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 El puente

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Silvio M. Rodríguez C.
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MensajeTema: El puente    Jue Mar 22, 2012 7:05 pm

El puente


21.- Nada más grato será para mí respondió-; pero, sea por la veleidad moceril, sea por alguna disposición y orden divino, os lo confieso, me he vuelto repentinamente flojo para el cultivo del metro poético, porque siento arder dentro de mí una luz muy diferente...

San Agustín
Del orden, Libro Primero.
Capítulo VIII

Constituye ahora, todo pensamiento, sólo un intento de llegar a algún lugar lejano y no tan distante a la vez. Partiendo de que la distancia no es más que un concepto establecido por otros y del cual me valgo para al menos tratar de decir algo que no sea tan de esa manera que me agrada y que sin entender de vez en cuando también agrada a alguien. Aunque ese alguien no exista realmente, y sin que exista lo espere, porque así lo creo necesario, porque así debe ser, porque así se evita el desastre de ya no creer, de ya no ser lo que nos e puede en la imaginación. Entonces trataría de cifrar y ordenar, en realidad es posible, justo hasta un momento antes de empezar a escribir que es pensar, pero le llaman escribir, porque cuando comienzo a escribir, que es pensar, pero le llaman escribir, y así todo el tiempo, aunque no tanto como alguna vez escuché. Resulta de mezclarlo todo, no se puede, o mejor no se debe leer a Cortázar y luego meterse con Julián Marías, no se debe, realmente no se debe, pero es imposible huir de la tentación, así como es imposible huir de la carrera una vez que se ha comenzado a correr, no se puede menos cuando se puede más, aunque ese más no sea más que un más imaginario, donde tienen cabida todas las imprecisiones y detestables mentiras, que a su vez son necesarias, como el lenguaje, donde se dan cita el camuflaje y el engaño del que no puedo escapar, porque ahora no lo deseo, porque esto es tan falso que no puede ser engaño, porque todo esto que veo y siento es algo que podría definir, pero no las unas cuantas palabras, no sólo contando el contexto social, la herencia genética, los predecibles resultados de una presión que te viene de las calles llenas de colectivos que se derrumban, donde los perros no tienen dueño y te miran con hambre y hasta te miran con lástima, porque sintiendo lástima es como se la despierta en los demás hacia uno mismo, y es verdad. Como es verdad que me da un poco, mejor mucha, lástima sentir lástima, presenciar ese no poder, ese intento desesperado que no es más que torpeza. Ese dolor de verlo todo tan claro meses antes de que se concrete lo que así puedo ver, porque las tendencias son claras, no se puede pedir peras al olmo, el fruto nunca cae demasiado lejos del árbol, como verdades, como verdaderos conceptos, como verdaderas definiciones, superando a la ciencia misma, que trata por todos los medios, dando portazos de rabia e impotencia por no poder alcanzar lo que la intuición permite sentir y vivir. Por eso la lástima, por eso el asco a las veredas sucias, a la grasa, a esos vestidos mal cosidos, a esa cotidianeidad de la estupidez del entorno, el falso patriotismo, las falsas escuelas, el temor disfrazado con violencia, el pudor que sólo esconde una flacidez y una debilidad mental que no puede sino darme lástima, como yo mismo siento por lo que soy, por la lástima que siento, por sentir lo que no puedo decir a nadie teniéndolo en frente, porque sería demasiado, sobre todo para mí, que ya no encuentro agradable todo aquello que no sea blanco o negro, y que sin embargo me rodea haciéndome parte del todo, burlándose cada minuto de mi intento por salir del círculo, que en realidad no existe, salvo en mi mente, pero que lo pienso y siento. Emociones, esa parte de la experiencia que no se puede explicar, que si se explica no se puede juzgar, como no se pueden juzgar los sueños, como no se puede juzgar nada de lo que no se conozca y viva bajo el principio motor de todos los tiempos. Es por eso que miento, es mi deber hacerlo, debo mentir tanto que ya no queden engaños pendientes, que todo se vuelva tan aburrido, tan conocidamente falso que se termine por recurrir a la verdad de puro hartazgo, de pura rebelión inconsciente contra lo que está y que siempre es preciso modificar, por definición, por concepto, porque somos jóvenes, porque tenemos nación, porque tenemos bandera, porque si no lo hacemos morimos, porque morimos cada día al ver y sólo ver lo que no podemos comprender, lo que no podemos comprender porque no conocemos, porque lo sencillo sigue siendo preferido, porque lo complicado está lleno de verdades que mienten deliciosamente, porque todo encubre y disimula, porque todo está al veres, porque en este camino no hay contramano, sea como sea que vayas estará mal. Entonces detener el paso, aminorar la velocidad, distinguir, tratar de que las manos no ganen tanto a las ideas, que las ideas sigan siéndolo y puedan ser expresadas, que alguna vez se pueda decir algo completa y totalmente falso, que la falsedad adquiera pureza, como todo lo intenso resulta ser, para que así y sólo así pueda ser destruida, pero despacio, después de mí, después de ver tantos rostros llenos de lástima, después del absurdo inconfesable de estrechar unas manos sin sentido, de beber uno y otro cuerpo, sabiendo de antes que no y aún así, porque es necesario mancharse, porque es necesario caer, no para levantarse, sino para poder ver el terreno, para poder sentir la renuncia y la pérdida voluntaria y hacerla al mismo tiempo fortuita, mintiéndome, eso está claro, como necesaria justicia del no ser que intenta sabiendo bien que no lo hará, de manera que surja la duda, y que la duda cree voluntad, que del antagonismo reviente un resultado, que alguien venza de una vez por todas, que al menos los bandos estén definidos, que por lo menos tengan la suficiente pureza de ser enteramente lo que no son y lo intentan, o que al menos dejen de intentarlo, porque no tiene caso, porque nunca tuvo caso, porque es precisa y necesaria la muerte pronta pero lenta, apurar no el fin, sino la agonía, para presenciar, para disfrutar de la incongruencia que se retuerce, para en cámara lenta repetir una y otra vez como el capricho y la superstición se debaten con una tabla de multiplicar, para ver cómo el sudor de sangre, cómo las siete pruebas infames, como los treinta y cinco jinetes, como las tres estrellas, como los horarios y las presunciones, las apariencias, el oro y el trigo, como todo se va tornando parte del más grande y entero fraude, como todo se destruye inicialmente y en contrarios, partiendo siempre del enemigo, naciendo en su tribu, asumiendo sus costumbres y sus hábitos, lamiendo las botas y el uniforme, encamándose con las corbatas y las plumas nefastas de gordos y sudorosos campesinos sin intelecto. Ahora es el tiempo, la tierra está más preparada que nunca, la sinrazón florece en cada esquina, en cada adolescente, en cada cabina musical, en cada espectro, en cada despertar de polvo y saludos. La tonta fe, la fragilidad de la pasión, la ridiculez del discurso, la ignominia de la política, los trenes fantasmas, el pan trinché, la mortadela, el papel blanco, los azulejos, los espejos, la contaminación sentimental, los algodones a la madrugada, los destellos de luz tras las cortinas mal cerradas, el chillido del panteón envejecido, las flores marchitas, el motor diesel, las llaves del cajón, la combinación de la caja, las herramientas del pederasta, el lino y la lana, cultive nomás señor mío, Dios proveerá. Los balones a cualquier parte, pagar entradas, entrar en los pagos y pensar en la soga, pensando en raspar, sin querer como es que se dice pero no se siente, porque lo que se siente mejor ni hablar, cada vez que las fotos pueden más que las pesadillas, cada vez que lo tangible es tan ingenuo como esa absurda colegiala que pronuncia la palabra congreso y piensa en roble, porque tiene que ser un roble, en el que grabó las iniciales C y S, Casimiro y Sinforiana, el santoral, los nombres de los santos, los nombres de los ministros, los nombres de los diputados, los nombres de los hombres, los nombres, siempre y enteramente los nombres, porque son necesarios, porque son precisos, porque nos ayudan tanto, el arroz arrojado al mar, el tío Jorge que se muere, Ruanda me importa un bledo, un bledo enorme y hermoso, una hermosidad conciente de la propia insuficiencia, la belleza de lo que no llega a ser ni esto ni aquello, y por eso mismo, por llegar al desprecio, sublime sentimiento donde habita el pasado.

Trataría de engañarme, pero sin prisa, de manera a evitar errores. Porque en verdad me cuesta engañarme, siempre me asalta alguna idea que lo hecha todo perder, en medio de temores y de dudas, que sé bien no son ni temores ni dudas, son algo así como confusiones que no me animo a realizar el esfuerzo de aclararlas, de no ser por este camino. Está la intuición que más de una vez lo revolvió todo justo cuando el cuento estaba por terminar, ese salto de principio a fin sin ese medio necesario, sin ese transito necesario por las ciento setenta y dos obras fundamentales que es preciso almacenar aunque no sea más que para adquirir un vocabulario que no se utilizará nunca, pero que son imposibles de desechar, no por las consecuencias mediatas, sino por ese remordimiento, esa sensación de que algo pudiera estar sucediendo en aquella página justo en el momento en que decido abandonar de una buena vez el libro que la contiene. Y por eso seguir, por eso la fanática búsqueda de esa liebre que termina saltando menos de lo que en verdad pudiera preverse, esa frase inmodificable, esa perfección que pudiera ser tan sólo para mí, pero que sin embargo sería entonces inmutable. Entonces imposible el retroceso, porque presiento que está ahí, escondida, agazapada, dispuesta a refugiarse en un momento de distracción entre la página ciento veinte y cuatro y la ciento veinte y cinco, justo cuando la cafetera se expresa en una especie de expiración definitiva, y el contento del aroma que invade el estudio termina por hacerme saltear esos dos renglones en los cuales se basa todo el libro y que a conciencia he pasado por alto, y que al retornar con la taza llena no vuelvo a buscarlos, hasta que siento en el medio de la misma taza la burla, la posibilidad, ese engaño fabricado mientras daba la espalda al libro, de manera que debo volver desde el principio de esa página, ya después de haberla casi olvidado, y tratando de recordar que el acordarme de aquellos dos renglones me cuestan saltar otros dos ahora, y entonces de nuevo y así sin fin. Hasta que digo basta y cierro el maldito libro que desde un principio sabía no diría nada, eso sí antes de apagar las luces lo miro de reojo, casi disimulando, no vaya a ser que se burle estando aún presente.

Sabía de las bondades y maldades de cada camino, pero no sabía porqué debía transitar por algunos de ellos, ni siquiera la alternativa de inventar un nuevo camino lo animaba. Y estaba bien, por qué sería necesario el transito, por qué existe la necesariedad, o más bien quién decide empujar y presionar hacia aquella palabra? No tiene caso buscar una respuesta cuando no existen interrogantes, pero de todos modos es igual, si tan sólo fuese cierto que la ignorancia nos hará felices, de igual modo que la verdad nos hará libres, si tan sólo fuese cierto que la felicidad no existe, que todo pasa por ilusiones, la ilusión de justicia, la ilusión de felicidad, “la ilusión de amor” – grande, Ingenieros -, pero no basta y es por eso, cuando aparece el no basta, cuando esto que veo y me rodea no basta, porque basta sólo si perdura, si continúa, de lo contrario no tendría sentido, de ser finito, de tener un fin moriría al tiempo de nacer, como ver en esos ojos brillantes sobre un espléndido cuerpo al mismo tiempo una masa informe y gorda, con achaques y aturdimiento seniles, como aceptar de capo a fine una estupidez total, un ridículo supremo, aceptar con una sonrisa y la mayor de las dignidades el fracaso total de la vida misma, y todo esto suponiendo que no lo sabemos todos, pero claro, cuesta tanto, y además está la tierna excusa de la herencia genética, ese invento tan cierto, esa negación tan hermosa a la voluntad, esa delicada farsa que destruye la imagen, tan pueril como el pecado original.

Resultaba tan obvio pero tan difícil de confesar, pero es así, desde que nacemos hasta que morimos y por nuestra propia decisión, por esa primera elección de que el mal es limitado y el bien no lo es, por esos héroes que triunfan, por los villanos que fracasan, por los males que duran noventa y nueve años y no cien, ni quinientos, y porque al mismo tiempo que decidimos que no dure cien años también decidimos que tampoco nosotros duraremos cien años, porque el temor a cien años de dolor nos lleva a negarle igual duración a esa “ilusión de amor”, porque ya nacemos con el temor a la felicidad, porque nacemos con el miedo al tiempo, la duración de las cosas, reduciéndolo todo a momentos, a instantes, negando siempre, obligatoriamente, la perdurabilidad, imponiéndonos el sacrificio de las intensidades, renunciando a lo más bello por el temor de lo más horrible, renunciando al placer por el temor al dolor, y así en cada escala, hasta que nos llega a molestar y decidimos no creer nunca en esa posibilidad, en esa eternización de los momentos, porque no puede ser, no porque realmente no pueda ser, sino porque no nos atrevemos a creer que exista algo por lo cual no tenemos el valor de esforzarnos para conseguirlo, porque terminamos repitiéndonos una y otra vez nuestras limitaciones atribuyendo a la bondad suprema el lujo de ser infinita, mientras atribuimos al daño la misma limitación de tiempo y espacio que nos imponemos a nosotros mismos, asociándonos divertidamente con las propiedades del dolor y no con las del placer, de aquello que llaman malo y no con aquello que llaman bueno, y rayamos en la tontería de creernos a imagen y semejanza de lo que al mismo tiempo negamos posibilidad de ser.

Lamentablemente está el pasado, los miles de años que heredamos a cada hora, en cada paso por las calles, la inmensidad de necesariedades que hay que asumir, desde las felicitaciones por los cumpleaños hasta las visitas por simple cortesía. Tonto y degradante, predecible y limitado, como todo lo demás, como toda la historia no contada y no sabida, como todo lo que aceptamos y enseñamos a aceptar, confundiendo los sentimientos por no tener la paciencia de estudiarlos, por no tener la delicadeza de analizarlos, por hallar valor en la renuncia, por hallar necedad en la violencia, por definir aquello que se siente sin más, por tratar de sentir alguna definición.

Así seguirá el tiempo, con gente que muere de hambre, con los queridos parientes que acabarán sus días sin haber escuchado a Wagner, con la amada esposa que jamás leerá a Hemingway, y con toda la raza que incapaz de comprender y entender lo que otros termina cayendo en la mayor de las vergüenzas, perder el respeto a las ideas y a las verdades a que con ellas se llega. En medio de la cultura que obliga no a la mediocridad, sino a la autodestrucción, a la necesariedad de las cosas, a la negación, al no eterno, a la locura de vivir los límites, al absurdo de intentar lo impensable.

Aunque también es cierto que todo esto es falso, eso ni dudarlo, pero tampoco cabría la indubitabilidad, perdón por la palabra, pero ese es el caso, que todavía queda la posibilidad del error, esa sí que es una palabra linda, errando, el errante Nippur, el errático, el erre sin más. Es ante todo estúpido, cualquiera puede notarlo, pero hay un algo más allá, una comprobación que no termina de cumplirse, una especie de brecha abierta que justamente confirma la teoría por dejarla inconclusa, que justamente con aquella posibilidad habilita la certeza, es como si la tradición al final pudiera significar algo más que una simple estulticia multitudinaria, algo que me esconde tras esa fecha de equivocaciones en cada fecha, haciendo de aquellas equivocaciones una especie de señaladores, esas líneas que subrayamos y luego prestamos para que se pierdan en algún ridículo mueble viejo, es cuestión ante todo de no evitar esos caminos que ya se transitaron, algo así como transitarlos para poder transitar otros nuevos, y los nuevos para comprender los viejos, y todo en conjunto para entender que todo ha sido siempre en vano y callar este hartazgo tras unos lentes que más parecen telescopios, propiciando los discursos y los silencios aprobativos, ese aire, esa faz, esa costumbre de lo que se niega a decirse y está tan a la vista que no se puede ni siquiera pensar en nombrar. Pero en todo caso existiría esa niebla que antecede a lo buscado, parecida a Renatus, esa necesariedad de que exista lo buscado independientemente de que se lo encuentre o no, porque si se lo busca lo menos que puede hacer es tener la delicadeza de existir, porque si no terminaríamos hasta renunciando a la imaginación, y eso si que no lo vamos a permitir, al menos por ahora, porque sigue siendo útil, porque sigue estirando y empujando cosas al otro lado de la calle, divirtiéndose sin el menor de los prejuicios, a veces avasallando a veces sangrando, no es cuestión de usar tantas palabras tampoco, pero sé que anda por ahí la cuestión, no sería posible exponerla de frente o de perfil, hay que intuirla, jugar con su imagen, rozar lo más cercanamente su lado tangible, su fuerza sensitiva (esto es el colmo) para que lentamente se acerque, hay que hacer silencio, obviamente, por la noche, como toda carnicería, con mosquitos y calor, la humedad, esa condición de humanidad inmejorable, hasta que aparezca invisiblemente, vestida de ángel, pureza extrema y cegadora, portando el secreto último de todas las cosas, el último porqué preguntado hace miles de años, y que en medio de la noche la luz los cielos y los mares diga: nada.


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