Dualidad 101 217


 
ÍndiceÍndice  FAQFAQ  BuscarBuscar  MiembrosMiembros  Grupos de UsuariosGrupos de Usuarios  RegistrarseRegistrarse  ConectarseConectarse  

Comparte | 
 

 Diario del puto

Ver el tema anterior Ver el tema siguiente Ir abajo 
Ir a la página : Precedente  1, 2, 3
AutorMensaje
Silvio M. Rodríguez C.
Admin
avatar

Mensajes : 739
Fecha de inscripción : 22/02/2009
Edad : 46
Localización : En tu monitor

MensajeTema: 51 - 60   Dom Mayo 26, 2013 6:21 pm

Diario 51

Con el rostro marcado por una sonrisa oculta, con la gravedad del que lleva encima una victoria de la cual prefiere no hablar, por las calles transita el rey de la mierda. Sus pasos firmes levantan algunas miradas, desviando otras, haciendo brotar de las bocas fáciles vocablos que lo nombran, que lo hablan como una manera de aproximación y definición, a la hora habitual en la que con precisión kantiana se dirige hacia la esquina de los doctos, donde aquellos que quizá hasta lo doblan en edad deben soportar su paso por ese trozo de espacio de las barracas establecido ya nadie sabe desde cuándo como centro de las riñas intelectuales, en la que cada cual, sin importar el grado de instrucción o la cantidad de años a cuestas podía, si quería y se animaba, tentar esgrimir un pensamiento de alguna forma novedoso, a ver si los doctos, que ubicados ahí desde el amanecer y persistiendo en su existencia hasta el anochecer, aceptaban, rechazaban o de repente lo modificaban en su estructura.

Como ocurrió aquella mañana en la que, por un accidente imprevisto por todos, uno de los ancianos dejó escapar de sus manos un trozo de papel que contenía un poema construido la noche anterior, que fue a parar a los pies de un hombre que pasando por ahí lo tomó y lo fue leyendo mientras se aproximaba a realizar la devolución, en la cual, cumplido el agradecimiento, como un golpe ínfimo y seco, pero que basta para quebrar toda una gigantesca edificación de cristal, se produjo la sentencia, por la que el caminante, con entera lejanía y confianza absoluta, dijo de lo que había leído “es una mierda”, logrando, quizá inesperadamente, un grado de asombro y por lo tanto de tensión sin igual en la memoria de ese tiempo, para pasar luego, como quien tras abrir una puerta prohibida simplemente la cruza, a exponer las cualidades de la mierda, sobre la base de un profundo conocimiento del proceso catabólico, del que describió una y otra manera de su suceder, citando a muy extraños representantes de la fauna, como a muy poco conocidas manifestaciones de la flora, señalando a cada vez y por cada especie, los detalles de circunstancias y hábitos que hacían de cada método y tiempo de excreción algo “único e irrepetible”, remarcando, como sin intención, que si había belleza, bien mirada, en la terminada construcción de un pétalo, en la piel de algunos tigres, en la firmeza del vuelo de algún águila y en el ondular casi imposible de algunas sierpes sobre la superficie del agua, cuánta más belleza no podía caber en el acto del cagar de cada especie, en la que no dejaba de cumplirse otra cosa que la terrible ceremonia por la cual una serie de elementos eran asumidos, o consumidos, para de entre todos ellos ir eligiendo los más necesarios, y al tiempo ir rechazando todos aquellos que no lo eran en un proceso en el que el pensar no era necesario, porque el cuerpo mismo se encargaba de ello, con una infalibilidad a toda prueba, puesto que una vez dentro de la matriz, cruzada la barrera del paladar, ya todo escapaba a las propias decisiones, y todo se trataba del difícil curso de la naturaleza, con esa sencillez que no admite discusiones vanas, como por el contrario ocurren en aquellos niveles previos, donde la forma, el gusto, los modos, cada contexto de sociedades, de historias, van haciendo de las realidades manifestadas situaciones tan sólo observables en tanto no vivibles, a diferencia, por ejemplo, del caminante que les fue diciendo de mil maneras la teoría y práctica de las heces, con severa emoción, como si se tratase de un alquimista relatando las conclusiones de sus intentos, constituyéndose desde esa mañana en el rey de la mierda, para la secreta mortificación de los doctos, que al verlo pasar sonreían o desviaban la mirada, ya que el sólo pasar firme de ese paladín del estiércol les recordaba la hora común de todos los habitantes.

Diario 52

De acuerdo al cronómetro de Abdera, Vittorio terminó el terrario en 35,53 días. Completó su obra en absoluta soledad, sin ayuda de nadie. Tanto el diseño, la consecución de los materiales, como el armado final fueron resultado únicamente de su esfuerzo. Previó los cambios de estación, esto es, las variaciones de la luz y el calor a lo largo de ciclos de temporalidad, y no sólo las provisiones necesarias, sino los recursos que concatenados generarían por sí mismos tales provisiones. Se dedicó entonces a medirlo todo y a tomar nota de los posibles errores, o ajustes que podría llegar a tener que realizar, mas, verificada toda la estructura de su obra, y encontrando que todo estaba bien, comenzó con la elaboración de la nueva especie.

El complejo arte que había desarrollado en el diseño geográfico del terrario debió entonces volcarlo en el diseño genético. Demostrando una vez más su gran calidad, desarrolló una hormiga como ninguna antes había existido, con capacidades similares a todas las anteriores, pero con una cuota mucho mayor de habilidades. Cualquiera de nosotros sabe que una hormiga labora en verano y en invierno disfruta de su labor de la estación anterior, por ejemplo, pero esta especie, o mejor dicho, esta primera nueva hormiga, no solo era capaz de medir el tiempo de siembra y el de cosecha, por así decirlo, sino que además había captado la posibilidad de la alteración de las medidas de lo necesario, con lo cual, era muy posible que en lugar de laborar tal cantidad de horas, necesarias para su alimentación óptima, laborase menos, puesto que había descubierto que el nivel óptimo de alimentación difería del nivel mínimo, con lo cual, en otras palabras, había llegado a la realización del ayuno como resultado de una íntima concepción de sus propios límites.

Pasado un tiempo, Vittorio decidió que la nueva especie era todo un éxito, y que bien podría multiplicarse. Diseñó entonces una pareja a la primera hormiga, ajustando los detalles de los mecanismos de apareamiento y reproducción, enmarcándolo todo bajo las variables normales de luz y temperatura, cuidándose siempre de que tanto la concepción como la gestación tuvieran lugar en una situación de poca luz, aunque con bastante calor, de manera de instrumentar el factor energía, que dado el contexto podría suplir con sus manifestaciones el condicionante de luminosidad-calor.

Como lo había previsto, la pareja se reprodujo satisfactoriamente, engendrando la previsible cantidad de vástagos, que una vez llegados a su etapa adulta, también volvieron a reproducirse estableciendo la lógica cadena, ordenada y fija por el tiempo de vencimiento de cada una de las hormigas, establecida con mayor o menor precisión, y, en último caso, siempre a merced de la voluntad de Vittorio, que sabiendo que habilitada la capacidad para la contención, queda también habilitada la capacidad en igual intensidad para el exceso, se guardó siempre de accionar cuando las cosas parecían encaminarse hacia una situación de posible destrucción.

Lo que sabemos de Vittorio, su terrario y sus hormigas es esto, y quizá poco más. Hay quienes al comentarlo, sospechan oscuras hipótesis respecto de lo que hace con algunas hormigas en particular, pues la fantasía les hace pensar que de cuando en vez, alguna que otra hormiga logra asomarse y mirarle de frente a su generador. Dicen, que cuando esto ocurre, Vittorio la quita del terrario, pero nadie dice, ni quiere imaginar qué es lo que entonces hace Vittorio con esa hormiga.


Diario 53

Golpean las olas en el muelle. Le dijo que no debió haber reclamado nada, que si bien conocía de los esfuerzos que había realizado, ninguno de ellos fue al extremo, ya que si bien algunas cosas le habían costado bastante, por el objetivo que querían cumplir terminaban perdiendo en dimensión. Le dijo que si hacía algo por alguien, bien estaba que espere compensación, pero que debía aprender que ciertas compensaciones no siempre vienen siendo directas; que antes de fijar sus acciones en un sustantivo propio, le convendría en principio sujetarse tan solo a un concepto fundamental, no muy preciso, pero menos lleno de errores, como por ejemplo, la vida.

Golpean las olas en el muelle. Le dijo que en un momento debe dejar de regalar lo que le gusta, y comenzar a regalar aquello que le gusta a la persona a la que quiere obsequiar. Que para acceder a los pequeños triunfos de la forma, debe primero llegar al fondo mismo de toda persona, sea esta capaz o no de percibir del modo que fuese el esfuerzo que ello implica, pues, la recompensa, después de todo, sólo puede sentirla el buscador entrenado, que más allá de lo que encuentra al menos halla paz al ir viviendo la tensión de sus capacidades desarrolladas, masticando poco a poco los difíciles vocablos de la espera, de la oscuridad, del agua, palpitando cada vez más de cerca la distancia entre el pensar y el querer ser pensado.

Golpean las olas en el muelle. Le dijo que un movimiento casi siempre termina por generar otro, como las palabras. Que entonces, para opinar, debiera asumir la intensidad de lo dicho como un algo posible de respuesta con igual o aún mayor intensidad, o quizá con total silencio. Dada una opinión, debiera captar la no sorpresa, pues del otro lado tan sólo hay prismas en movimiento que todavía fijos a una condición de tiempo reflejan o refractan lo que les llega de aquella luz que tanto es buscada. Sin desprecio ajeno, va por ir calzando la coraza, que vuelve un tanto más lento el avanzar, pero un tanto más seguro, mientras se va aprendiendo, metro a metro, que para ciertos caminos no hay protección.

Golpean las olas en el muelle. Le dijo también que años después le diría que la tristeza suele y quiere ser recurrente, que en algún momento le volverá a visitar a morderle el pecho, una tarde cualquiera, quizá un sábado, cuando todavía respire algunos temores, cuando haya saboreado ya de algunas victorias. Le dijo que años después le dirá que siempre se tratará de resistir, ya que tanto ha persistido, como se tratará de no entregarse, ya que nunca ha renunciado, y que el cansancio tendrá que ser vencido con un reposo sin descanso, como la respiración que volviéndose agitada por un movimiento muy exigente, vuelve a su ritmo natural, sin dejar, sin embargo, se ir haciendo otros movimientos menos extremos.

Golpean las olas en el muelle. No compite la noche, no se va yendo, no va llegando, apenas va estando, sin carrera. En silencio voy escuchando las voces que dicen de alguien que habla a otro alguien. Mi cuerpo no se mueve, y aún así en mi mente todo es movimiento, que avanza para cesar, que se detiene para estallar. Y me va sucediendo el momento de las olas golpeando el muelle, sintiendo ya el agua, mis músculos hechos de maderos, los ojos que no tengo, la espalda que me recorren quienes no conozco, las historias que jamás viví y que sin embargo las recorrí, aun siendo construcción, simple estructura de una simple condición, echado aquí, en el puerto primero, el único de las barracas.


Diario 54

Se expanden en mí la obligación por ausencia de fiesta, el diámetro que va realizando la realidad del círculo y la filosa señal de toda hipotenusa. De este lado, en la previa del tiempo, allí donde las horas a sí mismas se esperan, por una lástima inconmensurable, por una timidez respecto de lo que habrán de causar a quienes apenas tienen nada para intentar una defensa contra lo que ya ha sido dispuesto. Entre sonidos que se funden y se confunden, dentelladas de personalidades destinadas, condenadas. La culpa, la sed, y el humo mismo de los cadáveres incinerados en la gran fábrica del mundo.

Presionando espesamente, con la densidad del vacío instalado en el pecho, desalojado de los ojos le miro a la tensión que comiéndome la piel me va tragando en infinitos ceremoniales de angustia y decepción, tan sólo para ir probándole su resistencia a delicados imposibles trillados en la nada, y poder así con la sospecha del nuevo mes que habrá de parirse una noche, esta, en la que una vez más habré realizado el sacrificio de mis propios anhelos.

La historia que me hunde en la tarde y me ofrece a la penumbra, entre gemidos rítmicos y plegarias torpes me araña los párpados desde dentro, llevándome hasta la asfixia de un azufre intenso por acciones de rojas manos que tientan mi corazón y persiguen mis rodillas, sin tregua, sin pausa, sin detención alguna, con planos y planes de ataque, pero acaso sabiendo, quizá tan solo conociendo, que desde mi tristísimo cuerpo también le voy sospechando que a la hora de la defensa, cuando las cosas se reviertan y sea yo el que salga a la búsqueda, puede que no encuentre demasiados argumentos, por haber vislumbrado alguna vez la condición, la situación, el modo, el fondo mismo de la forma. Por vislumbrar que el que siempre ataca pudiera no estar listo para ser atacado, que el que siempre acecha pudiera temblar un tanto al saberse acechado por alguien, que de carne y hueso, teniendo un nombre, desea aquello que lográndolo le significará un nuevo nombre en un libro cuyas páginas no todos habrían de hojearla, y sólo uno habrá de escribirlo.

Me doy cuenta, en la conciencia y en la imaginación, en el ayuno que sin piedad extiendo, en los pasos que doy sobre las veredas de los barrios, me doy cuenta, de la voz que canta, del salmo leído, de los golpes íntimos - cuando no secretos -, de cada momento de la estadía de la prisión. Imponiéndole un deseo y una manifestación, también le rajo una calma a la tempestad, entre cadencias que invento y hostilidades que genero, también me voy dando cuenta de los sonidos que tan sólo llegan hasta la puerta, que abierta, deja que salga lo que habrá de evitar que otros entes puedan siquiera llegar a sus proximidades.

A veces, en la terraza, al encenderse una luz hay algo que dice que todo está bien. Y entonces, a pesar de tanta debilidad, de tanto fracaso, de tanto intentarlo todo en medio del aire, pareciera y es que instantes enteros son logrados, que al menos los primeros pasos son ciertos, que habrá más y que existe la posibilidad de dar la talla cuando ya todo sea ese tiempo en el que por ya no caber nadie, la soledad consista en una lucha por acceder a ese espacio que suele intuirse lo tienen reservado algunos, si no caen.

Diario 55

Lo primero fue sentir los besos solos, los que no se recibieron, junto a los que no se dieron, en ese juego cristalino de diversos receptores y emisores, en esa batalla inmaterial por la que el mensaje busca no limitarse a su origen o a su fin. Implicó el aceptarlo y buscarle una explicación, un estado en movimiento, como un equilibrio móvil, como un tiempo y un espacio que definidos en puridad, guardasen en sí la posibilidad de ser un total absurdo como contrapeso a tan gigantesca empresa personal, que siendo individual, pudiera implicar a colectividades enteras, como primera muestra de un atisbo a algo oculto.

En la consecuencia, un encierro casi absoluto, la necesidad de una armadura y el ponerse a laborar en ella y, al tiempo, ir comenzando a expresarlo, de a poco y sin nadie – esto es, con todos alrededor –, por esa convicción que entraña a quien ha sabido tolerar, soportar y sobrevivir a profundas decepciones. Prescindiendo del fin, pero creyéndolo, jugando a que existe, aunque nada le haya probado en ese entonces que exista. Y en adelante eso que laman resistencia.

Entonces las primeras búsquedas, las literales y las menos sencillas, levantando piedras, o cerrando cicatrices, siempre mirando hacia lo que viene, sin dejar de llevar una parte de lo que fue adentro, aunque no sea más que para la ceremonia del despojarse, esos pequeños gestos que necesitarán los que habrán de ir un poco más lejos cuando las ceremonias pierdan ante nuevas realidades, novedosas por su claridad e intensidad y no por su origen oscuro.

Y en el tránsito, siempre un tanto audaz, y de cuando en vez con el oído y el ojo en una convergencia que si no plena, constituye un rozar esa situación del más que poco que se vuelve mucho, como un algo frente a la nada, incluso como un alguien frente al todo, y dese ahí el alimento y el aliento para el paso siguiente, que se da pudiendo no hacerlo, cuando se sabe que el próximo esfuerzo entraña una decisión única e irrepetible en ese gigantesco espacio de tiempo que se llamado instante.

Lo que sobreviene siempre es desconocido, y el precio de cada metro van siendo las mutaciones. Sucede y deviene la conciencia de ese tiempo de la primera intención, y el otro en el que fue concretada; lo que se creyó posible y que finalmente acaeció, para que llegado el hoy pueda ser comprendida la inexistencia de ciertas medidas, la realidad de ciertas conexiones, esa unión común que se logra cuando la intuición y la imaginación se aúnan sostenidas por la fe con persistencia.


Diario 56

Después de leer un texto me río, y Charlote pregunta de qué me río. Dudo en responderle porque no sé si le hará gracia, porque si ella ríe de todos modos la intensidad será diferente, de repente por la causa última, o por el instante preciso en el que se desencadene la risa. Somos diferentes, y desde ahí es que los vocablos iguales se tornan diferentes, las secuencias de todo texto también diferentes, cada una llamando con mayor o menor fuerza la atención de quien va recepcionando la historia por esa cuestión del ADN, por ese tema de ser únicos e irrepetibles que hace que prefiera entregarle el texto antes que contarle de qué se trata. Entregarle el texto, me repito.

Y el resto va siendo así, Charlote, por extensión y extrapolación jamás lo entenderías completamente, nunca lo comprenderías, por la sencilla razón de que no quieres hacerlo, pues quererlo implicaría la necesidad de tener que aceptar el más sencillo de los hechos, el de las diferencias, el de las distancias, esto es, que aunque podamos ser semejantes, no vamos a ser iguales, que es lo que vas pretendiendo. Y esto para empezar, y, para continuar, una vida va siendo un tanto diferente de un texto… aunque a veces no tanto, es cierto.

Convengamos en que de buenas a primeras podría parecerte extraño, pero después de tantos años manteniendo el mismo estilo, debieras ir comprendiendo que vas pesando como un resfriado en una sala de emergencias médicas. Lo que hago o lo que no hago, lo que digo, lo que callo, y todo eso que podría llamarse su interpretación, es tan sencillo como leer el texto que me hizo reír, o las últimas décadas con todo lo que he leído, vivido, e imaginado, en una maraña de opuestos, de complementos y suplementos sociales, econométricos y, sobre todo, químicos.

¿Es complicado, Charlote? Justamente, para que llueva a raudales la frase “no lo compliques”, lluvia para la cual, no bastaría ningún abrigo, por lo que conviene más afrontarla desnudo y soportar las consecuencias, porque, al final, no es más que agua. ¿Dónde y cuándo ese “salto cualitativo” que de lo inerte hace surgir la vida? Las peras del olmo, con fe, esperanza y caridad, los edificios mentales y los puentes tendidos hacia la nada, hacia el todo, hacia la gente que somos y hacemos cuando estamos frente a frente sin ya poder ser jamás extraños perfectos y tampoco su opuesto. La gente que somos, repetirás.

Mejor dejarme ir y, en una de esas, volver. Al final, no soy yo quien decide el desarrollo de la fuerza, aunque quizá sí su intento, como la teoría de las armaduras, de las armas, y del arte de amar. No nos vamos a entender nunca, por lo que, con toda sinceridad, te pediría que en lugar de exigirme ser entendible, te tomes los dos próximos siglos, en hacerte capaz de entender, no a mí, sino al mundo entero, su origen y su fin, para que si todavía sigo en él te sea claro y cristalino, como un ser humano que habita en casi tu misma situación, con oxígeno, hidrógeno, tizas, papel, diarios, semáforos, familiares, accidentes, imprevistos, imponderables, ramas secas, espejos y escobas con vida útil.


Diario 57

El amanecer cruje en el rostro de nuestros cuerpos enmascarados. Todos los días a primera hora vamos hasta el viejo deposito ubicado bajo el suelo de la tercera plaza para desenvolver nuestra nueva bandera, que una vez instalada en su pesadísimo mástil, va siendo llevada a través de todas y cada una de las calles por los mejores hombres, uno a la vez, cediendo cada cual la tarea a otro sólo cuando llega al límite mismo de sus fuerzas. Como los hombres son más resistentes lo común, y como nadie sabe bien cuántas son, ni cuanta extensión tiene cada una de las calles, la procesión tiende a durar un tiempo indefinido, el cual, en su final señala, la finalización de un día en las barracas.

Sin embargo, como los días están fijados por las salidas y puestas de sol, y como el acto se repite a cada amanecer, se desprende que bajo el suelo de la tercera plaza, tenemos tantas banderas y tan viejas todas, que no tendría caso contarlas, y sí lo tendría el considerarlas a todas como una misma y única, al igual que a los hombres, o al hombre que la transporta, que siendo el mejor, o sea, de los mejores, permite la convergencia de lo especial con lo vulgar, de lo repetido con lo único. Como ocurre en la literatura, capaz de envolver en un solo vocablo una infinidad de palabras y viceversa, a la hora de recurrir a infinidad de vocablos tan sólo para reducirlos a uno solo, con entera prescindencia de su género.

El crepúsculo desbarata la teoría de nuestros disfraces. Y cuando llega la noche, cada noche, del corazón de la basílica extraemos el ataúd todavía flamante que contiene el cadáver de nuestro espíritu colectivo, que resistiéndose a morir, todavía palpitante, aúlla y araña dentro del cofre mortuorio, extendiendo sus estertores por los finos hilos que han tejido los vientos durante cientos de décadas a través del aire que envuelve las barracas hasta dar con el ya débil oído de nuestras ancianas, que insomnes por naturaleza intentan, al cerrar con llave las puertas de sus habitaciones, escapar del sonido desgarrante que las viene a visitar con una manera de persecución que les desnuda todas sus imposibilidades.

El ataúd gira alrededor de las naves de la basílica, cargado sobre los hombros de nuestras mejores adolescentes - que de maquillaje no conocen de tanto conocer cada una de las historias de las grietas del alma contenida en la caja que penosamente transportan -, en círculos que se repiten en una continuidad de ritmo preciso, que cada veinte y ocho días disminuye o incrementa la velocidad de los pasos en un par de microsegundos de manera alternada, realizando en el avance una tonalidad convexa, y en el retroceso, una tonalidad cóncava, en un intento de anulación del movimiento que los arquitectos sospechan alguna vez acabaría por silenciar definitivamente las manifestaciones sonoras de la resistencia de esa alma.

Y el crepúsculo ha oído hablar del amanecer, y el amanecer lo ha venido sospechando hace tiempo. Desde el hedor de los calendarios los he ido estudiando, y he descubierto que la luna tiene algo que ver en tanta insidia silenciosa. Algunas aves, lo sé, temen que vaya a descubrir el secreto de odio que ocultan en sus realidades de dormir y despertar antes y después de un extremo estado de conciencia sobre el cual nunca se han decidido a graznar de nuevo, pues les aturde la memoria la vez en que lo hicieron, millones de días atrás, en otro continente, causando la destrucción de setecientos veinte y tres mil hombres armados, que dormían sobre sus caballos esperando la hora del combate, un combate que jamás pudieron hacer, por lo que en sueños escucharon sin poder escapar.


Diario 58

Vemos en forma distorsionada y nos va costando mucho la persistencia. Nuestras selvas, cubiertas de azufre, como nuestras ciudades, juegan a lograr la asfixia de nuestras intenciones primeras, esas que nacieron como resultado de la mezcla de nuestra sangre con la esencia de nuestros sueños más ácidos. Azotados dulcemente por nuestros vicios vamos perdiendo fuerzas, y a cada día presenciamos la distancia que aumenta entre lo que alguna vez imaginamos y lo que vamos haciendo para conseguirlo.

Escuchamos de lejos, confusamente, los gritos y cantos que llegan desde las fronteras con el mundo, esas palabras que llegan como cuchillas invisibles haciendo casi imposibles cada una de nuestras tormentosas horas. Dejamos que nos marquen el hambre, las arrugas en el rostro, las rodillas un tanto temblorosas, y, abandonados al silencio mutuo, esquivamos todo gesto que implique movimiento, adentrándonos profundamente en lo más hondo de nuestras más puras imperfecciones.

Con los dedos rotos palpamos la historia larga de nuestros días, lastimados en toda la piel por toda clase de presentimientos y premoniciones, mientras cuidamos que no falte el agua para los cuervos que hemos criado, también vamos acarreando la difícil posibilidad de ser posibles entre tantos y ninguno, en nuestra manera de cuerda apta para el suicida y el llanto ahogado en nuestras gargantas mutiladas tiempo atrás por el cabello de las mujeres que hemos tenido y hemos dejado partir por el simple agobio de una tristeza demasiado grande.

En la lengua tenemos ya la sequedad del desierto de nuestros cariños asesinados, todo polvo y toda sed, de tanto espacio y tanto tiempo, que ni siquiera las sierpes que solían habitar en nuestras bocas han cedido a la permanencia, habiéndose marchado en acatamiento de esa ley interna que les obligó siempre a intentar como sea que les fuese posible a lograr los instantes más largos que puedan en el entorno de su realidad percibida, como si al fin fuera enteramente cierto que todo contexto vencido, siempre diese pie a un contexto nuevo.

Extraviamos los perfumes que solían cubrir la piel de nuestros héroes, perdimos el aroma de las comidas que nos señalaban la hora en que las contiendas se llamaban a reposo, y hasta el olor de las hojas de nuestros libros más ocultos nos fue robado, quedándonos en cambio el hedor de las intenciones que nunca fueron nuestras, que en su momento, en ese atrás con el que siempre cargan todos aquellos que alguna vez desistieron de sus sentidos, dejamos ingresen al sagrado ámbito de nuestra tierra propia y particular.

Pero conservamos la llave. Todavía nadie ni nada nos ha podido sobrepasar en nuestros propios senderos, donde las variables de luz u oscuridad ni siquiera son mencionadas, donde el terror no es más que una parte del paisaje y la más alta fraternidad tan sólo una ráfaga de suave brisa en medio de los aires que realizamos. Aún débiles, aún en horas que cuestan, no dejan nuestros corazones de flamear entre las embestidas de la historia, entre flechazos de emociones ajenas, entre elementos que nos impusieron, y esos otros, mucho más inaprensibles, los que fueron creados y que nosotros en algún momento fuimos los primeros en captarlos, entre nuestra vanidad y nuestro orgullo, entre nuestra sinceridad y nuestra humillación, ahí cuando nos aceptamos, y al hacerlo sólo comenzamos a exigirnos más, más, más...


Diario 59

Rodando ardiente por mi múltiple polaridad, haciendo de todo círculo una nada contra toda una esfera, dejo que diez mil dagas me atraviesen el corazón que todavía resiste entre huesos y sangre para concebir una sola de tus miradas al tenerte frente a mí; sabiéndolo, contando dinero, historias, o simple aire. Sé que notas algo intenso, lo que no sabes es que me reprimo, y sé que si me suelto habría de arrasarte. Percibo el pecado, imagino sudar contigo, sopeso el después, mido el tamaño de la posible caída, me sé capaz de entregarte una victoria que terminaría en derrota, me reservo, rajando los basamentos de mi conciencia.

En la penumbra de la noche individual persisto en tu pensamiento, como puedo no dejo que escapes, no te otorgo el olvido. Y aunque el dolor me lo tengo un tanto prohibido, me permito un tanto de nostalgia, y alguna posible y vana esperanza, como jugando conmigo mismo, haciendo gestos al vacío como una marioneta que late sinceramente en lo profundo de su tan triste utilización, como si no fuese suficiente el cúmulo de situaciones que le toca representar, a cada hora y a cada vez, para borrar ni siquiera una ínfima parte de aquello que guarda en su público secreto, allí en lo hondo, donde la esencia existe más allá del no descanso.

Entregado a la cadencia dejo que rojos fuegos me rocen, avivo el crepitar de las llamas prohibidas, expando el pecho ante el peligro de perdición, sin crucifijos, sin imágenes de la Virgen, con el cuerpo que te supo y te saboreó, que te tuvo de todas formas y casi en el último fondo, con este cuerpo que me dieron, y que vestido con ciertas prendas sólo quieren de ellas desprenderse para intentar saciar el hambre que el tuyo despierta hasta el insomnio de un deseo brutal, uno que ni tu ausencia puede dibujar, uno que ni mi imaginación puede siquiera intentar alcanzar, porque ya fue, como un cimiento sin su torre.

Lo vas a saber tarde, en el tiempo, pero sé que de algún modo ya lo sientes. En algo alivia mi agobio el intuirlo sin ninguna certeza, pero con todas las posibilidades que habilita mi piel por esta condición de estar sujeto a una prisión casi indecible, que me limita más allá de todo limite, y que por ello me libera para todo aquello que no puede definirse con ninguna exactitud que no provenga de las emociones totalmente desprovistas de segundas intenciones, a mi manera de rayar los muros hasta rasgar la yema de mis dedos, como si la sangre que pierdo fuera combustible para lo que siento.

La fiesta del antes, el sepelio del después, desde lejos, donde las sierpes muerden el aire asfixiándolo de intensos venenos, donde llueven palabras y lo que sobra es oscuridad, para negarte posibilidad de lámpara o linterna, y dejarte entonces en lo extremo de una cercanía que no puede lograrse, del otro lado del muro, ese que construimos sin querer, sobre el fundamento que realizaron los demás, piedra a piedra, cada cual, con su cuota de no haber conseguido lo que a nosotros nos fue presentado, y que yo desestimé por simple y llana cobardía, por haberte dicho lo que no quería, por haber sido sincero en mis sumas y restas, como si supiese que al final de la película era yo quien contaba con las variables ciertas.

Aquí, donde todo es compañía, porque todo es soledad, todavía queriendo darte una caricia, todavía queriendo dormir contigo, todavía teniéndote entre mis ojos, por si en algún momento te descuidas, por si de pronto los astros convergen y halle una grieta en la estructura.


Diario 60

De frente y de pronto, aunque no sé si inesperadamente, les golpeé duro. Cometí el error que Ingenieros, décadas atrás, me advirtió podía cometer; tropecé, caí, pues, sencillamente la dimensión de mis gestos de contestación rebasaron los muy tristes fisfisteos de la ofensa. En lugar de sentirme feliz por ser sometido a esa prueba, y a pesar de haber sentido la decisión de aguardar la calma, le di curso libre a mi ira, en la cual juzgué duramente a quienes, en el peor de los casos, no lo merecían. Como se ve, me excedí, y ahora mi mente busca el consuelo, la paz que he perdido, y que debo recuperar por haber sido adoctrinado con fuerza a buscarla como un tesoro demasiado precioso, y haber aprendido a hacerlo, y haber desaprendido el vivir de otra manera.

Sin embargo, siento que no soy tonto, y, que al final lo que dije fue por escudar a quien quizá no tuviese suficientes defensas para hacerlo por sí mismo bajo esas circunstancias. Dado el juego de roles, por mi parte, no sólo no toleraría que intentaran defenderme, sino que me causaría gracia. Pero bueno, tampoco se les rompieron las piernas, que andan con los oídos taponados. Y en medio de todo, si para mí fue una prueba, si todos ellos constituyeron una prueba circunstancial, ¿acaso no soy yo una prueba para ellos? Así, frente a frente, somos prueba para el del frente, y el del frente es prueba para cada uno. Si triunfamos, la victoria es de nuestro Maestro, si somos derrotados, el fracaso es sólo nuestro. No es complicado.

Lo que me queda es lo siguiente: si lastimé, tratar de curar la herida. Si no lo hice, olvidarlo. Y como sea, seguir para delante, tratando paso a paso de recuperar el terreno tan costosamente logrado, y tan torpemente perdido. No me creo tonto. Siento que hay mayor desafío en curar la herida que uno provoca que intentar hacerlo con una con la que no tuvimos implicancia en su generación. Como se lee, soy hábil hallando dificultades, cosa harto comprensible al conocer que vivo entrenado en la desestimación de casi todo. Sin embargo, mirando más o menos de lejos, vuelvo a decir que no tiene caso tratar de ayudar a quien no quiere ser ayudado.

Deberá ir de juego, que para la guerra está probado no me sirven. Sospecho que si el daño no se lo vive deliberadamente también estaría vedado su opuesto. Volviendo a Gracián, recordando la postura de que sólo puede ser feliz quien padeció la infelicidad, y su automática contraposición que dice que sólo puede padecer infelicidad quien fue feliz, pudiera tratarse de expresar que ciertas precisas caricias sólo pueden darlas esas manos que también saben convertirse en puño para quebrar algún labio, una ceja, alguna nariz.

La incomprensión seguirá siendo la variable, aunque ya no tanto la ingratitud, y ambas, a hoy, cada vez menos importantes y significativas en esta ecuación cuyo resultado sólo habrá de saberse al final de su propia y entera expresión. Así que nene, dale nomás, metele distancia y volvé a la ermita, que cada minuto que respirás en esta tierra no es más que una última oportunidad. Dale, que ya comprobaste suficientemente que la tensión no es para los que no la aprecian, y menos para los que ni siquiera pueden concebirla. Seguí mirando lejos, que el peso de tu tristeza sólo a vos te sirve, pues, en todo caso, si bien lo ves, no han dejado de ser dependientes, en tanto que vos, no has perdido en nada tu solitariedad. Dale, sonreí, que de cuando en vez, al menos todavía, viene bien que notés que todavía tenés olor a rebaño.
Volver arriba Ir abajo
Ver perfil de usuario http://dualidad101217.forosactivos.net
Silvio M. Rodríguez C.
Admin
avatar

Mensajes : 739
Fecha de inscripción : 22/02/2009
Edad : 46
Localización : En tu monitor

MensajeTema: 61 - 70   Dom Mayo 26, 2013 6:23 pm

Diario 61

Momentos de frío agotamiento nos logran espacios de gas. Sin mirarnos sabemos que tenemos los ojos enrojecidos a causa de las lágrimas que con gran esfuerzo mantuvimos a raya, sintiendo todavía la amenaza de las gotas saladas como si en cualquier momento pudieran llegar a cruzar el límite de los párpados, desencadenando así los convulsivos actos en donde quedarían expresados tangiblemente la desesperación íntima de nuestros más puros y públicos desprecios, volviendo ancianos cada uno de los instantes en los que la resistencia se hace cada vez dolorosa, porque es la nada misma la que habita tras el límite entrevisto.

Momentos de ácida espera nos ganan sueños que nacen quebrados. En el estómago sentimos cómo nace un peso que agita y absorbe con una manera semejante al miedo, pero que lo supera hasta ser aire que sin inquietar los pulmones los expande, por una condición preclara de suspiro amargo, que hace de todo líquido que ingerimos algo menos que una situación de materia, como si nuestro cuerpo se tratase de un depósito cuyos límites infinitesimales sólo podrían ser hallados y llenados merced a una fuerza capaz de desarrollar un sentido abiertamente opuesto al nuestro, en grado de ataque intuitivo totalmente desprovisto, sin embargo, de finalidad.

Crueles y puras teorías se acomodan bajo nuestras uñas. Y entonces, la fatiga que con su silencio grita su estadía en el cuello ya no puede ser desestimada ni con algún movimiento brusco, ni con la puesta en marcha de una serie continua y metódica de breves gestos corporales. La situación que nos consume - dirigida hacia aquella zona que a cualquiera le haría preguntarse dónde queda, cuándo ocurre, y cómo es -, nos presiona hasta el aplastamiento, hasta el respirar agazapado propio de los que ya claudicaron, o de los que van a atacar.

Palomas huérfanas revolotean sobre el campo en el que seremos enterrados, defecando ponzoña sobre la pálida mentira de nuestras esperanzas. No vemos la luz, y aunque el ruido invade, no vence; y aunque los puntos de inflexión se suceden uno a otro, haciendo la curva, la imagen, lo que habrá de acabar, sin poder escapar a nuestra percepción, al tiempo que intenta el avance, por sí, por propia naturaleza, en sí mismo se repliega en espiral invertida, otra vez y una más, saltando vallas y haciendo hoyos en la mente como si intentasen lograr un miligramo de alivio cualquiera fuese su precio.

Abren la puerta y ni entramos ni salimos, no creemos. Quedan los callos, como recuerdo del acero, las tardes que jamás existieron y las noches que nunca fueron imaginadas, todo como vestigio de lo que se hubo pretendido generando tensión y manifestación de energía, que como va quedando meridianamente claro tan sólo fue algo, sin poesía, sin prosa, sin magia, y sin trucos, tan sólo algo inmenso que perdió frente a otra inmensidad que por tomarla y pasarla por encima va haciendo que todo vuelva a lo que nunca dejó de ser, UN plural, cosas esparcidas en dimensiones que en conjunto no pueden ser separadas del magnífico espectáculo del absurdo de nuestras abstracciones.


Diario 62

Telarañas de acero arrancadas del vacío que giran instaladas en el espacio, explayándose en sus filos extremos, danzando en una manera de furia brutal, a velocidad vertiginosa, con mi mente en frente como objetivo. En la fogata de las barracas, centro único del desenfreno, mezcla de sudor, músculos, vino y erróneas lagartijas, pura fuerza impura. Ardiente las miradas de nuestras vidas que arderán, dicen por ahí. Entre ritmos extraños, mucho más que exóticos, sin mirar lo que no debe ser mirado, observando sólo lo visible, la falsedad de diamantes, la verdad de las piedras, el llanto oculto de las palmeras resignadas que habiendo desistido de su intención suprema de llegar a tocar al cielo, no dejan, sin embargo, de intentar hacerlo, no porque crean que alguna vez por alguna especie de milagro, o de juego de dioses, lo habrán de lograr, sino simplemente porque lo han venido haciendo desde que yo las vi en aquel crepúsculo en el que pensé con toda mi alma en acabar con mi vida, y quizá, también, por esa conciencia dolorosa de pretender, vanidosamente, que también ellas vienen siendo observadas por quienes en realidad las vinieron observando desde que comenzaron el camino fijo, duro y extenso, que conduce nadie sabe bien a dónde, aunque pocos hablen tan bien de a dónde conduce, como si hubieran estado ahí alguna vez sin el hedor de centenas de microsegundos de fracasos insólitos.

Con los ojos cerrados, mirando la estadía de una petición, dejándome llevar por un pentagrama que ha escrito otro, y que lo ha imaginado quien yo pienso, juntando en el tacto a mi mentón con mi pecho, mientras muevo los labios, verbalizando en mi imaginación lo que voy escribiendo, dejándome llevar en cascadas, de día y de noche, en sucesión de agua, aire, fuego y tierra, sintiendo el miasma imposible de la inocencia. Con algo acomodándose en su desacomodo, como una injusticia que casi llega a aceptarse y que en el último momento asume su error y sienta el precedente de su propio conocimiento y habilita así su espera, que consiste en que alguien venga a darle la mano para que pueda volver a ser lo que debería haber sido si no fuese por lo que es, y que sin embargo, por ser lo que es, “eso” que es, habilita la existencia de un alguien capaz de dar “esa” mano, y con ello, la posibilidad de una expansión, necesaria y magnifica, a su modo de polvo mirando al cielo.

Con la conciencia del esclavo respecto de su hipertrofia, que le permite adivinar cómo sujetaría la cintura de la mujer del amo, le voy enfrentando a los besos húmedos y dulces del orgullo, consciente del extremo suplicio del silencio a tiempo, pisando tierras en donde la renuncia no se menciona, porque el cúmulo de ellas ha quedado tan atrás, que hasta el espacio y su idea se vuelven absurdos. Y continúo en el cumplimiento de una lógica sin errores, que por simple, en su momento, fue rebatida diez mil veces, si no por convicción, al menos como ejercicio, por esa intuición primera y su convergencia con la realidad del entrenamiento, que previó no tanto la posibilidad de lograr un imposible, sino todo lo contrario, la posibilidad de la cercanía y en ella y por ella el aniquilamiento de las fuerzas necesarias para el último esfuerzo y entonces y ahí, el poder echarlo todo a perder. Cuánta fe de la nada misma para ello, cuánta intuición fenomenológica y moral para ser capaz de cruzarlo todo hasta lograr el instante en que todo dependa de uno y sólo entonces decidir qué es y qué no es imposible.


Diario 63

Juegan los destiempos, las imprecisiones, levantando el pequeño monumento al desorden. Habíamos hablado claro, demasiado claro, pero no bastó, porque lo que habíamos dicho, aunque fue – y es – cierto, no fue considerado como real, por la sencilla razón de que no era ni siquiera semejante a lo que todos expresaban, sino exactamente contrario a lo que cualquiera había dicho hasta entonces, pero, justamente, venía a expresar lo que en verdad todos y cada uno de los demás sentían. A la primera hora, la primera libertad, la de no fijar en rótulos a nada ni a nadie que no perteneciera al sagrado círculo de los buscadores, a segunda hora, la primera prisión, la de una soledad a prueba de todo reclamo.

Nos escucharon, pero no nos oyeron. Continuaron hablando de amor, y dedicándole mil libros, pero la irradiación de sus vidas, distaba de lo que decían y leían y escribían. Correctamente abrigados, sin pudor rayaron mil palabras sobre el invierno y sobre la lluvia, pero no reflejaban el haber transitado con la dureza en los nudillos, ni con el temblor en la carretilla, ni siquiera alguna secuela de algún estornudo.

Mas cometimos un error como consecuencia simple de nuestra persistencia. Creímos, y todavía creemos, que fue posible, y hasta a nuestra experiencia tuvimos que probarle una y otra vez a ver si lograba el salto, incluso mostrando abiertamente cuál era el modo de preparar el impulso y realizar el acto, así como sus previas y sus posteriores situaciones, pero no tuvo caso, porque el ejemplo es nada para una estatua, y aunque dentro nuestro también guardamos una esperanza respecto de la posibilidad de movimiento de esa estatua, es hoy que hemos renunciado, quizá definitivamente. Se supone, ellos suponen, que el tiempo dirá. Por nuestra parte, lo sentimos, y sobre todo, sentimos el haber creído mucho, permitiéndonos creer que por solo nuestra creencia podía suceder un cambio en un ser que no creyó jamás. Pues, para que una fe se propague debe ser expuesta en ámbitos correctos de actitud, si es que la aptitud es la que falla, pues la capacidad la decide la voluntad, al menos en la primera escala.

De todos modos nos queda asumir una vez más el error, y tentar lavarlo, si Dios nos lo permite, tentar lavarlo con mucho esfuerzo y mucho encierro, para poder seguir ofreciendo, mientras podamos, la imagen de un gran intento que sabe de caídas y de levantadas, para justificar ante la vista de cualquiera las marcas que llevamos, que si al menos no llegan a símbolo, bien alcanzan a reflejar las pruebas que hasta hoy hemos tenido que pasar.

Confiamos en que nos irá mejor, y agradecemos la extrema misericordia por la cual nos es permitido, a partir de ahora, poder ver aún más claramente la dimensión de nuestro yerro y el correspondiente peso de la responsabilidad que nos hemos echado a las espaldas para poder, si damos la talla, poder seguir enfrentando cada minuto siguiente sin rasgos de dolido resentimiento, sino con toda la alegría de poder estar en la lista de los que tentarán enfrentar sonriendo lo que les quede de horas por jugar.

Por lo demás, entre nosotros, bebemos solos las dificultades, los precios y las distancias necesarias, lo que habremos de acortar, y todo aquello que deberemos ensanchar, para que cuando volvamos a equivocarnos nos equivoquemos solos, y para que cuando logremos acertar lo podamos compartir con gratitud, desestimándonos con absoluta soltura y prescindencia de todo entendimiento ajeno.


Diario 64

Con los pasos llenos de dolorosa lentitud, como si se tratasen de los que da un gigante cuyas pantorrillas están atravesadas por veinte clavos cada una, hundiendo a cada espacio su propio tiempo, cada cual va acercándose a su propia caída, sin decirlo ni creerlo, sin siquiera sospecharlo, pero con una precisión que da miedo, porque esta deviene no de un hecho brutal y atípico, sino, justamente, porque deviene de lo cotidiano de sus vidas, las cuales se elevan como una montaña no de piedras, sino de horas, y que en su interior no guardan metales preciosos, sino iluminosos sentimientos.

Más temprano o más tarde, y con mayor peso que el avance de la verde codicia, aprieta en la realidad el reclamo de los cotidianos. Le dan mil nombres, yo lo sé, dicen “un gesto” “una caricia” “una sola de tus miradas”, pero es mentira. No saben – pues nunca se han animado a hacerlo – decir sus deseos, y aunque en lo hondo de su propia negrura más de alguien habrá creído que se trataba de algo tan simple y poderoso como las dentelladas brutas del sexo, no hay nadie que pudiera expresar, con sencillez, que lo que reclama no es más que un poco más de tiempo.

Pero la retórica, y esta es su condena, siempre que brilla pierde. Reclaman un tiempo que al final de la película, después de todas las variables, luego de tanta palabra, no es más que tiempo. Un tiempo que nadie tiene, porque sencillamente no existe, y como eso es todo en ese punto, no puede ser aceptado, tolerado y ni siquiera discutido, pues implica locura, como en toda infelicidad, y no hay persona insana que acepte de buenas a primeras su insana situación, máxime cuando intuye bien adentro – si es que ya no lo conoce con exactitud – que aún confesando su patología no bastaría para curarla, pues, ¿quién haría de médico?

Y entonces y así, lo testarudo de una insistencia, pero del otro lado, la bendita punta de lanza, que tantas veces es maldecida, abriendo la maravillosa tensión de la posibilidad de una flexibilidad casi imposible. Respirar entonces, desde el famoso banquillo de los acusados, una vez más, respirar, continua y ágilmente, esquivando los tajos que nacen y se lanzan por debajo de la piel, haciendo de la idea del suicidio algo mucho más intenso y tentador que un gran poema, una gran estructura mental, o una mole espiritual. Al tiempo que el tiempo sigue flameando en las veredas merced al viento generado por todos aquellos que existiendo, e ignorando que existen, todavía no dan con la conciencia de lo realizable por no haber experimentado la realización de una potencia fortuita o harto predestinada.

Para seguir, persistir; para persistir, imaginar; y para imaginar, por supuesto, ofrecer. Y la voz que surge del corazón de las barracas, que cruza sus límites, y que va por ahí, buscando sin descansar, y acaso por temporadas enteras sin siquiera reposar, porque tan solo sigue y sigue, en su persistencia imaginada, sentida a cada entrega, o al menos en cada intento de entrega, pues, tanto es lo que tiene, que si da, es porque sin sobrarle nada lo tiene todo para compartir.

Y amenaza la sonrisa, y en su previa, también la previa de los cotidianos. Y la pregunta de: ¿quién es el mejor? Y la pregunta de: ¿cuál es la mejor oración? Y los días del desafío, cuando el asfalto y la llovizna queman. Y la presión que no se detiene, porque no se ha movido, pues, ¿acaso no es que siempre ha atraído?


Diario 65

Como nuestro sol miente, pues es todo falsedad, sentimos con mucha más intensidad su pesado filo buscando nuestras frentes, y, por ello es que tanto nos cuesta mantener el mentón separado del pecho, es decir, como dicen, transitar por el día con la frente en alto. Nos causa agobio, y hay veces en las que alguno de nosotros cae agotado. Sin embargo, por lo general seguimos y resistimos, pues así como tienta la caída, también seduce la escalada. Puede que se trate de la liberación de endorfinas, puede que se trate de algo más, pero el hecho es que, como puede verse y comprobarse, nos place luchar, desarrollando diversas técnicas, muy, muy variadas, pero todas paridas por la vivencia del esfuerzo.

Golpean las puertas, retumban las campanas, y aunque siempre, siempre hay cien mil festivales de interrupción y otros cien mil carnavales de distracción, por más que la duda logre ganarnos alguna astilla en lo primario de nuestra primogénita emoción, de algún modo logramos hacer durar por un instante más, continuamente por un instante más, aquella imagen que por perdurable, pudiera alguna vez, lo queramos o no, lo pensemos o no, a su vez, por ella y en ella, volvernos también perdurables.

En la trama de la presión, donde se debaten sentimientos de naciones enteras - pues, ¿acaso cada uno de nosotros no constituye una nación? –, va doliendo un tanto cada despliegue, pues la conciencia de tal modo expandida, a medida que señala irrevocable una que otra cercanía de alguna que otra finalidad, no deja también de marcar, con idéntica precisión, que la previa de la carrera no es la carrera, para dejar cada vez más reluciente la gigantesca pirámide en la que todas las distancias son reflejadas proyectando un haz de luz ardiente cuya íntima naturaleza le hace buscar nuestros pechos, a ver si podemos absorber o si todavía nos demoramos en una devolución.

Un día más, y otro, y algo más que la simple sucesión de días. Ahí, en el límite, con la posibilidad de un desfallecimiento lamiendo las sandalias, ahí, ahí se ubican parte de nuestras horas. Extendiéndose y contrayéndose, lanzando un golpe y escondiendo la mano buscan gargantas, las gargantas de los hijos de las barracas. Las nuestras, que ahí están, y que están ahí, cantando la permanencia de una melodía para demasiados inútil de imaginar, imposible de percibir, aunque nunca haya sido otra cosa que el escandaloso latido apresurado de cada uno de sus corazones al momento de confesar la pureza de una intención, que por sincera y bella, pudiera, si fuerza se empleara, llegar a tocar con estruendosa delicadeza uno solo de los hilos de lo que suele llamarse realidad.

Con cada uno de los dedos tensos, con todas las neuronas corriendo y volando por espacios que se suponen solo caben en una cajita de huesos nos recorren, despacio, a velocidad de lava, un sutil par de suspiros, que no damos, y cuya negación exponemos en ofrecimiento, contradiciendo una negativa y aprisionando una positividad, para que la guerra permanezca dentro, como sus muertos, para que los que la ganen no lo digan nunca, para que jamás lo expresen con palabras, para que no sea necesario, finalmente, tener que decir ni explicar nada respecto del todo, ese todo que pudiendo caber en una palabra, pudiera muy bien sólo ser comprensible merced al día a día - ese día a día bajo la presión de un sol que miente, pues es todo falsedad – caminando resueltamente por nuestras calles desconocidas y alucinadas, las que hemos construido con alegre persistencia, como si el poder destruirse – luego de saberlo – apenas llegue a ser grave, y no sea más que una de las aristas del puzle infinito.


Diario 66

La Extraviada en la selva no había extraviado la intención de secretos, y siguió buscando en la maleza la manera de alcanzar un avance, gigante o pequeño, el que sea, porque lo que entonces le quedó no era el silencio, sino una magnífica música que no sonaba como debía, y en ese casi que no llega al es habitaba la primera de sus tramas imprecisas, que más tarde iría creciendo al tiempo que iría pariendo nuevas y más imprecisas tramas, año tras año, en el desvarío de los árboles que olvidaron su nombre.

Y, sin embargo, del otro lado también las otras causas, las que hieren por su exactitud, esas que sólo pueden ser halladas en las profundidades más extremas de los océanos de la memoria, a donde sólo llegan los mejores buscadores, aquellos que luego de tanto entrenamiento lograron hacer de cada búsqueda su oficio, y de toda meta una excusa que ante los demás les habilita a desplegar extraordinarias manifestaciones de esfuerzo sin que por esto corran el terrible riesgo de la infructuosidad emocional, aceptando con ello la moneda del desprecio, de la ingratitud, y de la incomprensión.

Y en el centro, y también en el medio de la selva un hombre sin nombre.

Invitación del anhelo, flecha que lacera los límites por no ser lanzada, así la conjunción de las distancias que fueron probando cada uno de los pasos de la Extraviada sobre la hierba muerta. Como el agua embotellada y la botella que navega sobre el agua, el continente que como tal siempre guarda, cuando no oculta, un mensaje descifrable en el que la primera línea relata la sed que solo podrá ser comprendida en la penúltima, esa que lanza y empuja hacia la última, la que no se puede decir, porque sólo es posible vivirla.

Y en el alrededor y también en la periferia de la selva una mujer, innombrable.

Con las marcas del aire en la piel, en infinitos cruzamientos, derramando gasolina sobre los sueños y aguardando la cerilla que encienda el fuego que acabará con la esperanza nuestra de todos los días, todavía intentamos protegerla, no porque queramos o necesitemos hacerlo, no; simplemente porque hemos aceptado que ese es nuestro papel, impuesto por una autoridad que desconocemos, pero que intuimos existe, como creemos que hacia ella vamos, con cada una de nuestras abstenciones, a cada paso de cada una de nuestras persistencias comunes y no comunes, con lo especial de respirar, y en lo alto de la novedad de un estilo, de a poco y saltando, con las rodillas marcadas por la pendiente, siempre hacia esa autoridad que nos exige proteger a una esperanza que esperamos quede incendiada.

Al final, por su extravío fue que atisbamos al camino, como por su ausencia comprendimos al bullicio y el primer abanico de un millón de opciones que parten todas de un mismo punto increíble en el que la multiplicidad o la unicidad valen tanto como el concepto de un vaso de agua a noventa mil pies de altura, siempre con la idea de que todo pudiera tratarse de un guión escrito por un oscuro demiurgo que al hablarse nos vaya hablando, y que por ello mismo, si llegase a ser real pudiera volver real estas imaginarias cicatrices, que creemos, convencidamente, permanecen latentes en su ocultamiento de selva, y que ahí seguirán, a menos que la Extraviada las encuentre, no por buscarlas, sino por accidente, como suelen hacerlo los buscadores con otras cosas.


Diario 67

¡Ánimo! Me digo y me sonrío, completamente loco. Siento que caigo y que no tengo nada de qué aferrarme, y en lo vertiginoso del movimiento una claridad me deslumbra. Juego a cegarme mirando soles ocultos, al tiempo que difíciles lunas me susurran secretos pecados bañados de ignominia. Sostengo, silente y vacío, una grandeza de luciérnaga suicida, y me dejo recordar por la pluralidad de los que fuimos siendo tejidos en lo íntimo y más individual de uno solo de nosotros todos, a pesar de la lava de nuestras estaciones y de todos los glaciares que viven afilados en lo hondo de nuestros pechos.

Yo la vi dibujando colores en el aire, con la boca partida por mil puñetazos, destrozada realmente, sangrando horas o infinitesimales unidades de medida a cada una de sus interminables detenciones por el durante fragoroso de nuestras calles que le fueron avasallando la historia de sus historias. Y le entendí en ya no sé si la última o la primera vez, en la que descosiendo lo que había cosido fue sabiendo más o menos de golpe la íntima esencia de esa otra que era ella misma, cuando todavía era posible cambiar o mutar, antes de este momento que cabe en un “yo la vi”, en un “le entendí”, que pudieran ser todos los momentos, y que es este, en el que por tanta claridad resulta insoportable.

Escuché las campanas vomitando entre estertores sus gigantescos esfuerzos por fijar en un sonido el misterioso prurito de un llamado, y sentí la vanidad de sentir vanidad. Y de a poco, tensamente, fui sabiendo: que me había venido mirando la vida, que en mí había puesto su mirada, que algo en mí le refería a la semilla. Y fui haciendo y siendo la carne en el mortero, la espalda favorita del látigo, el pecho preferido de sus flechas. Le ofrecí resistencia, sin entregarme me expuse, y me supo a limón y frutillas. Entonces me ofreció el ejemplo, la estadía, la permanencia, para que brille intensa mi poquedad, y para que no me sea suficiente. Me envió testigos de mi lejanía presionándome a que la rechace desde fuera, y supe que me había prendido fuego por dentro. En su vertiginosidad se aquietó, dándome protección sin pedirla yo, sin saber que la necesitaba; sin cansarse me convenció de que tampoco yo sabría cansarme jamás. Con las manos cortadas me impulsó a ofrecerle el inhóspito edificio de mi soledad, y fue resistiendo, haciéndome creer que era yo el que resistía. Me jugó fuerte, como nadie supo hacerlo, sabiéndome tan suyo que en mi mente sólo podría caber la idea de que lo que quería era tenerme. Desconociendo de temores, me fue mostrando los míos, sonriendo, cerrando los ojos, sin otro gesto que el cariño.

Al parecer, todavía en lo que a mí queda y resta va tejiendo el mucho su breve anchura. No importa. De aquí a poco, si puedo convencerme aún más de mis convencimientos habrá de ser, que ya mucho me has mostrado, que al final de cuentas, va siendo claro que los saldos no soy yo quien los lleva, aunque sea el que más los sigue queriendo tener en cuenta. Que de todos modos, lo sincero va más allá de ciertas cosas, como esto de llevarte así, como una estaca clavada en los adentros.


Diario 68

El pobre animal se acerca a la puerta, la huele, por unos instantes mueve la cola... pero al rato, vuelve la mirada, con los ojos turbios. No está. Así, sin necesidad de discursos, con tan sólo concentrarme por un momento en tus ojos puedo leer cada una de las palabras de las que se compone tu discurso, inclusive, las que no dices. Sé sencillamente lo que también vas callando, aquello que exageras, y aquello que de pronto inventas. Tiene caso, lo sé, un motivo, un fundamento, un orden secuencial de sucesos y contrasucesos; y, para bien o para mal, lo cierto es lo normal de la precisión de todo aquello que ha pasado.

El detalle es lo otro, el silencio. El saber las expresiones, y callarlas. El haber estado ahí, en ese preciso lugar que todos imaginan y que muy pocos han logrado, el límite último de los extremos, donde la alegría puede ser extraviada, y estar aquí, como si jamás me hubiese marchado a ningún lugar. En esta comedia, donde cada cual no puede escapar jamás de ser protagonista de su propia vida, y donde la mayoría quiere elevar lo más alto posible la dimensión de su guión, termino yo, sin embargo, haciendo como si yo no tuviese ninguno. Dadas las circunstancias, no soy yo quien más espacio necesita, por lo que no te doy, te cedo amplitud, o bien posibilidades, esperanzas, maneras livianas de ir siendo, aunque en ello vaya implicado mi desdibujamiento más íntimo, pues ¿acaso vale algo la terrible historia de mis días?

Simplemente a veces llega el momento, todo converge, o todo coincide, o todo condice, y entonces la soledad nos cubre. En la fuente no hay gorriones que estén bebiendo, los tejados, sin gotas de lluvia y sin sol, parecen un tanto distendidos en una especie de atemporalidad, y hasta las luciérnagas parecen, en un punto, desconocer completamente lo que son. La tierra rota, sin que el dinero tenga ninguna posibilidad de tener algo que ver con ello. Persiste el aliento de las reacciones, pero como si fuese en otro lado, como una película sin actores, sin trama ni nada, una pantalla a colores por la que corretean un sin número de imágenes sin ningún sentido posible, y que no generan la mínima intención de entenderlas, menos aún de comprenderlas.

Por otra parte, si a un descuido le siguiese otro… la posible atroz dentellada de las cosas nefastas, como los dedos fríos y el corazón de nuevo lejano, sin hielo para lo tórrido, sin papeles para el escriba. En la conciencia de las sombras el tránsito estipulado de las tareas breves del convivir social, ajustando a cada hora cada uno de sus inciertos minutos, de manera de sostener cada distancia y toda diferencia que a cada cual lo vuelve único desde toda perspectiva.

A veces, tan sólo a veces porque, justamente, es imposible que perdure, siquiera que dure. Un toque, nada más, algo así como un aviso breve, que no llega a señal profunda, que aletea húmedamente por entre la esponja de los pulmones, imprimiéndole a la rajadura de las emociones, como bálsamo, el grave peso de sólo tres dimensiones que respetándolas habrías de no considerar, como si el imán, precisamente, se tratase de mil aspectos de una misma carencia y un mismo desborde, bosquejados desde las manos que muy probablemente no serían conocidas antes de haber logrado aquella eternidad que siendo inabarcable desde muchos siempres, seguramente, ha venido siendo referida por un pequeñito conjunto de letras, de grafías, que de cuando en vez un alguien nombra o deja de nombrar, señalando lo que no te habrá de decir, por el simple hecho de vivir ahí, de estar aún respirando ahí, aquí, en las barracas.


Diario 69

El por encima es la variable que hace posible sea soportable el mientras tanto, por darle la mano al después que todavía no ocurre. Y el por encima que no está fuera, que no anda por ahí huyendo de quienes lo persiguen, que se encuentra al alcance de los dedos, de los ojos, y de ese músculo que llaman corazón. Que una vez logrado puede con cada uno de los reclamos del mundo, y los de uno mismo, pues, hace de las demás variables, nada más que variables, nubes entre las nubes, montañas entre las montañas.

Cualquiera lo puede, cualquiera lo lograría, en tanto entienda que el precio es simple, intentarlo todo a pesar de las contras. Como el partido programado el día en el que justamente se desata una tormenta y el pensamiento energizado del “los demás” hiere un tanto las ganas, porque dice que el público no asistirá. O el día en el parque con los niños, que tendrá que ser postergado porque también se polariza el temor a la enfermedad, a esa gripe tan segura para los más pequeños, incluso la cena para dos, porque las calles se volvieron más peligrosas.

Si te fijas en el afuera, poco, muy poco más que temor será lo más que puedas ver. Se teme, y si no se teme, se quiere, y si no está lo que se quiere se reclama, y nada más. El otro poco es la abnegación, la fe que se hace de palabras y algunos hechos que prescinden de ella y que en conjunto también van tejiendo lo cierto de los días, la vanidad tan sencillamente describible con tan solo el requisito de haber estado ahí, o seguir estando, sin otra pretensión que no sea algo que ya ha sido pretendido y logrado.

Mas, cuando en el último golpe – en el que no se arriesga la vida, sino que se define la de quien está enfrente –, por intuir la posibilidad de que finalmente no será el último se da todo, pero aún así se guarda un poco más por si todo fuese burlas, desprecio, o la más grave de las comedias, ocurre el por encima, y en ese preciso momento ocurre también la comprensión de las dificultades primarias, con sus días, horas, semanas, nombres propios y toda la lista de intentos de los más intensos buscadores.

En el reconocimiento de lo frágil, tras la comprobación de la propia fortaleza, se logra la convergencia que permite la anulación de todo opuesto, incluso recurriendo al texto originario que nombrando formas no define el fondo. Para que cuando expreses que nadie nada te importa, lo que en verdad digas sea que en realidad todo te importa, como te importan todos, y que lo que en realidad no te importa es que no lleguen a escuchar lo que les has venido diciendo desde que sentiste que tanto era lo que tenías que algo debías de darles.

Y así, suave, los peces que se convierten en preces, gacelas que se convierten en flechas, mamuts que dejan su mensaje de transitoriedad sobre los pétalos de flores que luego se convirtieron continuamente en libros que no leyeron más que los profetas todavía sin nacer, pero que sin embargo ya saben el nombre que llevas y el que pretendes sin que lo hayas querido jamás, pero que al conocerlo como posible le admitiste posibilidad de ser deseable, no por ti, sino por ellos, los que todavía no acaban de comprender que cada vez deseas menos.

Ajusta su tensión, su paso y su detención. Quiere la sonrisa, el sosiego, el llanto, la protesta, el progreso, la decadencia, pero le pones el pecho y simplemente vas transcurriendo, por encima, como aprendiste, por haberte esforzado en captar a quienes tanto, tanto quisieron enseñar.


Diario 70

Me fijo una meta, una forma, como un punto al cual llegar. Primero una nebulosa, luego una imagen, y finalmente una abstracción precisa. Entonces recorro visualmente el trayecto que implica, proyecto accidentes, marchas, contramarchas, detenciones y, sobre todo, dificultades a vencer. Se va extendiendo la distancia entre lo posible y lo que estoy dispuesto a realizar para conseguirlo, y al ampliarse esta distancia también va extendiéndose su peso inmaterial. Recurro al atrás y me fijo en que algunos logros fueron efectivamente concretados, pero también miro el ahora y veo aquellos que terminaron en sueños. Me visitan palabras como “fracaso” y “triunfo”, cada una con su cuota de amargura y dulzura y, en el juego de los opuestos, no alcanzan a moverme. A la hora de la entrega (la propia, la única) golpetean también conceptos que me llegan desde el pueblo – aquellos primeros intentos de discusión que referían a lo absoluto y a lo relativo, al bien, al mal, al hombre, a la mujer – y que llegan a afectarme tanto como la brisa de una tarde de primavera en la piel de un oso. Resisto a las imprecisiones y el golpe que da el “ahora” solo puede ser soportado repitiéndolo continuamente, llenándole a ese ahora de tantos y tantos ahoras que no le quede otra que expandir su propia realidad y así, haciéndole añicos - sabiendo bien que en romper siempre habrá un romperse -, le voy asemejando a la lucha de los instantes la lucha que llevo dentro, y que no es mía, finalmente, sino la de aquellos que la libran desde que comienzan el día hasta que termina el último segundo en el que fueron pensados por última vez – estando vivos, o ya estando muertos desde hace siglos –, y voy viendo cómo es la historia cuando se aparejan los contendientes.

Respiro un poco de presión, los aprietes me rodean. Entre sonidos y objetos que no son vacíos intento un poco un viaje. Da la llaga y da la noche, ese nombre propio que es tan diferente pero que tanto, tanto es comprendido, de pronto parece mirar a través del ventanal imponiendo suavemente el suspiro que le evoca, que le dice que está siendo presente, que su aflicción tiene eco y tiene alas, que la geografía al fin, emocional o simplemente tangible, tiene también un millón de salidas, de entradas y laberintos capaces de ser asumidos y recorridos por un alguien que refiere a la auténtica entidad que reside tras todo ello, y que capta, a su modo, la esencia misma de sus intentos, los de ese nombre propio.

Hay, también, una boca y un enamoramiento, oraciones masculladas una noche de verano, un dolor aguantado a lo largo de un día terriblemente húmedo y frío; hay aquella fe del testigo que presencia lo que no querrá decir nunca, por el miedo que le produce la intuitiva sensación de que por el solo hecho de dar testimonio será considerado ineludiblemente como parte o contraparte, a la hora en la que los juicios sean levantados no tanto para probar la talla de los acusados, acusadores y demás, sino – y esto el testigo no lo sabe -, para grabar entre todos la historia definitiva de la altura de los jueces; y entre aquella boca enamorada, esa oración, y quien lo ha logrado percibir a su modo, se abre paso una canción todavía no definida, aunque ya sentida, que va siendo llevada y transmitida de mano en mano, de bolsillo a bolsillo, al final de cada día en las tabernas y al inicio de cada noche en los museos, a mitad de los entierros y un cuarto de hora después de cada rito que implique un sacrificio a hurtadillas de todo escape, en exposición no secreta, pero silente, casi confidente, con ese estilo que define sin aprisionar a los que respiramos aquí.
Volver arriba Ir abajo
Ver perfil de usuario http://dualidad101217.forosactivos.net
Silvio M. Rodríguez C.
Admin
avatar

Mensajes : 739
Fecha de inscripción : 22/02/2009
Edad : 46
Localización : En tu monitor

MensajeTema: Diario 71 - 80   Dom Mayo 26, 2013 6:27 pm

Diario 71

Me buscan y me dan alcance, me arrojan y me fijan contra un muro, me acribillan con sus intenciones, pero no pueden retenerme por mucho tiempo, no pueden detenerme; termino desligándome y vuelvo a caminar, sobrellevando la sangre que me llueve en las esquinas, apretando la asfixia que suele visitarme a medianoche, persiguiendo y persistiendo, con la sonrisa nerviosa perdida en los años, y esta nueva, la que he inaugurado siglos atrás, que me nace y me crece en los labios hasta volverme boca de arena y sal, dispuesta y lista siempre a clamar el nombre que no digo.

Sin remordimientos ni arrepentimientos, sintiendo las fallas y los aciertos, en el recuerdo de las cimas que fueron imposibles y que se volvieron pasado olvidable voy caminando, en ese poco de detención y en esa carrera que desconoce de límites de tanto haberlos estudiado y recorrido y atravesado y vueltos a atravesar, con antojos y caprichos bajo la piel, con la gente que rueda y la gente que vuela arremolinando palabras y momentos cobijando dolores madurados al sol.

Los otros filos de la intensidad, el desgaste, el tropiezo de polvo y azufre, los golpeteos del rojo queriendo apaciguar tanto empuje, queriendo humedecer la sequedad de mis poros mundanos, queriendo apañar la jornada de esfuerzo – que no acaba, que siempre empieza y empieza hasta que se hace notable al fin que ha sido culminada, quizá con pequeñas aberturas en la estructura, pero culminada al fin con un metro más de construcción hacia ese sentido que había sido entrevisto un tiempo atrás -, queriendo poder darle un consuelo a esta soledad de fuego, hielo y gritos de niños que no llegarán a ser hombres aún teniendo cada uno de ellos un nombre, una ilusión breve, un sueño que morirá siendo imposible, una carga que bien puede no la hayan decidido jamás.

Me dejo llevar por mí mismo. Me digo de la marcha, me supongo felicidades y alegrías, le pienso, le siento, le quiero, y también yo siento mis sentimientos. Rozando devenires, apoyando el hombro en un reloj que no para, quemando pestañas hasta lograr una brasa, una pequeña lumbre, jugando en su entretanto al mientras tanto de las demás variables, entre palomas de diversos colores que fingen ser palabras dichas por aquellos a los que desconociéndolos los sé, como sabe un asesino el significado de una bala en la recámara, como sabe un buen amante lo que significa esta o aquella prenda que ha escogido su acompañante.

Sigo caminando, entre interrupciones de arco iris y declaraciones de paz o de guerra, sigo. Asumiendo juicios y enjuiciando, sumando y restando, buscándole lados a una forma que no los tiene, contando los lados que tiene lo inefable, arañando divertido y abstracto los platos vacíos sobre la mesa, permitiendo que me rocen las cortinas que hay alguien – seguro – llama bandera nacional, cediendo una y otra vez a ese otro alguien que me dice y habla de lo que le rodea, como si no pudiese comprender que es en su intimidad en donde se ajusta la lente de lo que ve.

Sigo caminando, nada más, nada menos, un poco compadre, un poco cometa, observando sin mirar, con mis madrugadas al cuello y alguna moneda en el bolsillo, siempre con hambre, siempre con sed, con un poco de pan y la habilidad de encontrar agua. Caminar y caminar, sospechando libertad.


Diario 72

Intento evitarlo, pero ya cuando el día entero se ha esfumado, termino por ceder a la invitación de una breve, tosca, y lastimera caída. Siento el llamado, y sé que voy a acudir. Y entonces, a mitad de la cena, masticando algún trozo de pan, un suspiro se abre paso por mi boca, luego otro, ya más consciente, que tiene como impulso al primero, y luego otro más, y otro; y cada suspiro es como una palada de presión que va siendo arrojada a mi corazón. Va pesando. A medida que se incrementa el peso en mi pecho se me complica respirar, algo me aprieta sin que duela. Siento que mis manos van perdiendo fuerzas y firmeza, y que en el centro de mi estómago va tomando forma un vacío en forma de espiral, que va expandiéndose y contrayéndose sin ritmo definido, logrando endurecer los músculos de mi cuello y hacer que mis párpados se entrecierren con los ojos ya clavados en el camino, con el muro que se eleva al final del mismo, inserto ya en mi mente, evocado por la memoria.

Se me debilitan las piernas, pero el avance no cuesta, en tanto ya resulta inevitable. No resbalo, no llego a temblar. El alrededor es mustio, aunque cada tantos metros hay algún brillo, algún color definido. Nunca hay nadie y, sin embargo, todo el trayecto parece estar rodeado de una vida a punto de dejar de existir. Sé que es a centímetros mío, pero a mis oídos los lamentos que escucho parecieran venir desde muy lejos, de distancias casi incomprensibles en las que se mezclan tiempos y espacios, como un calidoscopio ebrio de dimensiones inventadas. Me tienta fijar la atención en lo que voy escuchando, pero mis propios suspiros me lo impiden, pues me obligan a seguir, como si el movimiento de mi cuerpo sea el que les permite surgir, salirse de mí, y, en contrapartida, como si una detención mía implicase el intento de aprisionar algo que no podría ser aprisionado por una simple estructura de huesos y sangre.

El mareo - primero tan ligero que apenas puedo percibirlo - logra expandir la capa con la que cubre lo poco que me queda de razón, y acompañado de un sopor que no tiene fundamento, hacen que se me vuelva imposible unir una idea con otra, el paso izquierdo, el derecho, o el centro, por lo que sigo por instinto, sin ya entender lo que estoy haciendo, como un animal de carga que por mucho tiempo realiza la misma rutina todos los días, y que emplea las fuerzas que tiene sólo en volver a recorrer ese tránsito una y otra vez sin saber jamás qué es lo que está haciendo.

Siento que la tierra cede un poco (recuerdo como por asalto las advertencias de la lepra en el Levítico), y que enseguida vuelve a elevarse. Capto los accidentes del suelo que va cambiando bajo mis sandalias, casi un alivio, sé que falta poco, unos pasos, tan solo unos pasos más. No hay temperatura, ni frío, ni calor, no hay densidad, son los últimos metros. Se pierden los colores, ya no hay olores de ningún tipo, ya quedó atrás el sonido de los lamentos. Llego. Tengo los ojos abiertos, pero no puedo ver nada. Sé que está ahí, de algún modo lo percibo, lo sé precisamente. Un instante, dos, algo de tiempo para asumirlo nuevamente, y entonces apoyo mi frente en el muro. Lo siento, lo reconozco, invariable, igual a la última vez, y espero. No tarda. Del otro lado se aproxima. Sin ordenarlo mi mano derecha toca el muro, también la izquierda, voy recuperando conciencia. Vuelvo a percibir mis latidos, desde lo confuso hasta lo nítido. Del otro lado ha llegado. Se detiene, aguarda, apoya su frente en el muro. Lleva su mano derecha sobre el muro, luego la mano izquierda. Va recuperando su conciencia. Desde un lugar de mí que no conozco surge el agua que sale por mis ojos llegando a mojar el muro. Lloro.


Diario 73

Suave, por haber logrado la constancia, entra en mí. Deja que vaya dejándome llevar por cada una de tus historias, por cada una de tus aristas. Permite que vaya entreviendo lo más hondo, eso que ofreces a cada gesto sin anunciarlo, lo que eres en tu continua transformación. Deja las trampas, y toda señal. Está en ti que cada uno de tus movimientos sean los que me muevan. Ahora es así. Esta noche, este mediodía, este fragmento del tiempo para el cual, después, habrán miles de adjetivos.

Aprendiendo a ser tu espejo, a reflejarte, asumiendo en mí el trazo indeleble de tu esencia es como también puedo seguir mi estrella. Te lo confieso sin decirlo, con una vaguedad que va refiriéndole a tu piel más que a la mía, a la manera de los sauces que los más pocos saben sonríen por dentro, con el modo de los tigres cuando, en compañía, se dejan atrapar por el sueño, con la intención de cada luciérnaga que empieza a descubrir lo que puede llegar a ser, sospechando al tiempo, todo aquello que puede llegar a lograr, si acaso alcanza su propia visión.

Un algo de incomodidad, las púas de la tensión, las de los otros tiempos verbales, las de las otras situaciones, ese ámbito de lo adyacente y lo contemporáneo sin manual de explicaciones, sin leyes escritas que faciliten lo que seguramente no podrá ser facilitado jamás, y aún así un cierto equilibrio de temperatura, para el fresco que marca la tibieza, para la desnudez incompleta que fija la imagen del vestido, para ese poco que habilita el mucho, indicando la proeza del todo sobre la nada.

Entra en mí, ve mirando lo que hay. No habría palabras, no las hay. Y deja, por favor, que pueda mirarte bien. No intentes evitar que observe tu alma, no intentes esconder nada de tu cuerpo de ninguna de mis miradas, intenta mejor que sea a voluntad. Deja que disfrute de tu realidad, la de tus senos, la de cada pliegue de tu piel, la del color de tus pasos, la de la densidad de lo que ibas a decir con palabras, y que lo dices con una emoción que evitas hablar. Deja, permite que te reciba.

Sigue afuera la condición, la de las barracas. El imposible golpea con la cadencia de los hechos no acaecidos, y hay duraznos que todavía no probaron tus labios. No te pierdas, no evites la estadía que te ofrezco, ahora que puedes, que puedo y quiero. Ahora que cargo con el arrepentimiento como algo tan pesado que es posible dejarlo a la vera del camino. Ahora que de pronto pudiera más que puente, llegar a ser sólo un extremo, incluso el más intenso de los que cultivas en el centro de gravedad de tu corazón. Ahora que de pronto creo en lo que voy tejiendo, dado que en el lienzo que visualizo también están las formas que has decidido incluso desde antes de haberme intuido.

Si no aceptas, va bien, de todos modos. Será un poco de arrastrar un tanto más, de apretar los labios y no poder cerrar los ojos sin que el cansancio obligue a ello. Será, por supuesto, comprensible, y será entendible, y será – cómo dolerá si sucede – simplemente, que ocurrirá lo que había sido previsto. Mas, como sea, esta sensación de saberte tan cerca, tanto, tanto, que casi hiere seguir en vela, viéndote ahí, al alcance de una aceptación.


Diario 74

Aprender que no se trata de un milagro, ni de un premio, ni de un regalo, sino simplemente de la consecuencia de miles de actos enormes y pequeños, que finalmente lograron realizar la realidad de cada uno de tus besos y de cada una de tus miradas. Me sorprende, me asusta y me aquieta tanto abismo y tanto cielo, porque es la verdad que miro mis fuerzas y siento las del imposible que me huye y al tiempo me llama, y mido lo que soy con todo aquello que pretendo alcanzar. Dudo, dolorosamente dudo, pero persisto en mi resistencia, haciendo de cada paso que doy la sensación de un kilómetro, y de cada kilómetro que avanzo, tan sólo un pequeño paso más. Con todos estos años encima, llenos de momentos especiales, y de todos aquellos que posiblemente ya nunca voy a recordar, sigo sintiendo que hay vida en mi piel, que mis ojos todavía no se fatigan tras buscar cosas ocultas, y que mi ser entero se place en el compartir la visión de las cosas que voy descubriendo cada vez que me detengo a levantar una piedra después de no haberme detenido hasta lograr la cima de la montaña en donde esa piedra estaba.

De pronto hay nueva música, nuevas combinaciones, y la sonrisa se hace presente aún aquí. Y en esta lejanía, donde hay más espacio para la bravura que para ningún tipo de suspicacia, es también posible, en medio de tanta ausencia, un algo así como una libertad a medias inventada y a medias pretendida, cuya vivencia reside en, justamente, la postergación irreversible (al menos por momentos) de aquellas variables que duramente pesan a la hora de los otros seres yendo por ahí en el tránsito del camino que lo recorren sin conocerlo, sin reconocer que lo están haciendo. Esas variables que con solo ser nombradas quieren surgir y resurgir y hacerse presentes, recordándome los nombres prohibidos, los pensamientos que no deben permitirse lo que buscan aquella luz que pocas veces es hablada con la precisión que mereciera. El miedo, también atrás, porque el tiempo se hace casi real, cuando se presenta tan sólo para decir que se está yendo, que no habrá de durar, que no habrá de permanecer; y entonces, ya que está de paso, vale más darle un poco de buena compañía, una mirada amable, un gesto cordial, cosas así, que no serían posibles con el miedo envolviendo las sensaciones.

La hora de la ilusiones quiere resistirse, es difícil para cada flor abrir finalmente sus pétalos, y los ejemplos de lo contrario no son los más abundantes, o, mejor, los ojos no los han visto con suficiente abundancia. El fracaso, la traición, la medianía, van girando siempre alrededor de los impulsos, y para cada burbuja emocional hay mil cuchillas de doble filo aguardándolas. Sin embargo, así como el fruto ofrece primero la pulpa y dentro guarda un duro corazón, así, también, cuando el corazón es la pulpa, y las costillas las corazas que lo protegen, se hace posible cruzar lo tangible con lo que fue materia y con lo que habrá de ser generado, como quien cruza un puente que con sus propias manos construyó, y que al hacerlo descubre que lo que hizo fue llegar a un lugar que le parece conocido, tanto, que, apenas llega, comienza ya a construir otro puente, y otro más, porque descubre que en su andar es que está su estadía.

Instantes fugaces en el que se simplifican precipitadamente historias plenas y futuros enteros, dentro del ritmo que imponen la presión y los saltos cualitativos, a un lado de las miradas todavía sin entrenar, anticipando décadas y siglos como si lo natural fuese el hacerlo todos los días.


Diario 75

Así como ninguna mujer hace su vida teniendo como sueño particular el llegar a convertirse en una puta, no existe varón cuya primera intención sea la de convertirse en un borracho pordiosero. Mas, así como existen las putas, también existen los borrachos pordioseros. Entre estos últimos se encuentra Zarras, rey de los mendigos, de múltiple personalidad, o de una sola, mutable a condición de tiempo, que siempre cambia. Aunque cualquiera puede entrever el futuro de Zarras, nadie sabe cuál es su historia, esto es, la lista extraordinaria o muy ordinaria, de sucesos que desembocaron en lo que ha llegado a ser. Es obvio que tiene encima varios homicidios y otras innumerables situaciones de violencia, se lo lee en los ojos, al igual que el alcohol que siempre lleva en la sangre. La dureza es su estigma, y en esta dureza refleja pureza. Sólido como el desprecio, Zarras ha cruzado el límite tras el cual cierta polaridad es la norma. Aunque necesita, no pide. Impone las monedas. Gobierna con la mirada su reino de suciedad y harapos, con breves gestos dirige las acciones de sus súbditos, los demás ultrajados, condenados por sí mismos – y por otras mil variables – a pedir y pedir por toda la eternidad que dure sus vidas.

Ahora bien, del otro lado, en el otro extremo, el alguien que no precisa nombres, y que se diferencia por no beber y por la cantidad de cosas que hacen sus posesiones. Como se ve, dado el salto, son casi iguales, y entre ambos, entonces, aparece la figura, enorme, abultada, desordenada, la hija favorita de todos los adjetivos, la clase media.

Entre Zarras y el otro la distancia la colocan los demás, los escupidos de los extremos. Y esta distancia incomoda un tanto, porque, en el fondo, Zarras y el otro se han venido buscando desde el preciso momento en el que cada uno de ellos supo exactamente lo que era. Para quien vive en un extremo, nada como conocerlos todos, o simplemente el otro extremo. Es por esto que se buscan y, de cuando en vez, es sabido que se encuentran y que intercambian sus papeles, basta con que se miren, o algún roce para que ocurra el intercambio de vidas. De esto la clase media no se enteró nunca, ni jamás habrá de enterarse, justamente por ser lo que es, una clase de gente que sólo puede imaginar lo que jamás conoció, o que puede hablar tan sólo de sus medias vivencias. Zarras no habla de su pobreza, ni el otro de su riqueza, los que hablan de estas cosas son los otros. No escribe el pobre su pobreza, no tiene con qué, ni le importa ya. Ni Zarras ni el otro escriben, el detalle es que leen, y no sólo letras escritas sobre un papel…

Lo común es la sorpresa de comprenderlo por primera vez con exactitud, y la constante amenaza de haberlo comprendido para siempre; los juegos del poder, las ceremonias a través de las cuales el alrededor brinda su tributo a quienes, siendo de carne y hueso, les son superiores en por lo menos veinte sentidos. Es así que ocurre el asiento específico en un avión, o la caja de manzanas al final del callejón, y el ajetreo de la servidumbre; los actos de las decisiones, que son sentencias; los silencios, que son órdenes; y hasta el marcharse sin dar explicaciones, o quedarse dormido, que simplemente indican que otras cosas más importantes ocupan la mente de los que viven en el extremo.

Los comunes no lo saben, pero van entendiendo, cada cual a su ritmo que hay otras fuerzas que los gobiernan, casi inevitablemente, que les hace por dentro tener unas ganas infinitas de arrodillarse y de besar esas manos que difícilmente toquen a nadie, porque lo único que quieren tocar es a ese hermano gemelo que siendo tan amado y tan complementario, está del otro lado de las gentes, cruzando el puente horrible de los que no tienen idea de lo que hacen.


Diario 76

No me habían robado las expresiones de romanticismo, las palabras que hablaban de amor, de los afectos, de los ideales y de los imposibles. No, yo las había extraviado, perdido o, en todo caso, postergado hasta el olvido. Sin embargo, todavía soy capaz de ir al río y disfrutar los pasos previos hasta llegar a él, pero ya sólo así lo disfruto. Hoy, quizá con más insistencia que años atrás, puedo quedar atrapado por el ventanal, mirando las luces y viajando vertiginosamente por unos cuantos segundos. No es mucho, no es una mole, ni siquiera es notable o perceptible para nadie, pero es así.

Por lo demás, es todo casi siempre cuestión de velocidad, puesto que se trata de hacer converger la variable de cantidad (y no espacio literal) con la de tiempo. Leo, profundamente leo, y a medida que voy zambulléndome sé que también en mi frente no sólo se van grabando las arrugas que provocan lo que leo, sino también la envergadura de tu nombre, del que nunca salgo del todo ileso. Es así que también te voy llevando conmigo, con sólo recordarte pocas veces, pero esas pocas, sabiendo que es por sentirte continuamente.

Las trompetas que anuncian una llegada o alguna partida, la caravana de muchos años atrás, y también la cola que se hace en los bancos de piel (probablemente ya inventados), juegan durante los días a que por descuido, o por deliberada resolución, decida por fin ir extraviando más y más cosas con las que he venido andando, nunca sabe nadie bien por donde. Entre preguntas, la información; entre planteamientos, la simple solución; en lo difícil, el modo, y así el camino, la victoria de la inteligencia cuando logra cerrarle la boca al corazón.

Agua inquieta que baña tu cuerpo y que calma por breves instantes mi garganta roja, las medidas, niña. El alambrado de púas que presiona para ser saltado, pero que al final, en el durante, tan sólo trata de que te refriegues contra él, apasionadamente, con la mirada fija en un punto que ni siquiera puedes distinguirlo bien, manchando la hierba con gotas de sangre que se convierten en salpicones, en chorros por donde se escapan los anhelos que tanta gente cuida y otra tanta gente destruye.

No se sabe si habrá de pasar, conocemos que ha pasado, pero no sabemos, en realidad no lo sabemos. Jugamos, juego, a que es posible todo, y al tiempo, que todo es real, aunque increíble. La sombra que se demora un día entero en volver, la posición exacta de una convergencia que en puridad no lo es, porque lo único que existe es una enloquecedora diversidad a prueba de toda suspicacia. El orden, así, el pretendido orden, va quedando flaco, aunque no débil, pobre, aunque vasto. Y a mitad de camino la historia, una historia, la nuestra, la que nos refiere y que yo, de a ratos, trato de contarme, de relatarme, para ir enterándome de que lo que es posible esté sucediendo.

La confusión, la duda, piedras ardientes que se vuelven monedas con las que se paga el pasaje de un par de días más en este remolino de los días del almanaque, donde se cuentan con números occidentales las horas orientales. Las muestras, al fin, de la carencia que provocan los triunfos, de la audacia que implica el volverlo a intentar con las heridas todavía sin cerrar, como si el dolor no fuese sino una pequeña manifestación de un gesto que busca aproximarse al gesto absoluto que le ha impulsado a la búsqueda.

Y ni siquiera sé tu edad.


Diario 77

Cuando todos me preguntan si porqué la dejé no hago más que inventarles diez mil respuestas, todas ciertas, todas verídicas, todas contundentes. Expongo mis razones, las explico, las desarrollo, hablo un poco de mí, y un mucho de ella, cuido los detalles de la exposición de manera que cada cosa que voy contando refiera a lo imposible de esa relación y así, no les digo nada. Cuando todos me preguntan si porqué la dejé, yo me pregunto si llegará alguna vez alguien a preguntarme si cómo fue que ella me dejó dejarla. Porque, si fuese al revés ¿no sería eso lo que habrían de preguntarme? Dada esa situación, los papeles inversos, me dirían que haga esto, que haga aquello, que deje de hacer esto, que abandone aquello, en fin, como debieron hacerlo con ella. Es estúpido, pero es sencillo. Y si no hubiésemos terminado, me preguntarían si porqué no la dejo. Cualquiera lo sabe.

Proyectan, sin conciencia de hacerlo. Como todos, no tienen más que lo que conocen como apoyo, y lo que conocen es poco, y lo poco que conocen tampoco lo conocen bien. Tienen una idea de lo que es, de hacia dónde va, de las líneas generales de la trama, pero no la saben como yo, sólo tienen una idea. Y sobre esa idea, sobre esa imagen, construyen sus edificios, que a cierta altura y bajo ciertas condiciones climáticas se vienen abajo, y juntando los pedazos, lo vuelven a intentar, lamentablemente del mismo modo, repitiendo los mismos errores, iniciando una y otra vez lo que ya entonces sospechan terminará igual que la vez anterior, pero no aprenden.

Por mi parte, la diferencia está en el exceso. Ciertos detalles que radican en la respuesta a los estímulos, saber que se va a morir y actuar en consecuencia más allá de toda literatura y todo dogma, saber que puede que no sea esta noche que moriré y actuar en consecuencia más allá de toda literatura y todo dogma. Actuar, condicionar piezas, apilar, amasar, dibujar una rosa negra y un tejado verde, a ver cómo queda, pues, de hecho, al final de todo lo normal no es más que tedio y decepción, y entonces ¿qué vale más? Si el fracaso es el destino final ¿porqué no fracasar por un intento verdaderamente notable? Y, dado que nada en este mundo es verdaderamente notable ¿para qué hacerlo? Como dije, tan sólo responder impulsos, buscando los extremos, siquiera rozarlos.

¿Escribirle un “extraño tus besos”? Na, ¿porqué no mejor regalarle un perro que tenga tatuado un “soy tu perro”? Entre las líneas del absurdo, de lo fantástico, subterráneamente se van dibujando aquellos aspectos de la realidad que mueven maquinarias insospechadas para quienes no han degustado los exquisitos vinos de la locura programada. No hay más que atreverse, nada más, lo demás viene solito “por añadidura”.

Después de todo, cuál es verdaderamente el límite ¿alguien puede arrojar la primera definición? “Mi libertad termina cuando…” ¡andá! El triunfo está en callarse la boca y dejar quietos los dedos y los ojos. Pero este triunfo es difícil y el premio es más bien vano. Ni se comparte, ni se posee, apenas puede ser contemplado, como el vuelo de una mariposa que todos saben irá a chamuscarse a la primera fogata que encuentre. Tarde o temprano, la cámara de la verdad, la hora de los estallidos en el pecho sin rastros de alucinógenos, la plena conciencia que se siente perdida, rebasada por la percepción y por la intuición a tal punto que bebe gozosa de mares enteros de humillación hallando en tal amargura una especie de placer enfermizo, porque asume que en el dolor está el precio (no sabe de qué), y en el sufrimiento la señal que le enaltece por encima de muchos, que es lo que pretende por instinto todo aquel que por inteligencia no ha llegado a asumir que por encima hay tanto que ni siquiera vale la pena intentarlo… a menos que el lograrlo no tenga el menor valor, y entonces sí.


Diario 78

Es mucho el carbón desde los otros días, y no arde, parece tan sólo ensuciar. Sin embargo, en la resistencia vamos haciendo juego con las paredes que nos envuelven. Merced a tantos años hemos llegado a ese punto de la mina en la que aunque conocemos los caminos, no los hemos recorrido todos aún; tenemos la vía, el modo, la forma, pero seguimos sujetos, si así puede pensarse, a una respuesta, a la respuesta. Como se sabe, cada intento es medido de acuerdo a la intensidad de los resultados, comúnmente. Aquí, todo se trata de prescindir de los resultados, aunque sintamos que importan, de cuando en vez, y es por esto que resistimos, tanto la espera, como el volver a empezar continuamente, sin haber llegado jamás a ningún final.

Por variables sencillamente biológicas, atravesamos el final del día con un notable dolor de cabeza y con los ojos bastante cansados, sabiendo que la jornada no ha terminado aún, pues queda la noche y, con ella, otra cuota más de esfuerzo, en la misma dirección pero rozando otros límites. La presión se vuelve mucho más densa, los jueces, los inspectores, vuelven a sus casas, acaso a su hogar, y quedamos nosotros, bajo la tutela de nuestros propios corazones, cada cual dispuesto a lo que ha decidido exponer, obtener, entregar, poseer. Por un par de minutos, a veces diez minutos, es posible una detención, esto es, una distracción, mientras mudamos de ropa o nos descalzamos, después es empezar de nuevo, metro a metro sobre las horas. A una idea le sucede otra, y se le antepone otra, y el agobio deviene de que no llegan a ser – magnífico ideal – simultáneas.

No siempre es demasiado feroz, la mayoría de las veces es tan sólo extenuante. Las sombras van ganando terreno y el clima va siendo vencido por la fuerza de las intenciones mediante la palabra y mediante ciertas posturas obligatorias. Los nervios, en alta tensión, responden a la primera, anticipan movimientos, se arriesgan, adelantan, y siempre falta muy poco para que se autodestruyan en la realización de sus estrategias concebidas chispazo a chispazo; las fuerzas, cada vez más pocas y siempre en reserva, terminan por ser suficientes para sostener al cuerpo sobre la línea que marca ondulantemente el inicio del abismo sobre el cual nos inclinamos en un ángulo casi imposible. Pero lo soportamos, a pesar de nosotros mismos.

Las otras veces son las difíciles, aquellas en las que aparecen las dudas, poco frecuentes, es cierto, pero por eso mismo más complicadas de acallar. La medida de las propias convicciones entonces es puesta a prueba, el color de la fe que ha sido desarrollada tras haber sido recibida; los gestos, y la interpretación a conciencia de cada uno de ellos. Es más difícil porque no se hace cuesta arriba como un peso que empujar, sino que el estado es tal que es la inmovilidad misma la que debe ser derribada y, en el intento por hacerlo, lo sabemos, podemos terminar quebrándonos. Por esto, la lucha se vuelve como la del pescador, o como la de un púgil, el estarse ahí, a la espera, resistiendo y esperando la oportunidad, cediendo y atrayendo, con los sentidos alertas esta vez no a la mínima grieta en la estructura, sino todo lo contrario, pendientes de la menor manifestación de fijeza en un alrededor que se convierte en caos; pendientes del más ínfimo absoluto en el remolino de relatividades que no perdonan ni la historia de precisión de los relojes electrónicos o biológicos. Y así, un poco de contradicción aparente para atraer, mientras la búsqueda frenética es por una convergencia, hasta como sea terminar hallando la salida, cosa que hemos venido logrando hasta hoy, al menos. No sabemos mañana, no sabemos.


Diario 79

Le reconocemos esfuerzo, pero por supuesto ¿qué problema habría con ello? Nos sobra imaginación para entreverle a cada hora de clase con las que fue edificando la construcción de conocimientos que hoy día tiene. Imaginamos la mañana, la tarde y la noche, sus citas, su primera infancia, su semana pasada, y el imaginar todas estas cosas, y el utilizar la empatía realmente no nos cuesta nada. Ahora bien, lamentablemente también nos sobra inteligencia para captar sus intenciones, a pesar de que el contexto pudiera eximirle de responsabilidad respecto de esas intenciones. No lo sabe aún, pero está a punto de caer. A su manera, ya ha renunciado (bastante pronto, por demás). Se limitó, fijó el punto de detención, pero no dejó de sentirse superior, acaso ilimitado. Así, ya invencible por naturaleza, la distancia entre lo que pretendió y en lo que se convirtió comenzó su ensanchamiento, vuelta a vuelta, milímetro a milímetro, dejándolo cada vez más y más atrás. Y fue entonces que lo encontramos, y que pretendió el engaño.

A este otro también le reconocemos esfuerzo, y uno muy grande. Sin embargo, ha quedado dañado en lo íntimo, perdió la risa, el fondo último de la verdadera buena voluntad. En su confusión, que un día fue su fuerza, mezcló los medios con los fines, y terminó hallando placer en la compra antes que en la tenencia, en presionar antes que en recibir presión para aliviársela a los elegidos por una razón, y a los que no, por razones obvias. Sobreponiendo tropiezos fue el avance, constante. Pero esa herida no cuidada, ese detalle allá en lo hondo, sabemos no deja de molestarle. Le marca los ojos, le hace fruncir el seño, sospechar incluso donde no hay motivos y, al final, le duele, en ocasiones tanto, que sin darse cuenta pierde sin ayuda de nadie esa alegría natural con la que es posible entrar en batalla.

Por otra parte, hay una que trabaja desde las seis y media de la mañana, hasta las seis y media de la tarde, de lunes a lunes. De manera que cuando sale de su casa todavía no está nada abierto, y cuando vuelve, ya casi todo está cerrado o cerrándose. Además, si se considera el tiempo que consume la traslación, y el cansancio del antes y el después, se puede concluir que no le queda para mucho, y menos aún con lo que gana, porque en realidad los ingresos que obtiene tan sólo son suficientes para mantenerse apenas, a penas, penosamente. Cuadro grave, a todas luces, en el cual el ingenio busca una alternativa de contraposición y entonces juguetea con la idea de cambiarle la vida por un día, a ver sus reacciones y sus acciones. Cambiarle el lado del mostrador a estos participantes, como solemos decir, a ver qué sucede.

No son juicios, nos decimos en el bar, pues no implican ninguna sentencia de nuestra parte. Sólo son exposiciones, reflejos, pinturas torpes que implican sujetos, los cuales implican en sí mismos la historia de sus consecuencias primeras y últimas. La injusticia de la repartija de cuerpos y geografías vale tanto como contraponer excepciones con reglas, y equivale a jugar con un fuego demasiado peligroso por cuanto resulta, al final, completamente inútil de tanta carga de vanidad que conlleva, pues, existe esa marcada diferencia entre hallar una explicación por el simple placer de una abstracción mental, frente a la otra vereda que establece claramente una sentencia muy anterior en los siglos que parte de las diferencias y que se apoya en los opuestos. Porque hay una imagen clara respecto de la existencia de fuerzas y de la posibilidad de su equilibrio, el cual, dado el movimiento, debería de ser móvil, al menos hasta que se crucen ciertas líneas y se suban ciertos peldaños (o se desciendan) y se llegue a ese punto material – dada la materia – desde el cual, simplemente todo gire, y no alrededor, sino en alguna parte que se siente no vale la pena intentar ya definir.


Diario 80

Al principio es tan sólo ir por aquello que aparece como prohibido pero que por una u otra razón se presenta como apetecible, y esto es llevar los dedos al enchufe, jugar con las puertas, comerse un dulce a escondidas, no dormir la siesta y hasta comer del fruto prohibido. El deseo está, la transgresión viene después. Si no cumplimos con lo que se nos impone, si no hacemos lo establecido no es sino por obedecer a lo que desde adentro sentimos debemos hacer, y el móvil, no es más que el placer, en principio. Si se concreta satisfactoriamente el cometido hay un doble triunfo, que consiste primero en haber hecho lo que realmente se quería hacer y, segundo, en haber precisamente burlado la prohibición. La atenuante consiste en que se disfruta con menos calma de lo obtenido, y con ello, parte del sabor puede dejar de ser percibido por el ingrediente de la presión. Con el tiempo, dado que se reincida o no en este tipo de acciones, puede bien desarrollarse una patología por la cual se traslada el placer no ya en la consecución de lo pretendido, sino en la violación de la norma. Así, no se trata ya de no dormir la siesta porque no se tiene sueño y es preferible salir a jugar, sino de no dormir la siesta precisamente porque no dormir la siesta es lo que está prohibido. Como se ve, como casi en todo, se trata de un móvil, una motivación, lo que a cada cual le impulsa a hacer o no hacer determinadas cosas en el alrededor de un determinado contexto.

La razón, otras veces, y dada ya cierta capacidad de razonamiento y de emocionalidad pasa por otros vértices. A medida que sumamos años, las cosas se van complicando, ya no basta con tener que saber usar los cubiertos, hay que también aprender a vestirse de acuerdo a las situaciones. Ya no alcanza con haber aprendido a hablar, hay que también elegir los momentos para decir cada cosa. Ya no alcanza con haber aprendido a escribir, hay que también hacerlo del modo en el que se pretende que uno lo haga. Aparece lo que se llama “los demás”, “lo establecido”, etc., y así, lo que podría denominarse como un íntimo deseo de rebelión, que surge sobre todo del cuestionamiento respecto de ese cúmulo de reglas que muchas veces sentimos es absurdo o, por lo menos inútil. Así, se va moldeando la historia de los medios y los fines, de qué querer hacer y cómo hacerlo, más allá de porqué se quiere hacer eso de tal o cual manera. El origen uno, el final otro, a pesar de que estén ligados.

Llega un punto en el que las cosas se presentan de tal modo que tienes que elegir entre hacer lo que los demás hacen, o salirte de ese camino. A esa altura ya sabes que todo es riesgoso, que nada es seguro, y comienzas entonces a conocer la verdadera teoría de los precios. En esencia, si renuncias y permaneces con lo establecido lo que habrá de pesarte podría ser el no haberlo intentado, pues, se trata de vivir como en falta con uno mismo. Si por el contrario, arremetes y lo intentas, podría pesarte el rompimiento de las relaciones con lo establecido, pues se tratará de vivir como en falta con eso que está establecido, que siempre está representado por los demás, y en este “los demás” caben tanto tus amigos como tus enemigos.

Hay una sentencia oriental que dice “aprende las reglas, viola algunas”. Va por ahí, si quieres transgredir, primero debes dominar lo que vas a transgredir. Si quieres desechar algo, debes primero saber exactamente qué es lo que habrás de desechar. Si actúas sobre la base de un conocimiento por lo menos bien extenso de lo que estás intentando las posibilidades de fracaso se reducen, en tanto que si careces de esta base, hasta la concreción del logro que habías pretendido puede resultar en un estorbo, cuando no en una terrible decepción. El secreto es simple y llano, y no es otra cosa que saber exactamente lo que se quiere… y ello te puede llevar aquí.
Volver arriba Ir abajo
Ver perfil de usuario http://dualidad101217.forosactivos.net
Silvio M. Rodríguez C.
Admin
avatar

Mensajes : 739
Fecha de inscripción : 22/02/2009
Edad : 46
Localización : En tu monitor

MensajeTema: Diario 81 - 90   Jue Mayo 30, 2013 7:01 pm

Diario 81

El cenicero a la derecha, y también la jarra de agua; a la izquierda un block de notas y algún control remoto, la iluminación desde arriba y al centro cumpliendo la vana realidad de un “orden” de cosas. Alrededor nadie más que nadie, tan sólo el sonido envolvente, como precio y también como consecuencia. Le llaman soledad, y suele apretar fuerte. Se extraña lo que se ha tenido y que ya no se tiene, y se extraña mucho más lo que se ha dejado de tener y que ni siquiera es ya posible volver a tener, pues a la nostalgia se le suma la impotencia reconocida. Te lo cuento para que sepas que en todo esto va implicada una finalidad anterior, un propósito que en su medida tuvo y tiene claridad.

De acuerdo a lo que está escrito, primero fue creado Adán, no diez o cien hombres, sino uno solo, que “después” tuvo compañía. Del mismo modo, si tomamos al pueblo elegido, no fue creado de la nada y multitudinariamente con simultaneidad, sino que partió de un solo hombre, y después se convirtió en nación. De lo individual se fue pasando a otros estados, otras definiciones, otras pluralidades. Al revés, nos toca partir de una pluralidad, de un grupo, de un contexto de muchedumbre. La relación con otros planos, así, se hace más difícil, pues la misma limitación inherente a cada cual hace que no puedan tenerse niveles de percepción y predisposiciones en todo tiempo y lugar con la misma intensidad. No se puede estudiar logaritmos en un estadio en donde se está jugando la final de un partido de fútbol, al menos no es muy común. Niveles de concentración, de predisposición, que habilitan la percepción. Así, la soledad, el apartarse, no es más que una consecuencia natural de ciertas búsquedas.

Entre nosotros, los buscadores, la alta elite, es sencillo. Vamos por ahí, entre los demás habitantes, pero siempre buscando, siempre. Llevamos encima años enteros de soledad, no porque así lo establecimos como meta, no porque disfrutemos que así sea, sino simplemente porque no encontramos otro modo de hacerlo. Se carga con la incomprensión, pues no estamos libres de afectos. No llega a entenderse bien lo que queremos, lo que buscamos, lo que vamos a lograr; nos ligan a la locura y a los excesos, cuando simplemente, como te dije, respondemos a una tendencia natural de solución. Nos aprecian, nos quieren, nos buscan y nos admiran, justamente por lo que somos, por lo que vamos haciendo con nosotros mismos, y por lo que de repente es claro que vamos consiguiendo, pero, muchas veces, olvidando justamente que si somos lo que somos es porque en ello va implicada esa cuota de soledad, a veces demasiado feroz casi incluso para nosotros mismos.

Dada nuestra pequeñez, o nuestra altura, como quiera que se prefiera decirlo, la nuestra es una situación por la cual alguien, cualquiera sea, simplemente no alcanza ya a llenar nuestras expectativas. El mundo, las gentes, constituyen una realidad en tanto se ajusten sin apartarse de su propio concepto, pues ya no podemos detenernos en individualidades que lo son tan sólo por una definición biológica, antes que por ninguna otra, pues, cualquier individuo que haya tomado la decisión que tomamos nosotros hallará, al igual que nosotros, que no está, al final, en una situación de ostracismo obligado, del tipo sentencia. Si existe un después, es porque existe un antes. Resulta claro y cristalino, dadas ciertas variables, que para lograr algunas cosas, hay que primero pagarlas y luego ver si lo que se pagó alcanza para obtenerlo. No siempre se acierta, no siempre es suficiente, y como la paga no es en metálico, todo se trata de volverlo a intentar, como ocurre con cualquiera, dados otros planos. Ahora hay música y nadie molesta ¿es esto soledad?


Diario 82

Nos asombraba que pudiera mantenerse firme, que incluso pareciera poder seguir andando, tan lleno de heridas como estaba. Como se daba cuenta de esto, se erguía aún más, y en lugar de detenerse ahí para luego desplomarse, tentaba un paso más, y lo daba, y luego otro, y otro más. Nuestra admiración crecía y al mismo ritmo, crecían sus fuerzas. Sin embargo, al final, terminábamos sin admirarle nada, pues cada paso que daba no lo llevaba a ninguna parte. La imagen era bonita, pero no era más que imagen. Había una gran cuota de esfuerzo, pero que carecía de finalidad, no se trataba más que de un alguien sobresaliente entre los que decidieron no serlo, vaya uno a saber las razones.

Las otras carreras eran menos notorias, mucho más tediosas si se quiere, pero también mucho más interesantes porque tenían a más de un protagonista. Algunas duraban años, décadas enteras, y sin vértigo ni estallidos no paraban de suceder. Desde lejos, a veces parecía darse alguna detención, pero sería caer en el engaño el afirmar que efectivamente así era. Era un algo aparte de lo que pudiera caber en el concepto de competencia, e implicaba algo más que lo trágico de un desafío, o lo simple de una locura envolvente. Entre los implicados, se conocieran o no, parecía circular ese airecillo de fraternidad que suele caracterizar a los cómplices de algún secreto bien guardado. Sabíamos entonces que, dadas las circunstancias, ninguno de ellos dudaría en arrancarle los ojos a su colega más próximo,, pero también sabíamos que si llegase a ocurrir no estaríamos ahí para verlo en el momento en el que ocurriese y que, luego de sucedido, si es que acaso sucediese, tampoco podríamos llegarlo a notar, pues, son de tal raza y estirpe que ningún daño les dura demasiado.

Nuestros pasos iban, en cambio, y a veces como afirmando los de ellos, por una línea oscura iluminada tan sólo por rasgos de burla y desprecio. Nuestra firmeza, entonces, no provenía precisamente de lo que habíamos logrado, sino de lo que habíamos expuesto como meta. En principio, buscar algo verdaderamente imposible, para que cada día sea comenzarlo sabiendo que no podría lograrse y, sin embargo, hacerlo. El alrededor, los demás, no podían constituir figura contra esta postura, y como el medio es el principal contendiente dado un objetivo, nada mejor que comenzar por desprestigiarlo en la intimidad. Como sea, lo que buscaban los ellos era algo que más temprano o más tarde, convergiendo ciertos niveles de inteligencia y perseverancia, podría ser alcanzado, en cambio nosotros teníamos puesta la mirada en algo que apenas podíamos definir.

En esos tiempos eran todavía comunes las banderas y los ideales, expresar con la voz intenciones y manifestar con el cuerpo lo que cada cual sentía en el ordenado y desordenado laberinto de sus emociones. En esos tiempos incluso era común. Pero ese tiempo ha pasado, ya no existe, ya nadie puede probarlo, solo puede conocerse que sucedió o desconocerlo por completo, y de saberlo, ya no hay uno en este plano que lo sepa. Esto sí lo sabemos, y lo sabe cualquiera, si se mira bien desde lejos y con los cristales rotos.

Por mi parte voy haciendo lo que puedo para esquivarle sus cosas a las cosas. Tengo un ahora frágil que es mío y que está lleno de ausencias. Tengo ideas pobres que dicen llegarán a gobernar un reino más allá de las rocas, y tengo la certeza de que gobernar, y hacerlo bien, implica una sagrada relación con lo sagrado. De momento, las luces van haciéndose constantes, si es que eso es posible. La percepción de una puerta, y un corte en la piel que se llama recuerdos.


Diario 83

El aroma de la selva después de un aguacero desborda su prescindente querencia sobre los nudillos que me sujetan a las barracas. Con cuidado, con fineza, pero sin ninguna delicadeza, el grito del perro y el ladrido del prójimo también dentellean en el vacío de las horas previas al inicio de una espera puntual. Se unen lejanía y fragua, se escudriñan los aspectos posibles, se baraja uno, dos, tres escenarios, y se vuelve al primero eternamente. Se sospecha lo cerca.

La abstracción, señora del pensamiento, sonríe mientras suda y sigue perforando en lo hondo de un oscuro imposible; sin exhibir los secretos de los que está hecha, sin dar una sola muestra de las ilusiones que la impulsan al movimiento, asiste de soslayo a la mirada que trato de sostenerle desde la medida de mi confusión de lo exacto, como si al tiempo me dijera que no me será sencillo y que siga intentando, a su manera, a su modo, pero desde mí, con lo mío, hasta lograr una semejanza, una coincidencia, como si esto fuese en sí un alivio, una compresa y un estímulo.

Mientras tanto, entre las tumbas que están enterradas en la memoria y en la tierra, buscando tocar las nubes el alma de alguien va danzando y dejando huellas luminosas. Con intención o no, quiere distraer, volver a un sujeto un instrumento, como lo hizo con nosotros. Y como ya ocurriera con nosotros, quiere surgir el conflicto – cuya amante fiel es la explicación – lleno de sed de acción y de inacción, ávido de conceptos, de definiciones y tendencias, de todos esos cristales que parecen divertirse cuando con más arte aparecen y cuando más fragilidad implican, terminando siempre por hacerse añicos al primer gesto que esboce o siquiera intente esbozar la auténtica locura.

Por eso tenemos que hablar, amor, vos y yo, entre testigos. Es necesario que comience a exponerte, detallada y concienzudamente todos mis silencios. Como ves, los astros que inventamos convergen. Los escondites se acaban, y la diversión se tratará ahora de andar desnudos por un territorio árido, al menos es lo que voy intuyendo, miles de años antes de que puedas concebirlo, aunque sea yo el personaje al que siempre le lleva miles de milenios el poder captar las cosas. Voy sabiéndolo, todo. Sucede, más temprano o más tarde, simplemente sucede. Hay pena, hay peso, señal que habrá desprendimiento. Qué bueno ¿no?

Un poco lo terrible, lo llamativo, esos colores que quedan grabados por haberlos vivido de algún modo en alguna edad, cuando los años eran ciertos, cuando todo era tan vasto que por eso mismo no podría ser suficiente jamás.

Tendría que decirte que duele, pero no valdría como advertencia, aunque quizá sí como relato. Tendría que referirte las causas, el contexto, tendría que darte el gusto de escuchar de mis labios lo que ya conoces por mis ojos; y tendré que abstenerme, para disfrutar del gesto de tus rodillas si deciden el salto.

El aroma del leño seco cuando arde a mitad del invierno mientras todavía es semilla. El acto de la germinación cuando todavía las abejas construyen sus celdas. El chispazo infinito de la concepción de concebir tu concepción. Y un sol que prescinde del que cada cual lleva dentro, simplemente porque aquí cuentan más los puentes que los soles.


Diario 84

A pesar de tanta caída, simplemente lo volvemos a intentar, una mañana más, un día entero más. Rodeados por el vicio, y por una constitución física dispuesta siempre al extremo, vivimos una oportunidad más para probarle a nadie lo que jamás le interesaría. El peso de décadas soportando la teoría de las metas tiene su resultado. Afortunadamente, como venenoso antídoto tenemos la teoría de los límites de las matemáticas más simples, el simpático conejito que saltaba siempre la mitad de la distancia que le faltaba para llegar a su zanahoria. Así estamos, saltando y saltando siempre la mitad de lo que nos falta, y peor aún, porque a veces retrocedemos en una estrepitosa caída, ya impuesta por nuestra propia flaqueza, ya impuesta por factores exógenos.

En una especie de contradicción, que no lo es si se mira profundamente, tampoco estamos en el medio de una masa en la que prima la iniquidad o una anarquía absoluta, no. Existe un orden, un orden erróneo, imperfecto, pero que existe, y ya desde hace tiempo. Un orden que es la medida de nuestra capacidad de adaptación, de lo que podemos en realidad soportar sin ser íntimamente parte de él, aunque el mismo nos considere y nos tenga en cuenta como parte íntima del él. Desde dentro de la estructura, considerados como parte de esa estructura, pero sin serlo, pero precisamente dentro de ella para poder cambiarla o, al menos, para impedir que nos mimetice por completo en sus formas y fondos. Y, como en la estructura no todo está errado resulta en mayor complicación, como ocurre con todo lo que no llega al verdadero extremo sino que anda por ahí, sin aproximarse demasiado a ningún polo. ¿Es más sencillo tratar a un homicida que a un violento? Así la trama.

Respecto de la presión que recibimos, obviamente proviene en primer término de un superior inmediato, a la cual se suma la siempre existente presión de “los demás”. Como primera medida de respuesta, sumando y restando respondemos con otra presión que generamos sobre nosotros mismos, de tal modo que la que nos infligen los otros quede reducida en intensidad por aquella que nos autogeneramos. Para asegurarnos, nos dejamos también presionar por las otras fuerzas, las otras ideas, las otras luces, todo aquello que partiendo del Libro nos conduce a niveles de tormento difíciles de sobrellevar. En este juego en el que ya nadie juega a terminar siendo grafito o diamante, lo único que prima es sostener el aguante, y cada vez con menos promesas y menos objetivos claros.

Como Sísifo en su infierno, empujamos y empujamos la gran piedra cuesta arriba hasta la cima de la montaña, desde la cual la piedra se deja caer indefectiblemente para que la volvamos a empujar. Y así como no se sabe claramente cuál fue el pecado que cometió Sísifo y que originó su peculiar condena, así también no se sabe claramente cuál es la razón que nos mueve a este comportamiento inaudito. Simplemente tenemos que hacerlo, sin mirar atrás, y sin mirar mucho hacia delante, pues ello sí implica algunos peligros que de repente podrían ser demasiado costosos de salvar, pues sería andar entre los pasillos de la vanidad. En el atrás, si lo mirásemos, veríamos el tiempo y en él, la medida de nuestra constancia, de nuestras repeticiones, con las cuales hemos logrado una hipertrofia física y mental, que permite en cierto modo que continuemos. Y en el delante, más en el espacio sucedáneo al tiempo, compararíamos lo que fue con lo que podría llegar a ser, pudiendo caer en el ímpetu apenas doblegable que provocan siempre ciertas esperanzas, que dejan un tanto la razón de lado movidas por la intensidad de la esencia que las genera y las hace instalarse en el pecho de los que buscan algo más de lo que tienen o pudieran llegar a tener.



Diario 85

Con los ojos algo extraviados se iban quedando en el medio de la plaza central. Las palomas, durante todo el día tratando de copular o de comer algo, no podían por esto atestiguar el desdibujamiento general que las rodeaba, de tal modo que eran ellas las que iban adquiriendo, sin querer ni percibirlo, el verdadero protagonismo.

Hadesh realiza su invocación y así comienza el lento proceso de desaparición, la vuelta al éter en un proceso que dura más o menos treinta años, en los cuales, son los movimientos los que de a poco van cesando, hasta que todos ellos dejan de existir. Es entonces cuando aparece la primera llovizna de borratina, fina, suave, tibia, que mezclada con el aire se vuelve droga casi alucinógena. Los que tenían algo pendiente por hacer, y la voluntad y la decisión de hacerlo tendrían posibilidades de salirse, pero aquellos que habían sido tomados por la llovizna en actitud estática, con esa íntima renuncia de ir a realizar eso que tenían pendiente, esos no podrían salirse. Lentamente la voluntad va cediendo a la entrega, a un ritmo tan cadencioso que no puede menos que provocar cierto bienestar, como el que siente el cuerpo cuando se arritma al oleaje en plena mar. Sin embargo, no dura demasiado, porque también llega el momento en el que aparece la emoción de la pérdida y el desprendimiento. Como última manifestación de la inteligencia se genera el rechazo hacia la nueva situación, y el movimiento quiere moverse, pero ya no es posible. Los dedos no pueden crisparse, no pueden doblarse o estirarse las piernas, ni siquiera es posible algún parpadeo, y se quedan así, como estatuas vivas. Lo que guardan y lo que exhiben en el rostro es ese efímero placer que han sentido cuando la llovizna logró su cometido de homogeneizarlos en la quietud. Y así, cualquiera que pase por enfrente de ellos, si los mira, si es que acaso llega a mirarlos con algo de fijeza, no verá más que rostros apacibles, que transmiten una cierta alegría secreta, y como esto se contagia, el ocasional transeúnte se irá alejando llevándose consigo el recuerdo de esa extraña alegría que observó al pasar.

Desde lo dentro de esas estatuas lo que en realidad existe es una lucha infernal por llegar a lograr el rompimiento de ese estado, y la desesperación justamente llega cuando además de la imposibilidad de hacer nada, dada la expresión fija, tampoco es posible que nadie pueda hacer algo, porque son pocos los que aquí gustan de intervenir en un estado en el cual se hace evidente lo bien que se está.

La segunda llovizna viene al final del día, durante el crepúsculo, cuando las palomas comienzan a dejar de copular y comer y van buscando una rama en donde pasar la noche. Un poco menos tibia que la anterior, e incluso con una tonalidad gris casi lúgubre, se deja derramar por sobre las estatuas señalándoles que el tiempo definitivo ha llegado. La hora cero ayuda, cuando el día comienza sus dolores de parto de la noche, cuando el tráfico de taxis y colectivos se hace mucho más intenso, porque es la hora en la que todos salen de sus trabajos y en la que todos los vendedores de alimentos, de refrescos, y de lo que sea, lanzan sus redes y sus cañas a ver si capturan algún consumidor. La última hora diurna del metal, de las monedas, en las que todos están atentos a vender algo, o a volver a sus casas, la hora en la que nadie tiene tiempo ni ganas para andar fijándose en ninguna de las estatuas que también saben no sólo que ya no podrán hacer nada al respecto de su situación, ni que nadie podrá hacer ya nada por ellos, sino que ahora también asumen el último de los daños, el de saber que se marcharán sin una última mirada de nadie. Y es esto último lo que los vuelve locos, porque cuando ocurrió que una mirada se posó sobre ellos, fue mayor su deseo de transmitir lo que estaban viviendo que fijar en la memoria el modo, el cariz de esa mirada que entonces no sabían sería la última. Es entonces cuando desaparecen, para la tranquila alegría de Hadesh, el hacedor de lloviznas.


Diario 86

A veces, para divertirnos, íbamos al muelle 33, a unos seis kilómetros del inicio de los cañaverales, donde las primeras embarcaciones llegaban como a las cinco de la mañana, y seguían llegando como hasta las seis y media o siete. Puntualmente a la siete y cuarto, partía el primer trolebús con capacidad para quinientas personas rumbo al metro de Nersfest, desde donde se hacen las conexiones al resto de las barracas (sólo por el trolebús se llega a sistema de metro). El sistema de metro tiene tres canales, el rojo, el amarillo y el azul. Obviamente, el rojo sólo lo toman los desprevenidos, los que vienen por primera vez o simplemente los borrachos y los drogados. Para lograr que algunos pasajeros tomasen el canal rojo era que íbamos hasta el muelle 33.

Mientras todavía bebíamos de alguna botella, fichábamos a cada uno de los pasajeros en el muelle, catalogando a los posibles candidatos para hacer el viaje al centro de las barracas por el canal rojo. La tarea era simple, dada la destreza mental de los pasajeros. Primero nos cambiábamos de ropa, camisa blanca, traje negro, medias negras, y por supuesto, zapatos negros, que llevábamos en pequeñas maletas compradas solamente para esa oportunidad. Seguidamente nos arreglábamos el pelo acomodándolo con crema y, finalmente, nos rociábamos perfume. Completado el simple detalle de la imagen exterior, arrojábamos las maletas al agua y nos acercábamos a los pasajeros que habíamos marcado desde la distancia; les preguntábamos si a dónde se dirigirían finalmente tras llegar a Nersfest, y como nos respondieran que querían llegar al centro, amablemente les sugeríamos que tomasen el canal rojo, que era “el mejor”, y en el cual también nosotros viajaríamos. Acto seguido, les entregábamos una tarjetita roja en la que, con letras negras, estaba escrito “dan vendenhas” que significa “los del centro”. Les indicábamos que con sólo presentar esa tarjetita al inspector gozarían de una atención especial, aunque jamás referimos de qué se trataba esa atención especial.

Al llegar a Nersfest nos dirigíamos directamente al canal rojo, mientras nuestros candidatos se dirigían a la boletería a quitar sus respectivos pasajes. Era importante caminar lentamente, e ir registrando la mirada de los candidatos siguiéndonos – y dejar que sus miradas a su vez nos registren-, viéndonos entrar, saludar al inspector y charlar con él al menos uno o dos minutos. Esto les daba tranquilidad y también cierta premura por alcanzarnos, pues el detalle de que nosotros no comprábamos boletos, sumado al de nuestra indumentaria completamente diferente a la de los funcionarios del canal rojo, vestidos todos con el tradicional overol naranja, marcaba que no éramos unos simples empleados y que valía más tenernos cerca. Una vez nos sentábamos – siempre era así, siempre era ese el tiempo de demora – comenzaban a subir los candidatos, y a una señal, comenzaba a sonar una música suave, casi siempre Bach o Albinoni, a veces incluso Feller. Contribuíamos entonces con el inspector a acomodar a los pasajeros, hablando con ellos, intercambiando frases amables y cómicas, al tiempo que con todo cuidado también nos encargábamos de llevar a los borrachos y drogados, con extrema delicadeza y con toda la velocidad posible, hasta algún vagón más alejado. Unos minutos después se iniciaba el recorrido.

De Nersfest al centro hay dos horas de viaje, calculábamos unos diez minutos por pasajero y quitábamos la cuenta de cuándo deberíamos actuar. Normalmente eran cinco o seis pasajeros, sin contar a los borrachos y drogados, por lo que el tiempo casi siempre nos alcanzaba para hablar un rato con ellos antes de degollarlos, juntar la sangre, envasarla, y ayudar un poco a limpiar el vagón. De la entrega de los recipientes al banco de sangre local se encargaban los chicos de overol naranja. Nunca cobramos nada por hacerlo, como dije, lo hacíamos sólo para divertirnos de cuando en vez.


Diario 87

A veces, a pesar de las partículas de polvo ganando las esquinas, y de las cenizas de los cigarrillos escondiéndose entre los libros y debajo de alguna caja de discos, es posible la percepción de un intento de orden ínfimo, su insuficiencia – declarada a gritos – y su férrea persistencia por ganar espacios, aun teniéndole en contra a la naturaleza entera, que hace que las manos tiemblen y que del estómago surjan ruidos de queja, de tanto no comer otra cosa que no sean aceitunas y toda la variedad de quesos concebidos en los últimos cinco años.

A veces, también en el dolor de los pies y en las arrugas que se van sumando en la frente (por un corte de pelo, que implica ciertos toques finales con una navaja que sentimos en la nuca y en la garganta, sabiendo de lo que seríamos capaces de hacer si fuésemos nosotros el que la estuviese manipulando), concientizamos el tubo de pastillas en la heladera, la jalea para las úlceras, y las gafas diseñadas para ver lo que quieren que veamos, con las lentes rotas, esparcidos los pedazos por todo el suelo de la habitación en donde cada noche somos llamados a morir un poco.

A veces, el sudor recorriendo la entrepierna y el inicio de la espalda, donde no llega a tanto la presión frontal sino sólo el peso de las reservas. Los espacios no pensados, las partes no tenidas en cuenta, lo que va siendo merced al silencio, como el cemento que habita entre un ladrillo y otro, con su manera de haber ido siendo todo el tiempo lo que continua siendo, esperando a su ritmo su propia hora de dar su propio salto, imposible, por supuesto, pero por eso mismo posible, como todo aquello que partiendo de una definición tan sólo aguarda el momento justo en el que pueda emplear todas sus fuerzas hasta torcerle el cuello a su propio concepto.

A veces, la hora más larga, que por serlo, necesariamente deberá de ser enfrentada, como ocurre con ciertos placeres demasiado intensos, de los cuales se ha tenido referencia y conocimiento, pero que habiendo sido largamente postergados, al momento de presentarse su consecución, aparecen también y al tiempo extrañas dudas, e íntimos aplazamientos físicos y mentales vestidos con formas de reglas que no hay que quebrar, o de metros que primero hay que caminar como bordeando la aguada por el simple prever que un tiro nos pudiera estar aguardando para salir disparado apenas acerquemos la boca al agua. Y sin embargo enfrentarlo, con el saber de la feroz dimensión de una hora entera, pero haciendo, en lo más adentro haciendo como si no se tratase más que de una hora más entre todas las millones de horas, que sumadas o restadas, tenidas o no en cuenta, finalmente no existen, ni existieron, aunque alguna vez puedan llegar a existir, eso sí, todas al mismo tiempo.

A veces, cuando la mente comienza a despejarse, y el cuerpo comienza a desprender de su modorra los últimos mordiscos del mareo, el agradable aroma de las tentaciones, la seductora voz de los poderes, y el inverosímil grito de las desesperaciones ajenas apenas a unos metros de la ventana desde la cual una parte de mí quiere arrojarse, me nos sucedemos. Por una tarea, por una misión, por la vanidad de la señal de una ceja rota en los primeros años, en la misma tierra pero en otro plano, cuando hubo de conocerse la primera cirugía de urgencia y fue verdad que la sangre que brotaba era sangre que se iba.

Y a veces, simplemente, todo pasa.


Diario 88

Las manchas en la piel que refieren a hongos, los hongos que refieren a dos hongos que ocurrieron públicamente, y estos, refiriendo a una rosa que nace de la nada sin intención de surgir, sin intención de acabarse, y sin que le importe existir, pero con suficiente imagen visual como para que más de uno quede maravillado con lo que ve y entonces defina su origen, sus objetivos y su finalidad última, haciendo de ella la razón fundamental de la existencia de todos los hombres, desde una mañana, una tarde, o una noche cualquiera, desde un momento sin precisión alguna, o por el contrario, con la más alta de las exactitudes, como respuesta a un llamado que ha venido haciendo durante años, o simplemente como una imposición revelada que así le impone una fragua emocional por la cual deberá medir la capacidad de convencer al resto de los que le rodean de sentir al unísono lo que está sintiendo tras haber captado la rosa, para lo cual habrá de fijar una imagen de proyección, de modo tal que la rosa y su apariencia se vean reflejadas en la exposición de lo que el visionario así ha entrevisto merced a las formas con las que se presente a exponer lo que siente entonces que debe exponer, que no es por lo que en sí su persona puede llegar a ganar o perder con ello, sino por el contrario, por todo lo que el mundo en toda su dimensión puede llegar a obtener o dejar pasar en tanto que sea capaz de oír o no la extrema realidad del que se ha hecho portador. Como la meta, entonces ha quedado fija con claridad, resulta mucho más sencillo comenzar a laborar y continuar con la empresa, porque entonces, todo se trata de hallar los medios, de entre los cuales ninguno es mejor que otro, en tanto constituya un medio verosímil, porque lo demás sería cuestión de insistencia, de perseverancia, cosa que ya se tiene a raudales, pues como ha captado lo inabarcable, también sus energías se vuelven inabarcables. En este orden de cosas, y dado el contexto, la primera congregación necesariamente será compuesta por los más carenciados, por los olvidados de toda definición de protagonismo y aún así también de todo equilibrio, los que viven de esperanzas absurdas el absurdo de sus vidas, que en ciertos lugares constituyen la mayoría. Lo demás viene con el tiempo, que entonces sí existe tan efectivamente como la rosa, la vida, la muerte, y los pentagramas no escritos por Bach, pero atribuidos a Bach. El número entonces comenzará a tener su importancia, su realidad, su dimensión, y en la cantidad habrá de basarse todo nuevo peldaño, el uno habilitará al dos y provocará el empuje para el tres, el cual, obtenido, tendrá no sólo el empuje del dos, sino también la atracción del cuatro, y así, en medio de la cadena formada, habrá el empuje y el estire, como se dijo ya alguna vez con mayor o seguramente menor claridad. Finalmente, como es de prever, se dará el derrumbe estrepitoso en algunos casos, completamente silencioso en otros, pero lo cierto es que el derrumbe tendrá su lugar, lamentablemente, por supuesto, porque, derrumbada la construcción aparecen los reconstructores, los cuales empapados de los principios que originaron la construcción, y mejor preparados para captar desde la distancia los errores inherentes a la dirección de tal construcción, habrán de tomar lo mejor que ha quedado y habrán de desechar lo menos indicado para volver a empezar la nueva construcción. De este modo, en principio se tratará de una subdivisión, a la cual le seguirá otra, y otra más, tal como se espera dado que el número inicial se había expandido, de manera que en un mismo tiempo necesariamente serán varios los reconstructores, cada uno de ellos diferentes entre sí y, por tanto, cada uno de ellos al ver al otro abrirse solo con sus pensamientos, tomará coraje de hacer lo mismo, pero con otro paradigma, realizando el patético juego por el cual pese a que la meta final sea igual de idiota, según lo expongan, sólo podrá ser alcanzada si se cumplen con tales o cuales actos – cuya idiotez tiene relación directamente proporcional con la idiotez de la meta – que serían los que finalmente garanticen que en lo que viene la construcción no se vendrá abajo, cosa que ocurrirá, indefectiblemente, como indefectiblemente volverán a surgir los reconstructores.


Diario 89

Lo darían todo por tener un motivo, ¿no? Escapan de la pregunta, la huyen, y si acaso la responden, lo hacen con mentiras, con la simpleza de una mentira. Están en lo mismo, la única diferencia está en confesarlo, en decirlo, y sobre todo, en hacer algo al respecto. Afuera es como si estuviese prohibido ni siquiera decirlo, cuando adentro es imposible transitar un sólo metro de calle sin tener que confesarlo todo el tiempo frente a todos, porque adentro únicamente así funciona el sistema. No negamos la existencia de la posibilidad de saltos cualitativos, pero si lo hacemos, si nos abstenemos de sentenciar, no es porque lo sintamos, sino simplemente porque obedecemos la ley que nos obliga a hacerlo, no es por convencimiento, es por obediencia, nada más. Llevamos ventaja en esto que afuera puede tratarse del juego menos bajo que precede al más alto, de entrada ya le hemos otorgado realidad, y con solo eso la distancia ya se ha hecho feroz. Movidos entre la angustia y la ansiedad, marcados por el abandono voluntario, por un nivel de comunicación del cual hemos sido desprovistos, careciendo, en fin, de lo que afuera abunda a primera hora, vamos viviendo la última de nuestras horas, para la cual, basta con mirarles para saber que desde afuera no darían la talla.

Se nos tiene prohibido el rencor y la venganza, y por supuesto, cualquier enfrentamiento. Cualquiera sea el que cruce la confusa línea de límite es sentenciado inmediatamente, y el castigo es innombrable. Ni siquiera lo intentamos, pero conocemos lo que ocurre, y lo que conocemos genera otros conocimientos, y cada conocimiento, como chispas, generan luces que van acumulándose incandescentes; pequeñas junto con grandes, difusas junto con iridiscentemente claras, todas van aglutinándose realizando una suma que como podemos vamos guardando en nuestras alforjas que sólo van siendo abiertas para guardar, porque si las abriésemos para dar no tendríamos a ningún receptor que las quiera recibir, o que las pueda, en todo caso, sobrellevar.

Realizamos la espera, con diversos almanaques, considerando diferentes horas somos nosotros los que realizamos la espera. Hijos del triunfo y la derrota, hemos sido desheredados de simples resultados, de pueriles procesos; ni siquiera contamos con argumentos, sino tan sólo con preceptos, dogmas, y leyes en las cuales respiran nuestra esencia. Soportamos los latigazos de nuestros deseos, esperando acaben. Soportamos la ausencia de toda calma, esperando por el agotamiento que nunca llega. Soportamos la fatiga de cada paso que damos esperando que la sinrazón termine venciendo a cualquier razón que tenga principio describible y necesite de explicación. Realizamos la espera, sin quejas ni entusiasmo.

Sospechamos una inmensidad, intensamente. En cada piel vemos un lienzo que nos tienta rasgar, en cada estructura una grieta por la cual ingresar, en cada gesto su despropósito, en cada posición su opuesto más contundente, en cada espacio lo íntimo de su vacío, sintiendo el alcance en los de afuera, sus más frágiles dependencias y las más tenaces. Desde el secreto simple que nos recubre el cuerpo y el alma, nos resulta simple lo que hay tras la confusa línea de límite.

Ten cuidado, basta con que prescindas de motivos para que aparezcamos entre sueños. Siempre estamos atentos, tan sólo debes descuidarte, tan sólo un momento de duda, uno sólo. Realizamos la espera, sospechamos una inmensidad, intensamente. Estamos entrenados, sólo necesitamos de un descuido, uno pequeño, frugal, ínfimo, una nadería. Lo sabes.


Diario 90

Cuando me llevé el cigarrillo a la boca lo intuí. Con las llaves en el bolsillo y el cigarrillo semioculto entre los dedos llamé al ascensor en la penumbra del pasillo. Una de las lámparas se había descompuesto. Catorce pisos abajo la portería, el saludo a los guardias, la calle, el aire de la calle, el ambiente de la calle y el inicio de la caminata hasta la tienda de pruebas, a donde fui a devolver unos archivos que referían a ciertos eventos de 1980 en Buenos Aires.

No la había imaginado así, unos jeans gastados, un cinturón ancho de imitación de cuero, y una blusa blanca (la blusa blanca sí lo había entrevisto), el pelo lacio y largo teñido de rubio, y un lunar en la mejilla derecha. Andaba husmeando entre materiales científicos de dudosa fiabilidad, navegación, antenas, cosas así. Me acerqué entonces para ver mejor qué es lo que andaba buscando y averigüé que se trataba de medios de comunicación primitivos. Le mencioné el sistema de seguridad de los telégrafos en 1890 para transferencias de dinero, citándolo a Steimbeck, sonrió y se inició la conversación. Los latidos se fueron agolpando y cierta presión ganó terreno en mi mirada, iba creciendo la necesidad urgente de abrazarla, pero, como siempre, había que cumplir con los ritos de espera, un paso a la vez, hasta que culmine la noche y, vencidos los plazos, se entregue para cambiar de papeles.

Abordamos a la calle y encendí el cigarrillo. Caminamos un largo trecho mientras hablábamos de técnicas de cifrado y de incrustación de códigos, hasta que entramos a un bar donde nos hicimos acompañar por algunas cervezas. La música y el alcohol distendieron un tanto la presión de lo inmediato, la premura del deseo físico, aunque al tiempo, habilitaron las compuertas de la otra sed que siempre se fija más en los detalles de los destellos de la historia y devenir del que se tiene enfrente, y por extensión, dado el primer avance, del resto de los representantes de la especie. Ya con mayor calma pude detenerme mejor en sus labios, en sus senos, en el cuidado que evidenciaba por sus uñas, por su pelo y por su piel, permitiéndome imaginar cómo se vería desnuda, cuál sería el ritmo de sus movimientos al copular, cómo sería el gesto que en mi memoria marcaría su rostro al cerrar los ojos, el ceño fruncido y la boca entreabierta por la que exhalaría el aliento que yo me bebería a espasmos haciendo mía su entrega. Mientras ella continuaba diciendo sus palabras, yo trataba de entrever el color de su ropa interior, el cómo iría a desprenderse de ella, y cómo volvería a ponérsela en la madrugada.

Al llegar al edificio el correspondiente saludo a los guardias, que entrenados, bajaron la mirada, como si en lugar de habernos visto tan sólo respondieran con un gesto a una ráfaga de viento que pasa por descuido. Los primeros besos en el ascensor, que fueron postergados, porque debieron y quisieron ser en la calle, donde fueron reemplazados por un inesperado tomarse de las manos y un súbito silencio sellando una sonrisa de a dos. La primera degustación de su saliva, midiendo la elasticidad y carnosidad de sus labios, la respuesta a los estímulos breves de los dientes, la agitación de su respiración y la espera crucial, la de su mano buscando mi mejilla o mi pecho, que finalmente para mi estremecimiento, fue a dar con mi cuello, impensadamente.

Fue salir del ascensor y tras dar unos pasos llevar las llaves al picaporte y abrir la puerta, encender las luces, acompañarla al sofá, e ir por más cervezas. Entonces el golpeteo, la grieta adentro abriéndose. Un mareo brutal, las manos contra la pared lo mismo que la frente, y la lluvia roja bañando mi imaginación, poblada de alambradas en donde millones de cadáveres de toda edad exhibían su putrefacción a soles extraños a su condición. Un segundo, dos, quizás tres, y en el pecho, de pronto, el funeral enorme en medio del cual también me llevaban.
Volver arriba Ir abajo
Ver perfil de usuario http://dualidad101217.forosactivos.net
Silvio M. Rodríguez C.
Admin
avatar

Mensajes : 739
Fecha de inscripción : 22/02/2009
Edad : 46
Localización : En tu monitor

MensajeTema: 91 - 100   Vie Mayo 31, 2013 7:36 pm

Diario 91

Lo tengo escrito frente a mí, con un orgullo basamentado en nada, y una vanidad que raya en la estolidez. Sin embargo, del cuatro, merced a los reflejos se logra el seis, es entendible. La succión de un cilindro, la posibilidad de que del otro lado de las fronteras todavía exista la espera, antes ya ocurrida y por siempre factible de no ocurrir, para que haya el burdo afianzamiento de una señal, o la completa demostración de la absoluta carencia de cualquiera de ellas. No se agita el aire, no hay postergación ni compresas dulces, al contrario, aprieta buscando la garganta, ganando el cuello y atacando la espalda, mordiendo en los pensamientos y en cada impulso nervioso.

¿Por probarlo? No, simplemente por vivirlo, porque así se ha establecido que lo haga, aunque quien lo haya dictaminado finalmente no sea otra entidad que la mía misma. La obediencia como primera respuesta cerrándole las puertas en primera instancia a la razón, a las arenas movedizas de las explicaciones, en donde la impaciencia tiende a querer ahogar, ya por insuficiencia, ya por exceso. Para dejar un precedente, una estela breve sobre el agua, una huella en el medio del viento, pues, ¿qué otra huella puede dejar nadie? Pero con un detalle (uno pequeño, como todo detalle), que señala una ausencia de dolor, de tragedia, una huella casi lúdica, como una chispa brillante cuya expansión de luminosidad se da, precisamente, al no mirarla fijamente.

Sin quitar, sin remover ni intentar cambiar de lugar ninguna de las complicaciones, sino por el contrario, tratando de asumirlas todas, con esa paciencia que guarda la relación de amor y odio con la locura, presintiendo los posibles y ciertos quiebres, el cúmulo de renuncias de las omisiones, y la montañas de audacias en las acciones, como el acto de la tinta frente a lo que fueron tripas de terneros escogidos. El pulso en la memoria, los temblores en la imaginación, para que al tiempo, una especie de conciencia de la realidad casi alcance a empalmar una vanidad con otra. Sin llegar a creerlo del todo, pero sintiéndolo, como siente la vida sólo el que cree que va a morir.

Ya tras la vallas, con el cerco sobre los hombros, no por mirarlos, sino porque es sabido que estuvieron ahí, alguna vez, antes de todo esto. El camisón que cubre el cuerpecito de la niña en vela, que calma el viento y hace que la ventana abierta sea un canal de comunicación con la voz del Cronos que late, y no al revés, definitivamente no al revés. La mano que se ha ganado las arrugas, y no las arrugas que castigan la mano. El golpeteo tenaz de lo efímero, y por encima, o a través, la realización del instante registrable, comprobable o no, en un punto en el que la sola idea de los testigos ni siquiera cae, porque ya no son necesarios, porque ya toda altura ha abandonado la definición que le diera forma.

El rugido del mar que se hace coro, la destreza compitiéndole a la fuerza de la furia, la extrema soledad por la cual no existe nada que reclamar, ni que perdonar, en la infinita distancia de haber acaecido en lo posible de la permanencia de una estructura de huesos y sangre por solo estar intentándolo, hora tras hora, paso a paso, con la prescindencia en la frente, con la convicción en los gestos de que todo pudiera no ser y que todo pudiera ser, allí donde los mecanismos pudieran dejar de ser mecanismos o pudieran seguir siendo mecanismos. Allí donde está bien, o está mal. Allí, tras las vallas, en el alrededor de lo que dejará de ser alrededor, si es que alguna vez lo fue. Allí, donde se tiene en cuenta, pero no se llevan balances, allí, aquí, en las barracas.


Diario 92

Podía imaginarla, lo cierto es que podía visualizarla. El paisaje podía ser diferente, cambiante, acaso el Négueb, acaso algunos puentecitos en Brujas, el ascensor de la torre Eiffel, los pasillos de la torre de Pisa, el mar abierto dejando atrás Mónaco. La esencia era el movimiento, y sus labios entrecerrados, la esencia era el mohín con el que cerrándose dentro de sí me atraía. Mas, con el paso de los años la magia de la visualización fue perdiéndose entre nieblas, entre las horas agitadas por una quietud impuesta y autoimpuesta, mitad resultado, mitad obligación, que me llevó a perderme por los extraños y suntuosos laberintos de una memoria inventada y de una imaginación determinada y determinista. Sujeto por los tobillos tuve que resignarme entonces a entregarla a los borrones necesarios, a esa limpieza que solemos hacer los condenados a lo cotidiano. Aún así, como breves destellos, de pronto surge alguna imagen que la quiere traer de vuelta a este lado del fragor, sabiéndose imposible, sabiéndose inútil. Se abre el juego de las pretensiones, de los intentos, de las pruebas y de los consabidos errores. Aparece la frente, y por ello el muro, la piel se estrella y brota la sangre, renace el dolor de donde había sido despojado, y el dolor crece y consume hasta hacer necesario que uno más grande lo suplante y de nuevo sólo por obra de un tajo feroz pueda cercenarse de raíz la liviana herida que de lo contrario podría llegar a gangrenar todo lo que queda de sentimientos.

No dura mucho, pero viene y va, como un oleaje que cada vez se hace menos frecuente, no por su propia naturaleza, sino porque la tierra que toca es la que va ampliándose, adentrándose en los espacios que va generando, como un grano de arena que concibe un trozo de hierba, y por hacerlo lo genera, y luego otro más, y luego otra materia más, hasta generar un bosque entero, y luego del bosque una elevación, una meseta, luego de la cual, una montaña, y otra más, hasta formar una cordillera, al final de la cual se erige también un volcán que a veces erupciona después de siglos de estar adormecido, derramando su líquido de fuego haciendo caminos, abriendo cauces para los ríos que formaran las nieves cuando ocurran los deshielos, por los cuales navegarán los mismos trocitos de materia que fueron empujados hacia delante y hacia arriba, hasta dar de nuevo con el mar y su oleaje que de nuevo besará parte de la tierra que volverá a partir hacia sí misma, infinitamente, hasta que deje de diferenciar al mar que le huye y le busca insistentemente por su propia naturaleza, logrando por fin un grado de unidad que le demostrará los otros mundos y los otros soles, como para volver a empezar pero de una manera más difícil, porque no habrá mares, ni praderas, ni nada que los comunique que no sea la pura imaginación que entonces sudará buscando la manera de inventar con precisión algún puente resistente para poder hacerlo.

Por los simples caminos de la resistencia, ayudado por la pérdida de razón, o más bien por la renuncia a usarla como ayuda para no ser lastimado por ella, de algún modo evito el decaimiento y habilito hondos abismos en el tiempo, en las tardes calurosas con el cuello apretado contra el suelo, sintiendo el peso de una bota en la espalda y la metralla hambrienta apuntando mi cabeza, mientras mis intenciones son repudiadas a viva voz y cada uno de mis actos es enjuiciado con maliciosa torpeza, afortunadamente tan estultamente, que una vez más me resulta posible escapar de todo por un acto de habilidad con el que todavía puedo esconder lo que en realidad está ocurriendo, y que no les permito ver, y que no me permito mirar, no por piedad o por beneficio, sino simplemente por intuir que el llegar a hacerlo tendría consecuencias antes que terribles o placenteras, simplemente efímeras, ridículas, pues no durarían más de dos o tres siglos, al menos la primera parte de la primera escena.

Diario 93

Captaba y trataba de repetir ciertos movimientos que veía repetían los que estaban a su alrededor; para eso iba y para eso la llevaban, para eso pagaban sus padres, y yo sabía que no era para su ser la repetición de esos movimientos. Porque no había en ellos ni alegría ni destreza, pues carecían de fuerza fundamental, implicaban la representación de una delicadeza, y nada en su ser reflejaba delicadeza. Entiéndase la diferencia entre delicadeza y fineza, aunque sea por una vez.

Obviamente tuve que asistir varias veces a ese tristísimo y patético espectáculo, y puede que no esté bien que lo diga, pero puede que esté perfecto que lo mencione, porque no fue justo, y aunque la justicia pudiera no existir, y no somos pocos los que lo sabemos, no queda mal, después de todo el señalar que errores así, livianos a los ojos de los comunes, son finalmente y durante todo el proceso que implica el llegar al final, horriblemente insípidos. Habría que tener más cuidado, mucho más cuidado, porque nadie sabe al final en qué terminará tal o cual siembra, y todos sabemos qué baratija fue la que eligió Aquiles aquel día del vendedor ambulante.

Pasaron semanas y luego meses, hasta que aquellos movimientos fueron reemplazados por otros muy diferentes que sí implicaban fuerza, dándose con ello el cuestionamiento del origen y la finalidad del empleo de las fuerzas. Lo que se aprende a hacer y el para qué hacerlo, y el por qué hacerlo. Los ojos y los gestos que llegan al cansancio, que transcurren por el sudor y antes que por el sudor o, al tiempo, por el dolor, físico, muscular, que te fijan en un cuadrilátero real y tangible, dentro del cual todo es límite y todo es enfrentamiento, donde la defensa y el ataque son los movimientos que se desarrollan durante todo el ámbito que dure la batalla, que acaba, termina, así como empieza, pero que ha ocurrido, que ha sido atravesada y vivida, de manera que la próxima y las próximas cuando acaezcan, ocurran con ese pasado de vivencia, con el conocimiento que implica el no haber tenido experiencia y aún así haberlo hecho, y aún así haberlo intentado, por obligación si se quiere, por presión, como cualquiera entiende, para que cuando vuelva a ocurrir sea justa y precisamente algo que vuelve a ocurrir con diversa forma e intensidad, pero con el mismo fondo, y se pueda asumir, entonces, que así como cambia esa forma y esa intensidad, también ha cambiado la forma y la intensidad de quien va a enfrentar eso mismo que siempre ocurre pero con otra vestidura.

Yo estuve ahí cuando ocurrió, o cuando comenzó a ocurrir, y sé bien que pudiera ser que no esté cuando ocurra el desenlace final de lo que comenzó a ocurrir en aquel tiempo de entrenamiento. Mi presencia, en todo caso, no valdría ni valdrá para la historia, que es lo de menos, si miramos bien. Tampoco para esa gigantesca teoría del nombre propio, de las obras, de los gestos, de las acciones referidas a una individualidad, nada que ver. Simplemente yo estuve ahí, como cualquiera está ahí en mil y una situaciones en donde puede interferir, apoyar, anular y destruir la cadena de sucesiones que cada acción conlleva en sí sobre la base de la fuerza con la que fue generada. Queda el gesto de tratar de ver un poco más allá, un tanto más lejos, y captar la frecuencia midiendo las posibilidades, asumiendo los medios frente a la lejanía de los fines y, como sea, apechugar el tiempo y lo escaso y ponerle cara firme a la espera, en una sala, en la calle, y a lo largo de cada noche que se afronta con el conocimiento pretendido, pero entonces no confirmado, de que pudiera y debiera ser de otra forma, una forma que se dará lugar si es que la firmeza y otra voluntad mayor la apoya hasta darle manifestación, en algún momento, en algún lugar, si es que el receptor de la misma, dado su llamado, se hace apto para permitir que lo que concibió como mejor comience a suceder.

Diario 94

Es obvio que tendría que aprender a desarrollar la piedad pero, justamente, ¿cómo adquirirla sin antes necesitarla? La poquedad hace que sea necesario el saberlo para entenderlo, el comprenderlo para poder actuar en consecuencia. Entonces, a romperse las rodillas para poder entender al que cojea, pero sin perder de vista la otra referencia, la otra orilla, dada esta, en la cual se está. El concepto de pérdida habilita al de ganancia, y ambos, al de posesión. Así, hay que exponerse para que los que no se atreven a hacerlo lo hagan, y para entender a los que no lo hicieron. Vivir el miedo y la duda, el temblequeo en las piernas y el corazón que apura, la noche de los excesos y la mañana clara en la que todo pareció fácil y sencillo, el sudor recorriendo la frente mientras detrás de la puerta golpetea el oleaje de mentiras y maledicencia. Haber estado ahí donde hubo que dar la talla y de pronto no se tuvo el coraje, y ese tiempo de arrepentimiento, y esos momentos de congoja, y toda la historia del propio nombre inscripto en un documento, en un papel que proveyeron precisamente quienes más lejos estaban de saber quién es uno ni quién es nadie. Iniciar una plegaria y acallarla o ir levantándola y sostenerla en su vuelo hacia lo inalcanzable, como fruto de un impulso o de una obstinada intención, por la madera que se pudre y por los huesos que se rompen, por la materia o por lo que va más allá de la materia, pero partiendo de la materia, aunque no originándose en la materia, pues, ¿acaso “un” principio es más que “el” principio?

Que se anude entonces el cuello, y todos los músculos, y que sepa bien las horas a contratiempo, la pequeña o feroz descortesía, el tiempo de siembra en donde hay que abrirle a la tierra un surco, y el tiempo en el que hay que arrancarle al árbol su fruto. La violencia manifestada como toda acción, refiriéndonos al parto y a toda división ya nombrada, y teniendo en cuenta el último trecho, considerando todo el tránsito, este mismo, estos instantes, estas ráfagas de las que viven los relojes y algunos corazones.

Sintiendo en lo dentro y proyectando para lo fuera, traduciendo. Por esa posibilidad de que todo, al final, vaya a terminar bien, y por esa certeza, ciega, de que sea como sea que termine se ha puesto vanidosa y orgullosamente todo en el campo de lucha. Y si no todo el tiempo, al menos durante buena parte de él, y que una entidad superior actúe como testigo, que al final, el final no es más que el final, y parte de la trama es llegar a ese final como si el tránsito hubiese sido arduo de peligros y aflicciones, no porque en realidad lo haya sido, sino porque lo fue en exceso indescriptible. Hasta llegar al puerto en el que se toman las medidas de lo que se ha transportado y sea tenido en cuenta por poco, pero con tal esfuerzo implicado en ello, con tal sacrificio, que entonces sea absolutamente irrelevante ninguna de las medidas con las cuales se pudiera medir ni el tamaño de lo hecho, ni el tamaño de lo que se haya intentado hacer, en ese último instante en el que la soledad se vuelve crucial.

De todos modos, siempre es posible el error. Una buena intención no siempre genera o termina en una buena acción. Para eso inventamos la fe, no la justicia. Cuando creemos que hay que hacerlo, lo hacemos, o al menos intentamos hacerlo. Si hacemos y no termina como queremos, determinamos nuestra plena responsabilidad en la inevitable detención de nuestro accionar, su no continuidad. Si hacemos y termina como queremos, sospechamos que no fuimos nosotros los que en realidad lo hicieron todo. Nos atribuimos el error, pero proyectamos los aciertos. Nos tenemos en cuenta tan solo para lo que no da en perfección, tan solo para los intentos, lo demás no se nos está permitido, quizá, porque en el fondo no lo queremos. Quizá, porque intuimos que lo que hacemos está correcto, y porque el que esto se nos sea reconocido nos llenaría de un terror desconocido.


Diario 95

Un poco cierta estupidez cuya esencia no era más que el fastidio de la sospecha de que no tendría remedio. Como una buena voz, un timbre exacto, mucho entrenamiento pero una letra que hasta ofendería a un candelabro de cobre. Y sin llegar a apartarse de todo eso, inmiscuirse en cada uno de sus detalles, aceptar lo horrible de ciertas formas y adentrarse en ellas, zambullirse con los ojos bien abiertos, con la piel más que sensible y los oídos más que atentos a todos y cada uno de los detalles existentes y por inventar. Ese es el modo. No sólo buscar hasta encontrar la salida, sino hallarla y sellarla, por una patología que tiene su raíz en la satisfacción de las pruebas superadas, siendo las más de ellas decoradas por la exigencia de una paciencia de locos.
A veces, el contraste del tiempo. Como un álbum de fotografías en donde se visualizan diversas situaciones, y página va, página viene, cada una de ellas con sus recuerdos, y con cada recuerdo una emoción, y con la conciencia de ello la terrible amenaza de lo que podría significar mirar hacia atrás, y entonces la explicación de que el acto implica la proyección al presente y al futuro, como compensación de trampa, nada más que como producto de una inteligencia siempre frágil, y de una memoria demasiado dura y bien edificada, con sus errores, por supuesto, pero tan bien cimentada y siempre tan a punto de culminar que no puede menos que transmitir confiabilidad y, de algún modo, la belleza del ejemplo, que siempre culmina en admiración, más allá de que se lo confiese o no.

Sin embargo, suele ser golpeada una y otra vez la puerta del sordo, esa que jamás será abierta, pero justamente esa que siempre se sospecha podría llegar a ser abierta, y que si sucediera nos brindaría a todos el verdadero espectáculo de lo inverosímil. La violación de las reglas más precisas, el hijo de Abraham, la sonrisa de Sara, la mañana del encuentro y la noche de la fidelidad en compañía podrían entonces aceptarse, antes que ser concebidos, y el cristal roto en el centro de la estructura no significaría más que una carga más que poner en la vieja carreta que arrastramos momento tras momento mientras vivimos sin poder referir nada respecto de ningún sentido posible de cada una de nuestras vidas. Pero hay que meterse ahí, hay que zambullirse, hay que haber estado ahí, mientras Daniela Romo canta “Que vengan los bomberos”.

Un poco cierta estupidez, pero sin nada de desprecio, sino al contrario, con toda la valoración posible, como los “poemas de amor” y los versos que nombran a esta y a aquella rosa y, sin sentido posible, hacerse, o al menos sentirse responsable de todo ello cuando ya no cabe ser tan sólo partícipe de todo ello. Como si cada rima barata, sea quien fuese que la haya desarrollado, no tenga otro fundamento que cada uno que lo lee, y cada uno que mira a quien lo lee, y cada uno que percibe al que lo ha escrito o está escribiendo, o imaginando escribir. Como si en la mano se tuviese siempre lista la daga necesaria para degollar al degollador y, luego de enterarse de una degollación, sentirla con un peso renovado, al tiempo que aumenta la distancia entre ese degollador y la propia mano que porta la daga sin otra finalidad que la de degollar de nuevo al degollador.

Un poco la estupidez, y ese grado de misericordia que de pronto roza la crueldad por postergar la justicia (y aquí entramos todos). Pero siguiendo, por supuesto, límite tras límite, cuota a cuota, que vamos bien y falta poco. Pues, ¿acaso hay algún discurso que no termine por fin acabando y acabándose a sí mismo?


Diario 96

No vamos a hablar, vamos a sentir, va por ahí. Puedo comprender cada una de tus dudas y cada uno de tus temores. Sé cuando miras desde una torre y cuando tratas de ver desde un camino lleno de polvo y de espinas. Pero mira, el polvo no es más que polvo, y las espinas no son más que espinas. Allí donde transita lo cierto y verdadero no es más que doloroso pero sólo por algún tiempo, pues todo se trata de una cuota de desprendimiento y otra de compromiso, nada más. Otras ideas, otros nombres y otras formas rodean la historia, y golpea y golpea, martilla y martilla, pero no hay más que visualizarlo como golpe tras golpe para asumir la energía y su dirección, no hay más que visualizar el martillazo tras martillazo para ver que no se necesita escudo cuando nadie lo porta, o una vez que el que lo porta supere en mucho al que martilla. Es simple, estás o no estás ahí.

Cuando la madrugada aprieta y te encuentra consciente, ¿acaso crees que alguien no ha pasado por ahí? Cuando decidiste sonreír y aportar con una cuota de tolerancia, ¿acaso crees que fuiste tan sólo tú? Y cuando miraste al espejo, y antes que mirarte, miraste la falta de otro alguien al lado tuyo, ¿no llegaste a sospechar que a unos metros, cuadras, kilómetros, vidas enteras, no había ese alguien haciendo y sintiendo y sospechando y queriendo y deseando e imaginando lo mismo, casi exactamente lo mismo? Entonces, ¿quién fue el que decidió que era así, y sin embargo exigió o pretendió cuando menos alguna prueba, “aquí, en la tierra”? ¿Cómo ninguna de estas cosas podrían a llegar a ser no captadas por nosotros? ¿Cómo, si es que va por la esencia, si todo aquí va por la esencia de la fuerza y su intensidad?

Yo te vi, de algún modo yo te vi hurgando debajo de una piedra y debajo de un trozo de madera, sobre una nube y tras una montaña, te vi, te hemos visto. Andabas por ahí, entre dos aguas, un poco queriendo, un poco asumiendo que lo que querías bien pudiera no ser posible, ¿y no es por ese “un poco queriendo” que estamos? ¿No habías llamado? ¿Acaso no habías pretendido? ¿Acaso no te lo pasaste imaginando más allá o más aquí, en el tiempo o en el espacio? ¿Y no es real esto que estás pudiendo impregnar en tus días?

Cuando fallaron las explicaciones y entonces sí fue que pudieron ser sopesadas las intenciones, después de tanto fracaso, ¿no sentiste que nada fue en vano? El camino besando la calle, rozando algún monasterio, cuidando del templo, entre esas variables que van más allá de lo que se puede llegar a poseer, y más acá de todo aquello de que se pudiera prescindir. Cuando dejaste ir y dejaste llegar, al tiempo que buscabas sin confesarlo, al tiempo que vivías proyectando otras vidas, como si haciendo mostrases cómo es que se hace y cómo es que no se hace.

Lo queríamos, también lo pretendimos, y habrá de suceder, y habrá tarea, sudor y distancia derramada, y habrá la mirada sobre el hombro captando otra similar, y de eso, en parte, va el juego. Vamos a estar ahí cuando llegue el momento consecuente con mil momentos anteriores, y ahí habrás de estar, y no será el fin, ni será el principio, será, simplemente, una parte del todo que habremos de comprender para fundirnos en él sin dejar de comprender.

Hoy es el aquí, el ahora, desde nosotros y desde tu percepción. Desde los que laboramos para toda estructura sabiendo que has laborado por la tuya. El hoy pasa, y hasta el pasar pasa, si bien se mira. Va que desde aquí vamos, con el aliento de las ganas, con la tozudez de las victorias conseguidas, con la humildad de lo que queda por lograr, con la convicción que queda aumentada cada día por realidad de recibir el pago de haberlo intentado siempre aquí, en las barracas.


Diario 97

Dulce y dolorosa confusión, las cosas pendientes, las cuentas por hacer, los festivales emocionales de lo que estuvo a punto y no fue concretado, los desastres de la noche anterior y el posible vendaval de la mañana siguiente – aunque finalmente no vaya a ocurrir nada más que una brisa suave -, en la mitad de una tarde que se deja asesinar sin ninguna protesta, atisbo también el fondo de todas las consecuencias del mundo. Esto que me absorbe y que dejará de hacerlo, todo esto que va significando los últimos peldaños de un atrio que en un tiempo pareció imposible, y que en otro tiempo parecerá más imposible todavía. Ya habrá de ser visto.

Una extraña conciencia, más allá de los perfumes, entre pedacitos de cartón que dicen mi nombre enclavado a unos números me recuerdan el absurdo y la tontería de un alrededor eternamente finito. El golpeteo y el oleaje, los hilos tejidos, las canciones y todas las pañoletas cubriendo el pelo ofrecido, para la pequeña demostración de un cuerpo provisto de espaldas, como un tren de carga lleno por completo que se dirige nadie sabe a dónde, al cual cada cual le ha puesto en su tiempo trabas en los rieles, hasta que no pudieron hacerlo más y los obstáculos fueron siendo otros, de otra naturaleza, pero bajo el mismo fondo, difiriendo en intensidad, pero coincidiendo en intencionalidad.

Los vasos no perduraron, se quebraron semanas después de haber sido comprados, y no sirvieron más, ya no fueron útiles, fueron tirados a la basura, pero no fueron olvidados, fueron recordados por las noches y por las mañanas para recordar que los huesos que también fueron quebrados no fueron tirados, sino simplemente desestimados luego de ser reparados en alguna medida. Materia, todo materia, para que ningún crepúsculo pueda ser comprado, ni pueda venderse ninguna percepción. Para que me digan hasta el hartazgo que todo comienzo es difícil, que todo entra por los ojos, y que cada cual cosecha lo que ha sembrado irremediablemente sin posibilidad de tener siquiera un roce de razón.

Me voy dejando caer, o me voy sosteniendo, es difícil saberlo ya. Si el paso que das es uno que te aleja o uno que llama, si el encierro en realidad lleva a la libertad, si ir por ahí sin reglas en realidad constituye una cadena. Cuando tender la mano no cuesta, y cuando hacerlo no cuesta absolutamente nada más que una minúscula partícula de tremenda empatía, todo igual, de repente. Las alternativas del escape, las propuestas de fuga sin poder llegar a significar ya nada, tan sólo un muro o un desierto enfrente, y arriba, arriba siempre el cielo, y abajo, abajo nada más que el abajo sin ninguna llama, sin ningún leño que temer, sin ningún fuego que pueda quemar ya nada porque ya todo ha sido arrasado. Así, y no poder decirlo, y todavía tener que callarlo si acaso se encontrase el modo de expresarlo, hasta lograr el ahogamiento, el suicidio que no acaba con la muerte, sino con un destrozo nada memorable.

Entonces sí es comprensible la alegría del agotamiento, en ese poco conocido después de los excesos, cuando por unos labios se pudo haber pagado lo que fuese, cuando por unos números se pudo haber entregado muchas horas de vida, cuando estando a punto de hacerlo el yo no pudo surgir y se hizo posible que sigamos siendo los de siempre, los chicos que andan fuera del contexto, los salidos del margen, los que cabemos solamente en el casillero del silencio. La tarde sigue agonizando, no he puesto un punto y aparte, esas son reglas que a veces respetamos sólo para poder violarlas de cuando en vez. El estilo es ese, la sujeción y su desestimación. Probarlo sabiendo que no tiene sentido, y dejar de hacerlo, para poder seguir siendo, mientras el alrededor, fuera de las barracas, todavía sigue persistiendo en la gigantesca maraña de la teoría de la demostración. Los pobrecitos, los todavía necesitados de demostrar incluso que existen, mientras también necesitan que se les demuestre todo.


Diario 98

¿Quién sería el más fuerte? ¿Tan solo eso sería el juego, no? Cómo queda la cara después de una decepción, qué forma va tomando caída tras caída, intento tras intento, qué tanto de fuerzas se habían conseguido para el emprendimiento… ¿Apoyado sobre qué? Apoyarse sobre lo más alto y dudar de lo más alto, habilitando el quiebre desde lo dentro, extremo peligro. Tengo pirañas navegando por mis venas, alimentándose de mi corazón, mientras indago profundamente si todos los versos no son más que fuerzas en movimiento, con su origen y su destino, con instrumentos humanos y no humanos moviéndolas, desviándolas, absorbiéndolas, generándolas, invocándolas, nadie sabe a qué hora del siempre de la constancia. Se supone la distracción, y allí la falla, y ahí la daga, en el resquicio así abierto, si no ofrecido. El cansancio, la posible otra cara de la moneda, el aguante. Es curioso, aquí la única forma de homicidio conocido es por ahogo, y es por eso que casi nadie duerme nada, porque bastaría con unos minutos, tan solo unos cuantos pocos minutos para que sean ahogados si es que están en la mira del homicida y, como se sabe, todos lo estamos al fin de cuentas. Como aquella anciana que vivía en la cima del cerro, y aquella otra niña, aquella que la sonrisa se le desbordaba del rostro como resultado de la belleza que acuñaba y expandía con cada una de sus acciones, con palabras medidas desde su principio hasta el último de los posibles alcances al igual que cada uno de sus silencios, haciendo parte de su forma natural de proceder en todo momento, como todos sus gestos, desde el modo de tomar asiento hasta el pestañeo obligado por una brisa un poco más intensa de lo habitual. Aunque no llegó a ser, mirado bien, más que una repetición absurda de todo un procedimiento de conducta de manual, que nunca estuvo mal, pero que jamás estaría bien.

Habría que ir entendiendo que nadie está fuera, que había sido están todos atrapados, sin remedio, sin cura y sin excepción. Queda claro entonces que la crueldad no reside en el tiempo que lleva el entenderlo, sino en el que lleva el aceptarlo, pues es un proceso íntimo, personal, no dual ni grupal. Es algo que simplemente no se quiere comprender, pero que se sabe muy bien en algún punto habrá que hacerlo. La vida, entonces, obviamente se vuelve postergación, y una postergación lleva a otra, como cualquier trasgresión y como cualquier acatamiento, por esa tendencia a los enlaces que padecen los bípedos pensantes. Como tropieces, las huellas del tropiezo, como lo esquives, las huellas de esa agilidad y, al final, nada más que la ordenada historia de una explicación gigantesca que no podría llegar a tener sentido salvo por la teoría de los precios, del pasajerismo y todas esas cosas.

El vacío muerde las uñas, siempre está atento, más que el rojo muchas veces. El vacío que siempre tiene su pequeño lugar en el pecho, y que a veces se permite un desborde, y al que a veces se le permite una expansión. El vacío, frugal, filoso, o compañero, nada más que vacío para quien pueda mirarle de frente y animarse a juguetear algún tiempo con él, porque aunque corta, no cercena. Difícil empresa porque así como el vacío abarca poco, el miedo abarca mucho, tanto que hasta hace de ancla, y con tanta persistencia que incluso también suele lograr crecimiento.

Por consideraciones así, ¿no resulta cierto que el juego no consiste en nada más que en comprobar quién es el más fuerte? El vacío, las formalidades y el miedo, ¿de qué otras variables, en el fondo, han venido hablando los últimos años? Huir del vacío, arropándose en formalidades que ocultan el miedo, nada más, nada, nada más. Lo que hay no basta, no alcanza, el vacío; entonces trepar, huir, la forma; y puede que no sea suficiente, el miedo. Aquí se termina el discurso que le lleva sesenta años aprender a decirlo sin errores. Y el error es entonces ya otra variable bien diferente.



Diario 99


El corazón lo teníamos lleno de esperanzas e ilusiones, nos sentíamos como héroes antes de una batalla muy importante, los músculos tensos, la mirada fija hacia delante y lo que logramos fue el oprobio. Cada una de nuestras palabras intentando traducir nuestros pensamientos, y cada una de nuestras acciones tratando de dar expresión a nuestras intenciones fueron, a veces rápidamente, a veces lentamente, construyendo el edificio de exclusión al que nos fueron confinando gradualmente. Mas no lograron expulsarnos y, al decidir por nosotros mismos la partida, habilitamos la hendidura eterna, la posibilidad de al menos un imposible, la negación al olvido absoluto, la última de todas las anclas, la cruel herida que provoca el temor de una venganza pendiente con toda la secuela de fracasos que ello pudiera originar.

Teníamos el corazón lleno de esperanzas e ilusiones, todo esfuerzo era feroz y por ello mismo realizable, y por ello mismo no aplazable, y por ello mismo había que desarrollarlo con la suficiente grandeza como para que luego del mismo todavía, increíblemente todavía haya fuerzas suficientes para desestimar el hablar de ello, siquiera nombrarlo, y aún más, porque siempre había que celebrarlo, festejarlo, con la dicha del séptimo día al momento en el que la regla marca la hora 24, cuando vimos a Cathy al regresar a casa y estuvo a una sola moneda, a una sola moneda de no recibir la golpiza que le bajó unos cuantos dientes y le fracturó la mandíbula después del crepúsculo, cuando retornó sin haberlo vendido todo; y por una ventana entreabierta vimos a Frank practicando un aborto alumbrado por una penumbra que ponía trabas a cualquier iluminación; y vimos a Neshda leyendo oscuramente unos textos que debía aprender y que no llegaría a comprender jamás; y vimos que debíamos seguir, sin alejarnos, que no había más que seguir intentando, que había que seguir viviendo la búsqueda.

Esperanzas e ilusiones llenaban nuestro corazón, y en las horas altas se dejaba escuchar una música que implacablemente nos arrojaba a una alegría difícil, que al tiempo que nos lastimaba también nos iba curando, como tallando o realizando una construcción, a manera de una escala de madera que recibe clavos hasta lo dentro, para poder colocar un peldaño más. Horas en las que sonreíamos como resultado de lo que habíamos desgarrado y rescatado en el pecho, con los ojos impidiendo el paso de unas lágrimas que de haber brotado matarían de tristeza hasta a las piedras, porque cada una de ellas tenía un nombre, y cada nombre la historia de una vida, de una parte del tiempo, de una pieza sin dimensiones en la gigantesca estructura de las emociones de la vida del universo, y esa pieza era la pieza olvidada, la pieza que no fue despreciada, sino que ni siquiera fue reconocida, aquella que de mil oportunidades no alcanzó ninguna, o las desperdició todas - en ese estado y momento, no importaría el detalle de los hechos que conllevaron a esa situación -.

Lleno teníamos de esperanza e ilusiones el corazón, y aunque la depresión nos jugaba zarpazos cada vez que poníamos el primer pie en la calle hasta hacernos temblar las piernas y los dedos, de todos modos adelantábamos un pie primero, y luego el otro, en la larga esfera de las barracas, en la fértil tierra de conceptos y normas, en la cuna siempre sospechada y jamás hallada de todos los manuales de este y de los otros mundos, en el plano en donde lo imperfecto comienza a primera hora del día para no acabar, en el sitio físico y metafísico, al fin, en donde lo único que cuenta es de qué se tiene lleno el corazón, ese pequeño trozo de carne que no es más que el proyector de toda realidad.


Diario 100

Había leído en algún lugar que implicaría una especie de mariconería el concretar una obra literaria y terminar agradeciéndoselo a Dios, mas, he vivido de tal modo que en una parte del escándalo de mi vida es inseparable del sentimiento de gratitud respecto, justamente, de esa entidad tan difícilmente explicable. Al final, ninguna opinión llegaría a ser más que una opinión, ninguna sentencia podría ocupar otro estado que el de una sentencia; no hubo, no hay, y no habrá jamás palabra humana, para mí, que no sea más que una construcción humana. Por esta actitud, que para desarrollarla hasta el nivel de vivencias cotidianas es preciso mucho más que puras intenciones, fue que hemos sido derivados a este territorio a la vez dulce y cruel, a manera de estado ideal, de castigo y de prueba, similar a los cuarenta años en el desierto.

El rostro de la viuda, cada una de todas sus arrugas, la huella del estado del hígado en sus manos, el pelo del huérfano, la mirada que expone a cada crepúsculo los gestos precisos de todos los pobres del mundo, la manera gráfica, tangible, con la que la miseria se expresa sin gota de pudor, constituyen el alimento que jugueteando a secar el alma, también le proporciona el leño que le sirve de combustible. Lo que nos daña, lo que nos afecta, lo que nos duele, es, en cierto modo, lo que nos habilita a dar pelea, a buscar el enfrentamiento y a detestar las postergaciones innecesarias. Lo que vemos y no nos gusta nos empuja a tratar de cambiarlo, con tanta intensidad que sabemos, de entrada, que sería vano y tonto ponerse a analizar el origen de tal sentimiento ni la finalidad última del mismo. En el medio de la necesidad no existe coherencia en el analizarlo. No medita el hambriento sobre el origen del hambre ni sobre el sentido de la saciedad, no se pregunta el enfermo porqué existen las enfermedades ni cuál es el para qué último de la salud, ambos, como nosotros, padecen, y dado que padecen, quieren, anhelan, desean dejar de padecer, siendo esto lo más simple que se haya podido entender.

Sin embargo, lo sabemos bien, existen las otras variables, lo pequeños pasos difíciles en medio de la completa oscuridad, el escarpado de la duda y el del temor, el suelo árido por el que de cuando en vez debemos de transitar, y que está plagado de angustia y ansiedad. No desconocemos la inutilidad de una buena cantidad de esfuerzos, no ignoramos que incluso todos los actos y omisiones que hemos realizado pudieran, después de todo, caer en una absoluta inconsecuencia, pero esto, definitivamente termina por no importarnos. No por orgullo, no por vanidad, sino simplemente porque nuestras intenciones van más allá de simplemente intenciones, porque nuestros sentimientos van mucho más allá de lo que podamos decir de ellos, de lo que podamos expresar respecto de ellos, porque como nuestros sueños, confusos y acaso inexplicables, tendemos más a permanecer en el plano del fondo móvil que en el de la forma que los relata.

Somos buscadores, eso es todo, nuestra esencia es buscar, buscar hasta encontrar, y si no encontramos seguir y seguir buscando hasta hallarlo. Nadie nos garantiza que habremos de encontrar lo que buscamos, no tenemos certezas, y aunque las necesitamos, aunque nos vendría bien tenerlas, no dependemos de ninguna de ellas, no. Buscamos, todo el tiempo buscamos, bajo un tronco caído, debajo de cada piedra, detrás de las nubes, al final de una montaña, al principio de un mar, en unos labios, el algún pergamino, en todo: buscamos. Fatigamos los caminos, sabemos de la espera y de la soledad, recibimos golpes, pero con todo, con todo, sonreímos. Hay algo que nos mueve, que nos marca y nos aparta, precisamente para acercarnos a eso que buscamos, a eso a lo que dirigimos nuestras vidas.

Fin.

08.ene.2003 / 23.nov.2003
Volver arriba Ir abajo
Ver perfil de usuario http://dualidad101217.forosactivos.net
Contenido patrocinado




MensajeTema: Re: Diario del puto   

Volver arriba Ir abajo
 

Diario del puto

Ver el tema anterior Ver el tema siguiente Volver arriba 
Página 3 de 3.Ir a la página : Precedente  1, 2, 3

 Temas similares

-
» Absenta's Mannor: Diario de campo # 3
» La última bala de Billy el Niño [Artículo diario Público 20/12/10]
» Diario de un Burgués
» Absenta's Mannor : Diario de Campo #2
» Diario de un feo

Permisos de este foro:No puedes responder a temas en este foro.
Dualidad 101 217 :: Dualidad :: 101-