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 La leve brisa

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Silvio M. Rodríguez C.
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MensajeTema: La leve brisa   Jue Mar 22, 2012 5:34 pm

La leve brisa

No sé, exactamente, cuándo decidí aceptar irremediable la necedad humana, Santa María, Lavanda, el resto del mundo que ignoraría siempre. Abstenerme de contradecir. No sé cuándo aprendí a saborear silencioso mi total desavenencia con varones y hembras. Pero mi encuentro con Quinteros-Ozuna, con su estupidez poderosa, con su increíble talento para ganar dinero, me produjo un desenfreno, me obligó a aceptar con entusiasmo aquella forma de imbecilidad que él me reconocía, con elogios exagerados, casi envidiosos, por eso dije que sí a todo y agregué detalles, retoques, perfecciones.

Juan Carlos Onetti
Dejemos hablar al viento


Dos

Cuando el alma todavía se te llenaba de canciones
Creías que la incertidumbre era la fatiga.
Cada día se regía por su nombre porque habías decidido que así fuera
Las tardes aquellas en las que no conocías los periódicos.
Repleto de adjetivos para cada hora, no lo hubieses imaginado
Esperan tanto y en silencio, te faltaban espaldas.
Tomaste arcilla y jugaste al creador, no entendías el error
El daño, la traición y el puñal;
No ocultabas, soñabas ciegamente.
La pérdida te llegó después, en una calle sorda y bajo un cielo sin
Estrellas
Sentiste, por primera vez
El miedo, la sal y la sed.
Tuviste que aceptar, beber tu sangre envenenada. Y ahora recuerdas,
claramente prisionero y carcelero
el principio del viaje.
La tarde soleada, los sillones y limonada
Solo tú querías sufrir.


Cinco

Recordó cuando fueron puestos en una fila,
La mañana templada, el pulcro uniforme.
Los encuentros casuales, día de novedad,
La ciega efervescencia de la masa.

Era menos de lo que parecía, a su pesar,
Habría que guardar el orgullo, callar
La historia desbordada en los ojos
Presenciar silencioso la dulce farsa.

Desafiando sonrisas y admiración ingenua,
Sabiéndose centro de sí mismo,
Con lo que todos llevan
Y no alcanzan a ver, esa simplicidad.

Aguardando la venganza y la lluvia,
Sin la flaqueza del que ama sin porqués,
Percibiendo en el aire la propia vida,
La del que en la partida se define.

El final de muchas cosas, eso sería,
La luz que guía y a veces ciega.
La furia del que no entiende,
La sincera alegría del idiota.


Siete

A veces pierde la noción de lo real,
De todo aquello que día a día representa,
Dejándose llevar por aquello que siente y
Casi logra expresar, sin exigirse entender.
Transcurre el tiempo nocturno, sin prisa,
Los ojos cerrados y las piernas extendidas
Lentamente adquiere una leve conciencia,
Y en la penumbra, una mano busca el vaso.
Es el momento en donde puede a placer,
Percibir, libertad de los sentidos, antigua
Costumbre de confirmar en silencio, cuando
Para el reloj, cuando muere una flor.
Sabe que nadie más lo sabrá, es lo cierto,
Y aunque le pesa lo absuelve de lejos,
De toda una vida de espera, eterna agonía
De acumular recuerdos, bebiendo culpas.
Quién llegaría, quién se ocultaría,
Quién dirá lo necesario, horas inciertas,
Preguntas y colores mientras sólo asiste,
A las imágenes que se tornan deseo.
Presiente el juego que se inicia, aceptarlo
O no, huir de nuevo, otra vez la renuncia,
La decisiones postergadas, las ataduras,
Lo que implica ser eso que es en compañía.
Y en el final mismo teme, las cenizas,
Esas lágrimas que arranca tras una sonrisa,
Las ilusiones que luego serán recuerdos,
Las cartas sin contestación, las llamadas,
El irreprimible deseo de excepción, hastío.
Entonces abre los ojos, alguien lo espera.


Ocho

Con las manos en puño, los pies sangrando,
Luchó contra ese viento árido y enfermo,
Viendo los peces muertos en la orilla gris,
El deseo y la muerte a cada paso de la ira.
Oyó mil veces su propio grito, tropezando,
Cayendo y gimiendo en la cruel inmensidad,
Aturdido por el odio, olvidado de piedad,
Cegado por la cercanía de lo inevitable.
Y en el medio de la luz vio el clavel,
En la locura de sus ojos y sus manos creyó,
Por un instante, que el mundo se marchaba,
Que el cielo y las heridas desaparecían,
Las historias fueron ciertas, los nombres y
Las ciudades allí donde siempre estuvieron,
Las palabras acomodadas, el pánico ausente,
Hasta que sintió, en cada poro de la piel,
El insólito viaje al destino final.
A conciencia de lo que atrás dejaba,
Sellaba y olvidaba, encendió la llama,
Lleno de lágrimas, mordiéndose los labios.

No hubo más que el silencio
Y un cuerpo tendido en la hierba.


Doce

El concepto de reciprocidad se pierde, y en el ocaso de intentos fallidos el alma se aleja incontenible.

Oleadas de memorias, deseos que no alcanzan a formar parte de una realidad, impulsos que se pierden como luciérnagas en el fango social.

Escapando del destino de risa fácil y lágrimas de nada, porque ahora ya es tarde, porque ahora no puede ser, y el ahora equivale a todo el pasado y el futuro en términos de lo que puede o no tener sentido, fuerza, pureza.

Muerte y resurrección, la pasión del que se va y nos deja solos, estando, viéndolo todos los días, asistiendo a su lejanía, veloz, tajante, irreversible.

Queda la queja y el reproche, pensar ahora, cuando ya hacía tiempo el pensar debía llevar a la imaginación.

Historia es historia, y lo que no se ha hecho empieza a dar frutos.
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