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 Las noches

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Silvio M. Rodríguez C.
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MensajeTema: Las noches   Jue Mar 22, 2012 6:54 pm

Las noches


Toma Coca Cola a las tres
Y cualquier cosa toma a cualquier hora
Y como se hartó de tocar
Pintó sus ojos de amarillo alfombra
Y ya, cerraron los subterráneos.

Fito Páez.
Sable Chino


Diez

A veces sólo se trata de escribir bajo presión, esto es cuando el silencio puede quebrarse, cuando alguien está por llegar, o cuando estás esperando que alguien llame. La concentración, claro está, no puede darse. El juego consiste entonces en escribir cualquier cosa antes que la interrupción se concrete, y en la medida en que ese cualquier cosa se anota estar atento a la repentina aparición de una frase o una idea que quizá valga l pena. No siempre me divierte, pero estar esperando con el monitor encendido invita a quemar los minutos que faltan aunque no sea más que garabateando.

De manera que observo lo que tengo alrededor, una tarjeta de invitación, un disco de Radiohead que no entiendo bien, algunas cuentas y un libro de Paul Watzlawick. No inspiran a nada aparentemente, pero esconden una idea que quiero descubrir.

Por ejemplo detrás de esa tarjeta de invitación se entrevé la noche en compañía, perfumes intensos que no conozco, esa manera de asumir preparativos, y por supuesto las posibilidades más o menos ciertas de aquella ilusión de amor de Ingenieros.

Así es como te pienso y te imagino,
Adivinando tu piel en plena noche,
La cita que inventamos sin saber
Lo que detrás de los perfumes habita.

Pero entonces, justo aquí ocurre, suena el teléfono o llaman al puerta, no hay nada que pueda hacerse, pero al menos los minutos fueron quemados, ese horrible interregno entre lo que no es y está por ser se extingue, poblándose de algo más que mirar sin ver. Además, realmente estaba esperando esta llamada.


Catorce

Es mi tradicional ahora vacío de poemas, cuando ya no quedan fuerzas para seguir leyendo. Un ahora plagado de nombres a quien llamar y de nombres que llaman, una realidad que se antepone a la misma vieja idea del tanto por hacer aún, mientras decido entre Bach o Elvira de Grey’s. De manera que todo se va mezclando lenta e inevitablemente, algo parecido a un coágulo espeso y a la vez profundo, dándose cita Piazzolla, Wagner y Soda Stereo, todo al mismo tiempo y con igual intensidad, un ruido confuso y casi asfixiante, de donde emerge solitario el recuerdo de lo que deseo, como una fotografía manchada entre otras fotografías también manchadas, porque no es lo que deseo, sino sólo su recuerdo. De modo que resulta preciso aferrarse a una definición, aunque la misma no signifique más que unas cuantas palabras bien ordenadas.

Hasta que ya no basta, y tras el brusco mirar descubro que el espacio se ha hecho noche y casi intuyo otra posibilidad, la contingencia arreciando en las ventanas, la justa paga por la espera, y por la tonta efervescencia absorbida porque sí, porque fue necesario, para ser el que padece y no el que provoca, para alejar de una buena vez toda la maraña de falsas precisiones, las cantidades disfrazadas en literatura de comadres, el falso pudor de las preguntas que esconden una cifra.

Es cuando la metamorfosis opera, un ciego rencor oculto y nunca confesado fuera de la ronda de los mismos eternos amigos, esas ganas de derribarlo todo, no porque esté mal, simplemente porque es preciso cambiarlo todo, rayar en la locura y en el ridículo, destrozar toda idea y todo dogma, toda religión y toda moral, arrancarles de las manos las muletas con las que han subsistido e impedido los dos soles sobre el mismo planeta, simplemente porque no se atrevieron a creer.

Decido entonces que el exceso triunfe por sobre toda medida, partiendo de ella para poder así y sólo así destruirla, desde dentro mismo, en su fin y principio.


Quince

Verás, que el intento permanece aún,
A consciencia del error y la derrota.
El dolor necesario en la piel,
Aquel que evita la temprana caída.

El precio de ser los cuatro elementos,
A costa de perder la misma risa.
Ese envejecer de las horas solas,
Para así liberar el joven aliento.

Caigo en la cuenta del tiempo exacto,
El libro abierto sin reservas a todos.
Igual el que sólo piensa en lo que no vive,
Y el que sólo vive lo que no puede pensar.

A través de palabras quedas fuera,
Las veredas opuestas, las dos aguas.
Sin querer, realmente sin querer,
Los pronombres saltan y se quedan.

En otro lugar lo que imaginas o piensas,
Los sueños y desdichas de un viejo placer,
Todas aquellas promesas que aceptaste,
En ciego escape al común de los conceptos.

Casi creyendo que soy el que excluye,
El que baraja el destino propio y ajeno,
Olvidando que en verdad son ellos,
Disfrazados de vos que tejen la tela.


Veinte y tres

Cayendo un poco más al norte
Te olvidas porque no entiendes,
No lo sabes, nunca lo intentaste.
Está tan cerca de saberse que no puedes,
No hay tiempo, no hay ánimo, no hay vida.
En sus rostros los años se fueron
Sin comprender ni aceptar, el propio dolor.
El fracaso de no intentar al menos las noches.
Juventud perdida en imágenes de revistas,
El cuerpo como un algo, más bien la náusea
Inevitable, el saludo abominable.
La conciencia de que el fin está cerca
Y no se ha hecho nada, y ya no hay fuerzas.
Cultivando mentiras en canales,
El tuerto entre los ciegos,
Sobre todo sin contar, mi pequeño Juanca,
La pobre dimensión, el hartazgo,
El vacío.
La desnudez esclarecedora, el tiempo pasa
Pequeño Juanca. no juegues más
Cosas que sólo en la piel, lo sabes,
Como pretender un circo eterno sin más.
Creyendo en la impune crueldad
De lo que no se es en telas y zapatos,
La calle y sus consecuencias,
Golpes en el rostro porque sí,
Porque es preciso y también lo sabes.
Todo queda atrás, salvo los que vienen,
Que todo lo miran, y todo lo entienden.


Veinte y cuatro

Una cucharada de necedad de las estúpidas disculpas viajes alrededor escarbando donde no llega la humedad anhelando lo que desde siempre fue un pasado alguna historia que escuchar alguien a quien visitar los miércoles se impone la cosecha y no hay nada en los casilleros amenguando la espera con más y más letra que de a ratos y sin querer cabalgando sobre el muro de inexistencia negaciones grabaciones desolaciones por lo que nadie lo encuentra y sin embargo él los busca huyéndolos como de la misma soledad a la hora de examinar no vayan a creer todo lo que les dice quizás sea cierto y entonces como la sonrisa eso que nosotros y sólo nosotros semidioses absurdos mutilados en las pasiones cercenados allí donde no queremos que todos porque sentimos la muerte amarga en cada merienda impersonal disfrutando con miedo lo que ha sido creado para nosotros y compartir lo que se viene de otro lado cuando estuvimos ausentes para provecho de todos los que conocemos sin creer que en realidad todo estuvo al revés de las palabras y la magia que utilizamos para burlarnos de nuestro tiempo no por necesidad sino por ejercicio porque nos aburrimos tanto que terminamos por reírnos como locos y vos también dejaste de mentir.


Veinte y cinco

Ya no tendrá sentido entonces,
Pero es obvio, al menos para mí,
El montón de suspiros tenues,
La renuncia por las tardes y noches.
El sin sabor a cada paso de las agujas,
Las grandes plantaciones,
Los polvorientos amigos,
Dejando un poco de lado los números
Y las calles.
Rozando el lugar de siempre, todo lejos.
Habrá que pasarlo en limpio,
Y cuando lo haga tendré que borrar
Más de la mitad.
La verdad, quedará tan poco que no sé
Si valdrá o no la pena.
Perorata, perorata, perorata
Juego ancestral y etéreo.
Si pisaras las mismas veredas sin sol
Cuando la lluvia te cae por dentro,
Quizás en uno o dos años termine.
Siempre mirar un año atrás, cuando
Encontramos que no ha cambiado nada,
Y no se sabe bien si está mal o peor.
De todos modos siempre será distinto,
Por definición, por necesidad sublime,
Las promesas repartidas y recogidas,
Desde el suelo la pena, imágenes ph 7.
El ruido sucio de los viernes
El tapizado maloliente
La fuerza del mantel y el vino
Ese perfume que no llega
Las mesas atestadas
El ir y venir sin sentido
La carcajada grotesca.
La puerta abriéndose eternamente,
Un ahogo familiar, algo que se mezcla
Con los cuentos de empleadas domésticas,
Y el chapotear de la ropa sucia
Detrás de las paredes,
Sin que te vengas a explicarme nada,
Ni yo tenga que hacerlo, tango tras tango.
Pasa por el costado del baldío,
Hierbas y bichos, el domingo siestero.
No quedan muchas plazas donde esconderse,
No es cuestión de tomar los recuerdos y salir,
Porque el pecho aprieta y no alcanzan,
Sabido de antemano, una falta de respeto,
Las disculpas necesarias,
La ceremonia del error,
El fatídico momento, en donde
La única pregunta que queda es
Cuándo empezó.


Veinte y seis

Está visto que todos merecemos
Aunque sólo se sabe cuando pasa
Y ya no tendré esa sonrisa en los labios
Porque he empezado a fingir
- de la peor manera –
aunque a veces crea no saberlo
como vivir mintiendo todo el tiempo
llegar cansado, saturado de boletas y humedad
echarse sobre el edredón, el teléfono al lado
respirar un poco, todavía sin entregarse,
la llamada pendiente
las pastillas, ese dormir sin sueños,
perfumes.
Cuestión de no pensar, para no creer,
Para evitar de algún modo a conciencia,
Este triste desenlace, lo temido del ayer.
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