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 Los días que duelen

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Silvio M. Rodríguez C.
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MensajeTema: Los días que duelen   Jue Mar 22, 2012 7:01 pm

Los días que duelen


Me gustaría encontrar a alguien que quisiera fracasar. Eso es lo sublime.

John Dos Passos
Manhattan Transfer


Treinta y dos

Hasta que me voy cansando de cada cosa en su lugar, con un montón de estrellas en el monitor, y ya no queda música que encaje. Es la derrota que se da cuando todo pasa como por al lado, y el presente es la cena fría, sin vino y sin música, porque es ahora y más tarde en el que los cuartetos se declaran en huelga, y no me quedan más que los signos de los que alguna vez jugaron conmigo a la calle y los carteles, en una avenida en la que como hoy y ahora, sólo podría arrancar de mí esas palabras de las que me arrepentiría después, debiendo pagar la desnudez de esto que me atrapa en una figura excluyente.

Tendré que seguir fumando todo el tiempo, con todos los discos esparcidos por la alfombra, los domingos de fútbol a la vuelta de cada semáforo, al cerrar la puerta del auto, el tener que afeitarse antes del concierto, el mundo de las imágenes donde caí por mi propia culpa, convirtiéndome en parte de todo eso que vomité más de una vez, donde el alcohol hacía de las suyas y lo peor salía a flote para delicia de los cuartetos y asombro de las señoritas tronco antiguo.

La coraza como hoy sin excepción, bajo pena de burla y trompadas en frente del bar, uno o cinco negros sin inteligencia. Porque se trataría de eso, de la renuncia final, del portazo a todo pensamiento, y entonces la violencia, ganarles en el asco hasta la locura, caer y levantarse, volver con la boca partida, y los troncos con sus paños húmedos, toda la estupidez de comprensiones y reproches, lejos la mirada y la piel, el sin sentido calle abajo, sin precisión, el futuro manchado, los gritos en la espalda, la cámara rápida, toda la vida en álbumes, en números y trasnoches inenarrables, lo que está aquí y no lo podés ver a menos también, pero sería demasiado, como volverte parte de esto que aborrezco, como aborrezco la decisión del naufragio y las profundidades obligadas. Porque lo que uno es no lo puede cambiar nunca, aunque lo intente todo el tiempo, como esos cafés que me diste para nada, sólo para rozar y entrar en mi juego, para mirar sin compromiso desde fuera, la noche de la que nadie sale ileso, en la que las heridas no sanan nunca, donde la muerte es una salida, donde beber la lluvia no es mojarse en vano. Asegurarse la primera fila en un espectáculo en donde los actores ponen-todo-de-sí, un argumento válido y entretenido, siempre que no te salpiquen con el ácido de sus expresiones latinescas, ese afán por querer implicar a todo el mundo, o de lo contrario alejarse tanto, que nadie entienda nada.

Deberías saberlo, porque estás ahí, según pensás pero no es el caso, porque lo pensás y en algún momento puede que lo sientas, y te vaticino que tal vez des con la puerta correcta y hasta lo entiendas, y estarás en la tarima, ahí donde veías oscuro y enigmático, y el montón de palabras serán más que eso, y cada cosa que viene o se va, el ir y venir de señales en cada parpadeo, la constante fuga, el eterno enfrentamiento, siempre se tratará de lo mismo, sólo que no sabés de qué se trata.

Y entonces, tortuguita mía, cuidando el corazón, con tanto esmero, no te diste cuenta, tengo la hoja más filosa, y sé cómo usarla, es sólo esa terrible tendencia a usarla contra mí, de arrancarme la piel y la conciencia, como si pudiera. Mejor te vas lejos, el final no va a ser como querías, y no estará nadie que de explicaciones.


Treinta y tres

A veces parece que se trata de una cuestión de organización, pero no me engaño pensando que pudiera ser tan sencillo establecer una hora para cada cosa. Vos te acordarás de las escuelas morales y dentro de ellas el estoicismo, teoría y práctica de la virtud, fijate que no sólo hay que practicarla es preciso estudiarla primero, y está bien, no podés practicar algo que no sabés, pero estudiar la virtud, lo que realmente se entiende, se siente y se vive con eso de estudiar la virtud, es todo ese montón de material que consiste ante todo en lo que se debe y no se debe hacer, la decisión es humana lo quieran o no, y el resultado es siempre el mismo lo quieran o no. Entonces en qué quedamos? Vale la pena o no estudiar la virtud, puesto que lleguemos donde lleguemos las conclusiones serán humanas, por lo tanto imperfectas, aún en el caso de dogmas religiosos de imposible indubitabilidad (si me perdonás el término) las interpretaciones acaban siendo humanas, así estamos siempre donde partimos salvo por una cosa, la necesidad de estudiar la virtud que viene sólo a ser una expresión del principio de búsqueda y no otra cosa, se trata entonces simplemente de buscar que sí es un principio hasta genético ya que no estamos entre analistas de humores y temperamentos, de manera de que lo que se busca es un objeto subordinado en importancia al hecho de buscar en sí. Si me seguís fijate que tenemos un hecho que implica una acción y que siempre se representa por un verbo, y un objeto que de por sí tiene que ser una meta, un resultado, un algo que se representa por un sustantivo, entonces entre el verbo y el sustantivo con cuál te quedás? Los dos se complementan de una manera que nuestro entendimiento lo estipuló hace una pila de años, pero si habría que eliminar alguno, a cuál dejarías fuera? Una carrera implica correr, mas correr no implica una carrera, me entendés? El tema es quien va a quien, o quien estira a quien, es la carrera la que estira a los corredores, o son los corredores los que hacen nacer la carrera? Como sea, adonde es preciso arribar es a que el verbo antecede al sustantivo, la acción constituye siempre el punto de inflexión, el resto pasa por otro lado, la historia de intenciones, los buenos deseos, los mejores augurios, las mejores pavadas que se entretejen en cada caja craneal carecen de la más mínima importancia hasta el momento en el que traspasan lo intangible, momento que sólo puede ocurrir por la intervención del verbo, llamale hablar, recitar, escribir, etc. Sin olvidarte que primero fue pensar, y si vos pensás, sos vos el que piensa, si no estabas aquí no pensarías, si no existieses no pensarías, me resisto a creer que la nada piense, me resisto a creer que los resultados lo sean todo, creo que lo importante es intentarlo, dejar atrás todos los sustantivos y que los verbos nos lleven a algún lugar, aunque claro, el problema seguirá siendo cual, cuál de los verbos elegimos.


Treinta y cuatro

Y llega el momento en el que uno se ha acostumbrado, inconsciente o conscientemente a todo un orden estructural, que rebeldía aparte es imposible concebirlo como algo mutable, entonces el cenicero a la derecha, la lámpara a la izquierda, la visión de la alfombra por encima del borde del escritorio, cada mueble ubicado según los dictámenes cósmicos que indudablemente deciden a través nuestro y que mansamente aceptamos, como si partieran de nosotros y no desde mucho antes de nosotros. Más arriba y sobre todo enfrente, esta Asunción añeja, las veredas angostas, los recuerdos ajenos, las historias de tanta gente que las transitó antes y con los mismos ojos, pareciera que siempre fue lo mismo, es tonto decirlo, pensar, imaginar que no ha cambiado nada, hasta decirlo me golpea, caer en la cuenta de que he cambiado yo, escaparme de la premisa de que lo que soy es la forma cada vez más pulida de lo que siempre fui, sabiendo lo difícil que fue en un principio lograr entrever otras realidades, hasta este momento en el que la confusión tiene un sentido, en el que las definiciones, claras, los conceptos, los nombres no tienen la importancia que tenían, ahora que las situaciones no tienen que responder a algo en concreto tan rápidamente, ahora que los porqués pudieran arrojarme una respuesta de eterno retorno a la cara, ahora que la comodidad afelpada por cuadros y álbumes bien ordenados pudieran terminan llenándome de suspiros el café, los noticieros de las siete treinta, las noches fijas, el ejercicio de la camaradería, la sutil displicencia de aceptar las diferencias, de beber cada hora la distancia entre el mensaje emitido y el recibido, la sensación de que todo esto pudiera ser de otra manera pero sin saber bien qué otra manera, sin saber realmente si es posible que exista otra manera, sin saber realmente el grado de mentira, o el grado de verdad si lo preferís, entre lo imaginable y lo realizable, si los sueños son necesarios por definición, sólo porque están ahí, porque es imposible apartarlos, porque es imposible aceptar que no se pudo y que ya no se podrá nunca. Decido cerrar los ojos a lo que presiento y está frente a mi nariz, seguir remando como se pueda, esperando en un ocultamiento cruel, definiendo las cosas para poder sentirlas, ir acomodándome en un espacio que no es lo que debiera mas es lo que hace tantos años, a cada puerta que se abre, en casa de todos, desde el principio de la historia, en cada saludo, en cada gesto de presentación de alguien cualquiera que silenciosamente pasará a ser algo cualquiera, como yo mismo encarcelado en una definición arbitraria sin posibilidad de juzgar el juicio al que me expongo, sin posibilidad de alterar la cronología sicológica que se llevará a cabo para llegar a cada cosa que diga y que se diga, al tiempo de ver los rastros ajenos, las calles ajenas, donde jugué de visitante, de observador en su atalaya, apartado del sudor de la localía, enajenado placenteramente del polvo natal, la visita concretada sólo para en verdad sentir la misma prisión pero desde otro ángulo, desde el correcto – no se aprecia lo que no se conoce – desde aquí donde lucho y me debato inútilmente, para estirar, por así decirlo, algo que a la vez me empuja dándose el escape a cada momento, la persecución tenaz entre todo lo que me rodea y todo lo que a la vez me excluye, sin posibilidad de neutralización, un interregno indescifrable en donde cada día, todos los días, lo nombre o no, con todos los labios en algún lugar, todos los perfumes y las citas, todo el tiempo creyendo llegar, todo el tiempo llegar a un sitio equivocado, todo el tiempo sólo creyendo, todo el tiempo sólo la idea de algún sin embargo, por toda la tradición el sin embargo, defender como la única y sublime bandera el sin embargo, como arma pura y letal contra el entretanto, el día y la noche, los cronogramas, los flujos de acciones, la circulación de información, toda la estupidez y la necedad, esa abominable inmutabilidad de lo cierto, de lo que en verdad persiste a pesar de su incongruencia, tan sólo certezas de la nada misma, salir corriendo con todo lo que uno lleva a cuestas, todas las rodillas con mercuro cromo, la ansiedad y los temblores tempraneros, las páginas que quedan grabadas, las arañas malditas, los símbolos incomprensibles.


Treinta y cinco

Aunque es cierto, también puedo cambiar todo esto que ves por una realidad pretérita, cómo decírtelo, caer en la cuenta del cielo lleno de gaviotas, el agua de rosas y ruda macho, los primeros años, las primeras escaramuzas, antes de que todo haya empezado a pudrirse, antes de las cifras y las frases.

Un vestido negro para ella, un traje blanco para él, las fotografías tan lejanas, el puente infinito en donde ya instalado uno no lo sabe hasta el final, hasta descubrir que el mismo final consiste en estar siempre a mitad de camino. Respirando perfumes de otra cultura, otras expresiones de la sangre, otras maneras de encarar las heridas de siempre, otros principios a los cuales recurrir cuando los latidos golpean por alguien que necesariamente no está y es preciso encontrar una salida.

Al tiempo que persisten la piel y los cabellos, no creés? Ese recuerdo del pequeño alboroto adentro, esas primeras noches sin dormir, ese anhelar con tanta intensidad, el cuerpo que tuvimos entre las manos, todo aquello que dejamos partir o que nos vio huir, el temor, las indecisiones, la ruleta de infinitos números a los que no tuvimos el coraje de apostar una y otra vez.

No más que esto, al menos por ahora, aquí dentro no me llega el viento, tengo sed de calle, de asfalto y autopista, mirar a través del polarizado, cubriéndome el rostro dejando que las imágenes me asistan sin avisar. Fumar despacio y en movimiento bajo un cielo que conozco palmo a palmo, entre cruces y rotondas, más páginas que no serán escritas. El sentimiento y la conciencia, esos primos que no se hablan a menudo, el timón en las manos, la prisa lo deciden los pies, de pronto tan impersonal, como si en verdad no estuviera aquí, cae la prosa, la mano busca el llavero, los cigarrillos se acomodan en el bolsillo de la camisa, el gesto acostumbrado con el que las luces quedan apagadas y la noche, la calle, los amigos y los deseos se encienden.


Treinta y seis

Las cosas que piensa, las cosas que sabe, porque sabe cosas que de repente no pueden creerse, o por lo menos pareciera que no fueran reales, como el tono que a veces emplea, cuando sin querer escribe “emplea” y piensa en “esgrime”, ya que cuando esgrime una frase el sentido cambia y la intención muta hasta la dermis, así lo mezcla todo con o sin propósito, y ahí querés saber lo que está queriendo decir, y es lo mismo siempre, te contestás, y claro que es lo mismo siempre, te pudiera recontestar, y no está tan mal, teniendo en cuenta que estamos solos siempre, que los videos están demasiado lejos, que no hay nada alrededor que pudiera ingresar a este espacio sin que termine admirando cada metro cuadrado, lo entienda o no.

Y es eso lo que buscamos y es por eso que no aceptamos, porque será necesario que entienda, cuestión de valorar, cuestión que no se resuelve, cuestión de renunciar que es lo único que no queremos, porque lo que seguimos esgrimiendo y mintiendo, escapando cada vez que lo que no queremos se presenta, se detiene y nos observa con ojos brillantes, atentos, deseosos, pero el deseo sólo sirve para el después. El examen de ingreso, claro, las preguntas necesarias, las que hacemos sin hablar, las que tienen que ser respondidas con gestos, nombres, un poco de historia, no vaya a ser que terminemos compartiendo Albinoni con galletitas saladas, escuchando los recuerdos de la última fiesta de fin de año al lado de la pileta, y Alberto el cuñado de Pedro que resbaló por el mareo estropeando la ensalada de papas y mayonesa.

Como te decía, pudiera en verdad no ser necesario, sintetizar las tardes de sábados encerrado en una novela, las cenas siempre postergadas, el grupo mixto que nunca existió, las partidas de póquer que se perdieron, la hora de afeitarse y desnudo beber una copa de champagne mientras se elige la ropa, mientras la infinita soledad se asume y se aprecia, como una resignación heroica impresa y firmada en pergamino de cuero, pero que al salir se desmiente verbalmente, “y sin embargo se mueve” en cada poro de la piel, en cada retrato guardado no como un recuerdo, sino como un símbolo de algo que fue y volvería a repetirse de una manera diferente, como pistas y señales de lo que no puede ser y lo que tendrá que pagarse y recuperarse, la idea de un balance donde sólo existan partidas pendientes, anulando todo pasado, toda racionalización de presente, alimentando la sed cada noche que partimos, cada madrugada que volvemos, con la seguridad del que miente y no engaña, al menos no a sí mismo.

Así se teje la tela, ya lo dije antes, la visión de las tejas y canaletas en la ventana, la lluvia en las cornisas, el presentimiento que de a poco nace, débil, lloroso, pero innegable, impostergable. Quedan las horas después, los asientos reclinables, los números telefónicos, la trama que se inicia y que esta vez tendrá que variar en el centro, puesto que ahí en verdad se inicia, no?


Treinta y siete

Tenía que asumir poco a poco el precio de todo lo que había dicho, hecho y aceptado, beber la devolución tardía de lo que en tierra de nadie sembró. Todos los órdenes por el suelo, las migajas de congruencia, la enorme cordillera que ahora lo separaba de la risa, las heridas sin cerrar, porque todas terminan siendo la misma, la espera de siempre, el desgano, la mirada ausente, estando donde no debería estar, los ojos entornados, los nervios destrozados, y sin embargo, la paciencia.

Dentro del universo que lo protegía le quedaba pensar, como medio para dar con la más grande de las llagas, refugiarse en lo único que guardaba para dar, en lo único que no había buscado nunca, aquello que deseaba construir, día por día, al precio estipulado, buscando las palabras adecuadas.

Consciente de la ausencia de certezas, no pretendería ingresar al entendimiento, apenas sí rozar las emociones, aquellos estallidos que nunca llegaban, esa permanente sensación de que falta poco, pero sin saber ni remotamente para qué.

No había lugar – pensó -, seguro de no mentir. Y lugar era un sitio, un espacio predestinado, construido generaciones atrás para un desenlace que intuía a medias. Esforzándose para reconocer un nombre, intentando aferrarse a algo que lo traiga más de este lado, algo que podía ser alguien, algo que lo empuje, que lo alce contra el viento, de espaldas al cielo inmundo de dolor, que lo lave de adentro, rasgándole el pecho de un tajo, exprimiéndole la piel y los huesos hasta que toda la sangre se pierda, llevándose con ella todas las historias, todos los signos, todas las mentiras de siempre, haciéndolo nacer de nuevo, reingresar pero esta vez de veras, poder salir a la calle y mirar sin asco hacia delante, poder llamar sin el temor mordiéndole el cuello, enfrentar el pánico de la victoria solitaria, llenarse las manos de gente, escapar de la huida, llegar, por así decirlo.

Sabía que no era posible, en realidad era lo único que sabía, a pesar de los pequeños triunfos, de los atajos que encontraba, sobre todo porque había cortado los hilos hace tiempo, las conexiones sociales, el entorno de agobiante rumbo fijo, hora de salida, hora de llegada, el determinismo cotidiano lejos de la madera y el metal.

Sentía en todo el cuerpo el volcán, el azor prisionero recorriendo la jaula, destrozándose contra los barrotes, despacio, la desesperación le iba ganando lenta, precisa, la desolación que lo aturdía hasta dejarlo inmóvil, repitiendo mil veces la misma frase. A conciencia transitaba cada minuto, cada segundo, cada gota, seguro de lo que ocurría, seguro de que era a él que le ocurría, metiendo los dedos en la carne putrefacta, nauseabunda, con el ardor del salado mar bajándole de los ojos hasta la boca, paladeando la caída, la burbuja inalterable, el salto que no llega, los años que no bastan, las tardes en el jardín, los chicos duermen, los grandes se equivocan, los platos rotos, el polvo en las calles, todo esto que estaba pensando, que se estaba diciendo a sí mismo y de lejos, con algo que se acercaba al desprecio, una pena incolora que terminaba en burla, dando las puntadas finales que decidían lo que terminaría haciendo cuando llegue la hora indicada.

Explicar, tener que explicar que no habría personajes en este viaje, que quizás nunca los haya, que no sería posible mentir para llegar a la verdad, que por una vez tendría que exponerse por sí misma sin tener que recurrir a decir cosas que nunca ocurrieron, sin tener que confesar que más le valdría irse al carajo con esa estúpida lista de teléfonos, con todos esos sobres sin destinatario, con todo eso que le quemaba el estómago cada vez que veía un cuadro en algún pub, cada vez que sabía de antemano que no sería, y que no había derecho para decidir que no sería cuando era todo lo que deseaba, y entonces, por eso mismo, por esa maldad personal, por ese afán de destruirse en mitad de la noche, sin dolor y sin testigos, borrarse de todo conocimiento que le mordiese los cordones, que le desgarrase los pies a dentelladas, obligándolo a no continuar sin final cada hora, que lo dejase libre de insistir, que lo devolviera al valor de contestar algún afecto y no sentirse imbécil al hacerlo, de no sentirse más imbécil aún por sentirse imbécil. La espiral de nuevo, imposible safar, siempre está aguardando, lo espera callada y agazapada, ansiosa de que alguna vez se decida a treparla por completo, que por fin escale hasta la cima y vea lo que ha estado queriendo ver hace tanto tiempo y no puede, y lo intenta, de veras lo intenta y no llega, y no entiende, y cae, y otro cigarrillo, y otro café, y noche, y un frío adentro.

En un instante de la batalla cuenta las bajas, no son demasiadas, sigue la camisa tan blanca, los perfumes en una delicada fila, teclas electrónicas suaves y tibias, los sillones y la sabia ausencia de cualquier reloj. A pesar de todo se está bien, la tregua necesaria, el momento en el que el azor planea y sólo observa, sus alas en tensión, sin buscar una presa, vuela para sí, se expone al viento, al sol y a toda realidad que lo desafíe. Vuela, con los pulmones llenos el azor vuela, por encima de los rostros pintados y el llanto ajeno, vacío de preguntas o respuestas, de aniversarios o leyendas, de incomprensiones e ingratitudes, el azor vuela, con sus alas en tensión insoportable, lastimando al propio sol y a su propia especie, porque él, vuela para sí.
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