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 Ese mentir y creer

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Silvio M. Rodríguez C.
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MensajeTema: Ese mentir y creer   Jue Mar 22, 2012 6:48 pm

Ese mentir y creer

... sintiendo también ahora y por primera vez que estaban juntos y no estaban, que faltaba la comunicación respiratoria de otras veces, la inteligencia corporal de otras veces, mientras cruzaban la Plaza de Armas, que horriblemente aquí y ahora también algo artificioso y mentiroso los aislaba...

Mario Vargas Llosa
Conversación en La Catedral

Tres

Veo tu ir y venir, esa manera de insistir en algo que te has convencido que soy, y ya no tengo fuerzas, y no sé si buscarte o dejarte libre. No quiero dejar pasar lo que podría hacerte feliz, aun a costa tuya, cargando yo con la responsabilidad, aunque digas lo contrario, pretendiendo ser parte del plan desde fuera o desde lejos, pero sin esa parte tuya que depende de mí, tan absolutamente como el origen mismo de toda esclavitud fiel y recompensada, hasta que en alguna llamada mía ya no estés, y te sientas tan bien que ya no tendrá caso volver a hablar.


Cuatro

Caigo, sin que lo sepas
De espaldas al cansancio.
El temor que percibo en tus ojos
La prisa que destruye el momento.

No quisiera que retrocedas
Pero al mirarme preguntas
Y ahí el destello, la duda,
Mientras sin querer deseo tus manos.

Pero es tarde, siempre,
En eso coincidimos con lástima.
Ya no hay besos que nos salven
La pesadilla de estar despiertos.

Es horrible lo que sigue
La furia contenida, si entendieras.
Esto ya ha pasado antes, lo leo,
Y lo siento amor, es más fuerte.

Aquí entre estas sábanas y almohadas
Cuando tu mentías y yo anhelaba.
Todo lo que callamos cortésmente, para
Así salvar eso que llaman ilusión.

Nadie ha dicho que sería sencillo.

Once

De nuevo intenté cambiar la escena
Ocultándome en silencio, esperando.
Busqué un despertar ajeno y simple,
Callando preguntas, abriendo las manos.

Recordé toda la historia posible,
Las horas en las que lo eché a perder,
Todavía persistiendo en la oscuridad,
Sin fuerzas, es cierto, temiendo el fin.

Ya lo sabrás, llena de penumbra,
Esto que digo y te envuelve inevitable.
Porque eres parte de la trama aceptada
Aun esta noche, cuando ya no estás.

La sonrisa desdibujada, la mueca tonta,
La pendiente sin fin, el puente inconcluso.
Lo que creo expresar desde fuera de mí,
Aquello que veo por detrás de los sentidos.

Un suspiro que no puede plasmarse,
Aprisionándome sin testigos ni jueces.
El tiempo sin nombres ni reclamos,
El llanto postergado, las cenizas de piel.

Diez y seis

Cuando tu imagen le gana a las palabras,
Despertando el deseo de retenerte,
Solo para ganar una sonrisa, algún brillo,
Por encima de esa lluvia de ofensa.

Es en el clamor que sucede sin prisa,
La ingenua daga de pensar mis pensamientos,
Imposiblemente y sin embargo sin quejas,
Esa imposición, la mentira hecha verdad.

Tantas veces de nada, y en plena noche
Se presentó tu ausencia, vestida de trigo.
Arrojándome a la búsqueda inútil,
Al drama de lo inconcebible a conciencia.

Para que al fin lo veas sin creerlo,
Reprochando el polvo de confusión que ves,
De alguien que no fui y sin embargo
Me gasta de a poco y constante.

Cansado del pulso que ya no te pertenece,
De todo el mundo guardado en tu pelo,
Enajenado de mis propias heridas de duelo,
Me alejo despacio, llevándome tu nombre.

Siempre fue posible adivinarlo,
Permanecía oculto tras la misma roca,
Sólo que faltó el coraje y tantas cosas.
Y ahora estas manos, perdidas en las tuyas.

Trece

Muchas flores han muerto en este tiempo,
El llanto oculto fue eterna compañía.
Pero no es reclamo ni queja a destiempo,
Son relatos, como huellas necesarias.

Fue la duda y hasta el propio miedo,
La realidad que guardaba soñando,
Los deseos que no pude expresar,
La culpa que habitaba en mi piel.

Perdido en una imagen que no alcanzaba,
Pretendiendo el anhelo y la locura,
Intentando disfrazar con sólo perfumes
Esa parte de mí que te habías llevado.

Y ese sabor a ceniza, las calles mentidas,
Ese morir a cada hora del día sin vos.
La desesperación de saberte imposible,
Y sin embargo creer en la espera.

La visión que me despertaba sin piedad,
Negando lo que en los nombres pedía.
Callando siempre, evitando la sal,
Para morir adentro sin que nadie lo sepa.

Mis gritos que fueron suspiros aterrados,
Noches en que los recuerdos fueron sueños,
Descubriéndome vulnerable y sin oraciones,
Repitiendo tu nombre, buscando la muerte.

Entonces aceptaba que no era verdad,
Que mis palomas morían, que ya no existían.
Arcilla de la desdicha, manchado de pena,
Bajo esas nubes que ayer fueron nuestras.

No hay refugio para el alma que persiste,
Ara el que en la nada se defiende.
Sin fe y sin razones, sólo respirar
Inalterable y finita naturaleza.

Dibujando extraños signos en la arena,
Enajenando de toda idea, de toda emoción.
El transcurrir sin medida alguna,
El sol extraviado en los almanaques.

No fue una palabra y no fue un niño,
Lejanas promesas y sentencias, otro país.
Un viejo conocido aroma se iba mezclando,
Entre páginas de sangre y gusanos de seda.

Así entre las cruces se violaba el destino,
En la penumbra alguien alimentaba la llama.
Cada ave se llenó el cuerpo de presagios,
Y cada sombra se tornó señal innegable.

Los sentimientos se volvieron sed,
Y el tiempo y el espacio en culpas.
Los pocos versos que intentaba sostener
Sin piedad se tornaron profecía.

Seis

De verdad sería tan sencillo en el fondo,
Si no fuera por el después que pesa tanto,
Por esas cosas que nos definen desde fuera,
Por esas palabras que sin querer desnudan.
Así me dolés el aire que respiro sin vos,
Sabiéndote tan lejos, ajena de pensarme.
No puedo más que desear lo de siempre,
Lo que habiéndome negado me entregaste,
Todo aquello que había reclamado antes
Y me lo cediste intuyendo un futuro,
Sin saber, sin siquiera imaginar que así
Abrías el camino sin fin, la noche cierta.
Como una historia más, en la que imaginas
El camino posible para llegar sin caer,
El cansado silencio, ese hilo de sangre,
Que nos separa desde mis ojos cerrados.
La renuncia y la espera, las piedras al sol
Esos discursos, amor, como si no supiésemos,
Que cuando fue posible lo negamos.
El temor de tener que confesar,
de tener que admitir
Lo que en verdad somos al ocultarnos.
Esa tristeza, tuya y mía, de comprender,
Que hicimos de Romeo y Julieta algo real,
Porque entre las manos, fuera de la lucha,
No teníamos nada, salvo tonto sufrimiento.


Diez y nueve

“hechas para amar
y para sufrir su amor
y por su amor”

Porque la tristeza es como una danza, que si bien acaba cansando y gastando implica un poco el intento que quiere ser puesto a prueba, qué importa los resultados, a fin de cuentas qué puede más que un esfuerzo más?

Un poco de cariño, una sonrisa aunque cueste, después el resto, no te aflijas demasiado, todos saben lo que no hacen. Yo, por ejemplo, me voy todo el tiempo.


Veinte y siete

Son las tres de la mañana cuando me dejas saber que deseas irte, sin necesidad de decírmelo, bastan tus gestos, la impaciencia dibujada en tu rostro, el último cigarrillo. No hablamos mucho, sólo nos miramos continuamente durante toda la noche en la distancia, mientras tú te perdías en conversaciones que no te convencían demasiado, mientras yo bebía y observaba el lento acaecer de tu hastío.

Entonces acabará la espera, habré de llevarte, los dos lo sabíamos desde que nos vimos al llegar, sin importar que es la primera vez que nos encontramos. Me acercaré a tiempo, antes que digas nada, sólo tendrás que aceptarlo, satisfecha del tácito acuerdo al silencio necesario cuando se sabe lo que ha de ocurrir. Ya en mi auto rozando tus muslos, sin querer, sin en verdad pretenderlo, mientras tu mirada se pierde en el asfalto eternamente igual, sintiendo el frío de la madrugada, hasta quizás la llovizna, el momento exacto en que confiesas muy adentro el deseo. Será el aire húmedo, tu pelo suelto, mi camisa todavía abotonada por completo. Llegaremos a tu calle un poco antes de algo, el escenario de la despedida repetida, pudiera ser, pero entonces tomaré tu cintura despacio, con las manos extendidas, en sentir de posesión y ternura, para sentirte y llamarte, será entonces que renunciaré a la mejilla que me ofreces, y daré con tus labios, tus ojos cerrados, mis latidos, tus manos. Ya la presión, un mareo liviano, y ya son las tres o las cuatro, es imposible saberlo, ya no hay tiempo, ya no hay nombres, es la sed como un temblor, mientras el auto sigue en marcha. Así me vuelvo contra tu cuerpo que espera, reclinando el respaldo, recorriendo tus senos, sujetando tus caderas, mi espalda casi descubierta por completo, una asfixia de impaciencia, los apretados jeans ceden a tus dedos, y en todo cada boca conociendo, explorando sin piedad, dos cuerpos y la calle oscura, una prisa que ciega, una desesperación de muerte, por un momento pensarás en mí, sólo por un momento, porque cada uno es uno y la victoria no se comparte, tampoco la derrota, quien entrega y quien se entrega, en una lucha por alcanzar ese punto de inflexión en donde la vida estalla en un clamor.

Como esta noche y otras tantas, habrá que volver, y antes habrá que quedarse un poco más, aunque no lo queramos, aunque no nos atrevamos a abrir primero la puerta, porque la mañana espera segura y la memoria aún no ha despertado.


Veinte y nueve

Comenzaría por escribirte un poco, como siempre, y luego esperaría inútilmente, porque no habría respuesta, nunca las hay a tiempo, y lo sabés bien, pero no importa, no en estos días.

Lo cierto no puede caber nunca, cada vez que lo intento es tan imposible, como pretender unir dos vidas en un momento, los registros, el camino roto entre lo real y lo que deseo, más allá de si lo veas o no.

Otra vez habrá que corregirlo, que es lo que no quiero, otra vez habrá que pensarlo una y otra vez, como si en realidad fuese necesario atormentarse de nuevo buscando las causas que serán las de siempre, tropezar con los porqués que señalen el sendero por donde hemos transitado para llegar a donde estamos, siendo ya innegable el fuego que se extingue, la necesidad de soledad cada vez mayor, y ese lastimero querer hacer algo.

Sin descanso, entre tanto engaño y bruma de intenciones sin expresión, te invito a mi reino, aunque no siempre esté libre, lo confieso, mas el tuyo no es el mejor para los dos, y esto aunque debieras, no lo sabés. Pero lo sentís, de algún modo lo sentís.

Y ya en lo que soy tenés dos o tres nombres, y vivís en dos o tres lugares, y tenés dos o tres familias, siempre un pasado que recordar a ciertas horas, y algo tan incierto como yo por delante, cada vez que te llamo o que vos venís y no hay nadie en casa. Ahí te sale por un costado el tiempo y la edad, y la búsqueda pesa, el sabor de los momentos, eso que alguna vez fue, y que ahora sólo nos mantiene atados a la más cruel de las esperanzas.

Por lo demás todo va siendo extrañar y aguantar, las horas llenas de angustias por no saber bajo cual nombre vendrás, qué tendrás entre las manos cuando te veas a vos misma, desde lejos, tejiendo sin querer una trama con mis sueños.

Una tras otra las historias, el reclamo, el cansancio, el lamento de sólo poder ver cómo la tibieza destierra lentamente el calor, el gesto que no llega, lo que haríamos en la noche, el faso contento, los ojos abiertos en la habitación a oscuras, las manos quietas, esas que antes buscaban entre las sábanas.

Faltarán las lluvias los sábados en la calle, esos momentos en donde podía palpar todo el ocultamiento de lo que en verdad soy, y lo que estoy dispuesto a dejar que veas, si esto es cierto podrías comprenderlo, esa parte de la voluntad y las fechas, por encima del temor que no llegues, de que ni siquiera hayas salido, una repentina escasez de luz, las tinieblas de la duda y la incertidumbre, la moneda y el impuesto, lo que no sabíamos, lo que no nos atrevimos a imaginar, lo que preferimos callar.



Veinte

De manera que al final caemos en la mañana fresca y soleada, fijate que el clima hace tanto, no como otras cosas que pasan de lado y creemos importante. Pero no se trata de eso, es más otro color que no puedo definir bien, una pequeña alegría sabiéndote triste, encaramada al temor de la pérdida, ese profundo daño de excluirte por propia voluntad.


Veinte y dos

Los golpes en cada despertar,
Como la vez que estuvo nadie
Y teníamos tantas ganas de reír juntos.
Esa vuelta a lo mismo que ya es demasiado.
Sin salidas ni teléfonos, mirando
Hacia atrás.
Todas las fotos manchadas y perdidas,
Las absurdas definiciones dominicales,
El lenguaje inexplicable, lo que está
Siempre, y nunca se escribe.
Todo lo que tuvimos que aceptar
Para poder jugar tranquilos,
En otro lugar,
Donde la derrota es un papel,
Donde la pena no existe, sólo el tiempo.
Todo va tocándose en algún punto,
Y sin embargo, no basta, es difícil sabés?
Y ahí te aborda la duda, el cansancio.
Habría que cambiarlo tanto del todo,
Más lejos que el cómodo edredón,
La tenue caricia del olvido despacio,
Ir amordazando cada idea que no pudo.
Esa sonrisa guardada en la memoria,
Reproduciéndose en cámara lenta.
El cuerpo bajo las sábanas,
Sin alcohol.
Podría estarlo todo en las manos,
Casi lo decimos, pero se esfuma como
El sueño de la mañana, queda el
Gusto amargo, el intento fallido.
Con todos los días encima hace tanto,
Y cada vez importa menos, al menos
Cuando hablamos.
Quizás no sea como lo hemos esperado,
Puede que en algún momento lo perdimos.
Pero siguen los latidos, esperando
De pie.
En alguna esquina aguarda, quizás llueva,
Algo que indique sin lastimar,
La justa equivocación, un error de papeles, rozando
El vacío, sólo aire fijo.
Agradable, esto de recordar.


Treinta

Media noche y sin dormir, en la mente las sábanas de todos los que en tu gran castillo. Gabriel no lo sabe y Luis no llama, pero vos no estás, de modo que no tiene caso. Aquí tengo unos papeles que hablan de vos, a pesar de Piazzolla que se atraviesa por las paredes, por encima de Onetti que mira de lejos.

Hay un algo que me mueve y persiste, haciendo que caigan los personajes de nuestro drama, uno tras otro, ese aquel, cuyas horas compartiste a conciencia mía, las noches vacías, y vos llorando en algún lugar, los vasos sucios y el sabor a humedad.

Después llegás cuando todos duermen y a tiempo te esperan. Te venís por el callejón, vestida de sal, llena de promesas, con alas cortas y blancas. No lo quiero decir pero es así que se da, como ceniza al infinito, las cortinas por dentro, tu falso rechazo al público que conseguiste porque no te quedaba otra, porque en tu fábula no hay sitio para los dos.

Habrá que hacer café y habrá que fumar, el teléfono estará demasiado lejos, como una década de otra, mientras el sol dormirá inquieto.

Una vez más lo dirás y lo repetirás hasta el cansancio, sin creerlo, y entonces y ahí recordarás los muebles y las servilletas, mis ojos atentos, entre tantas escaleras y tantas puertas a tiempo, lo que dijiste y lo que quisiste decir en continua carrera, como si yo, como si vos, como si vos y yo no fuéramos parte de lo que en alguna parte se escribe y se decide.

Es tarde y la complicidad reposa, dispuesto a las cadenas iré, la última jugada, el fin de la meseta. Desde aquí la retina enloquecida, el único posible, la última herida.
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