, 2012 6:10 pm

42- De nuevo el fútbol

1998 – Acoplamientos

El banco comenzó a crecer, yo lo podía ver en cifras, porque accedía a una copia de la Posición General, y por que manejaba los resultados de cámara. Esto repercutió en la contratación de más personal, lo que salpimentó muy arriesgadamente la situación sicoemocional de todo el rollo.

Primero se sumó Charise, que para variar, desembocó como secretaria del presidente, con lo que nuevamente iba a manejar todos los hilos y todos los canales en una nada de tiempo. Luego Yojan K., en el departamento internacional, en donde tras unas pocas semanas asumió la jefatura absoluta. En tesorería se instaló Yoshua, y tampoco pasaron muchas lunas para que quede confirmado como nuevo tesorero. En contabilidad, el tararato de Sentu se apoderó de la caja chica. Todas estas criaturas de Dios provenientes del BCC4, donde compartimos unos cuantos años y unas cuantas experiencias extremas.

Futbolísticamente, Yojan K., Yoshua y Sentu eran sencillamente maletas, así de claro. Pero, los tres tenían eso que se llama ganas, y con eso se tiene el 70%, papá. Yojan K. y Sentu volaban de estado, siempre, así que si bien no aportaban mucho técnicamente, corrían todo el partido, y a la hora de marcar sabían ser brutos, más allá de duros. Yoshua era tranquilote, miope full, pero en el arco salvaba y bien. Así que estos tres, conmigo, ya daba para desafiar a terminar empatados a cualquiera en un fulbito 5 a 5, completando con el que sea. Sumando al Ásians ya dábamos para romperle las bolas a más de un equipo, y hablo de romper.

De manera que se fue armando regularmente el fútbol 5 una vez por semana. A veces martes, a veces jueves. Y llegó un momento en el que no sólo había jugadores para dos equipos, sino que también había suplentes para hacer cambios y todo. Aún más, la hora que alquilábamos comenzó a quedar corta, al menos para mí, porque terminados los roces me quedaban pilas. Terminamos jugando dos partidos de 15-15, sin descanso.

Ahora, mirá, seré ordinario. Viste que dicen “donde fuego hubo, cenizas quedan”, bueno, volcalo a “donde pijas sudan, conchas pululan”. El caso es que las chicas comenzaron a aparecer, sobre todo, digo yo, porque los más maletas de clearing y cuentas corrientes no paraban de anunciar lo del fútbol como si fuese un asado con dj. Así que bueno, la cosa es que hasta comenzamos a tener público, y el tercer tiempo, que anteriormente se vivenciaba sin remera y con un vocabulario propio de futboleros, derivó en un ducharse después de jugar, hablar más “fino”, y todas las boludeces (algunas muy lindas) que genera la tensión sexual.

Muy por dentro yo me sentía contento porque estaba agarrando ritmo, y lo sentía al definir esquinado, al colocar los pases, como al resistir los minutos. No te niego, también disfrutaba el tercer tiempo, que me ligué varias miradas de fe, cierto. Pero yo más bien iba por reencontrarme con la esfera.

Cuando pasado un par de meses el Ásians me invitó a participar de un torneo, casi me caigo de culo. El de Las Mercedes, papá, el de para hombres.


Última edición por Silvio M. Rodríguez C. el Mar Nov 13, 2012 7:12 pm, editado 1 vez
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MensajeTema: 43- Rirchville   Miér Nov 07, 2012 6:50 pm

43- Rirchville

1998

Ir a Ritchville los fines de semana era una especie de alivio, de minivacaciones, como acceder a una cuota o entrar en una burbuja de irresponsabilidad. Lo digo por el tema de V2, que mirá, yo la quería, la amaba, todo lo que quieras, pero eso de corretear detrás de un bebé definitivamente no es lo mío. De que me sale, me sale, pero me agota. Al ir a Ritchville estaban los suegros, que ni bien desembarcábamos de Gabriela se ocupaban de la piba. Así que por esa parte el primero que quería ir era yo.

Aparte estaba el tema de farrear, y sí, porque, como los suegros eran madrugadores, podíamos salir con V a reventar y dormir toda la mañana sin ningún problema exógeno. Marco exógeno porque los problemas venían por lo endógeno. Claro, porque a V el tema de farrear se le había pasado. Yo jamás entendí eso, aunque supongo que habrá sido la maternidad, pero para mí más bien tiró a conducta aprendida, un copiar pegar de lo visto vivir por otros. No sé. El caso es que tipo una de la mañana aparecía el “vamos ya”, y yo me rayaba mal, mal. Me embolaba porque, justamente, ya había hecho una suerte de amistad con Cristiano, su hermano mayor, que de odiarme confesa y desenfadadamente, había pasado a considerarme un ser humano y todo. La camada de amigos de infancia de Cristiano también terminó aceptándome, así que al salir a farrear me encontraba con ellos y, al momento en que yo tenía que volver, ellos recién ponían en tercera. Misma cosa ocurría con Shale, el gemelo de V, que nunca me odió, ni nada por el estilo, simplemente no me peloteó jamás, pero ya eramos super cuates con él y sus secuaces. Macho, digamos que no me faltaba grupetes para amanecer.

Lamentablemente, y aún a pesar de haberlo visto muy temprano en otras parejas, entré en la espiral violenta. Me emputaba no poder farrear hasta donde el cuerpo me diga “basta”, porque para mí, como para cualquier alacrán, farrear es hasta vencer o morir. Que el “basta”, en lugar de provenir de mi cuerpo provenga de un tercero me ponía mal, violento. Fue así que comenzaron las transformaciones que reíte de Hide. Y creo que también los quiebres definitivos.

Una noche fuimos a una disco con V, nos sentamos en la barra, sho cerveza, ella algún jugo. Recuerdo que en la previa incluso oré, sí, como si tuviese once años y estuviese en la misa de 6:30 de la mañana, y dije “Señor, no dejes que me ponga violento”. Pero fue al reverendo pedo. Yo ya tenía cruzado el “vamos ya”, y, cómo decirte, ya arrancaba alterado. Después el alcohol hacía su efecto y, al ver a los tíos que iban a amanecer chupando, volviendo a sus casas tejiendo veredas, simplemente arrancaba el relojito esperando que el detonante surja de cualquier lado, de cualquier forma, de cualquier manifestación. Digamos que cuando la pólvora está, aparece el cerillo. Mirá, estábamos sentados de espaldas a la barra, que tenía los taburetes giratorios, y en un momento pasa un chico y la mira a V, y V lo mira. Ah, no viejo.

Yo salté de mi silla y pimba. El moquete duró lo suyo, se metieron varios, y yo no ligué ningún rasguño, dicho sea, pero vi la roja, así que a paseo. V se cortó sola, se subió a Gabriela y se volvió para la casa. Cuando me vio en la ruta, frenó y bajó la ventanilla, como vio que ligaría lo suyo aceleró.

Ya de madrugada, eso terminó conmigo en el sillón bajo la parra de los suegros, llorando, y con ellos a mi lado, tratando de entender qué mierda pasaba. Con el pedo que tenía encima, moqueando, yo preguntaba “¿qué pasó de la minifalda, de los vestidos?”.
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MensajeTema: 44- Roma 1   Sáb Nov 10, 2012 8:07 pm

44- Roma 1

1998- Roma

Dejamos Francia viajando en tren, justo en un vagón en donde se instalaron tres minas yanquis, que aunque no eran para liga, podían llegar a ranquear. A mí me gustaron de las tres el tema de los ojos y lo del cero maquillaje, que siempre me puede. Téban y Rico le metieron conversa a las minas, en tanto que yo correteé con el tema del trago, porque el bar nos quedaba del otro lado del gusano de acero, y no era cosa de combinar maratón con joda.

Cuando anocheció, yo ya estaba embalado, y como Téban y Rico, ahí por la presión mujerística decidieron beber como gente civilizada, me esperaban muchas horas felices, con mucho más trago a mi favor. El momento crítico, al menos para los dos machotes, fue cuando las minas decidieron dormir. Como si nada, y eso es cuestión de oficio, volcaron el asiento en el que estaban dejándolo como cama, y alistaron las otras dos que iban por el muro. Yo le presté mucha atención a los movimientos porque, por experiencia, como con el tema de la bañera del hotel, eso de desarmar si no lo sabés te puede llevar una hora pillarlo. Listas las camas, las minas procedieron a embolarse y ponerse sus shorts y camisetas de dormir. La cara de Rico la tendré en la retina hasta la eternidad. Téban, aunque medio moreno, no pudo evitar sonrojarse. Yo me hice el bobo mirando la ventana, pero viéndolo todo, que miope soy, pero no boludo.

Las tres, ya acostadas, sacaron sus libros, y se metieron a la lectura, mientras nosotros nos acomodábamos a la situación, decididos a dormir con los zapatos puestos, por supuesto, aunque ninguno dijo nada.

En eso pasa por ahí otro paragua y nos ve. Calculá su ángulo de visión, tres minas acostadas, leyendo. Nosotros tres con trago, yo fumando. Tras los saludos, Rico le dice, ¿no querés tomar un poco?, señalándole la botella que estaba a mi costado. A lo que el compatriota responde “una concha lo que quiero comer”, señalando con los ojos a las minas. Precioso diálogo en guaraní.

En fin, como el tren tenía pasillo y baranda, al final yo me salí del vagón y me aposté ahí. Bebiendo, fumando, respirando, no pensando para nada en nada. Cuando el otro sentido me lo hizo saber, le dije a los muchachos que apaguen ya la luz y que dejen dormir a las minas. Obedecieron como los santos que eran, previo armado de camas, claro.

Llegamos a Roma al amanecer, prácticamente. Nos instalamos en el hotel, y la consulta cayó sobre mis hombros, ¿salimos o nos quedamos a dormir un rato? Exacto, cinco minutos después estábamos en el lobby pidiendo un taxi. El cuate a cargo nos dio un ticket que decía que el taxi llegaría a las 7:48, y eran las 7:45. Tal cual, a las 7:48 arriba una limusina, cuyo chofer, tras verificar nuestro ticket nos hace pasar.

La primera parada fue para desayunar. Los chicos le bajaron café, café con leche, medialunas y cosas así. Yo le bajé una pizza y una Heineken.
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MensajeTema: 45- Roma 2   Vie Nov 16, 2012 8:24 pm

45- Roma 2

Cuando llegamos al Vaticano me cayeron de golpe todas las novelas de West y varias escenas de “Escarlata y negro” y de “Éxtasis y agonía”, que tanto habíamos disfrutado con el viejo.

Cuando íbamos a cruzar el portón de acceso, en mi miopía vi que tres pendejas nos hacían reverencias, como diciendo “adelante, majestades”, se lo indico a Téban y a Rico, y se ríen; eran las minas que viajaron con nosotros. Yo me sonreí, pero les aclaré que no le iba a bajar el recorrido con esas tres burras. Así que si ellos querían recorrer con ellas, y trabar eso que dicen amistad, que le metan, yo me cortaba solo. Y es que mirá, a una burra se le nota la burrera en los ojos, en el andar, en la sonrisa, qué querés, y yo estaba dispuesto a hacer de guía turístico de mis dos cuates, pero hasta ahí, definitivamente hasta ahí, y ninguna interactuación más, ninguna. De modo que yo de primera les saludé, y pasé de largo. Los chicos hicieron lo mismo.

Se cansaron de sacarse fotos delante de las tumbas, y yo de reírme por dentro de sus poses de serios, porque claro, a ninguno se le ocurrió posar con los brazos abiertos y con una mueca de carcajada, para nada. Seriotes ellos, como si estuviesen al pie de un misil atómico, en fin. Algunas cosas yo pillaba, muy pocas. Todo lo que había leído, todo lo que recordaba, no hacía ni el cuatro por ciento de lo que teníamos en frente, a los costados, arriba, abajo. Si bien me lucí (a sus ojos, digo) con el tema de conocer las disposiciones arquitectónicas, la historicidad de las estructuras más famosas, me di cuenta de que no sabía realmente nada, nada. Mierda, me hubiese gustado tener un año sólo para recorrer esa basílica, y ahí ya te admitiría a las tres minas. De día investigando, de tarde corroborando in situ, y de noche chupando y cogiendo. Así, sí.

Los chicos parecían que estaban en un parque, “mirá, mirá” y se disparaba Rico para la derecha y el otro lo seguía, “mirá, mirá” y era Téban que se abría por la izquierda y el otro lo seguía. Yo me dedicaba a alcanzarlos, sacarles fotos y comentarles lo que sabía de cada lugar. En un punto, sentí el toque.

Téban embistió hacia una dirección, Rico lo siguió, y yo sentí sobre mis hombros un “detente”. Me quedé quieto, respiré, y comencé a buscar con mis ojos de qué se trataba. Lo pillé al momento y me dispuse a dirigirme hacia ese lugar. Ahí pensé en avisar a los chicos, pero algo me dijo “no, sólo”. Así que fui, tramité, esperé, y luego me dejaron pasar.

Pequeña, como todo lo grandioso, y grandioso como todo lo humano, así, la capilla Sixtina frente a mis ojos. Sentí angustia, alegría, un latir presuroso, como el que sentís cuando estás a veinte metros del arco con posibilidad de definir el partido y el campeonato, y ese miedo que habita en lo desconocido. Me congelé, me estrellé de frente, me superó. Lo recordé todo, cada segundo de muchos libros, de tantas noches con el cuarto y el quinto alacrán, con el viejo. Mi infancia. Me esquiné y comencé a llorar, mudo, desconsoladamente, y a lo Julio, le agarré al llanto de frente, derramándole a mis lágrimas todo el desierto que entonces me vomitaba el cerebro. Destruido, disfruté por una eternidad la intensidad de admirar con solo rozar algo de comprensión, algo de entendimiento, con el aroma del patio de casa y la voz del viejo diciéndome “no, es al revés, esos son los verdaderos humanos”.
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MensajeTema: 46- Roma 3   Sáb Nov 17, 2012 6:32 pm

46- Roma 3

Salí de la basílica entre atontado y aliviado, con la sensación de un cansancio extremo y el de una tranquilidad abrumadora. Para reponerme, o conectar de vuelta el cable a tierra, entré a una tienda a ver si pillaba algo interesante. Había de todo, candelabros, biblias, medallitas, estampas, y todo el arsenal de ese estilo, desde dos dólares hasta lo que te imaginés. Nada me llamó la atención, salvo un rosario hecho de tallos de rosas que me pareció espléndido, y que no dudé en comprar para regalárselo a mi suegra. El de la tienda me dijo que por unos dólares más me lo hacía bendecir por el papa, y que en un par de días me lo entregaban en el hotel con el certificado correspondiente. Yo le sonreí y le dije “ñapirô na”, agregando un “no, thanks” para que el cuate entienda.

Los chicos se me habían perdido, pero estaba seguro que seguían adentro, así que me acerqué a uno de esos carromatos, tipo casa de remolque, en los que vendían pizzas. Elegí una recargada y aparte una Heineken, por supuesto. Me senté, y mientras comía y bebía, fui repasando de nuevo todo lo que había visto, tipo balance, ¿viste? Estaba a punto de terminar mi cerveza cuando divisé a los chicos, les hice señas y se sumaron. Otra vuelta de pizza y cerveza y luego nos dispusimos a volver al hotel.

Rico quería tomar un taxi, pero como le insistimos con Téban, accedió a volver caminando el pobre gordo. Veníamos hablando, comentando, y proyectando más o menos a dónde iríamos, porque teníamos un montón de cosas fijadas, cuando de repente se me cruza algo en mi cuadro de visión, vuelvo la vista y veo el letrerito en forma de flechita que decía “campo dei fiori”. El corazón se me aceleró de nuevo de cero a ciento cuarenta en dos segundos. ¡Muchachos, por aquí! Como cuando en una pelea, me cegué, apenas podía ver uno o dos metros al frente, enloquecido caminaba.

Imponente. La estatua del monje se erigía en el medio de la plaza, rodeada por todos los costados de vendedores. Había pasado un rato desde que yo terminé de revisar los cuatro costados del pedestal cuando por fin llegaron Téban y Rico. “Téban, conseguime una Heineken y te prometo contar una de las mejores historias del mundo”. “Rico, ¿tenés rollo para sacar fotos?”. Así que mientras Téban fue por la cerveza, Rico me sacó unas cuantas fotos.

Con la rubia en mis manos comencé a contarles la historia de Giordano Bruno de una manera que ni el viejo hubiera podido hacerlo mejor. Luego de relatarles la vida de uno de mis héroes, les dejé saber cuánto había influenciado en mí su personalidad, cómo me había dado fuerzas en mi época de estudiante, y cuánto me había servido de impulso su intransigencia a la hora de apostar por una idea o una concepción nueva respecto de algo antiguo. Cuando Rico me preguntó si dónde lo habían quemado, le dije “aquí, aquí mismo”, y no sé cómo me aguanté el lagrimeo. Lo entendieron y desviaron la mirada.

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MensajeTema: 47- El bar en el Bronx   Sáb Nov 17, 2012 8:44 pm

47- El bar en el Bronx

Como a cincuenta metros del departamento y en la vereda de enfrente había un bar. Consistía básicamente en unas diez mesas, una barra, y un televisor. El dueño se apostaba detrás de la barra y tomaba los pedidos, cobraba, y cuando no venía su cocinera también se ocupaba de eso. De movida me cayó bien, más o menos grandulón, tirando a callado y, sobre todo, siempre que le hablabas o te hablaba, te miraba a los ojos.

Alguna vez caímos ahí con V y V2 para bajarle una hamburguesa y desconectar un poco, y como me gustó el ambiente tranquilo y la tele, me dejé caer un par de veces para mirar algún partido. Con el tiempo, no te digo que todos los días, pero por lo menos una o dos veces a la semana iba al bar, obviamente que entresemana. Esas noches en las que no daba ni para escribir, ni para leer.

Por ese espíritu economista, y por curioso, fui interactuando con el dueño del bar como para enterarme cómo funcionaba el tema. Él me fue contando un montón de “secretos”, cómo ahorraba comprando en tal parte tal tipo de carne, haciendo él mismo las hamburguesas, llegando primero a tales mercados para comprar tales y cuales insumos, cosas así. Al final, llegamos al punto que me interesaba, si cuánto dinero necesitaba para implementar mejoras, y hasta cuánto estaba dispuesto a pagar por intereses fijos. Hicimos juntos los números, llegamos a la cifra, y le prometí que lo conseguiría. Me dijo que no podría sustentar nada para una entidad financiera, que ni siquiera facturaba lo que vendía, y le respondí que yo se lo prestaría, y que me pagaría mensualmente sólo los intereses y que, en tal plazo, previo aviso, le diría si necesitaría o no recuperar el capital. Me preguntó si cómo me cubriría yo del préstamo, y le dije que sin papeles el tema, “basta la palabra”. El guacho quedó chocho, y yo también. Con lo que acordamos, me aseguraba mi provisión de cervezas y cigarrillos del mes, que no era poco, te diré, y me sobrarían unas monedas más.

Al tiempo, fui trabando relacionamiento con los habitués del lugar, más específicamente con los que como yo se sentaban en la barra, solitarios a la fuerza, de más edad que yo, casi necesariamente. Lo normal era una jugada de algún partido, o del trámite mismo, y el comentario coincidente, tipo “salió mal ahí el arquero”, o “no están marcando, seguro farrearon anoche”, y el tradicional “desastre el árbitro”. Lo siguiente era mirar qué marca de cerveza estaba tomando y, si era la misma, como que el camino quedaba allanado.
Yo era pendejo, hay que recordarlo, y los que se sentaban a la barra ya tenían pelo blanco. Estábamos en el Bronx, hay que recordarlo, de manera que ahí a nadie le sobraba plata. Así que el gesto de invitar una cerveza, ñoño, obviamente, tenía su cosa. Siempre el que invitaba primero era yo, pero con cuidado, que el orgullo es atalaya difícil. Un cincuentón puede aceptarte como también mandarte a cagar, o sea, le podés agradar u ofender. Es así. Tiene su lado.

Uno de estos viejos, bastante especial, aun cuando todos los viejos son especiales, era hijo de un excombatiente de la guerra del chaco. Su viejo había estado en una de esas batallas grandes, en la que tras la captura de muchos enemigos, por falta de recursos para mantenerlos en calidad de prisioneros, tuvieron que degollarlos. Me contó que su viejo le contó que esa mañana les dieron a todos un vasito de caña antes de ordenarles aquello de degollar. Yo le conté lo que sabía de aquella batalla, que lo había leído en tal libro, explicándole que lo que él me contaba no lo sabía. Otra noche, cagándose de risa, me contó de cómo se había ligado una pendeja gracias al tatú pochý, y yo le conté de mi experiencia con el tatú pochý en la universidad, él en su idioma y yo en el mío, coincidimos en que si bien no estaba bien, al final de cuentas era mejor cometer ese pecado que dejar pasar ese placer, brindando, claro.

El leka este tenía sus 58, más o menos, bien vividos, y yo apenas unos 26. Sin embargo, él como yo estábamos en una edad en la que un partido de fútbol si bien nos emocionaba, no era lo suficiente para salvar ciertas distancias. Digamos “mirar de lejos”. Una noche, en la que justamente decidimos dejar la barra para sentarnos en una de las mesas, como se jugaba el clásico Cerro Olimpia, se nos terminaron acomodando a los lados un montón de pendejos. Y sí, tras el cierre del partido comenzaron las chuzas.

Uno de los pendejos, que lo tenía enfrente, salió y dijo no sé qué huevada contra Cerro. A pesar de que yo siempre mantuve un perfil tranqui, esa vez me salió el indio. Le dije que le apostaba lo que quiera respecto de cuál fue la mayor goleada histórica entre Cerro y Olimpia. El tipo tampoco estaba sano, o sea, ya se había mamado unas cuantas también, así que salió y me apostó un montón de cervezas, ponele diez cajones de cervezas, más también, no me acuerdo. Yo le dije, no hay problema, si ganás, te pago. Ahora, si yo gano le cojo a tu vieja.

Y sí, se armó nomás el quilombo.
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MensajeTema: 48- Saliendo del Bronx   Miér Nov 21, 2012 7:15 pm

48- Saliendo del Bronx

2000


El dólar había tenido sus viajes, como que sin privaciones, así que en algún momento Frodo decidió ajustar el alquiler a dólares y tal, como también en su momento decidió subir un tanto el canon, sin demasiados discursos de su lado, y sin queja ni reclamo del mío. Así que cuando me dijo que tenía que dejar el departamento sabía que no venía por ese lado. Me contó una historia de que su madre, el sol y las estrellas, así que yo la corté nomás por lo sano y le dije que no había problema y que ya nomás me ponía en campaña para ver hacia dónde disparaba.

Cuando se lo dije a V me propuso casi de inmediato volver a casa, junto con Magy. Como se estila en esos casos, le pregunté si estaba hablando en serio, buscando saber si era consciente de lo que decía, y me respondió que sí, y que considere que Magy estaba sola después de que Saray y Ieric se rajaron, y que le haría bien tenerla a V2 en la casa. En mi lectura aquello sería un quilombo, y no había modo de que eso termine bien. Sin embargo, eso de que Magy estaba sola era cierto, no dejaba de ser un buen argumento, como también aquello de ahorrarse la plata del alquiler, cosa que sí tenía un peso considerable. Pero lo que me cosquilleó el corazón fue la posibilidad de poder volver a mi estudio.

Así que más bien pronto que temprano organizamos la mudanza, en la que participó como chofer y camionero Melík, el bombero loco que tenía como cajero en el banco, y que estaba dos pulgadas más demente que yo.
Al final de una tardecita, V y V2 ya estaban en casa con todos los bártulos. Las últimas cosas, incluyendo el colchón de la cama de dos plazas, las colocamos en la carrocería de la camioneta de Melík, y como no teníamos cuerdas, quedé yo atrás, atajando justamente el colchón, que iba parado y de costado. En la cabina, simple, iba Melík con Greis, y lo que sonaba a todo lo que daba era “suavementeeee”, con lo que el guacho se ponía a bailar con los hombros y los brazos, haciendo gestos y arrimando la mano derecha, entre cambio y cambio, hacia los muslos de la Greis, que por fin encontró uno más loco que su patrón.

Aparte que nos íbamos como el pedo, porque en lo que duró esa música de mierda atravesamos desde el Bronx hasta llegar a la esquina de Rodríguez de Francia y Estados Unidos donde, como no le iba a alcanzar para cruzar en amarillo, el hijo de puta frena de golpe y sin asco, con lo que yo tuve que decidir entre el colchón y yo. Que se joda el colchón, dije.

El colchón quedó a mitad de la calle, y el primero en bajarse para volver a subirlo fue Melík. Del otro lado se bajó Greis pero, como yo ya me había bajado, ella se quedó mirando cómo nosotros tratábamos de acomodar de nuevo el puto colchón. Detrás de nosotros los perros dale a la bocina, pero sin mucha furia, que en su cuadro de visión también estaba el mujerón ese, que daba gusto mirar. Por un segundo yo miré de lejos, y vi dos tipos en una esquina transitada tratando de subir un colchón ante la mirada de una pendeja. Concluí que algo ahí no era del todo normal.
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